viernes, 28 de marzo de 2014

La mirilla panorámica (I)







Este relato trata sobre Doña Joaquina, la vecina  de Estela y Jacobo, los protagonistas del relato “Li Feng”. Me ha parecido que la buena señora se merece un espacio para ella solita. Que lo disfrutéis.



Antes que el diluvio universal ya estaba Doña Joaquina en el edificio, o eso por lo menos es lo que decía el jefe de la comunidad.
Vivía sola desde que su marido Juan se había marchado. No fue a por tabaco, tan solo se decidió a seguir su camino de baldosas amarillas.

Su hija María cuando fue mayor de edad se colgó la mochila y se dedicó a recorrer mundo. Alguna vez llamaba.

No se encontraba sola. Le acompañaban sus libros y dvds de misterio; su sobrino el Rober le había enseñado a andar por la red, para ella fue un descubrimiento y una ventana abierta al mundo, no había programa o foro sobre misterio que no mirara cada mañana.

Su gata Aghata (en honor a Agatha Christie) también era de gran compañía y a ella le contaba todos sus descubrimientos, desde los que hacia en el ordenador hasta los que descubría por medio de su mirilla panorámica.

Por el barrio decían que tanto su marido como su hija se habían cansado de sus fantasías, de historias de misterios, asesinatos, y por eso se habían marchado. Ella argumentaba que tanto padre como hija eran unos culos inquietos y que  estaba muy a gusto con su gata Agatha y con las visitas que de vez en cuando le hacia su sobrino.

Por las tardes se sentaba cerca de la ventana de la cocina y le gustaba mirar a la gente pasar. Los conocía a casi todos, y como buena detective llevaba todas sus vidas.

La Nico había sido su vecina durante muchos años, ya estaba en el edificio cuando ella y su marido llegaron, y se hicieron íntimas.

Al morir su marido Nico se mudó con su hermana a un pequeño apartamento cerca de la playa, donde el tiempo era más benigno para sus huesos
.
Su hijo alquiló el piso para que así no estuviera desocupado. Nico llamaba a Joaquina a menudo y la invitaba a que se fuera a pasar unos días con ellas.

Fue en dos ocasiones: logró que Laura, la hija de los del primero, cuidara a Agatha durante unos días.

 La primera vez se sintió rodeada de demasiada gente, y su amiga había cambiado, hacían las mismas cosas todos los días y el ambiente en que se movían le aburría soberanamente. Prefería sus libros, su barrio, y sus vecinos.

La segunda vez la invitaron a un viaje en autobús al quinto pino, se olió que les iban a vender hasta los dientes de Moisés, cosa que fue cierta.

Con la excusa de que Agatha se había puesto enferma cogió su maleta y volvió a su casa, a su barrio, y a sus historias de policías.

El hijo de Nico había alquilado el piso a una muchacha muy apañada, jovencita, agradable y discreta que le dio entretenimiento para mucho tiempo.

Hasta su sobrino Rober debió quedarse con la muchacha, ya que venía a visitarla muy a menudo, y con la excusa a veces era él quien miraba por la mirilla.

Demasiado tímido y demasiado lento. Unos meses después la chica, se despidió de ellos. La habían ascendido y cambiaba de ciudad.

Unos días después vio pasar al piso de al lado al Grifos, el hijo de Vicente el plomero, y con la excusa de ir a tirar la basura  se enteró de que venían nuevos inquilinos a la casa de enfrente. Una pareja de modernos, de esos que según el Grifos parecían buena gente.

No tardó ni dos segundos en subir con la bolsa de basura de vuelta y en llamar a la Nico, que seguía con su hermana y  no tardó en contarle las novedades.

Los nuevos inquilinos habían cambiado una casa de pueblo con su piso, su hijo le dijo que se llamaba permuta o algo así. Estaba esperando hacer las maletas un día de estos, además estaba encantada pues era el pueblo donde habían nacido sus padres.

