viernes, 31 de enero de 2014

Caminos de Santiago: hospitaleros, constructores, magos.




Aleaume nació en Loudun, Poitou, Francia: hijo de una familia de la alta nobleza, siendo joven decidió peregrinar a Roma sin ser reconocido. Adoptó el disfraz de un sirviente, y a su regreso ingresó en un monasterio benedictino. Cabe suponer que la desaparición de un joven noble dado a la religiosidad no pasa desapercibida, y terminaron por encontrarlo. Ya había profesado, en ese sentido no había nada que hacer. Pero se le acabaron las posibilidades de vivir como un sencillo monje anónimo. Sabemos que poco después era abad de la Chaise-Dieu, en Auvernia, y que tenía contactos con la corte.  Constanza de Borgoña, nieta de reyes, se disponía a viajar a León para contraer matrimonio con Alfonso VI. Le pidió, o le ordenó, que le acompañara como parte de su séquito y de sus privados.

Aleaume recaló en la corte, en Burgos. Pronto fundó un monasterio y una hospedería para peregrinos a Compostela en las afueras, al lado del río Vena. El nombre resultaba bastante impronunciable, de modo que probaron primero con Adelelme, luego con Adelhem, y terminaron por recortarlo a Lesmes. Del monasterio de San Juan Evangelista nada queda, pero sobre la iglesia se levantó otra ya en el siglo XV que aún sigue ahí, entre ruinas románticas con un halo extraño y el siseo eterno del Vela, el río más insignificante de Burgos. Y el más peligroso. Lesmes murió en 1097. Entonces el hombre conocido por los códices y los archivos pasó a la leyenda, uno de los santos del camino que lo fueron por aclamación popular, y lo apuntaron al gremio de los santos hospitalarios (cosa que fue) y al de los que crean puentes, dominan las aguas y devuelven la vida. Se dice que en su tiempo, tanto peregrinos como gentes del barrio vadeaban el traicionero Vena para ir y venir de Burgos. En una de sus repentinas crecidas de primavera, de esas canallas que suceden en media hora y lo arrasan todo, estaba ahogándose un muchacho. Lesmes le lanza su báculo abacial –que no sería de madera, por cierto, sino de metal como corresponde a un favorito de la reina- y el báculo a sus órdenes llega hasta el mozo y lo trae a la orilla sano, salvo…y seco. Luego Lesmes mismo trabaja en un puente de madera, que más tarde sustituye por otro de buena piedra, a su vez rodeado de leyendas. Por eso es patrón de Burgos, muy visitado su sepulcro, y sonada su fiesta el 30 de enero.




Domingo García nace en Villoria de Rioja, Burgos, en 1019, hijo de Orodulce y Jimeno, labradores. A la muerte de sus padres intenta ser monje benedictino, pero no es admitido. Decide entonces retirarse como ermitaño en los encinares de Ayuela, cerca de la actual Santo Domingo de la Calzada. Tras unos años de soledad conoce al legado papal Gregorio, obispo de Ostia, enviado por Benedicto IX para conjurar una plaga de langosta que asolaba Navarra y La Rioja. Agradecido por su ayuda, Gregorio lo ordena sacerdote, y juntos levantan un puente de madera sobre el río Oja para facilitar el paso a los peregrinos a Compostela.

Tras la muerte de Gregorio Domingo regresa a los bosques de Ayuela, y comienza una labor de colonización desbrozando bosques, roturando tierras y construyendo una calzada de piedra al estilo romano que le valdría su sobrenombre.

Sustituye el puente de madera por otro de piedra, y  levanta un complejo compuesto por hospital, pozo e iglesia para servir a los viajeros. Actualmente, si bien remodelado, existe como la ‘Casa del Santo’, y continúa siendo albergue de peregrinos. Logra el apoyo y la ayuda económica del rey Alfonso VI, y junto a su discípulo Juan de Ortega inicia un gran templo que llegará a ver consagrado y donde elegirá un rincón para su tumba.

En el caso de Santo Domingo de la Calzada, la leyenda viajó muy lejos. Sus milagros, algunos cómicos como el de la gallina que cantó después de asada, siguieron los caminos de Santiago hasta Francia, Alemania, Italia e Inglaterra. También él perteneció al gremio de los hospitalarios, constructores, pontífices, señores de demonios, amos de los elementos y capaces de devolver la vida.

Se quedan muchos en el tintero, o para mejor ocasión. Es posible que las leyendas del Camino no sean infinitas, pero son inagotables.



