sábado, 28 de diciembre de 2013

En el siglo fui Don Alfonso.



Las primeras nieves ya han llegado a este lugar, y siento que el frío se cuela por todos los resquicios hasta acomodarse en mis cansados huesos. Ya pocas son las veces que salgo más allá de la puerta del monasterio.

Mis pasos son lentos y pesados y  en ocasiones que prefiero la tibieza del mi lecho huyendo del viento que llama a la puerta de mi aposento.

Añoro la primavera y hasta el calor que me sofoca a veces en verano. Sentarme a la sombra del claustro a la vera del pozo y contemplar como los hermanos trabajan al compás de los rezos.

Que lejos quedan los años de mi vida fuera de estos muros  y cuando no era el hermano Francisco sino, Don Alfonso de Moncada y Mendoza, señor de muchos, esposo y padre.

Cuanto lloraba mi pequeña Maria que casi era una niña, al verme partir  y ahora es toda una señora de su casa y madre de sus propios hijos. Sus esporádicas cartas me cuentan sobre sus hermanos y son la única unión con el mundo que hace tanto abandone. Mi  esposa Isabel estaría muy orgullosa de ella. Su partida fue lo que me convenció en dejar el mundanal ruido y buscar la paz y el sosiego entre estos muros.

A veces me parece que fue ayer cuando hice mis votos esperando encontrar el consuelo por  pérdida de mi compañera  y han pasado por lo menos quince años, si no es alguno más. La memoria me falla a veces y sé que Isabel me acompaña en mis días desde el cielo, guardando a nuestros hijos y nietos.

Esta nevando y el cielo está entre gris y blanco, los pequeños copos caen, despacio y todo se quedara en silencio bajo un manto blanco. Pronto tocaran a tercia mejor será que me cubra la cabeza, camine hacia la iglesia antes de que los más jóvenes entren. Más vale llegar antes y encontrar un buen lugar.

Procurare estar despierto, el frío es de gran ayuda pero los rezos y la voz del capellán ayudan a que mis ojos se cierren y sucumba al sueño. Ahora que salgan y así podre caminar con tranquilidad y sosiego a mi paso y sin molestar y sin ser molestado.

En las cocinas todo es trajine y bullicio y siempre hay algo que hacer o de que hablar, seguro que mi rincón estará libre me sentare allí un rato, la  buena compañía alegra el corazón  y el alma.

Estos últimos días ando algo desazonado, los recuerdos del pasado me parecen tan reales, como si volviera a revivirlos pero como quien lee un libro y reconstruye en su mente la historia. Solo la voz de mis hermanos o alguna de las tareas me trae de nuevo a este mundo.

Cuando mejore el tiempo escribiré a Maria, me gustaría recibir su visita. Es tan parecida a su madre…

Demasiado aguada estaba la sopa y el pescado no me sabe a nada, no sé si es cosa del cocinero que sisa, o que mi paladar ya no es el que era. Una tisana antes de dormir y un par de rezos quizá  me ayuden a descansar y sosieguen mi espíritu.

Todos o casi todos duermen y yo sigo despierto, hasta he perdido la cuenta de lo que he rezado. Quizá mañana hable con el hermano hierbero seguro que algo tendrá para templar mis ánimos.

Quien llama a la puerta a estas horas, ¿Eres tu Isabel? Llegas demasiado tarde, llevo esperándote mucho tiempo….

A la mañana siguiente se encontraron al hermano Francisco en su lecho con sus manos en el rosario que había pertenecido a su esposa, y con una sonrisa en los labios.

Algunos decían que la Virgen había venido a buscarlo, otros decían que le habían oído llamar a su esposa, fuera quien fuera, dicen que la estancia algunas noches huele a rosas y que a veces se ve la sombra de un monje rezando con un rosario.

jueves, 26 de diciembre de 2013

Espiritu, inocencia, magia.



Estos días son otros más en el calendario gregoriano:  alegres, menos por que se recuerda a seres queridos que están lejos o no están. Nos reunimos alrededor de grandes mesas, comemos y bebemos, hasta nos peleamos.


