domingo, 24 de noviembre de 2013

Tarde de Noviembre, Domingo.



Domingo tarde de Noviembre

Baño dorado de  sol
en las esquinas
juega al pilla pilla
el viento y el frío
con hojas que ya
dormitan.

Las manos en los bolsillos
buscando el calor de las
castañas,
mientras los rojos y grises
se mezclan en nuestras entrañas.

Miradas tras las ventanas
al calor del hogar
humeantes tazas
que calientan manos
y  acompañan charlas.

Domingo de cine
el de las sábanas blancas
en pareja, o en soledad.
Cines de barrio
o de centro comercial.

Mañanas soleadas
de excursión, aperitivo
comidas menos livianas.
Tardes de manta y libro
o tele, o de siesta deseada.

Tarde de Noviembre, Domingo
Para más señas.






Caminos de Santiago: Teseo.




De veras se encuentran cosas raras, lo que se dice  extrañas, en el Camino de Santiago. Incluso personajes que parecen salidos de un cómic con colores chillones. Otros, grises como la niebla, vestidos en diversos hábitos monacales, tanto de órdenes reconocidas como imaginarias (o desfasadas). Hay modelos de marcas de diseño junto a quienes hicieron su guardarropía en un mercadillo o en varios, y a fuerza han de irla renovando asimismo en los variopintos mercadillos que atraviesan.

Están también los conjurados: los que evocan aquello de que Rodrigo Díaz juró no cortarse las barbas, y otras gentes no mudarse de camisa hasta que se cumpliera esto y aquello otro. Vamos, quienes llevan las ropas hasta que se les caen de encima. Están los torvos, aunque sea verano arrebujados en sus aguaderas -modernas, de plástico, clásicos de tela de distintos pelajes-. Y los veraniegos, que van en tirantes así los calen mil aguaceros. Los hay muy limpios y muy sucios, de todos los colores. Hasta algunos de tal manera caracterizados que si te los topas entre la niebla o la engañosa luz del alba o del ocaso, dan escalofríos. Y ganas de salir corriendo.

Con mucho, la palma, el primer premio y hasta el Oscar se lo llevaba uno que reunía en sí tantas rarezas como para acabar pareciendo él real, y el resto fantasmas aficionados. Iba vestido de peregrino: vamos, de postal roñosa. De esos hay bastantes, y al final te haces a verlos. Pero lo que descolocaba absolutamente era hacia dónde iba: contracorriente.

La sensación más extraña del mundo. Incluso desasosegaba. Todo el mundo hacia el Oeste, y él al revés. Sobra decir que nada me atreví a preguntarle. Parecía pisar lo bastante seguro como para no ser el más despistado del mundo. Tenía aspecto cansado, y no en el cuerpo. Por el contrario, su forma física parecía tan envidiable como la de un enjuto atleta callado y envuelto en su aguadera. Lo vi sólo una tarde-noche. Hablaba muy poco. Era amable, eso sí, con quienes le dirigían la palabra. Parecía inmerso en un esfuerzo tan invisible como real.


Más adelante me dijeron - me ahorro mencionar con quienes tuvo lugar aquella conferencia- que andaba el "despistado" en una hazaña para muy pocos. Llegar a Compostela y al Finisterre, y desandar el Camino hasta su propia casa. Confiaba lo bastante en quienes hablaban y en cuanto oía, aunque más me vale confesar que entonces no entendí sino las palabras, y de los trasfondos me quedé a dos velas, como suele decirse. Más tarde,  ya de regreso, estuve comentando con otro que había peregrinado y también lo había visto. En la charla vino a relucir el gran Laberinto o Juego de la Oca que llena una plaza de Logroño, y la cosa derivó hacia laberintos; entre ellos al inevitable de Chartres, el llamado La Legua de Jerusalén. Los laberintos me han interesado siempre, pero ahí quedó el tema. 