 Imágenes:

1. Ruinas de San Juan, junto a la Iglesia de San Lesmes, Burgos. Fotografía propia.

2. Tumba de San Lesmes, Burgos. Fotografía propia.

3. Tumba Santo Domingo de la Calzada. Catedral, cripta. Wikimedia Commons.
  


miércoles, 29 de enero de 2014

No hay respuestas




(Relato participante en el I Concurso de narrativa breve "Leyendo Hasta el Amanecer" con mi nombre, Ainhoa)


El fuego se había apagado, la lluvia caía mansamente, no se pudo hacer nada. Cuando todos llegaron ya era demasiado tarde. Los paraguas se fueron alejando unos de otros. La  realidad era aquella; las lágrimas mezcladas con la lluvia, su presente. Y lo que en el fuego se había consumido un futuro que ya era pasado.  

Alguien la tomó del brazo y le ofreció cobijo de la lluvia. Sólo escuchaba el sonido de sus pasos sobre la grava y la voz que le hablaba sonaba muy lejana. Volvió la vista atrás y su alma se  quebró una vez más. En el coche su mirada se perdía en el mar, desafiante como siempre y sin respuestas.
La casa había ardido hasta los cimientos y en ella había perecido Marcos.

Se habían conocido hacia un par de años, una amistad común había recomendado a Marcos que hiciera una visita a la doctora Campos, cuya fama de buena profesional era reconocida. Quizá   donde muchos habían fracasado ella triunfara.

Después de varias sesiones María descubrió que lo que atormentaba a Marcos era la certeza de que moriría en un incendio a manos de alguien muy cercano a él. Decía saberlo desde siempre, pero en los últimos tiempos aquella obsesión lo inquietaba más que de costumbre, hasta llegar a bloquearlo y aterrarlo.

Durante un año y medio un par de tardes en semana de cinco a seis, se sentaban cerca de la ventana y él hablaba sobre sí mismo, su niñez, adolescencia y después sobre su día a día.

Dejó de llover. Bajaron del coche y entraron en casa.  Preparó un café bien cargado, sirvió dos tazas y se sentó junto a su acompañante en la mesa de la cocina. Empezaba a cansarse de la charla monótona de aquella mujer que no paraba de llenar los silencios. Le parecía de mala educación pedirle que se fuera y no tenía ganas de hacer una escena.

Las uñas pegaban sobre la cerámica y mientras miraba el segundero del reloj de la cocina moverse lentamente, hasta le pareció que en varias ocasiones retrocedía en vez de seguir hacia delante. A las tres la visita se disculpó y por fin se marchó. Cerró la puerta tras de sí respirando profundamente.

No le dio tiempo a dar un paso cuando volvieron a llamar. Otra visita más con ganas de charla y de hablar sobre lo ocurrido. Toda la tarde sentada escuchando lo mismo, tenía una vida que continuar.  Era cierto que Marcos ya no estaba, pero no podía perder el tiempo. Tenía demasiadas cosas que hacer.

Eran las diez de la noche cuando pudo por fin estar  sola. Algo caliente para cenar, un par de somníferos  y una buena noche de sueño. Al día siguiente vería las cosas de manera más clara. Amaneció otro día plomizo y se despertó con dolor de cabeza resultado de una noche llena de pesadillas.
Todo cambió aquella tarde de marzo después de la sesión. Él la miró a los ojos y le confesó que quería  cambiar de profesional. Habían tomado varios cafés  y quedado para ver un par de películas, lo suficiente como para entender que debían tomar una decisión ya que no sería nada sano ni ético  seguir siendo terapeuta y paciente

Los siguientes meses se deslizaron   como un suspiro, pasaban todo el tiempo que podían juntos, disfrutando cada instante como si fuera el primero y el último. Él tenía una casa en la costa junto al mar y aquel se convirtió en su paraíso.
Cerró la puerta de la nevera y miró la hora, las ocho y media de la mañana, domingo. Conectó el teléfono y abrió la puerta para que la gata entrara. Puso café y miro hacia fuera, otra vez no… Llamaron varias veces. Esta vez era la policía, los bomberos habían acabado su trabajo en la zona y ellos también, ahora quedaba esperar  los resultados.
La citaron para responder algunas preguntas al día siguiente en comisaría. Marcos no iba a volver y estaba segura de que hicieran lo que hicieran no encontrarían al culpable. El café estaba frío, ella también. Se envolvió en una manta y se quedó ensimismada viendo llover.