Se hacen regalos y se despide a un año que acaba esperando que el que nace sea mejor. Se espera a los Reyes, al Olentzero, ( carbonero que trae regalos en el País Vasco, y partes de Navarra la noche de Nochebuena) el “Tió” catalán y maño al que se cuida desde el día de la Inmaculada Concepción hasta la Nochebuena alimentándolo y tapándolo con una manta para que no pase frio. Esa noche los niños le cantan y  le pegan con palos para que cague dulces y regalos.


Decimos que son los más pequeños los que  disfrutan pero yo he visto a padres más ilusionados que los propios niños, esperando abrir regalos y sintiendo la magia de estas fechas.


Hablamos de que la bondad hay que sentirla todo el año y ese entre comillas espíritu de paz y armonía. Ojala fuera así. Yo me sigo quedando con los recuerdos de la niñez que todavía hoy me hacen sonreír y sentir esa alegría y esa magia, cuando todo es posible.


Escuchar a los reyes dentro de la casa, y taparme con las mantas para que no me vieran despierta.  Levantarme temprano para cerciorarme de que habían venido y no se habían perdido por el camino. Además de estar segura que me habían dejado lo que yo había pedido.


Sean más sobrias, con más o menos compañía, con huecos en la mesa, con llamadas por teléfono, sorpresas, riñas, buenos deseos, sonrisas, esperanza, las celebréis, o no, hayáis inventado vuestras propias fiestas…


Desde este Blog deseamos poder seguir compartiendo el año que viene con vosotros, con fuerzas renovadas. Que sea un poco mejor que este y ante todo que se cumplan vuestros deseos y que nos ayudemos los unos a los otros por un mundo mejor.


Feliz Navidad, próspero 2014,  que los reyes se porten con vosotros: los zapatos bien limpios y mucha ilusión.




domingo, 22 de diciembre de 2013

Me niego.



Estas fechas que se acercan son propicias para comidas, cenas, reuniones familiares, peleas, alegrías, recuerdos y otras tantas historias.

También es tiempo de promesas y propósitos para el año nuevo. Hay quien se propone pequeños retos, otros no tanto, hay quien sin ser año nuevo cambia su vida. Ya sea por trabajo, o por decisión personal, corta con todo y comienza una nueva etapa.

Entre estas personas hay una clase a la que nunca he entendido, y no sé si quiero llegar a entender. Estos días en la red he visto algunos videos de rescate de animales abandonados, perros y gatos especialmente.

Era en Estados Unidos, donde la gente está acostumbrada a más movilidad y a residir a lo largo de su vida en distintos lugares. Lo que me sorprendió fue que ciertas personas dejaban un hogar y  el regalito de  la navidad pasada,  que ya es adulto, y si es adulta en muchos casos está preñada y esperando familia.

No es algo sólo propio de allí, en muchos lugares se abandona a esos animales en cunetas, en caminos, en gasolineras…un sitio también de reunión de ancianos abandonados. Por no decir  en los últimos veranos,  familias que se iban de vacaciones dejando al abuelo en la puerta del hospital.

No entiendo a esas personas que en vez de avanzar arrasan en su camino con todo, y dejando atrás animales abandonados, familiares, amigos, sin importarles nada más que ellos mismos y su bienestar.

Podemos extender el problema  a otros ámbitos: aprovechamiento y enriquecimiento exprimiendo  recursos naturales, empobreciendo a las personas para llenarse los bolsillos. Sin tener en cuenta los derechos y las libertades, sólo viendo lo que se quiere ver y tomando como excusa las mentiras más absurdas.

Alguien me dijo una vez que los molinos de los dioses muelen despacio, pero muelen. Me  niego a entender a este tipo de gente. El sufrimiento, el miedo y  la tristeza que dejan tras de sí.


Fuente Imagen: Propia, misma licencia Blog. 




sábado, 21 de diciembre de 2013

Arzobispo asesinado: trending topic diciembre 1170.




La biografía de Thomas Becket es bastante conocida, incluyendo la película que volvió a hacerlo famoso gracias a la gran pantalla. Además, todos los estereotipos de la historia resultan ciertos y comprobados. Hijo de un gran señor normando, compañero de juergas del joven príncipe Enrique II de Inglaterra, listo, hombre de mundo, viajero y universitario.