No quedaba muy lejos y le prometió que en cuanto se establecieran la iría a visitar, y la invitaría a pasar unos días a ella y a Agatha.

Colgó el teléfono satisfecha porque le había vuelto el juicio a su amiga. Escuchó ruidos fuera y vio pasar al Enchufes, amigo de su sobrino, y lo invito a tomar algo fresquito.  Él acepto, y se enteró de la otra mitad de la historia.

Eran tres con la gata, él se llamaba Jacobo y ella Estela, pagaban bien y les gustaba el trabajo bien hecho sin prisas.

Al día siguiente el Enchufes ya había acabado su parte y los vio a 
ambos llegar con botes de pintura. La vio salir a ella y sin pensarlo lo invito a él a  pasar y a tomar un tentempié.

 A ella le encantaba mostrar sus cartas, no tenía nada que esconder y le gustaba observar la cara de la gente al ver su casa.

Pasaron un rato entretenido y ella vio que era un joven agradable, muy parecido al Rober pero con alguna luz más. 

Él se disculpó, ya que tenía que ir a buscar a su chica y se le estaba haciendo tarde.
La habían invitado a la fiesta de inauguración de la casa, y había sido sincero con ella. El interés había sido mutuo.

Recogió los restos del piscolabis,  llamó al Brochas y lo invito a comer. Así cuando volvieran (también  los había invitado a comer), seguro que harían buenas migas, y acabarían con el asunto de la pintura antes.


Sonrió, movió el ratón y se dispuso hacer una carpeta para los nuevos inquilinos del tercero izquierda.




La mirilla panorámica (II)




Terminó de recoger los periódicos que cubrían el suelo y las contadas gotas caídas. El salón olía a pintura hasta dar dolor de cabeza. Verde manzana y ocre. No era la Sixtina, pero le dolía lo mismo que a Miguel Ángel. El cuello, los hombros, la frente fruncida, los brazos. Limpió el rulo y las brochas. Y oyó los pasos inconfundibles de la vecina. La atenta vecina. Joaquina. Fingir no estar, imposible. Se quitó el gorro de ducha abriendo la puerta.

Nunca le había invitado a pasar a su casa. La mujer observaba esperándolo mientras se quitaba el mono de faena y se limpiaba las manos. Luego le tocó observar a él. Un piso idéntico que parecía otro mundo. Había imaginado la típica casa de anciana con fotos en sepia, algún santo, muebles años 60, tapetes de crochet y jarrones delirantes. Mantuvo la compostura. Un salón con muchas plantas vivas que continuaban su selva hacia el balcón, eso sí. Ikea, no reliquias. Colores alegres, estanterías y tecnología. Un Pc a lo sumo con un año, impresora escáner, micrófono, memoria auxiliar. Y libros hasta no dejar apenas espacio para jarrones ni figuritas. Donde no crecían los libros, se apilaban dvds.

-Es usted muy amable, gracias –dijo, sentándose donde ella le indicaba- No tenía que molestarse.
-No es molestia, es curiosidad.
Parpadeó y decidió reírse. Joaquina le ofrecía una lata de cerveza fría. ¿De oferta? Claro. Pero muy bien elegida. Puso otra para ella, y en medio una bandeja con tortilla de patatas cortada en cuadros, banderillas en un cuenco de barro y ensaladilla rusa en otro. Con colines y servilletas de papel. Casero y desenfadado.

-Ya está invitada a la fiesta de inauguración  -le sonrió a la mujer-  Y no valen excusas.
-¿También por curiosidad?
-Bastante. Y porque su tecnología es mejor que la nuestra, y eso siempre resulta interesante. Porque lee, por supuesto. Así en plata, porque me imaginaba a una señora mayor con una Santa Cena en la pared y no la sucursal del CSI.