Dieron las nueve en el reloj del salón. Volvieron a llamar a la puerta, de nuevo aquella mujer. Calentó el café y dejó la manta sobre el sofá. Hubiera preferido quedarse sola con su dolor, en vez de eso el día fue una cadena de llamadas y visitas. Todo era demasiado frío y gris. Estrechó manos, besó caras y dio gracias, sirvió más café y abrió y cerró la puerta tantas veces que le pareció una eternidad.

El verano había sido de ambos. Ella trabajaba desde aquella casa junto al mar  un par de veces en semana, unas  horas por la mañana. Él podía permitirse dedicarle todo su tiempo. Nada más especial que ellos dos, el mar y tres meses para adorarse. Después llegó el lejano septiembre y ella volvió a su casa en la ciudad, y a sus viajes de fin de semana al paraíso. En ocasiones él la esperaba  con cena para dos y noche de pasión.

Su ropa estaba en el armario que compartían, y su olor todavía permanecía en la habitación  en la que dormían.
Las diez de la noche, otra sopa de bote. La manta seguía en  el sofá. Se envolvió en ella, apagó las luces y  se quedó viendo llover. La despertó la llamada de la gata en el cristal.  Dejó que entrara, y cuando se acercó para cogerla vio  los pelos de la cola chamuscados. La puso en el suelo y la siguió hasta la cocina, donde le dio  de beber y comer. Sintió que no estaba sola y se giró sobre sí misma.

Estaba allí. Un cuerpo negro como la más oscura de las noches cerca de la chimenea del salón. Quiso gritar pero no salió voz alguna de su garganta. Sus ojos la miraban fijamente y  sabia de quien eran, tantas veces la habían mirado. Marcos había regresado de los infiernos y aunque no decía nada su mano negra se levantó y la señaló antes de convertirse en ceniza y caer sobre los rescoldos.

Volvió al sofá y se envolvió en la manta sin poderse mover y  sin dejar de mirar  la chimenea  por donde había desaparecido aquella horrible aparición.
Aquella semana que acabó en  tragedia ella estaba  en un simposio sobre  enfermedades mentales y crímenes. Se habían despedido el lunes temprano con la promesa de llamarse a diario y verse el sábado por la mañana. Llegó pasado el mediodía a la casa. Vio  aparcados  coches de policía y bomberos. Temió lo peor. Después, tan solo lágrimas y  días de infierno.

¿Era esa la verdad?

Lunes por la mañana. Las pisadas hacían eco en el pasillo, las puertas se cerraban a su paso. La doctora Ortega miró sus notas una vez más antes de entrar en la habitación. Dejó la puerta abierta y la celadora se quedó en el pasillo. Un gato de peluche escondido bajo  la cama y ella envuelta en su manta. Mirando por la ventana.

Para María era domingo por la noche, un día  después del incendio en el que murió Marcos. La última parada antes de volver al principio de la historia que su mente había inventado para no aceptar la verdad. Aquella era la conclusión a la que habían llegado todos los psicólogos que la habían estudiado y tratado.

A veces, en la incoherencia de su historia, aparecían leves cambios para interiorizar el lugar en el que se encontraba. Los sanitarios eran amistades que la acompañaban en su dolor. El gato de peluche que estaba debajo de su cama, era su gata. Incluso  presencias invisibles, como la aparición del fantasma chamuscado de Marcos que venía a asustarla culpándola de su muerte.
Retazos de realidad y culpa  se mezclaban en aquella habitación pintada de blanco. La había convertido en su propio infierno, donde aquellos dos días inventados se repetían una y otra vez. La doctora después de intentar hablar con ella durante más de un cuarto de hora y no recibir respuesta alguna, salió de la habitación.

Ya en su despacho releyó las notas de sus predecesores y las suyas propias.
La paciente ejercía como psicóloga y había tratado a la víctima en terapia durante más de un año. Después de ese tiempo se estableció una relación sentimental entre ambos. Vivían en residencias separadas, y los fines de semana ella se desplazaba a  casa de él, en la costa, en donde convivían en aparente armonía.

La victima había comenzado una nueva relación con otra terapeuta que lo había tratado desde que la paciente y  él eran pareja. No era la primera vez. Marcos G. G repetía el mismo modus operandi. Pedía ayuda a profesionales femeninas y después de pasado un tiempo establecía relaciones personales con ellas, y vivía a costa de ellas. Pasado un tiempo las chantajeaba con ir al Colegio de Psicólogos y denunciarlas por acoso y ruptura del secreto profesional. Les pedía entonces dinero  para desaparecer de sus vidas. En aquel momento   tenía ya otra víctima potencial.