Estudió en París y Bolonia. Fue enviado por uno de sus protectores, el arzobispo de Canterbury, en misión diplomática a Roma. Incluso llegó a ser el tutor personal del hijo mayor de su amigo el rey Enrique. Tenía la carrera asegurada. Antes de cumplir los cuarenta era Canciller del Reino.

Nadie dudaba de su total fidelidad hacia el rey. Pero entonces fue consagrado arzobispo de Canterbury, y cambió radicalmente de conducta, de principios y de bando. Finalmente lo asesinaron por orden real  en el atrio de la catedral de Canterbury: antes de ponerse el sol, un martes 29 de diciembre de 1170, cuando entraba a Vísperas con la comunidad monástica.

Su popularidad fue tan inmensa como rápida. Canonizado a los tres años de morir, su culto se difundió por Europa occidental junto con multitud de leyendas. El mismo año en que Becket fue asesinado, la hija del rey Enrique II, Leonor, se casaba con Alfonso VIII de Castilla. 

Con ella y con peregrinos ingleses acomodados que viajaban a Compostela llegaron la historia y la devoción. Entre 1175 y 1180 se habían construido tres iglesias bajo la advocación del arzobispo mártir: una en Salamanca (1175), otra en Soria y la tercera en Tarrasa (1180). Ya entrado el siglo XVI la popularidad del culto no había decaído, como lo demuestra la iglesia de Santo Tomás de Canterbury en Vegas de Matute (Segovia).



Vidriera de la Catedral de Canterbury mostrando el asesinato.


Iglesia de Santo Tomás Cantuariense, Salamanca (1175)


Fresco. Ruinas iglesia Santo Tomás (actualmente San Nicolás) en Soria, 1180.




Frescos del asesinato de Thomas Becket en la iglesia de Santa María de Tarrasa, siglo XII.





Iglesia de Santo Tomás de Canterbury, siglo XVI. Vegas de Matute, Segovia.


Enlaces.


Becket, película (1964).

Sobre la iglesia y los frescos de Soria:


Artículo Wikipedia:

martes, 17 de diciembre de 2013

Un jardín entre líneas (I)






No le interesaba. Le caía mal. Casi siempre. Y no tenía ni la menor idea de por qué, dejando aparte que la desconcertaba. No era el mejor momento en su vida para aguantar desconciertos.

No se vive del arte. Ni de exponer en bares de amigos, presentarse a concursos, dar recitales de poesía en mercadillos o buscar mecenas. Cuando creyó haberse dado cuenta de eso terminó la relación con otro artista. ‘Nunca te líes con un rival’, le habían dicho sus amigas. Y cambió su deseo de hacer una tesis sobre un tema apasionante por uno aburrido y tedioso que daba asco, pero tenía salida. Si una catedrática está cerca de jubilarse y a punto de que cierre su seminario por falta de alumnos, una doctoranda es un milagro. Hay que mimarla. 

Le fue mucho mejor. Cambió los mercadillos por un par de recitales de poemas en una radio local, publicó algo y vendió varios cuadros en una galería modesta, pero de verdad.

A cambio, entre otras cosas, se dejaba los ojos sobre legajos de testamentos, alquileres, cuentas y registros parroquiales de pintores menores del siglo XVIII, todos de la provincia. ‘Nadie lee las tesis’, le dijeron sus amigas. ‘Tú a lo tuyo. Y no te vayas a liar con un becario, nunca pagará una cuenta’.

El becario era interesante. Resultó ser otro tipo de rival y jamás pagó ni medio recibo de la luz, de modo que tras sopesar pros y contras lo envió al baúl de los recuerdos. Ganó un accésit de poesía y vendió más cuadros, renovó su armario y se mudó de un estudio interior a un apartamento soleado.

Cuando llegó al archivo por primera vez llovía y hacía el mismo frío que en una morgue. ‘Pídele lo que necesites a Torres’ le dijo el conserje, señalando los ventanales antes de largarse camino de su mostrador arriba, con calefacción central.

