jueves, 27 de febrero de 2014

El robot de cocina (I)



Este relato está relacionado con ¿Hablas Coreano? Cuenta como fue a parar el robot de cocina al lado de un contenedor de basura antes de que nuestra okupa lo encontrara y se lo llevara.


Marisol era una gran suegra: no hacia visitas inoportunas y quería con locura a Julia, la pareja de su hija Malena. Había tan solo un tema en el que las tres, más bien nuera y suegra nunca llegarían a entenderse.

Mientras Malena estuvo en la universidad y compartía piso con otros estudiantes, los lunes regresaba con la maleta  más llena de tupperwares que de ropa, repletos de comida que Marisol le había preparado para que no se muriera de hambre.

De regreso a casa, al nido materno, volvió a degustar las delicias culinarias de su madre, trabajos a media jornada y bajo cuerda que le permitieron cierta independencia y convertirse en mochilera.

En uno de aquellos viajes conoció a Julia, una rubia de metro noventa, pecosa, de la que ya no se quiso separar. Julia era noruega, había cambiado los fiordos por el sol del sur de Europa y por una ciudad de costa en la que se sentía como pez en el agua.

Malena, pequeñita y morena, con mucho genio como lo tenía su madre, hizo las maletas y se vio en una pequeña buhardilla desde donde el mar se veía cada mañana.

En una de las visitas que Marisol les hizo vino con una caja de cartón en la maleta. Sabía que Malena era a sus ojos una negada para la cocina y aquellos platos tan raros que hacia su nuera no le acababan de gustar.

Era un robot de cocina, los vendía su amiga Margari. Era chino o japonés, no estaba segura y se lo había dejado a mitad de precio ya que las instrucciones tan solo estaban en coreano.
Les dio una charla. Hasta les mostró cómo iba, para que no tuvieran ninguna duda de que funcionaba.

El robot pasó a formar parte del mobiliario de la casa y sobre todo se colocaba en  primera fila cuando venía de visita Marisol.
Era viernes por la noche, unas llamadas y unas compras fueron preludio de una velada animada con varios amigos, muchas risas, unas birras y unos cubatas hasta bien entrada la madrugada.

La resaca de la mañana siguiente trajo consigo un resultado no esperado: el robot de cocina que la noche anterior había sido causa de bromas y de risas no estaba en su sitio, y por más que lo buscaron no apareció.

Fuente imagen: Propia, bajo la misma licencia que el Blog. 


El robot de cocina (II).






Aquella noche era la última que pasaba con su Apoyo, como lo llamaban. Manolo el del Soplador. Decían que había sido un niño pijo de buena familia, que sus padres iban a misa y votaban PP, que tenía un hermano ingeniero aeronáutico en una empresa europea, y esas cosas. Seguía siendo muy guapo, aunque le llevara treinta años. Muy interesante. Claro que no iba de eso. Había cruzado el río. Ahora era una okupa, y necesitaba un Apoyo.

Manolo era eficiente. Tenía localizadas casas. A ella le bastaba con poco espacio. En el bar de los colegas le pasó el Manual. Hacía dos meses que le parecían siglos. Para que lo leyera y decidiera. Decidió. Luego, la casa. Un piso en el laberinto de la parte antigua, un primero con balcón. Entrar sin acumular delitos. El balcón mismo, lo más desvencijado y casi peligroso. Cambiar desde dentro la cerradura y aguantar una noche. Una, y muchas, maldurmiendo: asustada, oyendo ruidos imaginarios, sirenas de policía, voces de maestros de infancia, voces familiares, dedos señalando.

Es lo peor, la primera vez, le había dicho Manolo. Piensa en que nadie te va a matar, y en que eres afortunada. Hay agua corriente, el contador sólo necesita hacerle un puente simple, viven  algunos vecinos, señoras mayores que no suelen recibir mal a una chica, tú tranquila.

Luego fue el contador y las reparaciones. Casi nada, decían Manolo y los demás. Aprendió a hacer todo tipo de arreglos. Sellar la bañera con silicona, repasar la instalación eléctrica, poner tela mosquitera en las ventanas que daban al patio de luces. Pintar. Ir durmiendo cada vez más horas, sin tanto terror.

Afortunada. Tres vecinas mayores y un matrimonio, también de jubilados. Ella les echaba una mano subiéndoles la compra, ellos le sonreían. La única norma era cerrar a cal y canto el portón macizo de entrada a las diez. Quedaba el balcón, sin problemas. Para volver más tarde o para visitas discretas. No los molestes y no te molestarán, le dijo Manolo, encantador con el vecindario. Les hizo un par de chapuzas y recabó información. La propietaria estaba en una residencia. Sana como un pimpollo, setenta y pocos, en otra provincia. Tenía piso para años, la afortunada.

La última noche cenaron en la pizzería del Pelón, un amigo de los de fiar. Luego se tomaron unas copas, hablaron bastante y se durmió en su cama de palets hecha por ella misma, con un colchón comprado (todo el mundo tiene al menos una manía respetable, opinaba Manolo) y una colcha que le había hecho Sara y que parecía el himno a la anarquía, retales de ovillos de lana de todos los colores imaginables. Lámparas de papel encolado, muebles reciclados. Muy hogareño.

