lunes, 28 de abril de 2014

Juan segundo.








Ese es mi nombre, cumplí diez años por los menos hace más de un millón de años, quizá no tanto pero tanto como  un mes seguro. La verdad es que no soy exactamente Juan segundo pero así me llama mi tío que es por el que llevo este nombre, él también se llama así.

Uno de mis hermanos se llama Juan también pero como es muy alto y grande lo llaman Juan uno y medio, y a mi Juan el  medio, a mi tío lo llaman de Don seguido de Juan y a mí me quiere mucho y cada vez que viene me trae algo de regalo, además es mi padrino.

Mi madre se pone muy contenta cuando  nos visita, sonríe y no riñe, quiero mucho a mi tío Juan porque es su hermano pequeño y como ella dice, “lo crió a sus pechos”.

Cuando él está de visita, todo cambia y se vuelve más festivo y divertido, mamá saca lo que esconde para las grandes celebraciones, y que ni papá puede encontrar.

Además duermo con él en el sofá y me libro de los pesados de mis hermanos. Me cuenta sus aventuras y todo lo que ha hecho durante sus ausencia, a veces cuando voy al baño, escucho a papa decirle a mi madre que no es bueno que el tío me llene la cabeza de ideas locas, que acabare siendo como él: un cabra loca.

Ellos piensan que no me entero, pero sí que les escucho y cuando vuelvo mi tío ya sabe que ha pasado y me pasa la mano por la cabeza y volvemos a nuestras aventuras y planes de futuro.

Nunca sabemos cuánto tiempo se va quedar, y cuando llega siempre viene con regalos, cuando se va mamá le llena las maletas de comida, y de muchos besos y abrazos.

La última vez que nos visitó me contó que se iba muy lejos, por bastante tiempo, que le habían ofrecido una aventura en un barco y que cuando volviera iba ser inmensamente rico, y que prometía mandarme postales de cada puerto que visitara.

Se marchó aquella vez rápido no quería que mamá llorara ni que papá le montara una de las suyas, mamá que es muy lista  ya le había preparado una maleta, con mucha comida y ropa limpia, y no lloró, algo que me pareció raro ya que siempre suele hacerlo.

Se marchó pasada la madrugada, sólo mamá y yo estábamos para despedirle. Él nos abrazó a los dos y prometió escribirnos y mandarnos muchos regalos.

Pasó mucho tiempo hasta que recibimos su primera carta, escribía mucho y mandaba recuerdos para todos, nosotros le escribíamos. Algunas cartas nos las devolvían,  al ver esto él siempre intentó darnos las señas de a donde podrían llegarle nuestras cartas.

Aquello nos hizo a mamá y a mí cómplices y compañeros de aventuras, mi padre y mis hermanos se pasaban las horas fuera. Nos gustaba que llegara la hora de la siesta, entonces mamá y yo releíamos sus cartas e imaginábamos las aventuras que podríamos vivir todos juntos.

Hubo un día en que las cartas dejaron de llegar, hasta vino un señor en vez del cartero, con una cara muy seria y estuvo mucho tiempo hablando con mamá y después también con papá. Luego se marchó.

Mamá me entregó una caja en la que había cosas de mi tío, no había mucho más que decir: algo le había ocurrido.  Pasaron los días y mamá no hablaba, papá estaba enfadado y huía de estar en casa por no ver a mi madre de aquella manera.

Mis hermanos vivían sus vidas y no hacían mucha cuenta de ello, yo a veces abría la caja y todas las cosas que tenía, muchas eran tesoros vamos que no sabía que uso darles, había un catalejo con por el que solía mirar esperando el barco que trajera de regreso a mi tío.

Sólo a la hora de la siesta lograba que mi madre saliera de su mutismo. Releíamos sus cartas, y abríamos la caja, y comenzamos a crear una historia en la que mi tío no había desapareció en el naufragio como decían aquellos señores de la compañía.