Tras los cristales y los regueros de lluvia vio a  Torres. El jardinero, imaginó. Trabajaba como si no diluviara, envuelto en un largo impermeable con capucha.

Le cayó mal, aunque le trajo una estufa halógena y un café buenísimo. La observaba desapasionadamente. Era demasiado educado, demasiado antiguo, siempre de usted. Estaba aburrida, un poco sola, no segura del todo de haber tomado decisiones inteligentes. Decidió ignorarlo. Tampoco le parecía un jardinero. Un tipo raro. En todos los sótanos hay un tipo raro.

Cuando pasó el invierno estaba a punto de explotar. Descubrió entonces que Torres escuchaba muy bien, con pocos comentarios, sin consejos. O entendía perfectamente de qué le hablaba ella, o era un actor como la copa de un pino. Fue poniéndole pequeñas trampas. Entendía de todo, el jardinero. Una tarde de primavera de esas en que la soledad se lleva aún peor aceptó que la invitara a cenar y a dar una vuelta. El otro Torres también tenía su uniforme. Lo que cabría esperar en cualquier profesor de edad indefinida, no en un jardinero. Él pagó la cuenta, dejó propina, y ella tuvo que reconocer que lo había pasado muy bien. ‘Porque has estado horas hablando de ti misma y de tus cocos sin que te interrumpieran’, le dijeron sus amigas. ‘No te vayas a liar con un divorciado que planta flores’.

El lunes vio que el archivo estaba rodeado de bomberos y ambulancias, hasta por los de la prensa local. Le prohibieron el acceso, no era seguro. El conserje le dijo que Torres no era exactamente el jardinero, porque no cobraba. Era un catedrático, o lo había sido en el extranjero. Le gustaban las plantas, y había adecentado él sólo buena parte de los incultos jardines del archivo, que antes daban pena.

Debía haber sido el laboratorio, insistió el conserje. Torres hacía cosas con plantas, mezclas, esencias, no lo sabía bien. Licores, decían otros dándose  con el codo.

Le miró, de repente preocupada de veras.
-¿Qué le ha pasado?

-Nada, porque no está. O no lo han encontrado ni los perros de la policía. Y estaba, lo vi llegar a las siete y media como siempre, como un reloj.



Imagen: 'El Faro de Vigo', julio 2013.

Un jardín entre líneas (II)



La policía decidió que no había mucho más que ver por lo que hizo más grande el perímetro de seguridad, y allí  sólo quedaron ellos y los bomberos.

Era mediodía cuando llegó al parque, se sentó en un banco, sacó el libro y se puso a no leer, mientras intentaba descifrar lo que él le había contado en su cita.

Habían hablado de cosas intrascendentes durante la cena, hasta los postres y los cafés. Ya entonces eran viejos amigos. Acabada la cena, hubiera tomado la primera y última copa en su casa, pero contrariamente pasearon media noche por la ciudad y sus lugares favoritos. Él le había resumido su historia: profeta en tierra extraña, había dado clase en varias universidades europeas, se especializó en historia antigua y medieval,  uno de sus hobbies era el arte del perfume por lo menos ante los más ortodoxos. Amante de los libros, cuanto más antiguos y extraños, mejor.

Cuando él habló de libros y perfumes pensó en alquimia y en las historias que había leído sobre los que se habían iniciado en aquella senda. Acaso  sería uno de ellos…

Levantó la vista de la página que no había ni siquiera mirado. Sintió hambre y pensó en comer algo, sus pasos le acabaron llevando al lugar donde habían cenado. Se sentó y pidió, todavía no se creía lo que  sus ojos habían visto. Cuando se dispuso a pagar, la camarera que la había reconocido le acercó la cartera de su “compañero”. Al parecer se le había caído al salir del restaurante. Ella le dio las gracias, la abrió y lo primero que hizo fue buscar su dirección. Si estaba aún con vida la única manera de saberlo era visitarlo.

No quedaba demasiado lejos. Guardó la cartera en su bolsillo, ya se imaginaba los consejos de las tres terapeutas que tenía como amigas. Decidió no contarles nada, sería una pérdida de tiempo.

