miércoles, 25 de septiembre de 2013

Profetas en tierra de nadie. Cuatro microrrelatos



En todas las historias hay siempre un personaje. Puede ser un toque de color o de sombra en la historia, ser el disfraz o la marca de alguno de los héroes o heroínas antes del gran final, sea feliz o desdichado.

En el pueblo todos lo conocían, fue joven una vez y tenía pocos años para ser viejo. Hablaba solo y no para sí mismo. Vivía con su hermana, que contaba a las vecinas que no hacia carrera de él.

Vivía en un tercero y se pasaba las horas mirando por la ventana. Nadie en el bloque sabia su nombre, la apodaban la “mirona” sus ojos parecían mirar lejos a través de las personas y de los objetos. Sin recordar que alguna vez ella, también fue como todos ellos.

Se sentaba en el mismo banco del parque desde hacía más de una década con India, una perra de la calle que se echaba a sus pies y de vez en cuando acompañaba con un aullido la melodía de la vieja flauta. Algunos transeúntes se paraban a escuchar. Ya las conocían y charlaban con ambas de la vida y de la melancolía.

Nadie sabe con exactitud que hacen solos allí arriba. Llegaron hace más de dos años y pocos saben a qué se dedican. Se ha dicho de todo y se sabe poco. Bajan al pueblo un par de veces por semana. Compran e intercambian productos, hablan del tiempo y de las calabazas, de las reparaciones de la vieja casa que habitan. Sonríen y vuelven a las alturas.

Son cuatro historias, con principio y sin final. Vidas diferentes a las que se suelen contar: pueden o no ser profetas, héroes o mártires de historias pasadas o que están por venir. Nunca se  nos olvide que somos nosotros protagonistas de la nuestras.

Fuente de Imagen: Wikipedia articulo Laberinto user: Humus sapiens.


Un Titanic del siglo XII, y 300 asesinatos a bordo.




El naufragio de la Blanche Nef, la Nave Blanca, fue el peor desastre naval de la Edad Media; no solamente por su coste en vidas humanas, más de trescientas, sino porque uno de los muertos aquella noche festiva era el heredero al trono del reino Anglonormando.

En 1120 Enrique I, rey de Inglaterra y duque de Normandía, hijo de Guillermo el Conquistador, se hallaba en el cénit de su reinado. Reinaba sobre un amplio territorio a uno y otro lado del Canal de la Mancha, había sofocado con éxito todas las rebeliones de sus barones, y acababa de conseguir que el rey francés reconociera a su heredero y único hijo varón, Guillermo Atheling, como futuro gobernante de Normandía. Un año antes el joven Guillermo había casado con la hija primogénita del conde Fulco V de Anjou, Matilde. Ese matrimonio aseguraría, según los planes de Enrique, ampliar el territorio de su hijo con las tierras de Anjou, frontera sur del ducado normando.

Enrique I tenía al menos una docena de vástagos más, pero tan sólo dos con su esposa Matilde de Escocia: la primogénita, llamada como su madre, y Guillermo. El resto de su amplia descendencia provenía de sus numerosas amantes, aunque Enrique no sólo se preocupó directamente de todos, sino que les otorgó una posición de importancia dentro de su gobierno.

En noviembre de 1120 Enrique y su corte junto con el heredero al trono se disponían a regresar a Inglaterra desde Normandía tras haberse entrevistado con el rey francés, firmado acuerdos y pactos y celebrado la alianza mutua. La temporada de navegación ya había pasado, pero los viajes eran algo muy frecuente para Enrique al igual que lo habían sido para su padre. Confiaba en las naves normandas, modelos que conservaban los mejores rasgos de los barcos vikingos de sus antepasados, y confiaba en sus expertos marinos y en las tripulaciones hechas a arrostrar riesgos.

La flota estaba anclada en el puerto normando de Barfleur,  seguro y bien conocido. El día 25 cambió el viento, y se mostró favorable a la partida. Entonces un hombre llamado Tomás FitzStephen se acercó al rey y le dijo que poseía un barco nuevo muy marinero, la Nave Blanca, completamente dispuesto para servirle en la travesía. Tomás era nieto de un tal Airardo, capitán y propietario de navío, que había servido bien a Guillermo el Conquistador en 1066. Ahora él deseaba hacer el mismo honor al rey Enrique.

Éste se lo agradeció mucho, según el cronista de los hechos Orderic Vital; pero también le advirtió de que estaba ya a punto de embarcar en un navío al ‘estilo antiguo’, un barco vikingo que incluso mostraba aún su pagano mascarón de dragón en la proa curvada y en el cual Enrique había hecho numerosas travesías. Sin embargo le aseguró a Tomás que su propio hijo Guillermo y su corte, que todavía seguían en Barfleur celebrando los festejos de la partida, subirían al bordo del navío blanco. Y Enrique zarpó.

En Barfleur ya no quedaba vino. El heredero Guillermo, varios de sus hermanastros y un gran número de damas y caballeros jóvenes de su corte empezaron a embarcar. Era cierto lo que el capitán y propietario del navío le dijera a Enrique I: el barco recién botado estaba listo, y muy abundantemente aprovisionado. La fiesta siguió a bordo, incluyendo a marinos y remeros, músicos, sirvientes cortesanos e incluso vendedores de última hora. Entre tripulación, remeros e invitados superaban las trescientas personas jóvenes e inquietas, yendo de un lado a otro. El heredero habló con el capitán Tomás para proponerle una hazaña, superar en velocidad al viejo barco vikingo de su padre -que había zarpado una hora antes- y sobrepasarlo en una especie de carrera marítima. Bajaron los vendedores y llegaron a la vez (cabe suponer que bastante molestos por lo tardío de la hora, y por cuanto oían y estaban viendo) los sacerdotes y monjes que debían bendecir el barco antes de su partida.