Años más tarde, viendo uno concreto asociado a la historia de Teseo, di en la cuenta que lo de entrar y guiarse y hasta llegar al centro, e incluso dar muerte al temido Minotauro era lo decorativo,  no el meollo.

El meollo era el hilo de Ariadna y el pánico y el trabajo de hallar la salida con todo ya cumplido, en mitad del vacío que sobreviene una vez se gasta la adrenalina, convertidas ya las hazañas en pretérito perfecto. Teseo ha de encontrar su lugar en el mundo una vez el telón ha bajado y se han acabado las grandes músicas, la sangre y los efectos especiales. Tenía motivos para estar serio aquel que deshacía el ovillo de su laberinto personal. Ya lo creo que los tenía.


Imagen: Wikipedia Commons.

miércoles, 20 de noviembre de 2013

No hay luz en la ventana.



Durante más de treinta años había hecho el mismo camino, tres veces por semana de ida y las mismas de vuelta. Desde que se había marchado al pueblo a vivir con su marido. Subía la cuesta mientras canturreaba con voz suave, la misma con la que entretenía a sus hijos cuando eran pequeños y la acompañaban, lo que para ellos era una aventura.

 Ahora de vez en cuando su hija pequeña iba con ella a  visitar a la abuela. Anochecía, y los fríos de aquella tarde de noviembre se colaban por las mangas del abrigo y por cualquier resquicio que quedara entre la ropa.

El alumbrado cada vez más espaciado y menos brillante, se apostaba en el camino como vigía de un mar diferente, oscuro y frío. Las orillas del camino y los lugares del todo conocidos le traían recuerdos de una infancia y adolescencia llenas de vida.

Aquel mismo camino que ahora en soledad le resultaba algo más largo, entonces se hacía demasiado corto, entre susurros y las mejillas rojas por un piropo o un comentario algo descarado. Sonrió y apretó el paso, cuanto antes llegara, podría sentarse al calor del fuego y quitarse tanta ropa.
Los aullidos de algunos perros al escuchar sus pasos entre los caseríos diseminados, los guiños de luces que se encendían, y el ama que salía a la puerta a mandarlos callar, aprovechando así un momento de charla.

-      ¿Ya vas para arriba?

-      Si, hoy ando tarde, me entretuve haciendo la cena para Paco.

-      Mañana por la tarde si te parece subo y tomamos en café las tres juntas.

-      Claro, Teresa, sube y así charlamos y  nos ponemos al día.

Despedidas y vuelta a tomar el ritmo para dar el último tirón, y en la altura cada vez más cerca la luz que siempre está en la ventana. Desde sus primeros recuerdos su madre dejaba un candil en la cocina. Nunca supo su origen. La madre de su madre lo hacía, y según ella, también la madre de la abuela.

Apretó la bolsa contra sí, buscando el calor residual de la sopa que llevaba para la cena y vino a su mente un hecho que no recordaba haber vivido. Tenía unos quince años, aquella tarde bajaron a hacer unos mandados al pueblo y subía con su madre por aquel mismo camino.

Los perros ladraban y sus pasos eran ecos de sus voces que no dejaban ni un solo silencio. La luz de la casa que era su guía se comenzó a ver, y ella la miraba preguntándose cómo su madre podía verla desde el pueblo a tanta distancia. Pensativa escuchó caer las bolsas que ella llevaba  y la vio salir corriendo como si algo malo hubiera pasado.

Recogió las bolsas intentando seguirla. Su rastro  se perdía en la cuesta, ya casi había alcanzado la casa. Entró detrás y se encontró a su madre abrazando a la abuela mientras le acariciaba el cabello y le decía suaves palabras. Miró a la ventana: la vela se había apagado.

Se estremeció y apretó el paso un poco más. Abrió la puerta y saludó a Juana que ya se había puesto el abrigo. Se despidió de ella y entró en la cocina. La vela seguía encendida, su madre la llamó.