El  portal estaba abierto y no parecía haber moros en la costa. Subió las escaleras, todavía a nadie se le había ocurrido acercarse a la casa.
Se dispuso a llamar al timbre pero entonces se dio cuenta de que la puerta estaba abierta. Echó de menos su paraguas, sacó el pañuelo y abrió la puerta.

Caminó despacio y casi a tientas, ya que las persianas estaban bajadas. Cerró la puerta tras de sí y avanzó hacia lo que pensó era el salón. Olía a sangre humana, y de eso sabía ya que su padre, al que sus amigos apodaban el carnicero, era cirujano y de niña había visitado hasta el último rincón de los quirófanos.

-      Torres, sé que está aquí, Soy Rivera. Le traigo su cartera, se la dejó la otra noche en el restaurante. No es por meterle prisa, pero posiblemente en un rato tenga aquí algunos amigos queriéndole hacer preguntas.

Se encendió una luz y lo vio sentado sobre varias toallas en el sofá. Diez minutos después salía del portal y cogió un taxi que la acerco a unos grandes almacenes y allí se reunió con sus psicólogas particulares con las que pasó toda la tarde.


Al día siguiente los periódicos hablaban de la desaparición del Profesor Hugo Torres. Nadie supo nada más de él, mientras que Diana Rivera acabó en tiempo récord su tesis y un mes después, al igual que su amigo, desapareció para todos sus conocidos. 



Fuente Imagen: Wikimedia commons articulo libro user: Docu, licencia la misma que en wikimedian commons. 

La habitación perdida.



Casi siempre cerrada
un mundo aparte
que  se detiene
cuando alguien
pone la mano sobre
el picaporte.

Escondite de tesoros,
selva de mil y un secretos,
donde los duendes
y  las hadas
habitan.

Un mundo aparte,
donde todo es posible,
donde ayer, hoy y mañana
son.

Hoy castillo,
mañana barco pirata,
 siempre escondite,
contra la monotonía.

Un lugar donde

siempre volver.


Fuente de imagen: wikipedia commons user: Elian, created by: Sansculotte. bajo licencia, ver en wikipedia. 

miércoles, 11 de diciembre de 2013

La llave.




Desde que nacemos hasta nuestro último aliento, nuestra vida está llena de puertas. Algunas estaban ahí, otras las imaginamos. Otras las llevamos como lastre.

Las hay heredadas, más grandes más pequeñas, más robustas, unas frágiles, otras que guardan polvo y si nos fijamos hasta de factura reciente.

Son problemas, miedos, enfados, conflictos sin resolver, ira, frustraciones, sueños incumplidos, cosas no dichas a otr@s, engaños, mentiras, autoengaños, decisiones por tomar, proyectos no realizados, tareas por hacer…

Nudos en nuestro hilo de Ariadna que en más de una ocasión nos hacen tropezar en nuestros devenires diarios. Llevamos con nosotros un manojo de llaves, como el  que debe tener San Pedro. Probamos con ellas a abrir esas puertas cuando nos sentimos lo suficientemente fuertes y seguros de lograrlo.

Las llaves que usamos son la suma de nuestras experiencias, aprendizaje, educación, entorno y otras muchas cosas más que las forjan. La parte mala de todo ello es que no sólo se nutren de buenas experiencias, buenos deseos, sino también de miedos, de malos hábitos… enfados, rencores que hacen que la llave se rompa dejándonos con la puerta a dos palmos de narices. Quienes nos quieren nos cuentan lo que ellos ven, intentando ayudarnos y mostrándonos la manera de abrirla pero nosotros no lo vemos, puede ser que esa mañana no nos laváramos bien la cara, o que si usamos gafas no nos las hayamos limpiado bien.

La cuestión es que muchas veces el siguiente paso es o abandonar la batalla, o  lanzarnos contra la puerta e intentar abrirla a cabezazos o a  patadas, hasta que quemamos toda nuestra rabia.

Hay un día en el que se siente menos peso. Esas llaves desaparecen y nos damos cuenta que la llave maestra siempre ha estado ahí, que no hace falta ni un manojo de llaves, ni una tarjeta de crédito, ni una palanqueta.