-Iré con mucho gusto. Me has ganado con lo de la sucursal del CSI. ¿No comes?
-Tengo que ir a recoger a Estela. Comería de muy buen grado, y me tragaba la cerveza y otra más, no se lo desprecio.
-Os lo guardo. Aún no tenéis los muebles ni lo de la cocina, ¿No?
-No.
-Pues pasaos al volver y comemos.
-Es usted realmente muy amable.
-Soy la Joaquina. Joaquina Pérez Galileo, mejor de tú.
-Jacobo Mestre Díaz. El postre lo traemos nosotros, Joaquina.
-Hecho. Y ponte el casco, que los otros del casco no perdonan. Dicen que les dan un plus por cada multa que ponen.
-Descuida.




Imagen: Wikimedia Commons.




domingo, 23 de marzo de 2014

El incendio de Santiago.





La casa estaba vacía. Una morada decente, no tan pequeña para un hombre solo, a cuatro pasos de la obra. De la catedral. Ya estaba vendida a un azabachero que buscaba ampliar taller. Lo habían puesto por escrito, de buena fe, acordando precio y plazos. Tres días a contar desde que se firmó la venta. Le sobraban dos. La tarde anterior cobró los muebles que se llevaron. Todos. El arca y el colchón, la mesa y sus taburetes, las trébedes y arneses de la cocina. Había dormido en el suelo liso y desnudo, gastado por muchos pies. Los suyos no tuvieron tiempo de dejar huella.

Echaría algo de menos. Dos tallas en las jambas de piedra, la visible y la casi borrada. La que todos veían era un apóstol de la escuela antigua, un Santiago ya muy pulido por vientos y lluvias, exiliado de alguna ermita caída. La invisible la había rozado cada noche mientras sacaba la llave de hierro y atinaba con el engranaje para abrir. También venía de otra parte aquella piedra de brillo gris azulado, con su doble espiral.

Apagada la chimenea y sin leña en la casa, consideró seguras las bolsas de cuero con sus pertenencias que había ocultado en el tiro, colgadas de clavos. Respiró hondo. Oía como el crecer de la marea las voces y los gritos que le llegaban, antes de rayar el día, desde la obra. Desde la catedral.

Abrió la puerta. El recadero venía hacia él saltando el albañal, zigzagueando como una liebre sobre los cantos rodados. No había llovido en más de una semana, y el viento que empezaba a arreciar al alba tampoco traería nubes. Iba a sonreír mientras sacaba la gran llave y seguía jugueteando con su piedrecilla favorita entre los dedos cuando levantó de golpe la cabeza, al mismo tiempo que el muchacho jadeante se detenía a su lado. Había girado el viento con un crujido y un susurro. Oía mejor las voces de la gran plaza. Y olía ahora lo peor que un maestro de obras puede oler. Humo. Fuego.

-El maestro Esteban te llama.
-Respira, zagal. He de cerrar la puerta.
-Date prisa.

Se dio demasiada prisa. La piedra se le escurrió, rebotó sobre los cantos mientras él metía la llave en el engranaje y oía correr el hierro en sus pasadores. El niño le mostró dos pedazos negros en la palma de la mano.

-Lo siento.
-No ha sido culpa tuya. Quédate con uno. Dicen que da suerte, y puede que hoy necesitemos mucha.


Esteban parecía a punto de estallar. Nadie se entendía entre los gritos de los compañeros de los gremios, los de los burgueses apedreando las puertas del palacio del obispo Gelmírez, la huida de las gentes del mercado, las amenazas sofocadas de la guardia de la reina Urraca y las noticias contradictorias que cambiaban como el viento mismo.

-No te separes de mí, Juan. Te pisotearán sin remedio.
-El maestro Esteban quería ajustar cuentas con el de los carpinteros por no haber quitado los andamios altos.
-Ajustando cuentas no se apaga un fuego. Y el maestro carpintero hizo lo que debía hacer, esperar a que todo estuviera seco y asentado.