Dejó la bolsa sobre la mesa, se quitó el abrigo y entró en la habitación. Su madre estaba en la cama, se acercó a darle un beso. Estaba haciendo labor, y mientras su hija se acercaba al brasero le preguntaba por los de la casa y por lo acontecido en el pueblo.

Nunca supieron los motivos por los que su madre se había metido en la cama, sucedió un día, y desde entonces pocas veces abandonaba el lecho. Los domingos que venían todos a almorzar, la comida trascurría en torno al lecho, y ya se había convertido en una costumbre. Su mente permanecía intacta, pero su cuerpo había ido menguando como si se tratara de una vela. A veces su yerno Paco, cuando el tiempo era cálido,  la cogía en brazos y la sacaba fuera a que tomara el sol.

Cenaron y charlaron durante largo rato sobre sus vidas e historias del pasado, mientras una hacía punto y la otra remendaba algunas ropas. Isabel relató a su madre el recuerdo que había venido aquella noche a su mente. Al no recibir respuesta dejó de coser y vio que la buena señora se había dormido.

Ella misma se quedó dormida, con el calor y a causa del cansancio. Una bocanada de aire la despertó,  el olor característico de una vela al apagarse. Miró a su madre, que sonreía. Había llegado su momento, y era tiempo de partir. Le advirtió que la vela no volvería a encenderse, y mientras su hija le tomaba de la mano se durmió para siempre.

Durante muchas noches no hubo luz en la ventana.

Fuente Imagen: Nuestra, misma licencia que el Blog.


viernes, 15 de noviembre de 2013

Palabras.



Las que no se llevó el viento,
esas que resuenan en mis oídos
cuando duermo.

Esas que se esconden
en mi escritorio,
entre los folios
en tus ojos.

Aquellas que dibujan
los amantes en sus
cuerpos y expresan
algo más que deseos.
Palabras…

Dichas en silencio
creadas en lejanos
ensueños.

Éstas que escribo
y siento.

Palabras que perdurarán

cuando ya no estemos. 


Fuente imagen: wikimedia commons autor Jottt. Articulo, casa Batlló

lunes, 11 de noviembre de 2013

Caminos de Santiago: Pasó por tu puerta...



Cuando al subir y bajar el Alto del Perdón su mítica fuente está seca, puedes decir que llevas un día de perros. Largo, rompesuelas, de viento mil veces cambiante. Y la sed, el peor enemigo, encendiéndote las sienes como un faro de alarma. Si además de eso bajas hacia una extraña neblina de media tarde, el humor no mejora mucho. Neblina porque es un valle como una artesa, una rastrojera que sisea amenazante ya recogidos los trigos y las balas de paja. Parece el batir de muchas alas a ras de suelo, un crujido reseco que recorre la llanura. ¿Es calima, o es la niebla que brota de lugares húmedos tras su quebrada corteza ocre, o acaso es humo, lo que faltaba? 

Calurosa no es la niebla, porque sobre ella no vibra ni ondula el aire creando espejismos remotos. Bajando sales de dudas, aunque la pregunta carece de respuesta: es aire fresco, inusualmente fresco, blanco grisáceo y pesado, que difumina los contornos y se pega al suelo mientras el soplo caluroso sigue flotando sobre él. Recuerdas esas veces en el mar, cuando nadas y percibes corrientes frías y calientes casi al unísono. Maldito día de polvo, y ahora seguro que se me enfría el sudor encima, se me mojan las botas, se me empapan los pies, y sin la menor duda encuentro lo que voy buscando cerrado a piedra y lodo mientras estornudo y me paso la manga (el brazo, va a ser) por las narices, que ya se me acabaron los pañuelos de papel.