La llave somos nosotros mismos. En nuestro interior están las capacidades y la fuerza para abrir todas esas puertas que tanto se nos resisten.

La pregunta es: ¿Te atreverás a abrirlas?



Fuente Imagen: Wikipedia commons author: Jorge Barrios, bajo misma licencia que en Wikipedia Commons. 


https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Llave_bronce.jpg#filehistory

martes, 10 de diciembre de 2013

Agujeros.




‘Apartamento en alquiler, sin muebles. Cocina eléctrica de dos fuegos. 45 metros cuadrados más 20 de terraza. Dos armarios empotrados. Salón, dormitorio, baño completo. Agua y calefacción central incluidas. Ascensores. Novena planta. Orientación sur.’


Cajas de cartón. Voces bajo control, ambas muy entrenadas durante años de teatro amateur. Lo que era tuyo y lo que era mío antes de ser común. Eso es fácil. Lo que fue nuestro, pagado a medias: hay que negociar. Te cambio esto por aquello. Hasta ahí, vamos bien. Esto lo quiero. Y yo. Negociemos.

Ni una voz más alta que otra. Negocias. Como los del Titanic. Ahoguémonos vestidos de caballeros. Por supuesto, se te ha escapado un detalle. Y a la otra parte negociadora, también.
Pagas a medias la mudanza. Es justo. Es un alquiler. La otra mitad se va, tú te quedas.

Te vas a trabajar. Te engañas y empalmas el trabajo con las clases de universidad que te completan el día. Son las nueve de la noche de un lunes cuando metes la llave en la cerradura.

La mitad de todo ha desaparecido. No hay Tv, ni nevera. Por la casa ha pasado un ciclón. Negociado, pero sólo es ahora cuando lo ves.
Todo rige pretérito perfecto. Y de un modo irracional ves los agujeros. Los que han dejado tacos o clavos en las paredes. Sólo son eso, agujeros. Parecen mil bocas de heridas por las que se te escapa la sangre. Tapar agujeros.



Imagen: Wikipedia Commons.



miércoles, 4 de diciembre de 2013

Velas.




Velas

Blancas,
negras,
bermejas.

Vistieron barcos
alumbraron
poemas.

Velas
blancas
libertad
mar
navío
sueños
infinitos.

Velas
negras
leyendas
historias
epopeyas
elegías
de los que
ya no están.

Velas bermejas
amores
pasiones
celos,
grandes historias
finales inciertos.

Velas de cera,
pabilos
hogar
luz
noche...

mañana.


Fuente Imagen: Wikipedia commons. 



Caminos de Santiago: Desaparecer.




Yo ya había estado allí antes, lo que me brindaba la innegable ventaja de saber qué tenía que buscar. Una cortina en el muro norte de una catedral. No una colgadura  de esas guardadas tras un cristal antibalas, ni tampoco las que salen en las pelis en blanco y negro (ese viejo tapiz sobre un lienzo de piedra bajo el que asoman los pies del villano, daga en mano). Es una anodina cortina oscura de terciopelo del malo, con polvo casi arqueológico y mucho más raída de lo que sería menester.

Tras la cortina hay una pequeña puerta de madera siempre abierta. Si alguien de los que visitan la catedral te ha visto casualmente, mira dos segundos a otro lado y luego de nuevo hacia dónde estabas, has desaparecido. La distancia hasta cualquier lado es demasiado grande como para que la hayas recorrido en segundos, de manera que parece que se te ha tragado la tierra. Puf.

Se te ha tragado la pared. La anchura de los muros de una catedral es más que suficiente como para que el maestro de obras, o quienes hicieron el encargo, incluyeran dentro de ellos una red de pasadizos. Así se mataban varios pájaros de un tiro. Excepto en puntuales lugares de descarga, puedes aligerar el peso del edificio -lo que permite que sea más alto y más grácil- a la vez que creas una cámara de aire. Si el aire circula evitas mohos, humedades, calor, frío y ruidos.