Logró sobrevivir y llegar a una isla perdida en los mares, y allí conoció a una joven muy guapa y se quedó allí a vivir siendo muy feliz y no faltándole de nada. Cada día le añadíamos algo nuevo, y hablábamos con él contándole nuestras vidas y él nos contestaba que sentía no poder estar con nosotros, y que seguro que algún día regresaría.

Nunca supimos si todo fue una invención, un sueño,  realidad o un juego, seguimos pensando que fue magia. Una mañana llamaron a la puerta y mi tío cogió a mi madre y le dio miles de vueltas mientras ella no dejaba de gritar de alegría, mi padre salió y tras de mi tío había una señora que era idéntica a la muchacha de nuestras historias.

Nos presentó y a pasos la familia crecía…

Juan Segundo, te presento a tu nueva prima…

Juanita tercera….

Una niña pequeña y regordeta, morena, me sonreía demostrándome que hay muchos mundos ahí fuera, y que algún día los dos juntos los descubriríamos.

Fuente imagen propia, misma licencia que el blog. 



miércoles, 23 de abril de 2014

Las dos primeras piedras de El Escorial: 23 de abril de 1563.




Y aunque parecen estas cosas contrarias  y como increíbles
procuraré mostrarlas con no poca claridad,
 aunque en esto ni en todo lo demás seré
cabezudo, que cada uno sienta lo que Dios le ayudare.

(Fray José de Sigüenza.
 ‘Fundación del Monasterio de El  Escorial por Felipe II' ).





     Todos sabían que algo iba a ocurrir en aquel año de 1577. El astrólogo de Felipe II había asegurado que la fecha fatídica sería el 21 de junio, debido a que esa noche la Luna entraba en su séptimo mes a la vez que el Sol inauguraba el séptimo grado del signo de Leo.

      El edificio, según la versión oficial, tenía como objeto conmemorar la victoria de las tropas españolas sobre las francesas en la batalla de San Quintín. Algunos sospechaban que había más razones. Se sabía que el rey devoto era también inclinado a la astrología, la alquimia y otras tantas ciencias en boga en la Europa del renacimiento. Además, decían, vestía siempre de negro no por modestia o piedad, sino para congraciarse con Saturno.

     Desde hacía varias semanas, los obreros que trabajaban en el Monasterio aseguraban haber visto rondar de noche un enorme perro negro que arrastraba una larga cadena. Decían que el animal daba prodigiosos saltos “que no podían ser sin alas”, según el cronista José de Sigüenza, y que se encaramaba saltando a lo alto de los pescantes de las grúas. Arquitectos, aparejadores, obreros y monjes habían escuchado los aullidos nocturnos de la extraña criatura.

     Esa noche los frailes estaban en la Iglesia, rezando Maitines. Oyeron entonces tales aullidos que, según fray José el cronista, “no quedó religioso en el coro al que no se le erizase el pelo”. Esta vez el sonido provenía de los cimientos del edificio, bajo las mismas ventanas del rey. Al cabo, dos monjes se atrevieron a descender al cimiento de las obras, capturaron al perro y lo ahorcaron en el antepecho de la Iglesia, de tal forma que todo el mundo pudiera verlo a la mañana siguiente.

     Dar muerte a un perro por ladrar no era algo corriente. Mucho menos que fueran monjes los encargados, y no la compañía  de alabarderos del rey. Y lo más inusual, el hecho de ahorcar al perro y de remate colgarlo en lugar sagrado, para que bien pudieran verlo cuantos fueran a la misa temprana.

     Los rumores se dispararon. Dijeron que el perro no era tal, sino Cancerbero, el que guarda los abismos del infierno. Otros opinaban que se trataba del perro de San Lorenzo (santo que nunca tuvo perro, que sepamos). Pero no era la primera visita que el diablo, o sus criaturas, hacían al Monasterio.