Todavía podía tener remedio, si dejaban de gritar y hacían algo más que blasfemar en diez lenguas y darse de puñetazos. No lo tuvo. La reina, el obispo y la guardia huyeron a través del claustro hasta la torre de campanas y se encerraron dentro. Por los ventanales llovieron saetas. Abandonado el palacio entraron en él con fuego, unos apoderándose de cuanto valía algo y estaba ante sus ojos, y otros incendiando. Huían también peregrinos: lloraban como si se acabara el mundo, como si esperaran el castigo de los cielos. Al humo se desbandaron los animales que en el mercado iban a ser vendidos o comprados, arrollando a su paso a cuantos no encontraron cobijo. 

Cuando los compañeros entraron en razón, o comprendieron el peligro en que se hallaba la obra, era imposible hacer una cadena de hombres y cubos que llegara hasta la gran fuente de la plaza. Entonces le arrancaron al niño agarrado a su mandil, lo levantaron como paja y se lo llevaron de mano en mano hacia la torre que seguía ardiendo. Cogió el grueso bordón de un peregrino. Con él entre las manos se fue abriendo paso primero a palos, hasta que el sonido del bastón girando bastó para que se apartaran. Tarde. Con gran orgullo, guiñando los ojos, un hombre le dijo que el pequeño sí cabía a través de un estrecho hueco en la base de la torre, y que le habían dado una vez entró dos buenas antorchas para que hiciera bajar al obispo, a la reina, a la guardia y al mismo Santiago que está en los cielos como se sacan las liebres de la hura, con fuego.

Era posible que el muchacho obedeciera. O no. Había fuego suficiente para todos a medida que madera y techados de paja seguían ardiendo y el viento llevaba las pavesas de un lado a otro. Lo seguro era que buscaría una salida. Por los tejados del claustro y no hacia el palacio, también incendiado. Un chico listo encontraría por dónde descolgarse. Mientras avanzaba de nuevo vio entre el humo a la reina Urraca, sin su guardia. Si había salido así, medio desnuda, con los ojos rojos, la torre ardía muy en serio. Vio como la zarandeaban, le escupían, le gritaban y le arrancaban los jirones de las ropas. También vio a una vieja que clamaba venganza. La reina fue empujada al albañal y cayó de bruces en la porquería. Entonces la vieja cogió una piedra y se le echó encima dispuesta a matarla. Un burgués le detuvo la mano, y mientras la mujer arrugada se defendía y lo llenaba de maldiciones, él interpuso el bordón y gritó que nadie osara llegar a más, que hicieran sitio y dejaran que saliera la señora Urraca. La miró un instante y continuó su camino, de nuevo a bastonazos. De Gelmírez, ni rastro.

Todavía quedaban resplandores y humo en el cielo cuando cayó la noche. El cuerpo superior de la torre norte, apoyada en parte en el muro de los andamios, había cedido. Las campanas se desplomaron sobre la plaza, causando muertos y heridos antes de quebrarse. A la guardia se la daba por aplastada o huida. Tampoco había seña de la reina. Y con antorchas, armas o aperos de labranza bien afilados en las manos se buscaba casa por casa, en cada rincón o ruina quemada, al obispo.

El desastre del mercado le sirvió para aprovisionarse de comida. Había recogido a Juan en el tejado del claustro, sin herida alguna. Cerró la puerta de la casa vacía. Nadie había entrado, todo lo suyo seguía colgado en los clavos dentro del tiro de la chimenea.

-Me voy ahora mismo. ¿Quieres que te acompañe a la obra? Ya has tenido bastante por hoy.
-No. Yo también me voy. No seré un estorbo.

No era momento de hablar. El hombre no dijo nada. Se quitó el mandil, cargó con las bolsas de cuero y sopesó el bordón de roble. Luego cerró de nuevo y fueron hasta la cercana calle de los azabacheros, donde tardaron mucho en abrirles. Entregó la llave al comprador considerando cumplido el pacto y la venta.