A las cinco de la mañana dio un salto tan inesperado que Manolo también se sobresaltó. Él no había oído el ruido, ni tan siquiera creía que fuera real. Pero ella ya se había calzado y bajaba por el balcón como una gata.

Conocía a una de las dos chicas que estaban junto al contenedor de basura. Habían coincidido en el módulo de cocina, o en el de artesanía del cuero, o tal vez en la FP de clínica. Se llamaba Elena. Venían de fiesta, bien achispadas. Con una caja grande en las manos.

Un robot que cocina solo, le dijeron. Y le contaron la historia de la suegra que tenía fritas a su hija creyéndola una inútil y a su pareja, que era una tía noruega. No tragaba, la suegra, eso de fijo y de recibo, y les había regalado la máquina para dejar claro que ni sabían freír un huevo. Pues nada, en la fiesta se habían llevado el maldito robot sin estrenar. Perdido el perro se acaba la rabia. Sin que se notara, eso sí. Tampoco valía la pena montar un número.

Se lo dieron. Mejor que le sirviera a alguien. Y cuando volvió al piso, después de que Manolo le echara una bolsa atada a una cuerda para subirlo, lo abrieron, a ver. Ni desprecintado.

-Esto es una señal –bromeó él- Te va a ir bien. Eres afortunada. Ahora sólo tienes que encontrar a alguien que lea coreano.

Quizá era afortunada. Mediodía. Bajó la escalera, salió a la calle y llegó hasta la cabina de la plaza. Iba a llamar al chico sin nombre que le echó una mano. Ya no creía que fuera Hannibal Lecter. Lo invitaría a cenar.




Imagen: Wikimedia Commons.

sábado, 22 de febrero de 2014

Caminos de Santiago: el filo de lo casual.



Las casualidades empiezan en cualquier sitio. La casualidad espera, agazapada. Había estado rondando una catedral con rarezas. Demasiado tiempo, o demasiado temprano. Al final di con un canónigo observador, es lo que sucede cuando te vuelves excesivamente visible. Cortesía, buenos días, cómo está usted. Observador era, eso se percibe en medio segundo. De dónde había partido yo para comenzar el Camino, por qué iba solo, qué motivo religioso me guiaba. Respondí a la primera y pasé al contraataque bien educado, a freírlo a preguntas a él. Tablas. Pero nunca hay que dar lugar a un segundo asalto, de modo que ya trenzaba yo mi despedida impecable cuando me abordó de costado a cañones. ¿Había visto el museo? No. Pero abriría más tarde, y prefería con mucho seguir eso, el Camino. Demasiado tarde, justamente, para fingir que no me iba lo cultural, andanada con mucho humo. Al Museo.

Ay carallo, el canónigo era sutil. No se iba a poner a glosar el oro y las donaciones, elegía las piezas ante las que nos deteníamos por su antigüedad, o por su toque insólito.

Una no mereció que se detuviera. Ni estaba en primer plano, al revés: bastante esquinada, poco visible en una enorme vitrina con cristal blindado y luces no enfocando hacia atrás deliberadamente. Yo, ni pié. La ojeada me había valido. Sabía qué era y de dónde procedía. Y acababa de descubrir dónde estaba.

Entonces le giró el viento al canónigo. Con fina maniobra de quien está seguro de que su oyente seguirá a rajatabla el protocolo y la educación, dio un doble mortal hacia atrás y se puso a hablarme de la barbarie de la Guerra Civil, de cuyo final acababan de cumplirse sesenta años en aquel 1999. No me puse a hacer exégesis. El paño lo conocía bien, y el canónigo superaba en mucho la media como narrador. Mientras me llevaba al claustro y le dábamos una vuelta me mostraba un cuadro apocalíptico de conventos ardiendo, bestias infernales asesinando sacerdotes, profanando, quemando, quebrantando las clausuras y haciendo con las monjas cosas que es mejor ni mencionar, robando para pagar con oro a Moscú, atrayendo la venganza de la cólera divina. Le di las gracias por la visita, él me dio la bendición y me fui. Sin más. Sin más que felicitarme por haber entrevisto algo importante para mí por mera casualidad. A veces hay que tener piel de elefante.

Unas nueve leguas largas más adelante la casualidad hizo otro guiño. Esta vez esperando para entrar en un castillo, en la solana, donde había una pareja de ancianos al sol tempranero que hablaban con unos turistas. Ellos sacaban fotografías y eran muy curiosos. Yo estaba un poco aparte, eso sí, a distancia como para oírlo todo. Con mi mochila, mi bordón y mi sombrero de paja. Los de las fotografías también tenían su estrategia, iban acotando terreno y afinando preguntas. Al final dijeron que habían oído hablar de una pieza, un Lignum Crucis, que al parecer se perdió durante la Guerra Civil. Los dos abuelos se reían, socarrones.