Me estaba comportando como un agorero molido. Hombre de poca fe. Lo que buscaba estaba ahí abajo, en donde había estado durante los últimos ochocientos años. Pero en la luz que precede al ocaso parecía brotar de la misma niebla, quieta y escondida, camuflándose entre el color dorado oscuro de las rastrojeras. Firme y achatada, objeto de muchas páginas y no menos especulaciones, Nuestra Señora de las Cien Puertas empezaba a marcar una larga sombra hacia levante, como la que proyectaría un indiferente reloj de sol. Había esperado muchos años para llegar hasta Muruzábal. Desde que por primera vez deseé pisar aquel lugar hasta el momento en que me acercaba a él, un cuarto de siglo. A veces esas cosas pesan, y sólo te das cuenta de ello cuando llegas a ver lo tantas veces deseado y soñado.

Que iba a estar cerrada a piedra y lodo lo daba yo por cantado. Incluso esa piedra en la que puede leerse: "…y desde aquí, todos los caminos se hacen uno" se ha colocado en otro lugar. A veces, también, recuperas la fe de golpe y estás por pellizcarte a ver si deliras, o es cierto. No estaba cerrada. Ante ella vi un inconfundible teodolito, y una furgoneta grande y el resto de instrumentos del oficio, y cuatro personas jóvenes bien quemadas ya por el sol. Se me olvidó el moqueo, el agotamiento y la sed. Que carallo, la ocasión la pintan calva: pasó por tu puerta, dos veces no pasa.

Bendita topografía: porque topógrafos eran, cuatro teutones de posgrado en prácticas, que además de saludar me dieron agua nada más verme, dos veces benditos. Y tras los comentarios de rigor pregunté yo si podía entrar a la ermita, y aquellos que sí, claro, podía. Solté bordón, mochila y sombrero y me metí dentro a buen paso, no fuera a cerrárseme la puerta en las narices como pasa a veces en los cuentos.

Habían retirado bancos, o sillas o lo que hubiere, para colocar su material. Así vacía no parecía grande, porque no lo es, pero si mucho más acorde con su época. Miré y miré y miré, y anduve, y veía que se iba retirando el sol y se me ocurrió lo de ahora o nunca. Otra puertecilla abierta. Hala, arriba. Arriba por una escalera muy estrecha y en muy mal estado, para despeñarse entre lo asimétrico de los peldaños (¿cuántos pies atareados en un lugar diminuto hacen falta para tanto desgaste?) y las cagadas de las palomas, que convertían lo ya peligroso en una pista de patinaje. Arriba se remata en una torrecilla poligonal con su ventano para ventilación, imaginas, porque no está en lugar tan elevado como para servir de atalaya. Bueno, no es eso lo que imaginas, sino otras cosas. Mucho más tarde, que ya casi habían  acabado de recoger, les di las gracias y seguí la media legua escasa hasta Puente la Reina. Pasaron muchas más cosas extrañas ese día y esa noche. De veras extrañas.

Pero el colmo de la extrañeza fue encontrarlos de nuevo más adelante, en Torres del Río, y tener la misma oportunidad. Tal vez, con muchísima suerte y quedándome un día más en ambos pueblos, removiendo Roma con Santiago, buscando a la santera o al cura y hasta llorando, o haciéndome el beato, hubiera podido echar un piadoso vistazo de cinco minutos con el de la sotana pegado a los talones, más vigilante que una gárgola, pero no así. A mi aire. Solo.

Claro que podía haber resbalado y haberme roto la crisma, o una pierna, o hasta haberme quedado atorado en alguna estrechura (¿Quiénes andaban por allí? ¿Enanos mineros, gnomos bajitos o contorsionistas profesionales?) Pero lo mismo pude despeñarme en otros muchos sitios, o llevarme un camión en el arcén de la N-VI, o vaya usted a saber. No sucedió nada de eso, de modo que ¿Para qué preocuparse?  Y la moraleja o lección, que ya la sabía yo, se quedó bien ratificada. No dudes. Entra. No lo intentes, hazlo. Pasó por tu puerta: dos veces no pasa.