No encontraron mucha devoción. Cuando pretendieron subir a bordo con sus hisopos y agua bendita les gritaron desde la borda que agua ya tenían bastante, y que la noche era fría y les sentaría mucho mejor tomar unas copas. Les arrojaron jarras, se burlaron de ellos, y la Nave Blanca quedó sin bautizar.

Era una noche sin luna, fría y de mar totalmente en calma. Levaron el ancla, los remeros fueron a su maniobra, y zarparon. El cronista puntualiza que era medianoche. Y continúa diciendo:

Los remeros borrachos bogaban con todas sus fuerzas, y como el infortunado timonel también había bebido puso escasa atención en gobernar derechamente la nave para salir del puerto. Así el costado de la Nave Blanca chocó fuertemente contra una gran roca que a diario dejaba ver la marea baja y ocultaba la pleamar. Dos planchas quedaron destrozadas y –es terrible narrarlo- el barco zozobró sin previo aviso. Todos gritaban al verse en semejante peligro, pero las aguas entraron en la nave y casi de inmediato ahogaron sus voces, y todos perecieron.

La escena debió ser trágica. Cayeron por la borda. Muy pocos sabían nadar o podían hacerlo, pese a que el mar estaba por completo en calma. Y muy frío. Quienes seguían en puerto podían oír los gritos y lamentos, pero debido a la oscuridad eran incapaces de ver lo que sucedía. Guillermo Atheling, el hijo del rey, saltó a un pequeño bote. Cuando iba a alejarse oyó los gritos de auxilio de una de sus hermanastras, y volvió en su ayuda. Pero los desesperados que braceaban en torno trataron de subir para ponerse a salvo, y el bote también se hundió.

Agarrados al mástil roto de la Nave Blanca flotaban un noble y el hijo de un carnicero de Rouen llamado Beroldo. Godofredo, el noble, murió de frío durante la larga noche. Y el hijo del carnicero fue rescatado cuando amaneció por unos pescadores de los muchos que buscaban supervivientes. Beroldo fue el único, la fuente del cronista Orderic Vital.
En los días siguientes el mar arrojó a las rocas y playas algunos cadáveres. Ignoramos cuantos, aunque la crónica se extraña de que fueran muy pocos los devueltos por las aguas. El cuerpo de Guillermo Atheling, hijo del rey, nunca se encontró.

La mayoría de los historiadores consideran el rápido naufragio de la Nave Blanca un accidente causado por el exceso de alcohol del timonel, la tripulación, los remeros y el pasaje mismo. Barfleur era un puerto muy conocido y seguro. El capitán Tomás la tercera generación, al menos, de armadores y marinos que habían mostrado sobradamente su experiencia y buen hacer. El navío nuevo, la mar en calma. Sin embargo, la profesora Victoria Chandler –que ejerció la docencia en la Universidad de Georgia hasta su fallecimiento en 1999- sostuvo la tesis de que alguien condujo el navío directamente hacia las rocas de la bocana del puerto. En su trabajo examinó quien o quienes podían tener motivos para hacerlo, y halló significativas evidencias.

Sin duda el principal sospechoso y el más obvio era Esteban de Blois, sobrino del rey Enrique I. En primer lugar porque bajó de la Nave Blanca antes de que ésta zarpara, alegando un fulminante ataque de disentería. Y porque él sería quien obtendría mayor beneficio de la tragedia. Su tío Enrique sólo tenía un hijo varón: Esteban podía pensar en disputarle el trono a la primogénita y legítima heredera, Matilde. Sin embargo, la profesora Chandler no considera este motivo como definitivo. Enrique tenía hijos varones ilegítimos a su lado, sentía por su prole verdadero afecto y un interés siempre demostrado y, sobre todo, contaba con menos de cincuenta años, excelente salud, y era prolífico. Podía casarse de nuevo –lo hizo de inmediato- y podía engendrar aún herederos legítimos. Esteban de Blois acertó en lo relativo a la buena salud de su tío, que viviría quince años más, aunque no en que su segundo matrimonio le daría hijos. Sólo entonces, cuando el rey murió, Esteban disputó el trono a la heredera Matilde.

En ese punto de la investigación la profesora Chandler reparó en otra persona, Ranulfo  Meschin. Era sobrino de Ricardo, duque de Chester, uno de los mayores nobles del reino. Ricardo embarcó en la Nave Blanca junto con otros miembros de su familia. Todos perecieron en el naufragio. Ranulfo iba a bordo del barco vikingo del rey Enrique, y con la desaparición simultánea de sus parientes podía reclamar su herencia y título. Sin embargo, necesitaba a alguien con quien conspirar. Otro de los que desembarcaron antes de la partida de la Nave Blanca fue Guillermo de Roumare. Su madre, dos veces viuda, se había casado por tercera vez con el mismo Ranulfo Meschin.

 Es posible que ambos, Guillermo y su padrastro Ranulfo, observaran atentamente a quienes embarcaban, y comprendieran que tenían ante los ojos esa oportunidad que sólo sucede una vez en la vida. Para Ranulfo, llegar a ser duque de Chester y parte de la más alta nobleza normanda. Y para su hijastro equipararse a esa misma nobleza y –tal vez- como hijo adoptivo de Ranulfo poder jugar en su día la baza de sucederlo. Los dos coincidían plenamente en una idea: ser un gran señor podía convertirlos, a ambos, en hombres tan poderosos como para ser ‘hacedores de reyes’ una vez muerto el hijo de Enrique I.