Cuando la reina Urraca sitió Santiago y entró en ella dispuesta a hacer justicia y tomar revancha, el niño que quemó la torre y el hombre de bordón eran ya sólo palabras. Ninguno tenía nombre. Ni rostro.



Bibliografía conjunta.





Las revueltas compostelanas del siglo XII.


Rebeliones en Santiago de Compostela.

El incendio de Compostela de 1117.

López Ferreiro, A.: Historia de la Santa Iglesia de Santiago de Compostela



Imagen: Wikimedia Commons. 

Arde Santiago.




A esto debe parecerse el infierno, sin duda alguna: las llamas purificarán ésta ciudad. Cuando pronuncio su nombre mi boca sabe a hiel.

Que Dios se apiade de las almas de aquellos que tocaron mi cuerpo e hirieron mi rostro, ya que yo nunca podré hacerlo.

Todavía en mis oídos resuena un zumbido, mi salida por aquellas puertas, con los pechos al aire, sin más ayuda  que la de la de mi regia persona.

Vi en sus ojos la burla y la ira, y  a esa miserable ramera, que de haber podido hubiera machacado mi rostro.

Quedará una cicatriz de ello, no hay duda, pero más profunda será la que dejaré en sus vidas.

Cobarde Gelmírez que me abandonó a mi suerte y huyó cual rata que abandona el barco antes de que se hunda.

Arde Santiago… ya ardió tu catedral y el palacio donde yo impartía  justicia y sabiduría: los unos por impacientes y el obispo por codicioso, que Dios lo mantenga con vida hasta que pueda yo matarlo.
Lloraban los peregrinos mientras el lugar donde reposa Santiago fue profanado por la turba.

No hay nada más que un camino: conmigo como soberana y señora, quien así no lo acepte a hierro muera.

 Perdón y clemencia vinieron a pedir aquellos a los que Dios les dio algo de juicio. Entre ellos el hombre que con su mano impidió que aquella que no merece ni nombre continuara con su felonía.

No sonaron las campanas para anunciar la nueva catedral, ni sonarán, ya que, manchadas de sangre, bajo ellas yacen hombres y mujeres.

Llora Santiago a tus muertos y a aquellos que ahora piden clemencia. Perdieron mucho con la tiranía de su obispo, pero por su intransigencia ahora perderán más.

Las llamas mueren por falta de alimento,  cae la noche y volverán los gritos y los llantos de las madres y sus hijos pidiendo misericordia.

Huye, Gelmírez, abandona a tu rebaño que es lo único que sabes hacer: perro que no suelta bocado, pero que cuando se le pega huye con el rabo entre las piernas solo preocupándose de poner su vida a salvo.

Se abren las puertas. La ciudad ha sido rendida: seré yo la primera que entre como dueña y señora.

Mi palabra es ley y yo juzgaré y decidiré los destinos de aquellos que osaron contrariarme.

Urraca, reina y señora, hoy y siempre.

Fuente de Imagen, Propia bajo la misma licencia que el Blog. 



miércoles, 19 de marzo de 2014

El árbol de la vida




Ya está durmiendo, seco, sin hojas y preparado para nuestro último viaje en esta tierra. Hace algún tiempo lo adiviné, cuando sus hojas comenzaron a caerse y mi señora se quejaba de que tenía frío.

Ella está sobre su lecho, ahora ya descansa y pronto todos emprenderemos camino hacia la tierra de nuestros ancestros. Algunas de las cintas ya no están en las desnudas ramas del dormido árbol. Algunas se marcharon antes para preparar nuestra llegada.

He tenido una vida larga, mis cabellos se han teñido del color de la luna, nunca he padecido ni hambre, ni sed, siempre he tenido ropa con la que vestir mi cuerpo.

Nací el mismo día y a la misma hora que mi señora, hecho que nos unía para fortuna de ambas, me crié como ella en la casa de su madre y recibí los mismos cuidados y enseñanzas.