Imágenes: (Alto del Perdón y Eunate) Wikipedia/Flickr, bajo la misma licencia del blog.

viernes, 8 de noviembre de 2013

Los leprosos del siglo XXI.



A estas alturas de mi vida y viendo cómo  está el país nadie sabe cuál será nuestro futuro, de eso estoy segura.

Todos los días en los caminares de la vida nos encontramos con gente que  sobrevive vendiendo en la calle, ofreciendo servicios, hasta si no  queda otra opción, pidiendo para poder subsistir.
Yo he estado del lado del que la gente pasa y los miramos por un instante y nuestras miradas se quedan grabadas en esas esquinas o esas aceras, las hay de muchos tipos.

Tanto que se habla de que somos números de la impersonalidad de los gobiernos y de las administraciones, a pie de calle acabamos haciendo lo mismo: pasamos, miramos desde el otro lado de la verja y es uno que vende o pide, otro más. Sin pararnos a pensar que quizá además de la moneda  esa persona necesita unas palabras de aliento.

He conocido gente cercana que trabaja en la calle cara al público y curiosamente además de su empleo ejercen una labor social, acaban siendo centros de  información, más de uno se sorprendería al pasar una jornada  en su compañía: la cantidad de personas que se acercan a preguntar por un lugar o un comercio mientras los cupones siguen criando y multiplicándose. No es una obligación el comprar como no lo es la de dar a quien pide.


 Un día salté la verja, y deje el  alambre de lado. Cuando me junto por la calle con este tipo de personas las trato con la misma dignidad con la que trato a cualquier vecino o viandante.  De los dos lados de la alambrada hay gente de todo tipo y se pueden aprender y vivir toda clase de experiencias.

Alguna vez he mirado a quienes  dan , y también a los que pasan, y lo que más llama la atención son sus miradas que son un espejo en el que se reflejan las más variadas historias.

No voy a referir todas ellas ya que me daría para una segunda parte de las mil y una noches, pero si puedo citar algunas, desde el desprecio, ya sean foráneos o extranjeros, la melancolía de quienes tienen a sus familias lejos y ven en esas personas una prolongación de ellos mismos o los suyos, o lo que podría pasarles en un futuro.

Muchos tienen miedo de ser los próximos leprosos sin darse cuenta que hay manera de poner cura a esa enfermedad, parándose y hablando, ayudando en la medida de lo posible a que esas personas en un futuro puedan ser canales de ayuda a otros y un grano de  trigo no hace granero pero ayuda al compañero.


Cuentan las escrituras que hasta la viuda dio un óbolo al templo.  Puede ser una moneda, o un buenos días o preguntar por cómo va el día, un consejo sobre dónde comprar más barato, una sonrisa que deje las murallas de la hipocresía en ruinas. Así quizá nos encontremos lo que nosotros buscamos, que la vida es mejor de lo que pensamos. 


Fuente Imagen Wikipedia, articulo gota de lluvia, user Urcomunicacion.

Los Amos del Tiempo.




Al final, perdieron la partida. Lo intentaron durante mil años y tanta perseverancia, para mí, merece respeto. Pero perdieron la partida. Y nosotros la perdimos: quien algo gana mucho paga.

El ‘Calendario Agrícola’ de la cripta de San Isidoro de León es hoy un objeto cultural. Diapositivas de exámenes. Materia de doctos. Algo que reposa en un Museo. Algo que hay que pagar por ver.

La Rueda del Año es muy vieja. Los romanos la dibujaron en mosaicos. Como Rueda. Los cristianos le dieron formas cuadradas, para remarcar un final: Dios es el Amo del Tiempo. Hubo un inicio, y habrá un final. El Tiempo, esa falacia subjetiva, está ordenada.