          Apenas un mes antes, la víspera de la Magdalena, se observaron al atardecer unos negros nubarrones que subían del valle. Las nubes se arracimaron en la cara sur del monte Abantos, y lentamente se desplazaron hacia el norte una vez hubieron rebasado la cima. Fray José, minucioso, registró entonces que una de las nubes emitió un rayo: ‘una exhalación seca y pavorosa’. Algunos de los hombres que estaban haciendo guardia  cayeron al suelo derribados. El rayo impactó en la sacristía destruyendo los lienzos que allí se guardaban, así como el cajón de las casullas y las telas que se custodiaban en la pieza. Pero el impacto principal fue  en la Torre de Poniente, donde se encontraban las campanas. Algunas piedras cayeron sobre la estancia del fraile relojero. El incendio que siguió a los impactos no pudo sofocarse hasta las seis de la mañana del día siguiente. Pero lo más curioso es lo que le sucedió al hermano relojero. Fray José de Sigüenza lo describe:

“{una vez apagado el incendio, y tras dar gracias} subió como solía a tañer las campanas, con prisa. Entonces no sentía nada. Más luego, poco a poco, le cogió una fuerte melancolía: mudósele el rostro extrañamente, y mudó el color suyo de blanco a un pardo triste. Saliéronle lunares grandes y negros; vivió otros tres años, y al fin murió casi sin que se le echase de ver. Entendióse que le entró algún humor en el cuerpo la noche del rayo, humor que le causó tales efectos.”

     El Monasterio de El Escorial ya había sido por entonces consagrado, y puesta su Primera Piedra. Curiosamente, siendo exactos, habría que decir que dos veces consagrado, y con dos primeras piedras (que deben, suponemos, seguir allí).

     La primera consagración se realizó mediante una ceremonia mágica (de nuevo nos lo cuenta fray José de Sigüenza), ceremonia a la que se negaron a asistir tanto el prior –que se disculpó diciendo que se sentía enfermo- como el Obrero Mayor designado por el rey, fray Antonio de Villacastín. El fraile declaró, “no sin cierta violencia”, que ‘asienten ellos la primera piedra, yo para la postrera me guardo’.

     La ceremonia tuvo lugar el 23 de abril de 1563. A las once de la mañana un grupo de hombres se reunió en la explanada situada al pie del monte Abantos. El lugar había sido utilizado de antiguo como almacén de las escorias producidas tras siglos de explotación minera –de ahí el nombre: el escorial- aunque en aquel momento se encontrara abandonado.

     La comitiva estaba formada por varios frailes de la Orden de San Jerónimo, albañiles, canteros y el arquitecto mayor, Juan Bautista de Toledo. El arquitecto marcó el suelo con su bastón en un punto concreto. A sus órdenes, los obreros se pusieron a cavar un hueco en la tierra. Después, uno de los frailes quitó el lienzo negro que cubría un bloque de granito procedente de las canteras de Peralejo. Felipe II había encargado a su astrólogo que le hiciese un horóscopo a la piedra. También le pidió que hiciese el suyo propio, según fray José, “en desafortunado regreso a los tiempos paganos.”

     Cuatro meses más tarde tuvo lugar la ceremonia oficial, con asistencia del obispo, el rey y su séquito. Se puso otra primera piedra –esta vez cubierta con un paño rojo- en la cual el obispo trazó cuatro cruces con un cuchillo, según el ritual al uso. Esta vez, la ceremonia fue pública.






Bibliografía.

Fray José de Sigüenza.: ‘Fundación del Monasterio de El Escorial por Felipe II’. Madrid, Apostolado de la Prensa, 1927.
Vorágine, Jacobo de la.: ‘La Leyenda Dorada’, Madrid, Alianza Editorial, 1982.
Eliade, Mircea.: ‘El mito del eterno retorno’. Madrid, Alianza Editorial, 1985.
http://historiaconminusculas.blogspot.com.es/2011/09/los-misterios-de-el-escorial.html
En la Wiki.

Están los raritos, como el tal fray José de Sigüenza, Juan Bautista de Toledo, y bastantes curiosidades.
    