Opinaban que la cruz, que era del castillo –o sea, del pueblo- se la llevaron mucho antes los de la ciudad, pero siempre hubo pleitos. Y que cuando ganaron la Guerra ‘los otros’ dijeron que se la habían llevado para protegerla, y ya no había pleito que valiera. Y eso que ni en la ciudad ni en el pueblo hubo crímenes ni se quemó nunca nada, que a lo más unos y otros se zurraban por la calle. Pero se inventaron mucho y más para llevarse todo lo que pudieron, y según creían los dos zumbones octogenarios, una vez lo cogen nunca lo sueltan.

Tampoco abrí yo la boca. A eso se aprende en el Camino. Levanta las orejas, no ofendas a nadie y saca tus propias conclusiones. Después de todo, ya sabía dónde estaba. Eso era para mí lo único importante. Casualidades.





Imagen: Postal-recuerdo de la Catedral de Astorga, a través de Todocolecciones.net



Leonor y Antonio.


Hoy hacen 75 años que Antonio Machado murió en un modesto hotelito de Colliure. Por todo el país se escucharán sus poemas, hablarán sobre su vida  los pocos que le conocieron que aún viven.

Había llegado a aquel pequeño pueblo costero francés el 26 de enero de 1939, con su madre anciana y con lo que llevaban encima. Estaba cansado y enfermo, y como muchos otros condenado a un exilio que para ellos sería de por vida.

Atrás quedaban todos los recuerdos, y toda una vida de buenos y malos momentos. Esperándolo siempre en Soria, junto al olmo hendido por el rayo, Leonor.
Cuentan que cuando murió le encontraron en el bolsillo un papel con unas líneas escritas que decían:

Esos días azules
Y ese sol de la infancia…

Yo visité Baeza, el lugar más lejano a la  fría Soria donde él vivió felices momentos,  donde el destino lo dejó sin su media naranja. Me senté en uno de aquellos pupitres de madera y mire hacia una pizarra donde sus manos escribieron una y mil lecciones y  me doy cuenta de que sabiendo o sin saber sentí algo que ahora entiendo mejor.

Si miro la foto mi mirada  está perdida, y acaricio la madera. Pienso ahora en muchachos que miraban a un hombre que para ellos era un viejo, y él los miraría como si ellos tuvieran toda una vida por delante.

Mis ojos después se posaron en aquel olmo hendido por el rayo, seco, guardián donde reposa parte del corazón del poeta. Mudo y seco esperando rodeado de la nueva Soria, tan lejana de donde ahora reposa el poeta.

Paseamos por el cementerio. Allí, desde hace  un siglo duerme Leonor, un lugar curioso aunque suene extraño decirlo y escribirlo.
Discreto el lugar donde reposa, si no fuera porque conozco la historia, quizá pasaría inadvertida la tumba y lo que dice.
A Leonor de  Antonio.

Puede ser una de las historias de amor que en este mundo ocurrieron, pasan y serán.
La vida continuó en Baeza, Segovia, Madrid, Valencia, Barcelona… y Colliure.
Amó a Guiomar sin olvidar a Leonor. Fue un hombre como otros y único a la vez.

 Como “caminante no hay camino”. Seguiremos el nuestro con el recuerdo de su historia, el de un amor que aunque breve, llenó la vida de sus protagonistas de alegría y felicidad.
Desdichado quien no sabe que es amar: no entenderá el sentido de la vida ni alcanzara plena felicidad.  Como “ se hace camino al andar”, cojo mi mochila… 






Primera Imagen: Tumba de Leonor Izquierdo, esposa de Antonio Machado en Soria.

Segunda Imagen: El olmo que dicen inspiro a Machado para su poema del "olmo hendido por el rayo".

Tercera Imagen: Armario con libros, en el aula donde dio clase Machado en Baeza. 


Imagenes Propias, misma licencia que el Blog. 





domingo, 16 de febrero de 2014

Ni es santa, ni es llana, ni tiene mar...




Recuerdo la calle que baja empedrada, en primavera mojada y en otoño también. Paraguas como champiñones que caminan entre las puertas de negocios abiertos en las partes bajas de casas solariegas de piedra y hiedra.

Portales de palacios hospitalarios, más en primavera y verano, que esconden los aromas y los secretos de Santa Iliana del mar que, según dicen, ni es Santa ni es llana ni tiene mar.

Llana no es, lo puedo yo jurar, y si no,  lo juren las novias e invitadas que se casan todo el año en su colegiata que tienen espíritu de funambulistas y caminan por el empedrado sobre tacones de vértigo.

Santa es la patrona, la villa tiene un halo de sueño pagano, de antiguo y de dormido que se niega a despertar. A deshacerse de su encantamiento de siglos que te atrapa en cada rincón, sobre todo en noches de otoño en las que crees estar en una ciudad medieval.

Baja la calle entre tiendas y tascas y a la izquierda el agua corre hasta detenerse un momento en un abrevadero que  ha  perdido su cometido. Ahora abreva la curiosidad de la gente y la sed de los curiosos.

Allí está cual reina en su trono, quieta, resplandeciente, invitando a que quien la visite descubra sus secretos y encuentre lo que busca: La paz, el sosiego si se es peregrino o devoto, y si se es curioso erudito, sus bellezas y tesoros.