Y es presentada como todopoderosa. Los ‘mensarios’ o (mejor dicho en griego que en latín) ‘menologios’ se someten. Se muestran debajo de los ciclos litúrgicos. Se los asimila. O se intenta hacerlo. El tiempo de la ‘gente del común’ es cíclico, como lo es el girar del año y de las estaciones. Si todo es una rueda, nada es definitivo. La iglesia cristiana se ocupa de cambiar eso. El Tiempo es lineal. Un día Dios creó el mundo, y tras una recta sin maniobrabilidad alguna vendrá el Día del Juicio, el fin del Tiempo. Por supuesto, nadie se lo creyó. Por supuesto, todos hicieron como que se lo habían creído.

Hasta ahí, sería teología de escuela. Pero no fue así. Pagaron por esculpirlo y dibujarlo, pagaron caro a muy buenos artesanos para dejar su mensaje sin dudas, sin cuestiones. En los pórticos sagrados. Donde sólo cabía ver, interpretar. Y obedecer. El Señor es el Amo del Tiempo. Por eso suenan las campanas, por eso el día se divide en horas, por eso todo tiempo no entregado a Dios (o al trabajo que Dios envió como castigo a Eva y Adán) es ocio, o pecado.

El problema era mostrarlo, terrible y severo, sin discusión, a los iletrados. Para hacer eso no valían las imágenes simbólicas referidas a un mundo cultural grecolatino. Había que dibujarlos a ellos mismos. Debajo de lo sagrado, sí. Pero reconocibles.

¿Cómo mezclarlo todo? Asociando los trabajos y los días al tiempo sagrado de la Liturgia. ¿Funcionó? La gente del común no escribe. Sólo podemos hacernos ideas, pruebas circunstanciales pero no definitivas, en base a los penitenciarios. Los manuales que enumeran las preguntas que se hacían a quienes iban a confesar. ¿Has ido con tu familia a celebrar un banquete fúnebre? ¿Crees que el eclipse de Luna mengua las cosechas? ¿Has ido a bailar, disfrazada, con otras  mujeres al monte? ¿Fue tu marido con los de su casa en la Epifanía a ‘hacer la cabra’?

Palabras. Había que dibujar. Esto dibujaron. Los trabajos que ordenaban los días. Alguna cosilla se les coló, suele pasar. Ahora lo vemos nosotros, tan lejos ya de aquellos trabajos y aquellos días. Y tan lejos (o eso nos gusta imaginar) de quienes ordenaron poner cada cosa en su sitio y, sobre todos, a los amos del tiempo.


(De izquierda a derecha)

1.  Enero: El inicio del año aparece dibujado como un hombre de alcurnia, no un labriego. Con una mano cierra la puerta de la casa (que aparece repetida) mientras la abre con la otra. No es una figura ‘real’, sino el recuerdo del dios Jano, el de los dos rostros, uno de ellos cerrando el pasado y el otro abriendo el futuro.

2.  Febrero es un paisano, un hombre vestido con capa y capucha sin teñir que muestra manos y pies mientras se calienta junto al fuego. No hay trabajo que hacer, pero el fuego recuerda la fecha sagrada: las luces de la Candelaria.

3.  En marzo se podan las vides y se preparan cuidadosamente. Las ropas, la calidad de la podadera y el hecho de ser viticultor indican que quien trabaja posiblemente es aparcero, o siervo, de un monasterio. El vino es fundamental para la liturgia.

4.  Abril supone el momento de plantar, y la Pascua de Resurrección. El agricultor lleva legumbres en las manos, y va a comenzar su época de mayor trabajo.

5.  ‘El alegre mes de Mayo’ es el momento de las guerras. Vemos al soldado dispuesto a seguir a las tropas. Se ha eludido cualquier otro motivo de fiestas en el mismo mes.

6.  Junio como la siega temprana.

7.  En julio, la gran siega de los cereales panificables.

8.  Agosto muestra la trilla. El instrumento utilizado, un mayal, aparece ya en imágenes de las mismas faenas en dibujos del Antiguo Egipto. Lo usual en la época sería el trillo, de madera con lascas de pedernal como cuchillas.