También sirve de camino de ronda interno (hay muchas aberturas estratégicas que dan a la calle, incluida una para lanzar líquidos), lo que sin duda era oportuno para la guardia del Obispo. Nunca nos han contado del todo bien la inmensa cantidad de motines antieclesiásticos que hubo en la Edad Media.

 Serviría asimismo para acometer reparaciones desde el interior, y (¿cómo no pensarlo?) fijo que más de uno del cabildo catedralicio se sabía los caminos sin necesidad ni de prender una vela, y salía por ellos tan callado como un ratón, vestido de paisano, para rematar la noche en algún local del barrio de pie de muralla. O de más alcurnia.

Hay aberturas hacia el interior de la catedral, y no especialmente disimuladas como trucos de magia o trampantojos. Pero lo invisible es lo que no debería estar ahí; nadie espera ver pasar una cabeza curiosa a bastante altura en lo que creen que es un sólido muro de sillares macizos, así que no lo ven. Y si aun así alguien creyera haber atisbado una sombra fugaz, lo achacaría a la dureza de la etapa, al hambre o a los dos vinochos a palo seco que ya se ha envasado. Igual hasta le sirve de corrección devota, para no entrar bebido en una catedral.

Subiendo vas a dar a los tejados. Lugar sin duda algo peligroso, pero tan atrayente como todos los abismos. Intentas no despegarte mucho de las estructuras de piedra, ni andar haciendo necedades a nosecuantos metros de altura. Para empezar, te cagan las palomas. No les gusta nada (es razonable) ver pies con botas tan cerca de sus nidos. Luego miras. Bosques de arbotantes, tejas viejas y nuevas, parcheados, láminas de plomo para canalizar las aguas hasta las bocas de las gárgolas. Silencio. Espías. Allí abajo se afanan las hormiguitas atareadas. Los tejados de una catedral no son la cima del mundo, pero como yo nunca he estado en la cima del mundo, me valen. Como Quasimodo sin campanas. Como todos los que se afanaron durante siglos para rematar las obras. Es un plano que puede pisarse. En cierta manera, es magia.

Cuando por fin bajas te detienes tras la raída cortina. Piensas que sería genial espiar hasta tener a tiro a un incauto, salir de golpe y darle un susto de muerte. No lo hice, no sé por qué. Pero me hubiera encantado.


La catedral es la de Santo Domingo de la Calzada. Buscad la cortina y la puerta en el muro norte. Y luego, contadlo.



Imagen: Wikipedia Commons.

lunes, 2 de diciembre de 2013

Por San Martín de invierno.



Era la noche de San Martin de invierno del año 15... Cuando ocurrió la historia que les voy a relatar y que a mí me contaron una tarde de invierno al calor de la chimenea y todavía no he podido olvidar.

Siéntense vuesas mercedes en esta mesa, cerca del calor del hogar, que ahora mismo la moza les traerá unas jarras de cerveza. Mientras tanto yo comenzaré a contar esta historia que en los labios me quema.

Era noche de San Martin de invierno, oscura y fría como el filo de una navaja. Transitaban por los caminos que nos dio dios, Don Miguel y su esposa Doña Josefa, caminaban a paso rápido azuzados por el frío y por las ganas de llegar a casa.

Se les había hecho tarde, por eso entre dientes rezaba la esposa, y no precisamente una oración. Habían recorrido ya gran parte del camino y les restaba pasar junto al camposanto para poco después entrar en la localidad. El marido sintió la llamada de la naturaleza casi llegados al cementerio. Quería el hombre internarse un poco en la oscuridad para aliviarse ante los gimoteos de su esposa y sus suplicas de que no la dejara sola. Él la invitó a que lo acompañara si no quería quedarse sola, mas ella se negaba a moverse del lugar en el que estaba.

Se internó el hombre en la espesura y acabado su apuro se dispuso a encontrarse con su  mujer para seguir el camino hacia casa.

 Cuando llegó a donde ella estaba la encontró extrañamente callada. Esperaba que le hiciera algún tipo de reproche por haberla dejado sola. En cambio su rostro había perdido totalmente el color y su mano señalaba hacia delante en el camino, indicándole que mirara.