La entrada está escondida hacia el oeste, en un callejón pequeño y discreto que de seguro conoció mejores tiempos. Cuando uno se acerca y mira ve de más cerca el paso de los siglos en las piedras y las humedades, que son dueñas y señoras la mayoría del año.

La colegiata, cuando la vimos estaba en obras, y si uno lo piensa posiblemente nunca deja de estarlo ya que como se dice una catedral nunca se acaba. Lo mismo vale para una colegiata.

La santa descansa en su lecho eterno, entre piedras y velas,  al  estilo de la bella durmiente, pero sin Disney. El claustro es un jardín olvidado lleno de hiedras y verdes oscuros que parece esconder un paraje olvidado.

A Santa Juliana se la representa en ocasiones junto a un dragón que es  el diablo y ahora pienso yo que posiblemente esté entre las hiedras del claustro guardando a la santa y a los que reposan en las esquinas.
Nada falta: las historias de los capiteles son buena biblioteca sin libros, y el mapa del tesoro  los escudos y marcas, algunos toscos, que dejaron los que vivieron allí hace más de un milenio.

Por último acabaré esta pequeña visita  con un apunte: ya expliqué lo de santa y llana, pero no es cierto que Santillana no tenga mar. El municipio posee una pequeña salida, la playa de Santa Justa.








Fuente Imágenes: Propias misma licencia que el Blog. 




sábado, 15 de febrero de 2014

Los manuscritos, o rollos, del Mar Muerto.







“Se trata de objetos reales,  de textos,  pero pocas veces unos objetos reales han sido tan manipulados.”



Se les llama Manuscritos del Mar Muerto, o Rollos de Qûmram, por  el nombre del conjunto de cuevas en las cuales aparecieron.  Más o menos son  unos 800 escritos en lengua aramea y hebrea. Una parte de los investigadores sostiene que proceden de una comunidad religiosa judía (los esenios) que vivieron allí, aislados, desde el siglo II aC hasta que los romanos hicieron leña de todo ello en el 70 dC.  La gran mayoría de los textos se conservan hoy en el Museo de Israel (Jerusalén), y en el Departamento de Antigüedades de Ammán (Jordania).

Para empezar, el hallazgo se rodeó de un aura legendaria. Cabe comprender que, tras la entrada a saco de los romanos en el año 70 (mejor, viéndoselas venir, antes) se escondieran bibliotecas, textos que eran valiosos para la religiosidad y el pueblo que las tenía por patrimonio. Eso a nadie extraña. Sin embargo, la etiqueta de “libros perdidos durante dos milenios” no se sostiene. Desde el siglo III se usaron hallazgos casuales. Sabemos que eran textos conservados en cántaras en la misma zona. Sabemos quiénes los usaron. Monjes y eruditos con mucha suerte desde el siglo III al IX. Luego, otra vez el rastro se pierde.  En todo caso libros puntuales y discretos, no secretos.

En 1947,  El Reino Unido  había decidido deshacerse de su mandato en Palestina, retirarse (a tiempo, pero siempre es pronto, tarde o a deshora) y llevar a cabo la partición del territorio en dos estados, uno árabe y otro judío. Hasta la forma de expresión era incorrecta. Con una patata que hierve entre las manos, nadie suele pararse en formas corteses. La cosa andaba revuelta, lo que se dice muy, muy revuelta. Pero al parecer los  beduinos musulmanes –que no árabes- seguían pastoreando cabras en un desierto vacío en torno a las orillas del Mar Muerto. Dicen que un chaval andaba tras una cabra díscola, le arreó una pedrada, falló…el cancho entró en la boca de una cueva y oyó “clonc”…loza rota. La cabra ya no vuelve a aparecer en el relato. El chico trepó por las brañas,  porque cuando el río suena agua lleva, y encontró muchas cántaras viejas selladas (una de ellas rajada por el ñorlazo).  Ahora, corramos un tupido velo.  Jamás sabremos la verdad de ese hallazgo. Los unos dijeron que fue suerte, y que una cosa es de quien se la encuentra. Los otros, que aquella tribu beduina ya robaba las tumbas de Egipto treinta generaciones antes. Vamos a los cántaros.


1.- El asunto de la venta clandestina, y quien compró.

Los beduinos, que aparte de buscar una cabra (supongamos que honestamente) sabían que cualquier cosa vale dinero, algunas mucho dinero, y troceadas mucho más. Sacaron a la venta pedazos de los manuscritos en el mercado ilegal local. No hay que asustarse, el mundo era así. Pero el mundo de 1947 era un terremoto previsto y a punto de estallar, de modo que (pánico) todo el mundo vendía, hasta barato, antes de que las cosas fueran aún a peor.

Se mataron corriendo, buscando y comprando. Sobre todo el que iba a ser (aún no lo era) el Estado de Israel, y el reino de Jordania. Y entre ambos quedaba gente en la tierra de nadie. Los occidentales, en teoría nada interesados en el conflicto, pero asentados. Escuelas de arqueología bíblica.