9.  Septiembre es la vendimia.

10.  En octubre se ceban los lechones, los días menguan y se piensa en terminar de aprovisionarse.

11.  San Martín de Invierno, el once de noviembre, marca el inicio de la matanza. Para entonces se aprovechan los terrenos comunales: se recoge leña, castañas, setas, los frutos que duran o que pueden ser desecados y conservados.

12.    Diciembre está marcado por la Navidad y las celebraciones. Aun así, de nuevo es un gran señor y no un labriego lo que vemos, sentado a la mesa abundante, y anciano por su barba entrecana (en la imagen original de la cripta): el Año Viejo que va a morir, la puerta que enero cerraba.


Bibliografía.

“Calendarios Medievales. San Isidoro de León”, de Ricardo Puente (2009).


lunes, 4 de noviembre de 2013

Caminos de Santiago: Dados cargados.



Para muchos ojos el Camino de Santiago es casi una aventura libresca hecha realidad. Como toda aventura que se precie tiene sus dificultades, sus malos ratos y sus sustos. Pero a cambio recuerdan luego (o es lo que la muy amplia mayoría recuerda) una camaradería como la de los mosqueteros, una hospitalidad y un encanto envueltos en su halo irrealmente dorado, la maravilla de descubrir lugares y cosas que ignoraban. Recuerdan calidez, compartir, apoyar y ser apoyados, una lealtad sin fisuras, y amistades hechas a golpe de botas y de aguaceros o solanas. Hasta el importuno ladronzuelo se tiñe con los ropajes de la picaresca de libro y cumple su oficio. Todos y todo tiene un lugar, un rol, un significado, un objetivo.

Sin duda es cierto. Aunque a los que no lo han vivido esa locura les parezca larguísima y agotadora, desde dentro posee su compás, su ritmo interno, y al final la aventura es siempre demasiado breve. El tiempo se encoge vertiginosamente a medida que para ti se acerca también el final de la magia: cuando quemas las botas y te vistes de limpio y coges un bus o un tren, dejándolo todo atrás. Las lágrimas ocultas pero no menos ardientes son optativas. Pocos hay que no hayan pasado por ellas.

La mayoría de la gente lo ve así porque su fluir es, pese a todo, rapidísimo. Porque les supone una ruptura radical con lo cotidiano. Porque resulta tan inmediato y tan vital, tan intenso, que tiene algo de montaña rusa. Pocos escuchan y entrevén qué hay en los cimientos. O en los sótanos. Ante todo, dos corrientes que se superponen, se vigilan mutuamente e intentan monopolizar ciertos lugares. Monopolizar unos y dificultar otros. Hay albergues controlados por la Iglesia Católica. Muy controlados, suelen estar pared con pared con otros digamos heterodoxos o nada ortodoxos, y en medio haber alguno de los que sencillamente van por libre y no se casan con rey ni roque. También están los que gestionan las comunidades autónomas, lugares tan neutros como un edulcorante. Y en los años santos, cuando por no haber no hay ni cunetas bastantes para echarse a dormir en ellas, los campamentos del ejército. A cada quien lo suyo: sus barracones-ducha y sus tiendas de campaña hacen palidecer por limpios a la mismísima patena.

Así la gente observadora va de lo neutro a lo castrense, del albergue gratis al de limosna, de los de pago sencillito a los de algunas (o muchas) campanillas. Desde los que tienen solera y son de la república independiente de su casa, pero cierran el pico y no se meten en banderías con tal de que no se meta nadie con ellos, a las puertas cerradas de los ensotanados curas del Opus Dei; y de esos a minimonasterios como el benito de Rabanal del Camino, muy bien colocado por cierto para contrarrestar al heterodoxo Tomás, que ya sale hasta en las guías de peregrinos.