Era necesario un tercer cómplice a bordo de la Nave Blanca. Alguien que se encargara de que no sólo los pasajeros, sino los remeros, marineros y oficiales se emborracharan lo suficiente. Es la crónica de Orderic Vital la que aporta un dato y un nombre: en su detallada lista de víctimas del naufragio aparece Guillermo de Pirou, senescal del rey Enrique I. Sin embargo, Pirou aún vivía tres años más tarde. De hecho, firma como testigo en un documento real dado a 7 de enero de 1121 en el que también testifica Ranulfo Meschin. Dos años más  tarde, en 1223, Pirou embarca en Portsmouth con destino a Normandía. Desde esa fecha ya no hay más menciones escritas sobre él.

¿Cómo pudo cometer semejante error Orderic Vital al darlo por muerto? ¿Fue realmente un error, o lo que Orderic intentaba era hacer que sus lectores se fijaran en el mismo Pirou, un hombre lo bastante conocido por todos entonces?

¿Pudo embarcar, emborrachar más aún a pasaje, remeros y marinos, influir para que el piloto no viera el banco rocoso conocido y luego escapar del naufragio? ¿O delegó a su vez en alguien a quien pudo comprar? Tal vez  ese alguien fuera el hijo del carnicero, el único superviviente –o no- de la catástrofe. Para la profesora Chandler, lo más inquietante en su estudio del caso es que, si bien quedan conjeturas sobre el autor material de la tragedia, toda la historia en sí misma no se sostiene como un accidente fortuito. El cúmulo de evidencias, según ella, apuntan  hacia una clara intencionalidad. Motivos, oportunidad, y un presunto cómplice dado falsamente por muerto.




Bibliografía.

http://www.bartleby.com/211/0905.html#txt8 (Latin Chroniclers from the Eleventh to the Thirteenth Centuries
§ 5. Eadmer and Ordericus Vitalis.)



 Imágenes: Wikipedia. 

1. Maqueta de la Blanche-Nef
2. Imagen miniada de una copia de la Crónica de Orderic Vital.

lunes, 23 de septiembre de 2013

Mochila azul, mochila verde: Zamora.




Zamora tiene forma de punta de lanza. Veranos abrasadores, otoños callados e inviernos sin compasión. Cuando se ha vuelto a ella muchas veces, en esas noches de días laborables y retiradas tempranas que echan el cierre y casi la dejan vacía, parece que el tiempo se detuvo alguna vez y nadie se molestó en volver a darle cuerda al reloj.

El Duero es muy ancho en Zamora, bastante más de lo que suele imaginarse antes de verlo. Ancho, profundo, tranquilo y engañoso. Cruza las aceñas ahora calladas y sigue su camino hacia el mar reflejando luces escasas, sin apenas hacer ruido, muy cercano a las murallas. Porque, sobre todo, la ciudad es silenciosa. Reflexiva. Encerrada en sí misma. Antigua. De esas en las que tus tus botas resuenan más de la cuenta haciendo eco.

Me refiero al casco histórico, a la punta de lanza. Nunca he salido de ella excepto hacia los extramuros también antiguos. Cuando era un mochilero recién estrenado lo hacía a veces, a la caza y captura de algún restaurante chino de los que te llenan la tripa sin desnudarte la bolsa. Por entonces llegué a la conclusión, cierta o errada, de que los ensanches de todas las ciudades son como ver la misma fotografía calcada una y otra vez. Dejó de interesarme. Siempre había un mercado de abastos –el de Zamora es modernista, a mitad entre una remodelación desafortunada y el encanto que se niegan a perder todos los viejos mercados- o un colmado, o un supermercado pequeño de barrio y una panadería cerca. O el plan que jamás falla, observar en dónde se meten a mediodía los monos de faena azules o blancos (cada mono con alguien hambriento dentro) y seguirlos sin preguntar.

Los árboles sí son tenaces. Los olmos y los castaños. A muchos olmos se los llevó del plumazo la grafiosis, pero los que ganaron la batalla siguen ahí, más duros que los veranos de fuego y las heladas sin piedad  de enero,  cuando el viento vuelve las esquinas y crees estar vestido de papel. Han plantado otras cosas que también agarran. Acacias, catalpas, falsos plátanos y cerezos. Hay cierta corrección en saber que nunca los verás asomar por encima de las murallas. Esa mezcla de melancolía y justicia tan difícil de convertir en palabras.

 En la punta de la lanza espera el castillo. La primera vez que lo vi era un Instituto de Secundaria, sospecho que en  hora de recreo, porque el griterío quedaba tan real como una batalla de las cruzadas. Eso sí, lo que se veía bajar y subir eran balones y no cabezas. Faltaría más. Tras unos cuantos años de obras y un ajardinamiento que hacía mucha falta, ahora es visitable. El foso, el patio de armas, las murallas, la torre de homenaje. Y un museo local dedicado a la obra del  escultor Baltasar Lobo. Para amantes de la escultura contemporánea. Entrada gratuita. Cierra los lunes.

Muy cerca está la catedral románica iniciada a mitad del siglo XII.  Zamora fue una ciudad económicamente poderosa  en aquellos días, y eso supone muchas remodelaciones sucesivas en los grandes edificios. Aun así, siendo un poco cóctel variado desde el siglo XII hasta el XVI,  guarda su porte a medias orgulloso y un tanto recoleto. Hay quien la prefiere en verano, cuando la luz se cuela hasta el último rincón y la vuelve blanca, diáfana, alta, con la cabeza muy erguida. Otros eligen el invierno sombrío y gris para mirarle el otro rostro, el que contiene el aliento y la transforma en un mundo de sombras agazapadas y ecos de piedra. Las leyendas y anécdotas dan para mucho, y siempre hay alguien dispuesto a contar en voz baja que la enorme torre sirvió de cárcel del Cabildo hasta el terremoto de Lisboa de 1775, o que la desfigurada cabeza de un personaje en piedra sobre la puerta del obispo está así porque era tradición apedrearlo. Y mucho más. La catedral es un faro blanco, un laberinto para dejarse llevar o perderse. Se vuelve una y otra vez. Creyendo haberlo visto todo tan sólo para encontrar novedades que siempre o nunca estuvieron ahí. Las piedras cambian despacio. Nosotros somos arenas más fugaces.