Sus deseos eran los míos y sus problemas teñían mis noches de sueño. Cuando dejamos nuestros juguetes y cortaron nuestro cabello me dieron mi cinta carmesí para que eligiera si quería seguir el destino de mi señora y unir el mío al suyo, o ser libre de seguir otro camino.

Anudé la cinta a una de las ramas más altas, fuerte, para que ni el viento ni la lluvia ni el sol la soltaran ni la lastimaran. De eso hace más de cuatro veces diez.

Ahora todos comeremos y beberemos con ella antes de emprender nuestro viaje, brindaremos por lo que nos espera en la tierra de los que ya cruzaron el rio.
Dejamos la casa de su madre para ocupar la suya propia, entonces la vida cambio. Éramos dueñas de nuestro  destino y nadie nos decía cuando acostarnos. Había otras como yo que la acompañaban. Los dioses lo habían querido: compartiríamos su vida y su tránsito.

Nos reuníamos a la sombra de su árbol para festejar la vida  la juventud, la plenitud y  la alegría. Allí encontró su don y aquello a  lo que dedicaría su vida.

Tejía el futuro con hilos de colores, escenas que se grababan en la retina de los que venían a buscar respuestas. Venían, hombres, mujeres, jóvenes, mayores, de muchos lugares y algunos días nos acostábamos llegada la mañana cuando el último consultante nos dejaba.

Los viajeros eran bienvenidos en nuestra casa, sobre todo aquellos que provenían de tierras lejanas y nos contaban bellas historias de lugares tan lejanos como mágicos,   que llenaban de sueños nuestras noches y de deleite nuestras mentes.

En ocasiones mi señora sorprendía a sus huéspedes con detalles de sus patrias y con la certeza de contarles qué habían hecho en ocasiones. Ella nunca revelaba la fuente de su información, que era ella misma.

No necesitaba sus pies, ni monturas, ni barcos para viajar a tierras más allá de los mares. Se sentaba a la sombra de su amigo el árbol y entonces dejaba su cuerpo, y su mente viajaba lejos para regresar tiempo después.

Era una buena anfitriona y nuestro hogar nunca estaba vacío, con el tiempo la casa se llenó de nuevas vidas, masas tan variadas pero cocidas en el mismo horno.

Ayer pidió recostarse bajo el árbol, todos sabíamos que sería su último viaje, se despidió de cada uno, y con una sonrisa en los labios dijo adiós a su compañero de vida que también dejo caer sus últimas hojas antes de quedarse dormido.

Hemos tenido una vida plena y ahora es tiempo de partir. Al igual que ella se despidió de mi con una sonrisa en los labios, emprendo el mismo camino a lugares lejanos y maravillosos donde ella me espera.

¡Brindemos!

Fuente imagen: Propia misma licencia que el Blog. 





sábado, 15 de marzo de 2014

Feliz cumpleaños, condenados.




Luz de una vela
en la oscuridad,
una mirada que
ve más allá.
Alguien canta
ecos lejanos
de tiempos pasados.
Réprobos con capirotes,
en movimiento,
esperando.
Almas con alas
y sonrisas grotescas,
vidas condenadas
en eterno movimiento
esperando el infierno.
Un hades que ahora
es el olvido,
la soledad y el abandono.
El tiempo y el agua
borran su historia:
No hay peor castigo.
Una luz en la oscuridad:
Que sean cientos,
que alumbren el
camino de
estos condenados.
Sea la misericordia humana
 igual que la divina
bálsamo que cure heridas.
Dignidad y no abandono.
Que la memoria de los vivos

es también la de los muertos.





Esta es nuestra aportación a la cadena que se esta llevando a cabo para salvar la ermita del Santo Cristo de Talaván (Cáceres). Esperamos y deseamos que como hoy cumplen los condenados 386 años de existencia, el próximo sea bajo techo y que todos y todas podamos disfrutar de ellos. 