Ninguna de las afectadas había interpuesto denuncia.

María asistió al simposio donde  la última noche conoció a algunas de las chantajeadas por su compañero sentimental. Después de mantener un encuentro con ellas salió del hotel y no se la volvió a ver hasta la mañana del sábado, cerca de la casa, con la mirada perdida.

Cerró la carpeta y volvió su mirada a la torre de papeles e historiales que  esperaban para aquella jornada.

Mientras, María se había vuelto a quedar sola. De nuevo aquella negra presencia volvió a levantar el brazo señalándola como culpable de su desgracia. Esta vez no muy segura de la razón habló en voz alta a aquella masa de ceniza negra. Se mereció  arder  en las llamas de aquel falso paraíso.
Ahora recordó. Llegó el viernes pasada la media noche, lo vio hablar por teléfono antes de bajar del coche. Se reía. Cogió su bolso y abrió la puerta. El colgó. Le sonreía. Tiró el bolso al sofá y le gritó que lo sabía todo. Esta vez lo denunciarían. Conjuntamente. Ella, la primera.

Ni se levantó. No serían capaces. Dijo que se iba a dormir. Que dejara las llaves y se marchara. Ella recogió el bolso. Lo abrió, encendió un pitillo. Entonces vio la lata de gasolina para el Zippo. Estaba sentado en la cama. Lo llamó por su nombre. Destapó la lata. La apretó hasta hacerse daño. Y tiró el cigarrillo encendido.


Era una antorcha humana. Las sabanas y las cortinas ardían entre gritos cuando salió de allí. Se  sentó en la orilla mirando al mar, aquel que no tiene respuestas. 


Fuente de la imagen: Wikipedia, Wikimedia commons, Autor, Alberto Castillo Aroca. 

domingo, 26 de enero de 2014

Fue en Agosto.


En agosto, un mes de vacaciones para muchos y de trabajo para otros, nos conocimos Thorongil y yo después de más de cinco años de amistad virtual por internet en una estación de Madrid. De eso hace ya 5 años más y desde entonces seguimos como compañeros de viaje.

En agosto del año pasado comenzamos el camino de este Blog tras un intento fallido un mes antes.  Hubo que rehacerlo para que renaciera como Ave Fénix. De eso hace casi seis meses, y hoy mismo hemos llegado a las diez mil visitas.

Queremos dar las gracias a las gentes que nos leéis, a quienes las compartís, a quienes nos comentáis, a quien disfruta con nosotros  de esta aventura.

Esta vez será en enero cuando comencemos un nuevo proyecto que se llamará Cuatromanos. Todavía está un poco verde, pero estamos seguros que con   trabajo y esfuerzo pronto estará listo para su andadura y crear nuevos mundos con todos vosotros.

Una vez más: Gracias.

Fuente de la Imagen: Wikipedia, Wikimedia commons autor Andreas.F. Borchert.  

sábado, 25 de enero de 2014

Li Feng (I)



Traía subido el cuello del chaquetón, calados los bajos de los pantalones, los pies como mármol y una sonrisa terca. Se preparó para doblar la esquina. La calle la habían trazado a regla y compás; de norte a sur, tan recta como una espada, por ella bajaba sin obstáculos un cierzo canalla de los que hacen llorar.

Dos coches de bomberos, los sanitarios y la policía. En su misma puerta, con nutrido acompañamiento de vecinas, curiosos, y ese rumor sordo de marea que presagia naufragio.

Marcas de hollín en las ventanas, en el balcón del 2ºA, justo debajo de su propio piso. La sangre le retornó de golpe a los pies, en medio segundo pasó entre el tumulto, se metió dentro del portal, gritó que era el vecino de arriba del incendio, se zafó de unos y otros y subió la escalera sin tocar los peldaños de madera ni oír sus crujidos. Está controlado, le dijeron. Sacaban una camilla. Rostro cubierto, mal asunto. Y un tipo largo y flaco. Li Feng, alias el chino, el hijo del abuelo coleta, la sombra. Una mujer policía usaba los dientes para despegar la cinta adhesiva amarilla en la que pone ‘no pasar’. La miró.