Da para muchos paseos la punta de lanza. No es que sea muy grande. No lo es, ni tan siquiera contando las callejuelas transversales. Mi favorita es una de esas, la calle Balborraz. Una calleja antigua con suelo de cantos rodados que desciende desde la Plaza Mayor hasta la orilla del Duero. Ya existía en el siglo X, una calle artesanal de caldereros, alfareros, mimbreros, curtidores y laneros, que bajaba hasta la judería antigua. Cuando es invierno el viento del norte sopla en tromba, hasta aúlla a veces tras ponerse el sol. Entonces es mejor meterse en alguna tasca o mesón de Balborraz o de su paralela, la calle Herreros. Ni saldréis defraudados, ni con la bolsa vuelta del revés.

Sobre todo, Zamora es la pequeña ciudad de la veintena de iglesias románicas, todas en uso y visitables. Desde el siglo XI al XIII. Siempre se habla de escuelas, estilos e influencias, pero cada una posee sus matices, es única, guarda una o muchas historias. Su aspecto cambia según la luz, es muy distinto estando llenas o vacías, bajo un sol que ciega o recogidas en la oscuridad invernal. Unas son grandes, con ecos y luces. Con suelos renovados de cálida madera y ese protagonismo casi coqueto de ser lo mejor de un barrio que también alguna vez fue de los mejores. Otras resultan resignadamente dignas, más modestas pero con estilo, tal vez un poco envidiosas si tienen el día huraño pero en general bonachonas. Las hay con toque marcial, gruesos muros y campanas de voz bronca. Y recelosas, como si te espiaran y no se fiaran de ti, llenas de rarezas y sospechas. 

Extramuros hay cinco, entre ellas la que soporta el viento con entereza, la más antigua de todas: Santiago de los Caballeros. Son las pequeñas, las raras, las modestas, frías como témpanos con sus viejísimos suelos de losas. Desnudas, con escasa decoración, sobrias y oscuras. Mágicas.

También es hospitalaria la punta de lanza. Como en todas las ciudades pequeñas te miran, sobre todo si no eres el apresurado viajero de fin de semana. A veces primero de miran a ti y luego a lo que estás mirando. Para ellos siempre ha estado ahí. Tal vez sea la parroquia de su barrio, algo asociado a bautizos, bodas y entierros, a lo cotidiano. Observan más o menos discretamente, preguntándose qué es lo que puede ser tan importante como para que alguien le dedique tiempo infinito. Pero si les preguntas, responden. Información interesante, del tipo donde se come bien y barato. Información que no tiene precio: un recuerdo, una anécdota, una leyenda, un cuento. Y a veces te preguntan a ti. Pueden haberte visto tras los visillos rondando el mismo lugar ya cerrado, cuando las calles se quedan desiertas. O haberte visto tomar notas, hacer malos bocetos.

Queda más Zamora: la palaciega, la de las casonas del bajo medievo. La de sentarse buscando un rayo de sol simplemente a ver pasar gente e imaginar cómo son sus vidas, cómo fueron las de sus abuelos. También para jugar mentalmente con una imaginaria máquina de la bola, demoler mucho de lo que ves y reconstruirlo como era hace mil años. La punta de lanza es tranquila, pero jamás deja de sorprender. Y, como siempre, no es el mismo el que llegó con la mochila que el que se marcha.












Bibliografía.



Imágenes: Wikipedia.

1. Panorámica del Duero, las aceñas o molinos, murallas y Catedral.
2. Cimborrio de la Catedral.
3. Murallas.
4. Interior iglesia de Santiago de los Caballeros.
5. Interior iglesia San Claudio de Olivares.
6. Maqueta de la calle Balborraz en el siglo XI.


domingo, 22 de septiembre de 2013

Puertas que se abren y cierran



Puertas que se abren
y se cierran,
un silencio escondido
entre las voces de la sala.
Miradas de miedo, esperanza
algunas vacías,
que nadie quiere,
de las que muchos escapan.
Suelos de reflejo,
en los que nadan
pasos,
unos vacilantes
otros decididos .
Puertas que se abren
y se cierran
y fuera el mundo
y dentro la muerte y la
esperanza.

Fuente Imagen: Nuestra. 



martes, 17 de septiembre de 2013

Los bruixolers del rey.



Introducción.

Durante siglos navegación fue sinónimo de cabotaje. La costa nunca dejaba de verse: ante el menor indicio de posible pérdida de rumbo o cualquier otro problema, al anochecer se echaba el ancla en puerto o se buscaba un abrigo natural. Así unos cuantos años de experiencia eran suficientes para formar marinos expertos que recorrían no sólo el Mediterráneo, sino las costas del occidente europeo.

El gran auge comercial de la Edad Media hizo cambiar radicalmente el antiguo modelo. Con un objetivo económico se imponían nuevas soluciones para rentabilizar los viajes y hacerlos más seguros. Era necesario abreviar la duración, ajustarla a distancias mucho mayores durante la época de navegación, que dependía de factores naturales y no había cambiado: de marzo a septiembre.

Se impuso así la navegación de altura, dejando de ver la costa como referente seguro. Y fueron absolutamente necesarias dos nuevas realidades prácticas: la brújula, y la carta náutica.

Las cartas náuticas medievales, también llamadas cartas de marear o portulanos, eran representaciones sobre un gran pergamino de las costas de los mares Mediterráneo, Negro y Rojo; las del océano Atlántico (África noroccidental, Europa mostrando el Mar Báltico y la península escandinava) y los archipiélagos: Islas Británicas, Azores, Madera, Canarias.

Algunas de estas cartas representaban áreas más orientales, como el mar Caspio, el Golfo Pérsico y la totalidad de la península arábiga.