Gracias a Carmen Cascón por hacernos partícipes de este proyecto, y a Gabriel Cusac Sánchez por permitirnos formar parte de la cadena y aportar nuestro granito de arena.

Bibliografia.



Fuente imagen: Wikipedia, wikimedia commons User: DEb 109








jueves, 13 de marzo de 2014

Haiku que no cojea.













     Buda descansa
en alcobas vacías:
 ya nadie queda. 





Imagen Propia misma licencia que el Blog. 






                                                               

martes, 11 de marzo de 2014

Un mal haiku.




Gira el molino.
Crujen más los recuerdos
que la parva.





Imagen: Propia, bajo la misma licencia que el Blog.

jueves, 6 de marzo de 2014

Mamá Pájaro.



Me han informado hoy, fiablemente, de que la esperanza de vida en libertad de los gorriones comunes es de unos siete años. Por cuarta vez consecutiva regresa Mamá Pájaro. Al principio es un sonido apresurado, algo enervante, en la ventana más soleada del dormitorio que da al este, a la primera luz del alba. Casi suena como una empresa de mudanzas. Alboroto, limpieza, hay que ver cuánto trabajo, qué invierno tan lluvioso, todo hecho un asco.

Ya sé que le llevará una semana ponerlo todo a su gusto. Luego, si no se tuercen las cosas, aparecerá la corte de los galanes posibles. En cuanto asome un rayo de luz tras las muy altas montañas blancas habrá un concierto. Un casting. Un gorjeo que grita a cuatro o más voces que sigue girando la rueda del año, la tierra se despereza, asoman brotes valientes y regresan los que se fueron.

Luego será el intermedio. Silencio. Batir de alas, poco más. Y un día se cascarán los huevos y empezará la fase del estrés. Mamá Pájaro, atareada, desde el alba al ocaso yendo y viniendo. Los pollos insaciables, con la voz cada vez más crecida. El antepecho de la ventana para fregar cada día (sin lejías), porque los muy sanos y bien cuidados gorrioncillos cagan que es un primor.

Y los gorriones okupas. Supongo que son machos jóvenes, solteros sin suerte esperando que algo suceda, malo para los demás pero bueno para ellos. Que se caiga un nido. Que Mamá Pájaro falle en algo y se muera toda la pollada. Esperan una oportunidad, y duermen en la boca del tubo de salida del termo, por fuera. Hacen un ruido de orquesta, se llevan mal, se pelean.

Todos regresan cada noche, al tubo o al nido, o a los árboles y los aleros. Nunca he sabido, ni lo sé ahora, a qué obedece el sonido único, ese piar asustado e indefenso de los pájaros cuando caen las sombras. Es el sonido que tantos escritores usaron para definir la angustia, o el terror a secas. Luego cierra del todo la noche, y vuelve el silencio absoluto. Un silencio agazapado, como si contuvieran el aliento. Hasta que la luz deshaga el maleficio.

Dejan rastros. Ves en la calle algunas plumillas arrancadas, ya se pelearon los del tubo. A veces ves un huevo estrellado. Mala suerte, madre joven, demasiados huevos, visita de galán importuna. Limpias el alfeizar y observas. Si son muchos o pocos, si comen bien, si están sanos. Observas las cagadas, claro. A ellos no los molestas.

Un día ya no los oyes. Han volado. Y Mamá Pájaro come mucho, que es su manera de hacer la maleta. Cuando ves eso no hace falta el meteosat. Ya sopla el primer heraldo del otoño, y sigue girando la rueda del año.


Ahora tocan bienvenidas. Mamá Pájaro ha vuelto, y opina que todo está hecho un asco.



Imagen: Wikimedia Commons. Autor, Nevit Dilmen. Bajo licencia CC. 

De regreso.


Había sido un otoño largo, y estaba siendo un invierno duro. Acarició  al animal. Pronto comenzaría hacerse de noche y quería llegar a casa cuanto antes.