En esos sitios tan disputados incluso los hay de gente con humor que sale por peteneras y por sus fueros, llama a su albergue "El pequeño Potala", y ahí queda eso. O lugares que te dejan flipado, como aquel de San Nicolás regentado por cofrades sobre un puente y en muy antigua ermita, que incluye en la hospitalidad de la casa lavar UN pie al peregrino. En mala hora bromeé yo con lo de que tal salir y entrar de nuevo a ver si me lavaban el otro también. Los cofrades no gastaban mucho humor. Cosas que pasan.

Vamos, que se vigilan. Se observan. Se espían. Lo divertido es que la gente en general ignora tales tejemanejes. A lo más se pregunta qué carallo hace un minimonasterio nuevo de frailes benitos en un pueblo cuyo censo es de veinte habitantes. O que hacen los del Pequeño Potala arriscados en una aldehuela en la casi cima de un monte. O por qué unos y otros y los de en medio y el mismo diablo se apretujan en determinados enclaves, de modo que encuentras cinco albergues (el monasterio benito uno de ellos) en un tramo de 10 Km. Todos cantando aquello del "no nos moverán".

Por supuesto cada quien tiene sus gustos, sus lealtades y sus fobias. Sorprende más, si llevas intención de enterarte por lo menudo del enjuague, lo sólida que es la red de información que corre entre albergues. Saben lo que ha pasado al detalle. Saben quiénes hacen trampa, y cómo. Saben que hay lugares en los que no pidas hospitalidad así tengas encima una tormenta peor que las plagas de Egipto, porque sólo entran los suyos, que para más inri van con autos de apoyo y luego se cierran las puertas como las del castillo, y allá se pudra el resto. Lo sé bien porque pasé una noche en la puerta de una iglesia, con la fría piedra por jergón y un nido de lechuzas que no me dejaron dormir y encima me cagaron, que se le va a hacer. Me vengué del negro opusino, pero no contaré como. Los correveidiles y las noticias vuelan mágicamente por zonas a las que el cartero ni llega. Y son fiables, dentro de las noticias que les interesan a unos y otros: y a ti, por supuesto. Advertencias, recomendaciones, contraseñas. Alabanzas a veces, y otras sapos y culebras. Hay un camino secreto que sostiene al Camino, donde cualquier novela se queda muy, muy corta. Quede por aviso para navegantes: para ver cosas no basta con la superficie.



Nota: Lo que se llama cotilleo o 'escándalos' son tan frecuentes en el Camino como en cualquier parte del mundo, nadie se llame a engaño. Lo inusual, y hasta raro, es que trasciendan. Pasan cosas, nadie se entera. Esta vez no. Malévolamente incluyo el enlace de algo que pasó hace tres años, para dar un cuadro más amplio y no ver las cosas desde un solo ángulo.



Imagen: cedida por un compañero de Camino, bajo la misma licencia que el blog.


domingo, 3 de noviembre de 2013

Vamos deprisa.



No hemos salido
y queremos regresar.
Pensamos con pena
sobre el ayer y lo que
No hicimos.

Planeamos un mañana
a medida, entre deseos
y miedos por lo que vendrá.

Hoy estamos  con
el alma y la cabeza en dos
lugares, y nunca aquí.

Corremos hacia delante
queriendo dejar atrás
nuestros miedos, sabiendo
que aparecerán en el próximo
atajo.

El sol de la mañana,
la primera canción de un cd,
la última palabra de una novela,
una mirada que se escapa
Por la ventana.

Esas son algunas de las cosas
que tenemos en nuestro presente
y que a veces se nos pasan
De largo.

Caminar un poco más
despacio, pararse
en alguna ocasión.
Ser más conscientes
de nosotros y lo que
Nos rodea.

Ayer se fue…
mañana, no se….
Hoy viviré.


Fuente de la imagen: Propia, bajo la misma licencia del Blog.