-¿Es Li Feng? ¿Qué ha pasado?
-¿Lo conoce?
-Soy el vecino de arriba.
-¿Sabe si tenía problemas?
-Un bazar al final de la calle. Nada de problemas, que yo sepa. ¿Y su familia? Su padre, su mujer, sus hijos…
-Sólo estaban... ¿Cómo ha dicho? ¿Li?
-Feng. Li es el apellido. Unos treinta años, alto y delgado.
-Él y un señor mayor –la mujer soltó la cinta, sacó un bloc y anotó- ¿Sabe el nombre del padre?
-Li Hao.
-Chinos, ¿No?
-Sí. De Qingtian, provincia de Zhejiang. Con doble nacionalidad.
-Era amigo suyo.
-Más o menos. Buenos vecinos. ¿Y el resto de la familia?
-Los están buscando. Por la hora, suponemos que los niños estarán en el colegio. ¿Y la madre? ¿Trabaja?

Las cosas se complican fácilmente. Subió a casa, comprobó que las marcas de humo negro no habían llegado a su altura. Dejó lo que traía. Le escribió una nota grande a Estela. Ella llevaba móvil, pero lo tendría apagado como siempre, eran las normas. Se cambió la ropa mojada, las botas, y preguntándose muchas cosas accedió a acompañar a la patrulla. Maldita sea, nadie quiere dar esas noticias, pero mejor un vecino que dos agentes dispuestos a acribillarte a preguntas. Cuando cerraba la puerta asomó la cabeza Joaquina, alias la Matusalena, con su susurro de correveidile y sus ojos tan agudos como los de un búho arrugado.

-Se los han cargado, niño. A los dos. Te lo juro por Dios, Jacobo, se los han cargado y han pegado fuego. A la cabina he bajado yo a llamar a la policía y lo he visto todo. Y lo he oído. Han sido dos chinos.
-¿Y para qué ha bajado a la cabina en vez de usar su teléfono, señora Joaquina?
-Como no tenéis tele eres tonto, niño. ¿Para que tenga yo que declarar y me maten a mí los chinos?

Cuando volvió a casa cerraba la noche. Estela lo sabía todo, radio macuto era un monaguillo al lado de su vecindario. Habían tenido reunión, el presidente de la comunidad había visto demasiadas películas, sin duda, y olía a miedo desde el portal al tejado.

-Ayer estuve en el bazar -le dijo ella- Han precintado el piso, la científica se ha pasado toda la tarde dentro y volverán mañana.
-Lo sé –miró en torno antes de abrazarla- ¿Qué tal estás?
-Ying y los niños se han ido a casa de su hermana. No entiendo nada. Tengo frío, estoy triste y muerta de hambre.
-Vamos a cenar al Chancho. Picante mejicano, y hasta un par de tequilas. He cobrado hoy unos trabajos. Vamos, Estela. Algunos días es mejor acabarlos fuera, aquí hay demasiado miedo.

-¿Por la perspectiva? –le sonrió-
-Porque estoy azul como un pitufo, confuso, apenado, y con más hambre que Carpanta. Y porque ahora mismo no hay nada más que podamos hacer. Abrígate bien.
-Jacobo…
-Ponte las botas. Luego me plantas esos pies tan bonitos en cualquier parte.
-Joaquina ha visto a dos chinos abrir la puerta.
-Joaquina no distingue a un chino de otro.
-A las familias sí. Y  no eran ni el cuñado de Feng ni su hermano, eso lo jura. Ve mejor que yo y oye caer una pluma a cien metros, Jacobo. Y tú no lo sabrás, pero tiene una mirilla panorámica.
-Eso me lo creo.
-¿Y qué piensas?
-No lo sé.
-¿No lo sabes, o no me lo quieres contar?

La miró a los ojos.
-No lo sé. Si lo supiera sería Sherlock Holmes, y viviríamos en una ciudad donde siempre llueve y donde los chinos no ponían bazares, sino fumaderos de opio. Vamos a cenar. Podemos pensarlo, pero en un lugar más calentito.




Imagen: Propia, bajo la misma licencia que el blog.

Li Feng (II)



Jueves noche y no había ni blas en el restaurante. Una   pareja,  y un chino  que entró a la vez  que ellos.

Un par de cervezas y su mesa de siempre, mientras pensaban qué iban a cenar. Ella se sentó de espaldas a la puerta de entrada.
- Jacobo, ese tío nos está siguiendo.

-¿Estás segura?

Ella asintió. No volvieron hablar sobre el tema en toda la cena, de poco les serviría salir corriendo, y hacerse notar  más. La pareja se fue y la dueña del negocio, Lupe, sacó un par de rondas al ver la cara de pena de sus clientes.

El hombre tuvo que marcharse al ver que ellos  se quedaban a ayudar a recoger. Mientras hacían tiempo se tomaron la última.

Habían llamado a un taxi y pasada la una abrían la puerta de su casa. La señora Joaquina  les había dejado una nota en la puerta. Su sobrino, el Rober, que era policía  municipal, se quedaba a dormir en casa de su tía para más tranquilidad de todos.

Estela bajó las persianas del comedor y trajo su mochila. La abrió, y sacó algo que venía en una bolsa. Lo puso sobre la mesa. Era un buda de esos que se fabrican en moldes, este de resina, pero tenía algo en particular: los ojos del buda estaban abiertos y miraban.

-     - Ayer, como te he dicho antes, estuve en el bazar. Sabía que Feng tenía algunos budas en la tienda, me había gustado el del altar de su casa.  Sólo quedaba uno y era bastante particular, estuve dando un par de vueltas después de cogerlo y cuando ya me iba, vi al  hombre que estaba ahora en  el restaurante. Parecía muy enfadado,  le preguntó a Feng si no le quedaban más budas, él le dijo que no y el hombre salió echando pestes.

Estela le mostró el Buda. Tenía los ojos abiertos mientras meditaba bajo el árbol Bodhi.

-     - Te lo había comprado por tu cumpleaños. No pensaba yo que fuera a traer tantos problemas.

 Escucharon ruidos fuera, llamaron a la puerta muy suavemente.

-      Soy el Rober, abridme.

Estela dejó el Buda sobre la mesa y fueron abrir la puerta. Allí estaba el Rober, entró muy despacio, algo cayó al suelo y todos miraron hacia donde provenía el ruido.

Balkis había decidido que  Buda no era bienvenido a aquella casa, y como dueña y señora gatuna de aquellos reinos lo había ayudado a caer muy piadosamente.

Jacobo cerró la puerta mientras Estela contaba los pedazos de la pobre figura, pero no sólo era resina.   Contenía  diamantes. Estela los vio teñidos de sangre y no pudo evitar un suspiro.

 Rober tenía unos guantes y puso los diamantes  en un pañuelo. Volvieron a escuchar voces:  esta vez era la señora Joaquina que había salido dando gritos al descansillo.

La  señora, que estaba de buen año, había logrado noquear al hombre desprevenido: le había puesto la zancadilla. Si no hubieran salido su sobrino y la pareja se hubiera sentado encima de él.

El buda después de haber pasado por urgencias y un poco de pegamento, ahora  lejos de Balkis, ocupó su lugar en el altar que ellos dos tenían, de recuerdos y objetos personales.

Ying volvió a casa un tiempo después, pero esa es otra historia.


Fuente imagen: Propia. 


sábado, 18 de enero de 2014

Piedras en el camino (I)



Creció entre los trigales y la sombra de los árboles que resguardaban la plaza del viento en invierno, y los pocos días de calor del verano daban sombra para todos los gustos y tamaños.

Antes no miraba nunca el camino que salía del pueblo, solo cuando su padre o su abuelo cogían el tren y regresaban  siempre llegaban con algo para ella.

Sacaba agua del pozo y desde allí el camino se veía, infinito junto al río y delator por las piedras que lo alfombraban.
A veces llegaban forasteros con bestias o sin ellas, comerciantes, pastores trashumantes, visitas, y en ocasiones caminantes cuyo hogar era el camino y cada aldea o pueblo su reposo.

Para las gentes del pueblo estaba ya en edad de merecer, para sus padres y hermanos era demasiado pequeña aún, y ella soñaba con lo que había más allá de las piedras del camino.

Sobre todo en las tardes de verano se paraban los caminantes para beber agua y ella más sedienta de historias y noticias, los recibía con una sonrisa. Oasis de sombra y agua fresca que ayudaban a caminar el último tramo.

Siempre vigilantes su abuela y madre hacían tareas a la sombra de la casa. Ya habían visto el fuego en la mirada de la muchacha.

Era joven y su sonrisa era tan clara y fresca como el agua, aquel remanso de paz era lugar de confidencias y cuando estaba a solas, el lugar donde soñaba con lejanas ciudades y maravillosas historias que alguna vez viviría.


Una mañana se despertó antes que nadie y sin haberlo planeado cogió su maleta de cartón y siguió por el camino que no tenía fin. 



Fuente imagen: Wikipedia, Wikimedia Commons. User: Manuel de Corselas.

Piedras en el camino (II)




La rebeldía es una pluma estilográfica haciendo ruido sobre blando papel reciclado. Papel basto, casi grisáceo. Muy poroso. Lleva días lloviendo. Distingo el siseo de la lluvia que resbala sobre las hojas del sonido como de teclas desafinadas golpeando las ramas desnudas.

La rebeldía es una traducción de casi trescientas páginas sin contar las notas interminables, referencias, agradecimientos, introito y discurso final. Tesis doctorales, es lo que tienen. Cuando trincas una ya lo sabes. Te van a pagar puntualmente según contrato. Te vas a dejar los dedos, la pluma y las ganas. A veces merece la pena. Esta vez la merece.

Llueve tanto que el arroyo se ha hecho río, y amaga con atreverse a rebosar su cauce. Agua sobre piedras, como un camino. He leído algo así en el texto. ‘La emigración hacia Alemania y Suiza en la posguerra española. Cartas y documentos.’

Al final has de implicarte. Lees cartas de personas, te metes en sus vidas. O eso, o se te va la olla. No todos son iguales. No todos te caen bien. Está Domingo, un hermano mayor que emigró el primero y se convirtió en el tirano de sus hermanas y hermanos dando consejos, órdenes. Amenazando. Lees sus cartas torpes de letra, incultas pero dominantes, implacables, convencidas, rezumando poder. Te cae mal. Hay muchos. Muchas. Madres apenadas que pagan a un escribiente o que ruegan al maestro que escriba por ellas. Parientes ambiciosos. Familiares díscolos.

Algunos son distintos. Una es distinta. Se fue detrás de un sueño privado. No sé cuál era. Sus primeras cartas las escribió ella misma. Siguiendo el modelo. Estoy bien, cómo estáis todos, me gusta mi trabajo, vivo en tal sitio, gano dinero. Las interesantes son las últimas. Dona, ya anciana y satisfecha, libros para la escuela. Y tres becas anuales para niñas. Le fue bien. Fue generosa. Firma tan sólo con una inicial y su apellido alemán de casada o viuda.

Hora de dejar la rebeldía y enchufar el PC. El agua suena más grave llenando el cauce del río. Otra carta con más de medio siglo de retraso me espera. También me espera que el sol, o su sombra, se levanten. Y atizar la estufa, poner encima una olla a hervir para hacer té. Y para llenar una bolsa de agua caliente y cambiársela a mi santa por la de anoche, que estará fría. Ella duerme. Ni la oigo, hecha un ovillo bajo los cobertores. Va a valer la pena este trabajo. Valdrá unos días de viaje juntos, un par de latas de barniz de barco impermeable para las ventanas y cambiar el celibato de un frío de cuchillos por un camión de leña. Ya lo creo que valdrá la pena.




Imagen: Wikipedia Commons.


Radio.




Pregonero en las mañanas,
compañero fiel
en noches de adolescencia,
de madurez.

Sombra de la soledad
amante lánguido
conocedor de nuestros
Deseos.

Amigo en la tristeza
y en la alegría
aliado en aventuras
y en juergas.

Mil y una voces
en una pequeña
Cajita.

Días de playa
y amigos
la canción del verano
la balada con la que
nos enamoramos.

Noticias de la esquina
a miles de millas.
Radio, ondas
con las que crecí
y ahora sigo haciéndolo.

Legado de mi madre
que bulle en mi sangre.
En el trabajo
en el día a día.

Sueños de sinfonías
todo unido en una
sola voz que
recuerda
que no estás solo.


Fuente imagen: Wikipedia, Wikimedia commons user Tysto. 

Las cien caras de Antón el egipcio.




San Antón Abad es uno de esos santos populares. Su festividad se asocia al fuego y las hogueras, a los cerdos en particular y a la bendición de animales en general. Tuvo tres biógrafos contemporáneos, dos de los cuales lo conocieron y trataron. Comparada con otras vidas de santos, la suya resulta poco legendaria. O lo parece.

Antón nació en Heracleópolis Magna, en la región del Fayum, en Egipto, el año 251. Siendo un hombre joven renunció a sus bienes y tomó el camino del desierto para vivir en solitario, como un ermitaño. Su decisión no era original: numerosos hombres (y mujeres) del siglo III hicieron lo mismo, en especial en los desiertos de Siria y la tebaida egipcia.