 El caballo entendió y aligeró un poco más el paso, los dos olían ya el hogar y el descanso tan merecido. Pensó en su mujer y los suyos que estarían alrededor del fuego, esperándole para cenar, y  en la más pequeña que saldría cada poco tiempo a mirar el camino para verlo llegar y correr hacia el, cómo cada vez que volvía de sus viajes.

Esta vez las ventas habían sido buenas y lo que quedaba del invierno, que era lo peor, podrían pasarlo sin  apuros. Llevaba hasta pequeños regalos para todos, y estaba impaciente por ver sus caras y disfrutar con todos ellos.

No vio a la más pequeña salir ni correr hacia él cuando alcanzo la casa. Lo esperaba su mujer con aire preocupado, y sus otros hijos asiendo a su madre.
-Se han marchado, los dos y a la pequeña no la encuentro por ninguna parte. No pensamos que lo harían, pero no esperaron.

Ella se puso algo de abrigo y salieron los dos tomando el camino hacia la montaña de los ancestros. Una antigua tradición contaba que cuando los más ancianos del lugar perdían sus dientes se iban por su propio pie hacia la montaña de los antepasados, para dormir junto a ellos.

La escasez ese año visitó a los habitantes de la zona, y algunos mayores habían dejado sus casas en silencio, uniéndose con sus antepasados.

Ambos pensaban que la pequeña los habría seguido, queriendo impedir que dejaran el hogar y perderlos. La nieve mostraba pisadas pero el viento las iba borrando; caminaron durante largo rato, el sol ya comenzaba perezosamente a buscar el camino hacia el ocaso.

La mujer caminaba más despacio, pensando para sí misma que no tenía que haber dejado la casa hasta que no hubiera retornado su esposo. Pero no era tiempo  para lamentarse.

Su padre y su suegra habían abandonado la casa por no ser una carga para la familia, y sabían que ella y su marido no estaban de acuerdo. Los  sorprendió quitándose los dientes uno al otro.

 Aquello ocurrió antes de que emprendiera viaje  su esposo y aquella charla quedo pendiente para cuando el retornara.

 Todo estaba tranquilo hasta aquella tarde. Ella tuvo que salir a resolver ciertos asuntos, cuando regresó solo encontró a sus dos hijos mayores. Los abuelos habían desaparecido, y la pequeña también.
La subida se empinaba cada vez más y ascender se complicaba por momentos. No llegaban a ver más que unos pasos más allá, cuando vislumbraron que dos figuras descendían muy lentamente.

Apretaron el paso y se encontraron con los dos ancianos que traían a la niña en brazos. Emprendieron el descenso y nadie habló hasta que llegaron a  casa.

  La niña vio  partir a los dos mayores, los siguió, no le gustaba la idea de perder a sus abuelos, y si tenía que comer menos, lo haría. Caminó durante largo rato sin perderles el rastro hasta que comenzó a cansarse,  tropezó,  se cayó al suelo, y comenzó a llorar. Su llanto fue escuchado por los caminantes, que se volvieron al reconocer  a su nieta.

Culpables, comenzaron a bajar arropando a la pequeña lo más posible para que no se enfriara.

Tenía fiebre y llamaba a sus abuelos con insistencia, los quería cerca. Lo que el viajero imaginó como una celebración se convirtió en una larga noche de vela por la pequeña, con la esperanza de que la fiebre bajara.

Se turnaban para cuidarla y los  abuelos se mantenían cerca de ella. No se volvió a hablar de lo ocurrido.

La niña, que era fuerte, un par de días después estaba ya casi recuperada y tan agradecida a sus mayores que compartía su parte de comida con ellos. No quería perderlos.

La fiesta del regreso se hizo esperar, mas fue muy recordada por todos durante mucho tiempo. Papá, la pequeña y los abuelos habían vuelto al hogar. 

Fuente Imagen: Propia misma licencia que el Blog.