La noche no tenía luna, más un resplandor blanco iluminaba un tramo del camino y le pareció ver avanzar a varias figuras vestidas con sudarios  cuyos cuerpos eran grises y cenicientos. Creyó que era la Hueste, la Santa Compaña, se vio perdido, imploró que la tierra lo tragara en aquel momento.  

Se abrazó a su mujer, cerró los ojos y le invadió tal terror que le impedía moverse, no oyeron el tintineo de las campanillas que dicen que la Hueste lleva consigo. Abrieron los ojos y esperaron el desenlace.


Se escucharon las doce dadas por una campana que no existía, los fuegos fatuos iluminaron el camino y la marcha espectral siguió avanzando hacia ellos.

Se encomendaron ambos a la Virgen Maria para que los salvara de aquel peligro, y prometieron que si así era le llevarían de por vida una vela diaria. Se paró la marcha a pocos pasos, el tiempo se hizo más lento y creyeron encontrar caras conocidas entre aquella reunión. Caras de familiares y amigos que volvían a este mundo tal y como se habían ido de él.

Entre ellas se adelantaron  dos figuras que les eran familiares, la madre de Miguel y la madre de Josefa. Avanzaron un poco más y se detuvieron como si algo invisible no les dejara acercarse más.

-      No temáis hijos míos, que no os haremos ningún mal y nada os sucederá si atendéis a nuestras palabras y hacéis lo que os pedimos.

La pareja se tomó de la mano  avanzando lo que sus pies les dejaron. Miraban con estupor y temor.

-      No buscamos nada más que el descanso de nuestra alma y os necesitamos como mensajeros para hacer llegar  a algunos de nuestros seres queridos  mandas que quedaron sin hacerse, nos marchamos sin poder decirlas. Os pedimos que se las deis a quien corresponde, para que así nuestras almas puedan descansar por fin.

Escucharon sus peticiones, y las que sus madres les hicieron prometiendo cumplirlas y darlas a sus destinatarios. Acabada la charla, las ánimas siguieron su camino, seguidas por dos pares de ojos que miraban desaparecer  la marcha en la noche. Para al instante andar por otros senderos que no son de este mundo.

Volvió a sonar la campana con tañido lastimero despidiendo a aquellos que un día moraron en este mundo y ya partieron. Corrieron hasta la casa como si tuvieran alas en sus pies y el sueño los envolvió antes de que pudieran contar hasta tres.

Al día siguiente todavía absortos por lo que habían vivido, no hablaron del tema por miedo a que tomara forma. Llegada la noche recibieron una nueva visita en el umbral de su puerta.

Esta vez tan solo fueron las dos mujeres, vestidas con sus sudarios y el gesto lleno de pesar y desamparo.

-      Nuestras almas no descansan y si persistís en no cumplir nuestros ruegos, nos apareceremos cada día y cada momento hasta que se cumplan.

Cierto fue ya que la pareja comenzó a enfermar y a perder la salud y no había lugar en el que no se les apareciera algún alma recordándoles su promesa.

Donde fueran y cuando menos se lo esperaban, en las aguas de la fuente, en la iglesia por muchas velas que le hubieran puesto a la madre de Dios, en su casa, a la vuelta de la cualquier esquina.

Desde aquella fatídica noche no tuvieron descanso, hasta que después de cavilar y tomar una decisión firme, dieron los mensajes e hicieron las mandas que sus madres habían dejado dadas.

Desde entonces si alguna vez pasaban por un cruce de caminos y oían alguna campana tañir, corrían como alma que llevaba el diablo, que ya habían tenido bastante con una vez de mensajeros de los muertos.

Esta es la historia que sus propios protagonistas me relataron por lo que  prevengo a vuesas mercedes que si deben seguir camino no se lo piensen demasiado que ya casi ha anochecido y no lejos está el campo santo en el que se les aparecieron las almas de los que ya se fueron.

Quizá sea más sensato una buena cama y una buena cena y seguro que mañana caminaran con el alma más tranquila y quizá la bolsa un poco más ligera.

- ¿Qué  responden?



Fuente imagen: Propia, bajo la misma licencia del Blog.