Antón buscó un lugar adecuado. La zona abunda en cuevas naturales, pero optó por una tumba. De aquellas viejas tumbas  saqueadas y vacías. Lo bastante cerca de una aldea como para poder recoger agua y pedir sustento, y también para visitar a grupos menos estrictos que optaban por formar pequeñas comunidades. Por eso lo de ‘Abad’. Más bien podían haberlo llamado consejero, o visitador. Nunca se integró en ninguna.

Al revés. Según cumplía años –y los biógrafos aseguran que cumplió ciento cinco- iba alejándose más, adentrándose en el desierto. Antes de eso tuvo, por supuesto, que vencer tentaciones. La primera es clásica: la mujer desnuda que aparece como una alucinación nocturna, o bien como el Demonio del Mediodía. Las otras dos resultan menos usuales. Monstruos. Los que pintó El Bosco, aunque se quedó corto. Y, lo más extraño, enigmas. Preguntas que era necesario responder, desentrañar, conocer.

La relación de Antón con los animales también parece sorprendente. No hay muchos candidatos a ‘mascota’ en el desierto, pero él encontrará a tres. Ya anciano hace una visita a otro ermitaño, Pablo. Pablo vive en una cueva con un manantial. Y un cuervo le trae cada día un pan en el pico. Cuando llega Antón, el cuervo hace dos viajes diarios para atenderlos a ambos. Pablo muere, y dos leones mansos ayudan a Antón a cavar su tumba. Por eso se le considera también patrono de los sepultureros.

El episodio más conocido es el de la jabalina. Viene con sus rayones, que son ciegos, y con gestos suplicantes le pide ayuda a Antón. Los jabatos recobran la vista, la familia se marcha muy agradecida, y el ermitaño queda asociado al cerdo negro que se representa a sus pies con aspecto de perrito cariñoso.

En el buen sentido de la frase, eso es un cuento egipcio. Un cuento llamado ‘El ojo de Horus y el Cerdo Negro’. Seth, el dios del mal, toma la forma de un jabalí negro para cegar temporalmente a Horus. Cuando Horus recobra la vista, los jabalíes y cerdos son considerados impuros en Egipto. El tabú sólo se levanta una vez al año, en invierno, cuando se comen en un festival religioso. Antón bendice a las mascotas y bendecía antes al ganado y los animales de labranza. Y el cerdo sigue siendo la víctima preferida de las variadas ollas, empanadas, bollos salados y barbacoas sobre hogueras el día del santo.

Las reliquias de Antón empezaron su largo viaje siendo llevadas a Alejandría. Trasladadas a Constantinopla en el siglo XII, cuando la Cruzada de 1204 fueron robadas y enviadas al delfinado, en Francia.

La fama se propagó, aunque en la península ibérica era ya venerado. Alfonso VII había fundado en Castrojériz (Burgos) un monasterio en 1146. La veneración propició la creación de una orden religiosa dedicada al cuidado de los enfermos que padecían ergotismo (el ‘fuego de San Antón’) o enfermedades de la piel.

 El mal se contrae al consumir cereales contaminados con un hongo parásito que ataca especialmente al centeno, y en menor medida al trigo, la cebada y la avena. El pan de centeno era la base de la alimentación medieval de los más humildes. La sustancia tóxica del hongo es un precursor del ácido lisérgico o LSD. Comer pan contaminado causaba alucinaciones, convulsiones, necrosis en los tejidos, gangrena. Y la muerte rápida en casos de envenenamiento masivo. Los monjes antonianos lo sabían bien. En su convento de Castrojériz sólo se servía pan candeal. Pan blanco de trigo minuciosamente examinado desde el grano hasta la hogaza.

Durante el medievo, en los reinos peninsulares los monjes antonianos dispusieron de dos grandes Encomiendas: la citada de Castrojériz y la de Olite, en Navarra. Con el paso del tiempo la mayor parte de tales monjes-médicos se integraron en lo que hoy es la Orden de Malta, mientras otros optaron por el patronazgo de sepulturero de Antón y se llaman ahora Hermanos Fossores. En las muchas fiestas y romerías dedicadas a Antón puede verse su hábito: negro, con una cruz Tau azul en el pecho. Una cruz Tau o una cruz ansada, el viejo símbolo de la Vida para el Antiguo Egipto. Todas las buenas historias tienen un pasado muy largo.







Bibliografía.



_Leyenda






http://galiciaagraria.blogspot.com.es/2011/10/el-cornezuelo-de-centeno-una-historia.html





Imagen 1. Tentaciones de San Antonio, el Bosco.
Imagen 2. San Antonio ermitaño. Fotografía propia, Museo Catedral de Burgos.













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