Imagen Wikimedia Commons. User Xauxa. 

domingo, 20 de abril de 2014

La marea siempre vuelve.



La vida es una sucesión de días, horas, minutos, segundos. Los hay mejores y peores cuantas más velas hay en nuestra tarta, más vamos coleccionando.
El tiempo es relativo y lo que ocurre  muy diferente según nuestro ánimo o como estemos de receptivos. Hay días para todos los gustos y  títulos.

Somos barcos a la deriva esperando que la marea nos haga flotar,  seguir el rumbo que nos marque nuestra brújula e intuición.

El cuaderno de bitácora de nuestros viajes, escrito con pluma, con flores, con sudor y sangre. Muchas veces tendrá anotaciones que se harán pasado el tiempo de hechos que ocurrieron después, o nos llevaran a otra parte del cuaderno.

Una mala ruta, una decisión no acertada, puede pagarse pasado mucho tiempo. Muchos serán los borrones que tengamos que hacer y muchas noches tendremos que tumbarnos sobre la arena esperando que la marea regrese.

Con la certeza de que traerá ayuda para nuestro navegar pero también algas, lastres, nudos que se aferrarán a nosotros. Si uno mira a su alrededor verá que son muchos los que pasan por la misma situación. De poco servirá ser ufano y proyectar  en los demás, o compararse, que todos pasaremos alguna vez por la plancha.

Tarde o temprano según nuestros logros o torpezas nos veremos en situaciones que seguramente ya vimos en otros, entonces es cuando la canción del pirata suena en nuestros labios.

Qué fácil es ver al compañero encallado o en pleno naufragio y dar un paso en falso y pasar de largo, qué impotente es ver que la marea está por subir y ahora son  otros los que siguen navegando.

Cuidado marinero, capitán o pirata, que la ley del mar es la misma para todos y cuando regrese la marea, para ella todos somos iguales.


Fuente Imagen: Propia, cortesía de mi madre. (Gracias, mama) Misma licencia que el Blog. 


sábado, 12 de abril de 2014

El mejor cantar.




Amanece, y ya se van las caravanas. No ha querido despedirse, es mejor así, un acto público hubiera sido frío y triste.

Cuando Jerusalén e Israel sepan que la reina de Saba se ha marchado harán romances y contarán historias que perdurarán en el tiempo y resistirán a los siglos.

Soy negra hijas de Israel….

Negra como la tierra oscura que da fruto y alimenta al hambriento, negra como la noche en la que los amantes se buscan y el caminante ansía el descanso, y la madre guarda a su hijo…

Todavía siento su olor y su voz,  sus pasos se escuchan en mis aposentos  ya la echo de menos,  ya mis manos ansían escribir sobre ella y su aliento, sobre las noches que nos amamos, sobre la casa que inventamos si no hubiéramos sido esclavos de nuestro destino.

Pronto vendrán a buscarme y ya todo volverá a ser como antes, para ellos sí, para este pobre hijo de Yahvé ya nada volverá a ser igual. 
Pobre Salomón, aquel que es músico y poeta, desgraciado el que tiene más de trescientas  esposas, el más sabio de los hombres, el más justo de los jueces.

Historias que recorren los caminos para que aquellos que viven en los desiertos o en las ciudades y pueblos sueñen con relatos y cuentos que les gustaría vivir.

Con gusto sería el más humilde de los camelleros de esa caravana, y me llevaría a la reina de Saba al más lejano de los oasis para no volver jamás.

Ya se marchan las caravanas….

Él cree que voy en una de ellas, ya lo veo mirar  y añorar el tiempo que pasamos juntos. Yo lo sentí ya, desde aquella primera vez que lo vi.
Sabíamos que esto sucedería, y que tarde o temprano tendríamos que separarnos, pero no por ello dejamos de  disfrutar  cada uno de los instantes que vivimos juntos.