La historia de lo que se llama ‘Tierra Santa’ es la historia de las obsesiones. Por supuesto que se perdieron las Cruzadas, pero los monjes nunca se fueron. Ni católicos, ni ortodoxos, ni de otros grupos. También aprovecharon el tirón del Mandato (‘Colonia’ encubierta) los predicadores, pastores y misioneros de las iglesias reformadas.  Los religiosos jamás se van. No pelean, no se mojan, están allí, apelan a la tolerancia entre las tres religiones de raíz común. No, no los moverán. Y no estoy bromeando. Cuando en 1917 (Lawrence de Arabia y todo aquello) el general británico Allenby entró con sus tropas en Jerusalén, los periódicos de la época ardieron en occidente, sosteniendo y alabando la misma obsesión. Está en las hemerotecas. Y en la iglesia londinense de Fleet Street, por poner un ejemplo del cual quedan fotografías de la época, se llenaron de ramos de flores las tumbas de los viejos cruzados. Todavía tenemos las obsesiones y los fantasmas sin controlar, a flor de piel. Y hablo de hoy.

En 1947 se había ganado (los aliados) la Segunda Gran Guerra. Inglaterra pagó el precio de ver desvanecerse su Imperio Colonial, pero había ganado. O sea, que mejor deshacerse del avispero que era Palestina, y que se maten entre ellos que nosotros salimos dejándolo todo en orden, buscaos la vida. Había sido una mala herencia la de Allenby,  y la salida no fue nada honorable. Pero eso pasaba cuando el pastor de cabras tiró la pedrada y dio con la cueva y sus cántaros. Vender, vender. ¿A gobiernos? Mal rollo. A los que siempre han estado ahí y sí tienen dinero. A religiosos.

Vamos a sacar pasta de los religiosos, pero…¿De cuáles entre todos? Las malas lenguas dicen que en Tierra Santa no te fíes ni de tu sombra. Ya puestos, mejor de los minoritarios, que las minorías siempre dan menos quebraderos de cabeza si les ofreces algo bueno.  El primer pez al que le echaron el anzuelo fue el Archimandrita –Arzobispo, para los amigos- de una iglesia cristiana con mucha solera, no mucha influencia, y dinero en efectivo. Vale. Coló.


El Estado de Israel  y lo que era el Reino Hachemí de Jordania se miraban a través de un río que es más grande en la leyenda que en la realidad. A un lado y otro del Jordán. El tiempo seguía corriendo, en contra de todos. Cada uno deseaba lo mismo: reivindicar su derecho a la tierra, al legado, a la obsesión eterna. Y aquellos cántaros repletos de palabras sin abrir en dos mil años eran, o podían ser, un aliado poderoso. Después de todo, si eran textos del Libro, de la Biblia, apoyaban la creación del Estado de Israel. En aquel momento, cuando se cruzaron las líneas del espacio y del tiempo, funcionó: con Hitler había habido bastante. El occidente vencedor, culpable moralmente de siglos de pogroms, guetos y maldades, podía lavarse la cara gratis. De repente el contenido de las cántaras valía su peso en oro. Pero no sólo para un destino inmediato. Podía darle a la Iglesia Católica su obsesión particular, el retorno al poder que tuvo antes de cismas y hermanos ‘descarriados’. Unas cántaras se estaban transformando en la balanza de muchas historias pendientes. Y eso es una obsesión. Y es peligroso.


2. Las piezas del tablero.

El Próximo Oriente siempre se ha disputado por idéntica razón.  No es lo que se dice una tierra rica en sí misma, pero está en un punto estratégico desde antes de que  los egipcios del viejo Ramsés II y los hititas de Muttawali hicieran tablas matándose por controlar la mejor ruta comercial de su mundo.  Si vives en un cruce de caminos a través del cual fluyen el comercio y la riqueza,  tendrás problemas. Hace tres mil quinientos años, y ahora mismo.

Por entonces no se sabía lo de la Ley de Murphy: funcionaba igualmente.  En el siglo XX alguien recordó que desde mucho atrás se hablaba de la nafta del desierto.  Esto es,  de petróleo.

 Y cuando se acabó la Primera Gran Guerra,  y el Imperio Otomano quedó hecho fosfatina, los aliados cayeron sobre la zona como Carpanta con mucha hambre. Le llamamos colonialismo.   De paso, como venía a huevo tener en medio la  famosa Tierra Santa, entró en el lote.  Petróleo no tenía: pero obsesiones milenarias,  tantas como para regalar.

Se dice que ‘A quien madruga, Dios le ayuda’.  Madrugadores salieron los franceses, que no habían trincado la parte más jugosa del pastel colonial, sino migajas. Y más madrugadores fueron los dominicos, con el cuerpo hecho a madrugar desde el siglo XIII. La veteranía es un grado.

La Escuela Bíblica de Jerusalén (nombre completo,  École Biblique et Archéologique Française de Jérusalem EBAF),  dirigida desde la orden dominica, especializada en exégesis y arqueología bíblica, llevaba en Tierra Santa tiempo suficiente como para estar cómoda y que a nadie le pareciera un intruso oportunista.  Había sido fundada en  1890 con el nombre de Escuela Práctica de Estudios Bíblicos por el sacerdote dominico Marie-Joseph Lagrange.  En 1920 tomó el nombre actual,  a consecuencia del reconocimiento recibido por la  Academia de las Inscripciones y Literatura Francesa, como "Escuela arqueológica nacional francesa".

Desde su fundación, la escuela lideró búsquedas  arqueológicas en Tierra Santa y en territorios adyacentes,  así como  la exégesis de textos bíblicos.  Es también nombrada  en   los  campos de la epigrafía,  la lingüística semítica,  la asiriología,  la egiptología,  la historia antigua,  la  geografía y  la etnografía.

Entre sus miembros más ilustres  hubo  respetados expertos en materias muy alejadas de la comprensión del gran público. Por supuesto, dado el contexto y la iglesia a la cual pertenecían, todos tenían una idea previa: que salieran las cuentas para apoyar científicamente su visión personal y definitiva sobre Jesús de Nazaret.  Podía ser discutible,  en congresos a los que sólo asistían personas de muy reducidos círculos académicos.  Sin embargo, no resultaban peligrosos: eran extranjeros, desligados del avispero político.  Eran europeos,  monjes y sacerdotes.  Llevaban mucho tiempo allí dedicados a sus cosas.  Nada más.

Pero cuando en 1947  la Asamblea General de las Naciones Unidas votó la partición del Mandato de Palestina en un estado árabe-palestino y otro judío, el tablero cambió de golpe.   El complejo de cuevas de Qûmram quedaba del lado jordano, en la frontera. En la misma frontera, en un lugar en guerra. Claro que los manuscritos que habían aparecido en el mercado negro  estaban en poder de los compradores –en este caso,  en las  del desdichado archimandrita de la iglesia ortodoxa al que le vendieron un lote- pero ahora había otros intereses. Y mucha más hambre, una vez que le sacaron información a la familia beduina sobre dónde estaban las cuevas.

Tres jugadores más se apuntaron con muchas ganas a la partida: el archimandrita,  de nombre Atanasias Samuel,  dio con un mal consejero que lo convenció de haber hecho el primo.  Esos manuscritos no serían ‘falsos’,  le dijo, pero sí copias medievales  y nada tan extraordinario. El pobre hombre, aterrorizado (no era para menos, cuando vio correr sangre en Jerusalén y que unos y otros se tiroteaban en las callejuelas y le parecía el Día del Juicio) decidió al menos no malbaratar el gasto hecho y vender de nuevo. Lo medieval también vende, a su iglesia le iban a hacer falta fondos aunque fuera para comprar vendas y pagar sepultureros. Nadie sabe cómo, ni aún hoy, pero una venta fraudulenta se llevó a cabo con engaño y el pequeño lote de Samuel acabó en EE.UU. Ojo al dato.

Eliminado el archimandrita, tres se vigilaban tomando posiciones. Los de la Escuela Bíblica, que siempre habían estado allí pero ahora eran extranjeros y cristianos en mitad de una rebatiña de musulmanes contra judíos –o de palestinos furiosos y sionistas furiosos, que ambos eran legión- miraban y tendían la oreja, dudando si volver boca arriba la carta neutral y jugársela, o dejarlo correr un poco, a ver qué pasa. Pero ya habían olido el rastro: textos contemporáneos de la época de Jesús. Eso bastaba.

También esgrimía su derecho Jordania. Después de todo, casualmente, el supuesto lote había tocado en su parte. Se suele menospreciar que los jordanos tuvieran interés científico en el asunto. Eso forma parte de la obsesión milenaria que aún se nos pega, si se cree que los musulmanes no darían un céntimo por tales textos. Como científicos, y como parte de su propia religiosidad. Por supuesto que entonces era también por darles una patada en los hocicos a los Israelíes, no hay que ser ingenuo. Pero los humanos somos mucho más complejos, y unas cosas no excluyen otras. Jordania iba corta de pasta, pero tenía (legalmente) el yacimiento, o la parte del león. Y no iba a soltarla.

Lo del Estado de Israel casi no hay que mencionarlo. O sí, porque era la más laica de las opciones. En aquel momento no les interesaba que una camarilla de rabinos hiciera ‘historia sagrada’. No iban a permitirlo.  Jugaban la carta fuerte, la que les había venido en el reparto aleatorio. Tenemos derecho, decían.  Derecho histórico. Nos habéis machacado, masacrado, robado. Ahora nos toca a nosotros.  Es racional pensar que su buena parte de razón tenían, en el contexto y el momento. Y jugaron bien la carta, hasta que se les fue de las manos.

Hoy puede parecer inocente. Hasta estúpido. Al comienzo, todos estaban tan atareados en otras cosas y tan poco seguros de nada, que no se lo tomaron del todo en serio. Los fragmentos vendidos por el archimandrita que fueron fotocopiados en EE.UU eran eso, fragmentos. De buen tamaño, algunos. Pero nadie apostaba por algo que bien podía ser una fotocopia de un texto medieval, y que encima no mostraba ‘escandalosos secretos’. Partes de un texto de Isaías. Era un bocado apetecible para eruditos en mitad de un polvorín y una guerra en el Cercano Oriente. O así se lo contaron, entonces, a los pocos que hablaron de ello. Cosas de lingüistas flipados, ¿A quién le importa?

Siempre le importa a alguien. Y no a los eruditos, desde luego. O no al principio. Algo que no ocupaba ni una página en revistas cristianas o en boletines que nadie leía fuera de la camarilla de las universidades explotó hasta ser best-seller, levantar una polvareda inesperada y terminar en los tribunales.




Bibliografía

ALBRIGHT, W.F.: The archeology of Palestine. (Ed. Castellana: Arqueología de Palestina, Barcelona, Garriga, 1962.)
ALLEGRO, J.M.: The treasure of the Copper Scroll. Londres, 1960.
EISENMAN, R.H.: Maccabees, Zadokites, Christians and Qumram. Leyden, 1983.
SCHONFIELD, H.: El enigma de los esenios. Madrid, Edaf, 1984.


Imagen: wikipedia commons.




martes, 11 de febrero de 2014

Del gusano al dragón.





      ‘Hijo de la tierra’ es el significado de la raíz indoeuropea en el que mayor número de lingüistas se ponen de acuerdo. Gusano. Y es de veras difícil poner de acuerdo a los lingüistas. Puesto que su oficio se limita a buscar raíces y parentescos entre ellas, queda mucho campo para los profanos.

     Deslizando el significado, algo que siempre sucede, gusano acaba siendo ‘todo aquello que se arrastra sobre la tierra’. Sin patas. O sobre su vientre, porque sin patas no queda mucha más opción. Los gusanos resultan muy ambivalentes. Quien los observara, y desde luego que los observaron, comprobaría que nacían de la tierra, o de la boñiga. Eran fríos al tacto, húmedos, nocturnos. Y encima, si partías en dos alguno –no todos, pero solemos quedarnos en la memoria con lo que nos maravilla- no morían. De cada mitad salía otro medio gusano, y si te limitabas a observar el asunto, en un par de días había dos iguales y cada uno se iba tan tranquilo de nuevo a ocultarse en la tierra. O sea, que los gusanos eran nocturnos, fríos e inmortales. En la buena lógica del curioso y paciente observador.

     Claro que había más gusanos, también ambivalentes y asombrosos. Unos que salían de cualquier carroña que encontraras por ahí (certificado de defunción fijo), y otros que a veces, sanaban heridas. Si ponías algunos gusanos en una herida que supuraba, la limpiaban. No se te comían entero, sólo la carne muerta. Imagino que había que tener buenas tripas para probar a ver qué pasa. Probando ‘a ver qué pasa’ aprendimos muchas cosas. Unas salían bien, otras sin comentarios y bastantes salían mal, muy mal. Pero lo que salía rematadamente mal se recuerda. Eso no lo vas a hacer más. Y se lo enseñarás a tus hijos.

     El gusano estrella acabó siendo la serpiente. No tiene patas, se arrastra sobre su vientre, es llamativa, es grande. Los observadores supieron que la serpiente no salía de la tierra ni de los muertos, salía de un huevo. Pero también supieron que se escondía cada tanto tiempo, y luego encontraban su piel seca y vacía. La serpiente también era inmortal. Evidentemente inmortal, lo habían visto con sus propios ojos. Y cada vez que volvía era más grande.

Con tantos atributos maravillosos, el gusano o serpiente tenía muchas opciones de terminar interpretando al villano del cuento. De muchos cuentos. Pero el que ahora contamos es el de la evolución en el arte románico y gótico, hasta el Renacimiento, del dragón. Las alas le crecieron muy tarde. No estaban en la memoria colectiva de miles de años de observadores. Nadie había visto nunca un gusano con alas, ni una serpiente alada.

“Y fue arrojado el gran dragón, la serpiente antigua que se llama el diablo y Satanás, el cual engaña al mundo entero; fue arrojado a la tierra y sus ángeles fueron arrojados con él.”

Esa cita del capítulo XII del Libro de la Revelación (O Apocalipsis) dibuja el tipo de dragón más antiguo que podemos ver representado en capiteles, pinturas o manuscritos desde el Alto Medievo hasta, más o menos, el siglo XIII. En realidad, aunque a veces se le llama gusano, es una serpiente. Se arrastra sin patas. Se yergue en ocasiones, amenazador. Otras, forma parte de la misma boca del infierno por la cual son devorados los  réprobos. Tiene escamas, y si bien su tamaño resulta desmesurado –para eso es el Diablo, Satanás- cualquiera que lo mire reconoce una serpiente.

     Todos los significados se han deslizado ya. Nocturno, frío, viscoso, vinculado a la tierra, capaz de matar con su veneno. Y la muda de piel ya no se entenderá como inmortalidad  –en el nuevo modelo religioso sería blasfemo- si no como un disfraz. Tomar cualquier forma, dejar una y asumir otra, hacer trampa, mentir como el Diablo miente.

     Los dragones serpentarios llenarán de color medio milenio de arte. Ahora son malvados, pero siguen mostrando colores delirantes, un trabajo minucioso y detallista. Son reconocibles, no se los carga con una fealdad deformada intencional. Terribles y peligrosos, sí. Pero conservan un cierto respeto argumentable. Para seducir a sus víctimas, el Diablo ha de ser hermoso, convincente. Ambiguo. Tiene que tener algo valioso que ofrecer a cambio del alma del incauto.

     Luego, algo cambia. Tímidamente, al principio.





A los gusanos-serpiente empiezan a salirles alas. Unas alas bastante torpes, por cierto. En la ilustración vemos que no cabe achacarlo a falta de pericia técnica. El tallista se ha esmerado con una compleja cota mallada sin perdonar detalle. La cota la ha visto muchas veces. A la nueva criatura híbrida jamás la vio, y quien se lo ha contado no se ha explicado del todo. O es posible que el mismo tallista no termine de entender para qué quiere alas un gusano, ni de dónde le salen, ni para qué le sirven.

       Los dragones alados ‘estilo chino’ aparecen en torno a 1260, al igual que las Danzas de la Muerte. En Italia. Vinculados a dos corrientes que traen información desde oriente. No sólo oral, si no la propia de los artistas itinerantes: bocetos, cuadernos de notas, apuntes. Una de las fuentes de las danzas macabras es el intercambio cultural propiciado por el comercio que circula por la vieja ruta de la Seda y atraviesa los reinos latinos de los cruzados. Después de todo, la historia de Buda en ese episodio concreto es un ejemplo moral que sobrepasa los límites de cualquiera de las religiones establecidas en la zona. La muerte iguala a todos. Una buena historia que nadie podría refutar.

     Y los dragones con alas vienen entre las mercancías. Pintados, tallados, convertidos en todo tipo de decoración de objetos más o menos suntuarios que llegarán muy lejos. ¿Son también el diablo, como los gusanos?...Posiblemente, puesto que siguen interpretando el papel del villano. Desde luego, son mucho más terribles y más exóticos. Más poderosos. Ya no sólo tientan a incautos, entran en representaciones heroicas, como la clásica iconografía de San Jorge.

     Curiosamente, los nuevos dragones alados cederán pronto el protagonismo en las artes. Y fueron las Danzas de la Muerte, en origen parte de la biografía hagiográfica de Buda, las que llenaron los escenarios. Más que la serpiente antigua, incluso más que el mismo diablo. Cuando en el siglo XIV la peste se enseñoreó del mundo conocido, los dragones se fueron a dormir.

Aunque no del todo. Dejaron de ser una parte posible de mapas que cada día eran más imposibles, según se delimitaba el mundo. Salieron del pequeño rincón hacia lo simbólico. Por eso aún viven. Y aún creemos en ellos.





                                              Bibiografía.

BALTRUSAITIS, Jurgis.: La Edad Media fantástica. Cátedra S.L.






   

lunes, 10 de febrero de 2014

El motín de Santa Escolástica



Nieva y la gente va entrando en la iglesia en silencio. Muchos visten luto y otros han venido de lejos para asistir. La gente no se mira entre sí, hay muchos lugares vacíos en las mentes de todos.

10 de febrero de 1355, día de Santa Escolástica, a la que se  reza para que proteja de los rayos, en aquel día de infausta memoria no fijó sus ojos en aquella localidad.

Oxford, ciudad de estudiantes por excelencia desde el siglo XI, los acogió  en un principio  en las posadas del pueblo, trayendo prosperidad y dinero  a sus habitantes.

Enrique II de Inglaterra prohibió a sus súbditos que estudiaran en París, lo que hizo que la ciudad creciera con rapidez. El dinero se movía pero también las pendencias, el alcohol y las reyertas: dos estudiantes fueron colgados en 1209 por violación, se cerró la universidad.  Volvió a abrirse en 1214 mediante una carta papal, y en 1231 recibió carta de universidad.

Ciento cincuenta años después parecía que los habitantes de la ciudad no estaban tan contentos como sus predecesores, ya que el dinero que había entrado antaño  había mermado, los estudiantes dormían y comían en la universidad y eran ahora más los problemas que las alegrías que daban en  calles y  tabernas.

La noche empezó con dos estudiantes que increparon al tabernero, quejándose de que la bebida que servía era de mala calidad, pasando de ahí  a los insultos y las agresiones hacia el dueño del negocio.
El alcalde John de Bereford pidió al rector  que encarcelara sin fianza a los dos estudiantes para que las cosas no fueran a mayores.

200 estudiantes asaltaron al alcalde y a otras personas que con él se encontraban, pidiendo la libertad de sus compañeros.

Mientras los habitantes de los alrededores y las granjas se fueron juntando, y acabaron asaltando la ciudad académica. El motín duró dos días, y el saldo de muertos fue de  65 estudiantes y 30 ciudadanos.

La disputa acabó siendo ganada por la universidad, y cada 10 de febrero  durante casi 500 años el alcalde  recorría las calles con la cabeza descubierta hasta la iglesia acompañado de los ediles. Pagando una multa a la universidad cada año de un penique por cada estudiante muerto, hasta llegar a cinco sueldos y tres peniques.




Fuente Imagen: Wikipedia, wikimedia commons user: Áwá