Al ver esas cartas náuticas, lo más significativo y posiblemente lo primero que salta a la vista es la gran cantidad de líneas que las cruzan en todas direcciones. Su propósito es determinar el rumbo a seguir sin que sea necesario ayudarse con reglas o transporta ángulos: el rumbo entre dos puntos siempre tendrá cerca y paralela alguna de las rectas. También suele resultar llamativo observar la multitud de topónimos con los que se indica el nombre de los accidentes geográficos y los puertos. Al fin y al cabo, llegar en el menor tiempo posible, con el cargamento intacto y sin problemas era el objetivo principal de los portulanos.


La Escuela de Mallorca: antecedentes.

Tras la conquista de Baleares por Jaime I en 1229, la posición estratégica del archipiélago supuso un rápido desarrollo del comercio a gran escala, y la creación de una Escuela Cartográfica. Las primeras cartas náuticas realizadas en Mallorca se conservan actualmente en el Museo Británico de Londres, incluyendo las de Angelino Dalorto (1327) y el portulano de Angelino Dolcert (1339). En ambas puede verse la casi totalidad de las características citadas antes: vivo colorido, nombres de lugares, puntos topográficos recogidos con minucioso detalle, y notas explicativas en latín. El portulano de Dolcert presenta una clara desviación del Mediterráneo, para adaptarlo a una representación del espacio mucho mayor e incluir así tanto el norte de Europa como información sobre las costas africanas.


Escuela de Mallorca: la familia Cresques.

El rey Jaime I respetó a la colectividad judía, afincada en la isla desde siglos atrás, una vez conseguida la conquista. Esta comunidad se vio aumentada con otros correligionarios, sobre todo provenientes del Languedoc tras la devastación que supuso la cruzada contra los cátaros en 1244. Vinieron de Perpiñán y Montpellier, con apellidos como Nabot, Bonet, Cresques, Massana y otros. Protegidos por Jaime I y sus sucesores, desempeñaron cargos administrativos de importancia y oficios que los vincularon con el entorno directo de los reyes, como el de médico.

Aunque los judíos mallorquines no eran marineros, muchas razones los acercaban a ese oficio. Dedicados a los negocios durante siglos, dominaban la mayoría de las lenguas habladas y escritas en el ámbito mediterráneo. Sus propias relaciones familiares y con otras comunidades afincadas en muy distintos reinos potenciaban tanto su interés comercial como el constante intercambio de noticias, libros e ideas. La protección de la corona y su demostrada fama de cultos, políglotas, industriosos, poseedores de amplios conocimientos astrológicos y científicos hicieron el resto.

Abraham Cresques descendía de una familia establecida en Mallorca durante generaciones. En los archivos reales se incluyen referencias a un tal Ferrer Cresques, médico, y a Vidal Cresques, alto funcionario de la administración. Abraham (n.h. 1320-m.1387) fue relojero, constructor de brújulas o bruixoler así como de otros instrumentos de navegación, y cartógrafo. Disfrutó de una excelente reputación en la corte, con el título de magister mappamundorum et bruxolarum del rey.

El rey Juan II ordenó a Abraham Cresques elaborar una carta náutica digna de ser regalada por un monarca a otro. Juan II quedó tan satisfecho que le encargaría varios regalos reales más en forma de portulanos. En parte para mostrar su amabilidad, por supuesto. En una parte mucho mayor, para demostrar sin sombra de duda quien poseía la mejor Escuela Náutica, los sabios de insuperable categoría y el poder para dominar una enorme y sofisticada  red comercial.

Abraham tuvo un hijo, Yehuda o Judá, que trabajó estrechamente con su padre en la creación de mapas y portulanos. A finales del siglo XIV, las predicaciones antijudías del dominico Vicente Ferrer desencadenaron el caos en Mallorca. Judá Cresques y su familia aceptaron la conversión al cristianismo junto con un gran número de correligionarios  y  adoptó el nombre de Jaume Ribe. Así continuó gozando del patrocinio del rey, y se convirtió en magister cartorum navigandi de la corte. Algunos investigadores creen que se trata del mismo Mestre Jácome de Malhorca que estuvo en la corte de Enrique el Navegante de Portugal, y lo consideran persona de transición entre la cartografía catalana y la naciente Escuela de Sagres portuguesa.





Bibliografía.

h.html


Imágenes: Wikipedia, Creative Commons.
1) Atlas Catalán de Abraham Cresques.
2) Restos del domicilio de la familia Cresques en la judería (o Call) de Mallorca.

lunes, 16 de septiembre de 2013

La Cruz Blanca.




Ahora en aquel lugar tan solo hay una cruz blanca que atestigua lo ocurrido hace casi quinientos años: un hotel, una cervecería, y al otro lado de la carretera un bulevar donde descansan tomando el sol figuras de metal, las personas más ilustres de la ciudad nazarí.

Una cadena delimita la historia y la realidad, como queriendo separar el presente del pasado y la rutina de lo que ocurrió  sólo una vez en la vida de unos pocos. La cultura popular, más que los libros lo guardan para si en coplas y cuentos.





Las historias se cuentan de mil y una maneras al igual que las leyendas y ésta como otras tiene su verdad y su fantasía. Yo, que he visto el lugar y conozco la historia, puedo tratar de unir ambas y crear algo que os pueda contar.
Era doña Isabel de Portugal emperatriz consorte del Imperio Sacro romano germánico ya que doña Juana, su suegra, era Reina propietaria de Castilla, Aragón y Navarra.

Mujer hermosa donde las hubiera, culta, discreta, amada por su marido, por sus damas y caballeros. Se contaba entre estos a don Francisco de Borja de quien decían las lenguas viperinas en la corte que amaba a su señora, aun estando casado con la mejor amiga y dama de doña Isabel.

Las ausencias de don Carlos I eran largas y doña Isabel las sufría en silencio gobernando y sufriendo por su delicada salud. Era la soledad su compañera y los cuidados de quienes la querían su cayado y sustento.

La bella Toledo en Mayo de  1539 albergaba la primavera y a la corte y la reina esperando en reposo la llegada de un nuevo hijo. Murió doña Isabel de sobreparto estando tan solo en su cuarto mes de embarazo, se fueron madre e hijo.

Don Carlos, no pudiendo soportar tanto dolor se retiró al monasterio de Santa Maria de la Sisia. Puso al frente de la comitiva fúnebre a su primogénito don Felipe y a don Francisco de Borja.

Fue el viaje de Toledo a Granada largo y triste, recorriendo los caminos que 33 años antes ya había recorrido una reina desdichada acompañando el cuerpo de vida de su marido al que se negaba a abandonar.

El séquito dirigido por Don Francisco de Borja viajó durante días, sin apenas descanso con el deseo de llegar cuanto antes a Granada. Nadie quería abandonar a su señora, pero la naturaleza seguía su curso y haciendo su trabajo.

Llegaron damas, caballeros y frailes a donde ahora se yergue la cruz. Como era de ley, antes de entregar el ataúd a los monjes que custodiarían a la reina hasta su última morada en la Capilla Real, hubo de dar testimonio de que aquella que allí se encontraba era doña Isabel de Portugal.

He traído el cuerpo de nuestra Señora en rigurosa custodia desde Toledo a Granada, pero jurar que es ella misma, cuya belleza tanto me admiraba, no me atrevo. [...] Sí, lo juro (reconocerla), pero juro también no más servir a señor que se me pueda morir”

Quedaron  para la posteridad tales palabras que unos escribieron y otros cantaron. Se llevaron los restos mortales de tan bella reina y quedaron pesarosos y tristes.

Ahora en aquel lugar queda una cruz como recuerdo de lo que allí aconteció, varias veces  reconstruida por los vecinos del barrio en el que se convirtió aquel lugar andando el tiempo. Para que no se olvidara esta historia, y permanezca en nuestra memoria. 

Fuente Imagen: Wikipedia articulo Isabel de Portugal, user Escarlati. 
                           Imagen de la cruz, propia bajo la misma licencia que el Blog.

viernes, 13 de septiembre de 2013

Nunca fue verdad (I).



Asedio de la fortaleza de Arsuf, mayo de 1265.



- Está loco.
- Yo no diría eso. Comemos, tenemos agua y esperamos.
- Esperamos ¿Qué? No vendrá nadie. Ya estamos muertos, y el comendador loco de atar.
-  Pues escapa. Huye, si puedes: llega a Acre, denúncialo y pide socorro. Tú sí que estás para ponerte mordaza y cadenas. Nos van a matar. Saberlo debería calmarte.
-  ¿Calmarme? Nadie saldrá vivo de aquí.
- Tampoco te dolerá mucho. Las cimitarras cortan cuellos como si fueran la espuma del mar. La cabeza gacha, un silbido, y ya está.

El sargento se puso en pie desplegando su manto negro y levantando polvo, con las mejillas rojas.

- Nos van a matar.
- ¿Y te alistaste sin saberlo? Señores de la media almendra,  servís a plazo por un voto. Juraste que servirías un año y luego a casa cumplida la hazaña, a casarte y a contarlo en cada reunión hasta que seas viejo. Pues te ha tocado la piedra negra. Y yo soy el oficial de sargentos.  Hazme enfadar.

- Eres un hombre del común.

- Soy quien te da órdenes aquí, y ahora. No eres tan bueno. De hecho, eres un insensato y un mal soldado. Ahora id, señor hermano, a las vísperas. Te relevo de completas: preséntate ante mí, cenado, sobrio y tintada la cara de negro para hacer de vigía. Si no estás aquí antes de que caiga la noche, te moleré a palos. Lo haré, puedes estar seguro. Espabila, y reza. En unas semanas estaremos muertos.

- Muchos ya han muerto. Por eso aseguro que el comendador está loco.
- Y tú serás el siguiente loco o el siguiente muerto, con el miedo nunca se sabe- el sargento lo miró como quien deja resbalar un vistazo sin darle importancia alguna- Escucha cuando nos leen la Biblia mientras comemos: “Hasta el  necio, si calla, pasa por sabio”.

-  Eso son refranes de pueblo.
- Eso es del santo libro de los Proverbios. Los que no sabemos leer tenemos buena memoria. Tras las vísperas, tintado de negro, listo para media noche de vigía. Falla, y verás que cosas son tonterías y cuales se pagan con la vida. Soy un hombre del común. No discuto. Hago.



Sitio de Arsuf, mayo de 1265, campamento de Baibars.

Demasiado tiempo de sitio. Eso lo sabemos, ellos y nosotros. Termina la primavera. Tienen los aljibes llenos, aguantarán. Y para nosotros vendrá el verano. A cambio, son muy pocos. Pensaba   en todo ello cuando me anunciaron a un jinete. Uno solo, con bandera blanca. Un parlamentario.

Eligió el peor momento. O el mejor. Pronto se pondría el sol, de modo que era tan sólo una silueta negra imprecisa sobre el gran caballo de batalla. Avanzó hasta muy cerca, en solitario, alzada su bandera, y desmontó. Sabía que no lo veíamos con detalle. Dejó la impedimenta. Espada, daga, lanza, escudo. Alzó los brazos con el paño blanco entre las manos, y esperó. Si no lo recibía, me deshonraría. Venía desarmado. Envié  jueces de paz a por sus armas, que le serían devueltas, y me tomé mi tiempo. No tan poco como si me sintiera incómodo. No tanto para parecer titubeante o imbécil.

Reconozco que nunca fue descortés. Posiblemente muy apresurado, porque los hijos de occidente son así. Creen que por hablar más rápido tienen más razón. Es instructivo escucharlos en árabe, repleto de relativos. Han de modelar su impaciencia a la lengua en la cual se expresan, y la mezcla resulta interesante. Insisto en que fue cortés, eso es importante. Cuando dos hombres saben que sólo uno y los suyos sobrevivirán, la cortesía alivia la culpa. Y vuelve generoso. Me dijo que dentro de los muros cobijaban a media docena de monjas dedicadas al cuidado de heridos, y que entendía que no serían ofendidas. Eso lo concedí, como buen musulmán. Me dijo que había unos treinta trabajadores contratados, y que si él los dejaba ir libres con su salario pagado sólo eran eso, trabajadores que no merecían muerte ni ser esclavos. Eso también lo concedí. Y le dejé que rezara en una de mis tiendas, sin que nadie lo molestara. Lo invité a cenar con mis privados, a la hora en la que ya no se hacen concesiones. Aceptó. Comió de los platos comunes mostrando que no desconfiaba. Y se disculpó por no tocar las carnes, estaba de ayuno. Nadie podía reprocharlo.

Es mejor no conocer al hombre al que vas a matar. No saber cómo se llama, no haberle visto la cara, no haber cruzado palabras. Que no sea un recuerdo. Que no sea real. La primera parte nos la sabíamos todos. Esperaban grandes refuerzos. Nadie lo creía, pero hay que decirlo. Más tarde aseguró que tenían llenas las cisternas. Eso era real. Muros que aguantarían un asedio. Verdad. Y comida de sobra. También verdad. Yo tenía que decir algo, algo temible.

- Nunca levantaré el sitio. Nunca. Nadie vendrá. Podéis rendiros y pedirme el amán. Juro que nadie será muerto, y que os dejaré ir a pie, con agua y comida, hasta donde queráis.
- Os lo agradezco y reconozco vuestra generosidad, señor Baibars. He pedido el amán para las hermanas, y os he dado palabra de liberar a los trabajadores con su paga y sus familias, confiándolos a vuestra misericordia. Los que trabajan no combaten.

- Ese amán lo tenéis.
- He calculado que no nos rendiréis por hambre ni por sed. Será por mayoría. Sois muchos, aunque no llueva y os sea duro. Podéis minar. Sin duda ya estáis minando. Un trabajo agotador.  Peligroso. Y largo.
- Nadie vendrá.
- Nadie vendrá. Pero estarás mucho tiempo aquí, y tus hombres sufrirán. Tendrán sed en verano, tendrán hambre. Mientras resistamos se sabrá que tú estás detenido, mi señor Baibars, y otros pueden moverse. No podrás hacer nada mientras mantienes un sitio.

Eso podía ser una bravata. Pero podía no serlo. Una vez más debía decir algo apremiante, algo terrible.
- No pueden hacer muchas cosas, comendador. Lo sabes.
- No puedes sostener un sitio y a la vez estar en otro lado. Lo sabes.
- Puedo.
- Con tiempo, tal vez. Te ofrezco una tregua de tres semanas.

Tuve que hacer como que bebía despacio mi vaso de té para disimular. Su acento era el mismo, pero el árabe que hablaba no dejaba lugar a dudas. Había dicho eso. Cortésmente. Tranquilo. Mis privados y consejeros tenían la boca abierta, y no disimulaban. Le sonreí, condescendiente.

-¿Qué necesitas hacer para ganar tiempo?
- Nada. Eres hombre de mundo, sin duda sabes que mi Orden es reputada por sus médicos. Y que hemos aprendido mucho de vosotros y de los sabios judíos, eso no es nada nuevo. Ya no lloverá hasta que pase el estío. Vosotros estáis saludables, pero he visto a los hombres mientras me conducían a tu presencia. No comen fruta fresca. Y había demasiados camino de…las letrinas, disculpadme si la palabra os parece grosera, no conozco otra más educada en vuestra lengua.

Eso también era verdad. ¿Nos ofrecía una tregua? Supuse que para que mis tropas se dispersaran vivaqueando. Pero tampoco tenía mucho sentido. Ellos no podían salir. Tal vez fuera posible que esperaran refuerzos, ganando tiempo. Pero si llegaba el verano y la fiebre menguaba mis hombres, ni mantendría el asedio implacable ni podría socorrer a otros que fueran atacados. El monje seguía siendo educado, cortés, tranquilo. Eso le dejaba como un huésped cabal, valeroso y respetable. Me puse en pie, y todos hicieron lo mismo.

- Valoro tu consejo, porque los médicos juran ante Dios no mentir. Te concedo una tregua de tres semanas. Y no te doy de mis manos la última taza de té porque te mataré con ellas, y si bebieras lo que te ofrezco te salvaría la vida. Espero que no me guardes rencor por ello.

-Ninguno, mi señor Baibars. Son cosas de la vida. Todos moriremos un día.

Así se despidió, y dejó muy buena impresión entre mis consejeros y entre la tropa en general. Yo tuve una mala noche. Eso pasa por verle la cara al hombre al que matarás.



Asedio de la fortaleza de Arsuf, finales de mayo de 1265.


Dos semanas sin las mujeres, monjas o siervas. Dos semanas de rancho abundante y variado. Insípido. Con vino demasiado aguado. Con ropas sin lavar y sin remendar. Un silencio como una losa en lugar de los cantos de faena. Los echaba de menos. Y cuando se rompía el silencio, siete caballeros entonando salmos durante las largas oraciones. Los demás no sabían la letra. Ni él, porque no eran canciones de amor ni rimas de trovadores y porque odiaba el latín tanto como la mugre, el silencio, las órdenes educadas y sus manos encallecidas a medias y todavía a medias despellejadas. Dos semanas sin los duros trabajadores que barrían, cortaban leña para los hornos, sacaban agua, reponían el aceite de los candiles, sacrificaban a los animales que comerían, recogían huevos, amasaban enormes hogazas y aguaban poco el vino. Los que tundían el relleno de los lechos y cambiaban la paja y las hierbas olorosas esparcidas sobre el suelo de piedra cada día. Herradores, mozos de cuadra, guarnicioneros, limpiadores de letrinas, hortelanos. Incluso echaba de menos el alboroto de los niños demasiado pequeños para cualquier trabajo. La fortaleza inexpugnable parecía un cementerio.

Sacudió la cabeza. Lo había comentado muchas veces con los demás sargentos. Los trabajadores y sus familias salieron una mañana antes del alba. Aterrorizados a medias. A medias respirando de alivio. A cada hombre y mujer se les dio un saco grande de harina blanca y otro mediano de cebada. Cada quien recibió su salario. El comendador y los seis caballeros los escoltaron a ellos y a las monjas veladas hasta que una patrulla mameluca se hizo cargo del grupo. Se saludaron, y volvieron.

El sargento más joven, mozo entendido en hierbas que a veces ayudaba en la enfermería, les dijo que a cada uno incluidas las hermanas se les había hecho una cruz en el hombro con la punta de una daga. Les restañaron la poca sangre que manó, les pusieron la pasta de hierbas que todos conocían. Nada más. No hubo manera de sacarle palabra. Ni con vino del mejor, sin aguar. No sobre aquel asunto. Tampoco sobre otra noticia que ignoraban y que les pareció todavía más inquietante. El ayudante había llevado durante algunas noches linternas con sus velas al comendador y los dos caballeros más jóvenes. Los tres iban vestidos con ropa vieja y sucios delantales de cuero, palas en las manos, cuerdas al hombro, garfios y otras herramientas. Le ordenaron volver al dormitorio común  cerrándole la puerta en las narices.  Recordaron que aquella semana, la primera después de quedarse solos, el sargento mayor durmió con un ojo abierto y la gran vela del dormitorio muy bien despabilada para que alumbrara hasta los rincones. Uno pidió permiso para salir a aliviarse a la letrina. Tuvo que usar una bacinilla y volver a acostarse de inmediato. Nadie salió durante aquellos días.

Todo era demasiado extraño. Y ahora también él llevaba herramientas. Cruzó el patio de armas en dirección a poniente, cumpliendo órdenes. La torre del calabozo. Vacía. Con una guarnición de veintiséis hombres nadie iba a ser castigado. Agradeció el frescor que brotaba de los gruesos muros, la sombra de la bóveda sobre su cabeza, muy arriba. Usó la llave para soltar los cerrojos de una  cadena y abrir luego una puerta maciza, estrecha y casi empotrada en el muro mismo.

A la luz de la linterna descendió primero una escalera bien escuadrada, y luego un túnel cavado en la misma roca gris que formaba las murallas de la fortaleza. Miró las muescas regulares de la vela. Ni una corriente de aire. Así calculó que había caminado al menos un cuarto de legua, primero hacia el oeste y luego al norte. El túnel cambiaba. Descendía y era distinto, más tosco. Más antiguo. Dejó la linterna en el suelo, tomó la azada y cavó. Quería ver debajo del espeso polvo y la tierra blanquecina sobre la que no había otras huellas salvo las suyas propias. Eso era todo. Tierra apisonada. Sin lajas de piedra, sólo tierra. El túnel estaba allí mucho antes de que se levantara la fortaleza. La pendiente se hacía más pronunciada, y la roca parecía suave y desgastada hasta media altura. Es una cloaca, pensó. Levantó los brazos agarrando bien la azada. Las cloacas van a desaguar a la playa. Al mar. Dio un golpe seco, y oyó un eco y un ruido familiar, el del barro cocido al quebrarse. Había roto un ánfora, y otra yacía a su lado. Metió la mano en la intacta. Arena. Pero la rota en pedazos contenía otra cosa. Vio el brillo de las monedas. Oro. Mucho. Bastante. Volvió a cubrirla con aquella vieja arena blanquecina. Había consumido media vela. Giró sobre sus pasos y se alejó de regreso al calabozo.


El sargento mayor y el resto de los hermanos parecían esperarlo en el patio. Parpadeó, cegado por la luz de mediodía, y negó con la cabeza.

-  Ningún sonido abajo –dijo-
- Están cavando una sola mina –el comendador sonrió, satisfecho- hacia la entrada misma, por debajo de las dos torres de acceso. Cavan con cuidado, apuntalando, vigilantes, asustados. Rezando por no hacer ruido.
- En turnos de día y de noche –aseguró el sargento mayor- De noche van más despacio. Demasiado polvo, velas mortecinas, silencio. Sacan fuera los sacos de tierra y las rocas y lo esparcen todo a oscuras. Además de oírlos desde los aljibes, se ve el color distinto de los escombros ahora que no queda hierba que los oculte. Una tierra muy blanca.
- No son sólo rocas –el caballero de más edad parecía haber estado reflexionando- hay otras cosas: mármol y sillares, piedras labradas gastadas y rotas. Antes hubo aquí otra ciudad. Antes del castillo de los abasíes.
- Les costará más cavar. Tendrán temor de que algo tan antiguo se les desplome sobre las cabezas si no entiban bien –el comendador sonrió de nuevo- Hace falta madera sólida para los puntales, y hay que traerla de lejos. Pero sobre todo deben tener mucha sed en las minas en las que tantos se afanan. Hermanos, nos queda una semana de tregua y  mucho trabajo.

El sargento que había bajado a la mazmorra lo miró, desolado.

- ¿Para qué?
- Para darles de beber.




Imagen: Ruinas de Apolonia-Arsuf, Wikipedia,