Oscura es mi piel y me rio cuando dicen de mí que tengo un pie de oca, o de cabra. Me atribuyen belleza, magia y sabiduría, pero para mí el más preciado de los bienes es el que en sus habitaciones me llama en silencio.

Ven amado mío esposo mío…. Que todavía no es tiempo de que nos separemos, canta para mí que tus palabras embriaguen mis sentidos que nuestras esencias se mezclen y creen el más eterno y recordado de los perfumes….



Fuente de la imagen: http://es.wikipedia.org/wiki/Archivo:Horse-sheba.jpg

misma licencia que cita en la pagina user: Shakko. 


miércoles, 9 de abril de 2014

La Reina del Sur.



Gondar es un punto pequeño en el mapa. Una curiosidad atemporal grabada en xilografías siglo XVIII,  más tarde desafiando la mirada desde viejas  fotografías en tonos sepia.  Luego se volvió huidiza, en color. Encuadres oblicuos deliberadamente incompletos, edificios severos invertidos en espejos de agua, cielos implacables, azules o grises. Adusto perfil de fortaleza, palacios desvaneciéndose, piedras vencidas por el empuje de raíces tenaces. Siempre piedra bajo ese azul extraño y ese gris frío.

Gondar está en Etiopía. A más de dos mil metros sobre el nivel del mar. Eso explica el azul, y el gris.  Cuando lo ves resulta poco explicable. No parece África, esa África también imaginada o entrevista, hecha de fotografías sin reverso, de álbumes de cromos mentales. Evoca una Europa fuera del tiempo, colocada a deshora, hija de mil raíces. Sin embargo, posee una muy antigua y no menos extraña, la raíz mítica: Etiopía es el país de la reina de Saba.


"La reina de Saba, al oír la fama de Salomón, vino para ponerlo a prueba con enigmas. Hizo su entrada en Jerusalén con un gran séquito y con camellos cargados de perfumes, oro y piedras preciosas en cantidad fabulosa. Salomón contestó a todas sus preguntas. Cuando la reina de Saba vio toda la sabiduría de Salomón, se quedó maravillada, y dijo al rey: Era verdad lo que había oído en mi país acerca de ti y tu sabiduría. Obsequió al rey con cuatro mil kilos de oro, perfumes y piedras preciosas en cantidad fabulosa."


A la citada versión de Primer Libro de los Reyes irán sumándose muchas otras tradiciones hebreas, cristianas y musulmanas. Es cierto que la actual Etiopía tenía fama como lugar de riqueza y misterio desde mucho antes. Los primeros datos conocidos datan aproximadamente de 3000 a.C. Mercaderes egipcios llamaban al país ‘La tierra de los dioses’, donde compraban sobre todo incienso y mirra, pero también ébano, marfil y pieles. La expedición mejor documentada es la que llevó a cabo la reina Hatshepsut, una empresa comercial a nivel de estado que incluía gran número de barcos de carga, contactos diplomáticos y tratados.


El primer estado bien conocido de Etiopía es el reino de Aksum. Una oleada de colonos semitas se mezcló con la población autóctona dando origen a la principal potencia económica de la región,  situando su importancia a los ojos de los visitantes al mismo nivel que la de Roma, China o Persia. Aksum comerciaba con la India y el Imperio Bizantino a través del puerto de Adulis, en el Mar Rojo. Fue en aquel momento de esplendor, a mediados del siglo IV d.C. cuando un monje llamado Frumencio introdujo el cristianismo en Aksum. Hasta hoy en día la iglesia etíope sigue siendo monofisita, descendiente del patriarcado copto de Alejandría.

Tan controvertido como sus orígenes es el fin de reino. Parece ser que el avance del Islam a partir del siglo VIII puso en peligro sus puertos del Mar Rojo, y con ellos el comercio. Obligados a replegarse hacia el interior, la nueva capital fue la ciudad de Lalibela. Allí se comenzó a redactar el Kebra Nagast (‘Libro de La Gloria de los Reyes de Etiopía’), una crónica que remonta la genealogía real del país a Menelik I, hijo de la reina de Saba y Salomón. Relata asimismo cómo el Arca de la Alianza llegó a Etiopía, y la conversión de los etíopes desde el animismo a la religión de Yahvé. Las fuentes que los redactores usaron, superpuestas a un fondo anterior de ciclos legendarios, incluyen el Antiguo y el Nuevo Testamento, textos conciliares bizantinos, escritos rabínicos y apócrifos cristianos. 

Existió una temprana traducción de libro al árabe, que a su vez acrecentaría nuevas versiones míticas. El mismo nombre de la reina de Saba varía desde el original etíope de raíz copta, Makeda, hasta la versión árabe (Balkis), pasando por la reina de la pata de oca, que llegaría hasta representaciones artísticas medievales y relatos mítico-piadosos, como la leyenda del puente de madera sobre el río Cedrón en Jerusalén y su relación con la cruz de Cristo. Un calificativo más poético es, posiblemente, tanto el más arcaico como el que ha tenido  larga vida: la Reina del Sur.


La historia local  se haría famosa a mediados del siglo XVI, cuando el rey Manuel I de Portugal envió una embajada a Etiopía, por motivos comerciales, en busca de rutas posibles para navegar hacia el este. El embajador incluyó en su voluminosa documentación una historia detallada del país, asociando a su emperador con el Preste Juan, bien conocido en fuentes medievales. Otro visitante portugués, jesuita, pudo estudiar a fondo el Kebra Nagast y escribir una obra (‘Historia de Etiopía’) que fue rápidamente traducida a varias lenguas europeas. El trabajo misionero de los jesuitas terminó por conducir a una guerra civil entre conversos católicos romanos y tradicionalistas, defensores de la tradición autóctona  y la fe copta. Entonces accedió al trono Fasiladas el Grande (1632-1667), quien decretó la expulsión de los jesuitas.

Fasiladas trasladó la capital al norte del lago Tana, a Gondar. Ciudad mercado, centro de un territorio de gran riqueza agrícola, fue durante el siglo XVII la segunda urbe más poblada del mundo. Sería también la última ciudad imperial etíope, el escenario de la decadencia. 

Edificada en el interior de un recinto amurallado, mezcla el arte local árabe con influencias del barroco europeo introducido por los misioneros portugueses, y técnicas arquitectónicas de la India aportadas por los maestros constructores legados de Goa. Por su singularidad intercultural es considerado algo único, el ‘estilo de Gondar’. Metrópoli integradora, conserva su raíz mítica. Una de las mayores construcciones, todavía en uso para ceremonias religiosas, son los llamados ‘baños de la reina de Saba’.





















 Imagenes: Wikimedia Commons.

(1) Representación etíope de Makeda en ébano.
(2) Monolito derruido de Aksum.
(3) Tumba de Adán, Lalibela.
(4) Iglesia rupestre de San Jorge, Lalibela.
(5) La reina de Saba cabalga hacia Jerusalén, imagen del manuscrito Kebra Nagast.
(6) Castillo de Fasilidas el Grande, Gondar.
(7) Baño de la Reina de Saba, Gondar.





Bibliografía.








viernes, 4 de abril de 2014

Miedo.




Entra por el oído
se escurre entre los dedos
paciente, espera
hasta que encuentra
una grieta.
Se cuela
oprime, desasosiega.
Crea vacíos,
urde telas de araña
en forma de pensamientos
que atrapan y engañan.
Sombras monstruos
en el armario
o bajo la cama.
La cita con el médico,
una reunión
un examen
una entrevista
una batalla.
Rescatar a nuestra
pareja,
abordar a los piratas
vencer a los vikingos,
resolver los tres
enigmas
que la Esfinge
propone.
El miedo es
compañero
de nuestras mil
y una batallas.
En nuestra mano
esta hacerlo aliado
que no enemigo:
como ayuda el mejor
de los mapas.
Como enemigo
el peor de los males.




Fuente de la imagen: