martes, 27 de mayo de 2014

Adelphophoiesis.




“En la iglesia, ante el altar sobre el cual se encuentran la cruz y las escrituras,  se colocan uno a la derecha y otro a la izquierda (…) Se rezan oraciones y letanías para que sean unidos en el amor; son atados con un mismo cinturón, ponen una mano sobre los Evangelios, y en la otra se les entrega una vela encendida a cada uno.
Se lee entonces la Primera carta a los Corintios (12.27 a 13.8), sobre el amor, y el Evangelio de Juan (17.18-26), acerca de la unidad. Se lee el Padrenuestro, y reciben regalos tras beber de una copa común.
Son conducidos entonces a dar la vuelta en torno al altar, tras lo cual se besan mientras los presentes cantan el Salmo 133.”


El ritual litúrgico descrito es el de la adelphophoiesis, palabra griega que significa literalmente “Hacer hermanos”. Su origen se rastrea en las iglesias del mediterráneo oriental desde antes de la Edad Media. Solía celebrarse en el transcurso de la misa y ser oficiado por el sacerdote, aunque el requisito no era obligatorio. Sí lo era entrar en la iglesia y pronunciar en voz alta los votos ante testigos, así como hacerlo saber públicamente a la salida del templo al resto del vecindario y la comunidad.

El hermanamiento, como también se llamaba, duraba de por vida. De hecho, existe abundante documentación arqueológica -especialmente en Inglaterra e Irlanda- basada en el hallazgo de tumbas con dos cadáveres sepultados juntos y epitafios tales como “El amor los unió en vida. Que la tierra los una en la muerte.”

Los hermanados mediante el acto litúrgico y más tarde enterrados juntos son siempre del mismo sexo. Dos hombres, y en mucho menor número, dos mujeres. En el occidente europeo, las noticias sobre el rito de hermanamiento y su práctica se ponen por escrito ya en el siglo XII.

El archidiácono Gerald de Barri, más conocido como Giraldus Cambrensis, habla sobre la cuestión en una obra de clara propaganda antiirlandesa llamada Topographica Hibernica. En ella dice:


“Bajo la pretensión de religión y paz, se reúnen con el hombre con el que se quieren hermanar en un lugar sagrado. Primero realizan una alianza espiritual [compaternitatis foedera]. Luego, dan tres veces la vuelta alrededor de la iglesia y ante el altar, en presencia de las reliquias de los santos, se realizan muchas promesas. Finalmente, se les une indivisiblemente con la celebración de una misa y los rezos de sacerdotes, como si se tratase de una boda.”

Doscientos años después de la polémica de Geraldus sobre los ritos de hermanamiento irlandeses, se encuentra el siguiente texto en una crónica oficial de los años de la guerra civil sobre el primer encuentro de Eduardo II de Inglaterra y Piers Gaveston:


“Cuando el hijo del rey lo vio, sintió tanto amor que realizó un hermanamiento con él y se decidió resolutamente ante todos los mortales a entrelazar una liga indisoluble de amor con él.”

Ese tipo de descripciones tenían un modelo en la Biblia, concretamente en David y Jonatán:


“Apenas David terminó de hablar con Saúl, Jonatán se encariñó con él y llegó a quererlo como a sí mismo. Saúl lo hizo quedar con él aquel día y no lo dejó volver a la casa de su padre. Y Jonatán hizo un pacto con David, porque lo amaba como a sí mismo.”
(Libro Primero de Samuel, cap.18)


También la literatura mundana elevó el amor entre dos hermanos de sangre al ideal romántico. Esto lo demuestran innumerables obras, que, en parte, contenían relatos populares, como la historia de Horn y su hermano jurado Ayol, Adam Bell, el romance entre Floris y Blancheflour, el Guy of Warwick o la balada de Bewick y Graham.

Otro ejemplo es la versión de Amys y Amylion realizada por un sacerdote en latín antes del siglo XIV. Amys y Amylion, siendo una mezcla de literatura religiosa y secular, es una saga popular que se ha encontrado en diversas culturas desde la India hasta el Atlántico. En su versión cristianizada trata de dos hermanos de sangre que lucharon para Carlomagno y que tras su muerte fueron enterrados por separado. Pero en el transcurso de la noche los cadáveres se movieron hacia el otro y a la mañana siguiente se les encontró acostados uno al lado del otro. De forma similar a la inscripción funeraria mencionada más arriba, la historia comenta “Así como Dios los había unido en vida a través de la armonía y el amor, así no quiso que estuviesen separados en la muerte”.


Relaciones de parentesco «artificiales», de las que el hermanamiento parece no ser más que una variante, tenían una función central en el apuntalamiento horizontal de la familia en los hogares. No sólo se defendían con las armas el uno al otro, lo que en la sociedad feudal era un aspecto que no se puede sobrevalorar, sino que los hermanamientos unían familias completas, por lo que tales amistades eran a menudo fomentadas por los padres. Así, si uno de los hermanos se casaba más tarde y tenía hijos, el hermanamiento servía de elemento de seguridad: si uno de los hermanos moría, el otro estaba obligado a apoyar la familia de su hermano de sangre con los medios que tuviera disponibles. Similar era la institución de la compaternitas (padrino), por la que la responsabilidad de los hijos —que durante su juventud vivían a menudo en varios hogares— se colectivizaba hasta cierto punto. Este hecho podría sugerir por qué los hermanamientos son mucho menos abundantes entre mujeres, excepto aquellas situadas en ambos extremos de la escala social. Las muy poderosas, o las muy humildes.


También existe una ambivalencia sexual similar en cuanto a las demás formas de parentesco ritual, que evoca la exposición de Giraldus. Los tribunales eclesiásticos rechazaban las relaciones sexuales antes del matrimonio eclesiástico y no secundaban las relaciones sexuales de los parientes espirituales de la compaternitas, los commatres y compatres; sin embargo la condena de las relaciones sexuales tras el matrimonio era desatendida, y  las relaciones sexuales con commatres y compatres eran una buena fuente de chistes durante toda la Edad Media.






Bibliografía.


«Adelphopoiesis» (en inglés). The Stephanos Project.
Victoria Combe (2001). «Church 'has long blessed gays'» (en inglés). Telegraph.co.uk.
Alan Bray (1999). «Boswell and the Latin West and the debate over the blessing of friendship today» (en inglés).
Paul Halsall (1995). «Reviewing Boswell» (en inglés).
Robin Darling Young (1994). «Gay Marriage: Reimagining Church History» (en inglés). Leadership U.
Bray, Alan (2003). The friend. Chicago, London. pág. 38 y ss.


Imagen: Santos Sergio y Baco, siglo VII. Wikimedia Commons.





domingo, 25 de mayo de 2014

Crónicas Marineras








El mar rugía bravo 
entre finas olas negras,
mis manos se deslizan buscando
la sal, que tu me niegas.

No soy capitana de navío,
ni patrona de  goleta.
En mi haber atesoro las
mil y una rutas 
que tu cuerpo desnudo me muestra.

No busco la paz ni la gloria, 
lucho en cada batalla
por el dulce néctar
y el fuerte licor
que en nuestros cuerpos fermenta.

No hay bandera blanca 
en esta guerra, no haré
rehenes, ya que te tengo
cautivo entre mis dos piernas. 

Te abordaré sin previo aviso,
hasta llegar a tu oído.
Susurraré el más
tórrido y morboso 
de los sonidos. 

Ni cantos de ballena 
ni los de las sirenas 
se podrán comparar
a tus jadeos, a mis suspiros
a la unión de nuestros deseos.

Mis anhelos no son el oro 
ni sentir el fragor de la guerra.
Entre tus brazos, yo siento
el placer, la adrenalina
de la mejor de las tormentas.



Fuente de la imagen: Propia. Bajo la misma licencia que el blog. 








jueves, 15 de mayo de 2014

No somos imparciales.




No lo somos. Nadie lo es. Ser imparcial es una tendencia moral, ser imparcial es ser justo. Puede nacer de un ideal religioso. O ético. O simplemente de aquello de que ‘no me pillen haciendo trampas’. El ideal  será la justicia en sí misma. O no quebrantar los mandatos de la religión en la cual se cree, o no acabar desplumado en el talego. Personalmente, unos motivos me parecen mejores que otros. Porque yo no soy imparcial. Y lo sé.


He elegido muestras. No aleatorias. Yo no soy imparcial. Tampoco soy perfecto. Eso sí, cada día cuando amanece pretendo ser justo. A veces sale bien, y otras como el culo. El resultado importa mucho menos que la intención impecable. Y tampoco en eso, que es un juicio moral, puedo hablar de imparcialidad. He elegido casos recientes.

¿Quién era el padre de Tutankhamon? En teoría eso no importa. Nos interesa, tal vez, pero no nos hace desplegar banderas ni desenvainar. Hasta que lo pensamos un poco. Evidentemente, Tutankhamon resulta fascinante porque su tumba estaba (casi) inviolada, y aunque las imágenes fueran en blanco y negro, o porque lo eran, en ellas aturdía el brillo del oro de un tesoro de leyenda. Al pobre chaval ni se le conocía. Vivió poco, gobernó menos, murió joven. Una dinastía de militares usurpadores y sacerdotes ávidos de revancha lo dejaron ahí, en una tumba de segundo uso, en el olvido. No fue nadie importante. Lo convertimos en un mito.

Lo mitificamos porque sucedió en un momento concreto, en un mundo muy concreto. En un entorno que tampoco era imparcial. La ‘maldición’ del rey niño, el olvidado, la víctima, era perfecta para un Imperio Británico y un mundo aterrorizado y culpable tras la Gran Guerra. Tutankhamon evocaba al joven soldado desconocido, una imagen de la barbarie ciega, una víctima a la vez inocente y vengadora.

Hasta ahí hubiera sido materia de literatura, cuadros, poemas, estética. De reflexión moral. Pero había un detalle. Tutankhamon pertenecía a la familia real de Amenofis IV, el rey hereje. El rey monoteísta.

Fue una jugada maestra. Británicos (cristianos) y su colonia de Egipto eran monoteístas. Claro que ni se molestaron en intentar saber qué podía significar el culto a un solo dios para Amenofis IV. Hasta hoy levanta ampollas. Tenían lo que querían. Un rincón y un momento del tiempo para ponerse de acuerdo, con Tutankhamon como víctima sacrificial conciliadora. En 1922, yo lo hubiera firmado. Como un buen tratado de diplomacia, y como una buena fuente de ingresos para un país. Y no me hubiera temblado la mano. Los dioses de la política son los diplomáticos.

El tiempo sigue. Ahora hay dos corrientes sacándose los ojos. Una la lidera la investigación ‘no egipcia’. La otra, el doctor Hawass, cuyas vicisitudes son tan de ayer que no hay que detenerse en ellas. Hawass porfía, e incluso ha sido ‘acusado’ de falsear pruebas arqueólogicas. Tutankhamon era hijo del faraón monoteísta y hereje.

 Por eso se lo cargaron, o hicieron que su carro volcara y sus heridas (los forenses no están de acuerdo) lo llevaran a una septicemia mortal siendo un chavalote de unos veintipocos. Pruebas circunstanciales, que pueden encajar en cualquier historia. Evidentemente, pudo pasar eso. Es posible. Ya no hay maldición, ni fue asesinado. Hay lesiones, y hay un momento (el de la muerte) en el que todo se detiene como evidencia. ¿Por qué no decir ‘bueno, sabemos que murió de esto y de esto, no nada más. Igual mañana una piqueta abre otro escondrijo y encontramos más cosas, textos, rumores, pruebas’?

Porque el rey hereje (monoteísta, eso es inamovible) no tuvo hijos varones. Todos hemos visto esas imágenes. El rey (¿convención del arte nuevo, o retrato de enfermedad glandular?) aparece con su hermosa reina y sus traviesas seis hijas. Mil veces. Nunca hay un príncipe de Egipto. Tampoco en los escritos tallados en piedra. Pero si hubo una corregencia, un asociado al trono. Pudo ser su esposa, lo menos escandaloso. O un tal Semenkhere, del cual (por desgracia para conservadores) tenemos hasta la momia. Si un rey delega poder en su reina, ya empieza a no ser un rey ideal en la cultura de Hawass. Si Semenkhere, representado como mujer corregente, es un varón, os ahorro el resto. Hay en la red mucha materia erudita o desvergonzada, alguna certera.

No somos imparciales. Hoy, no digo  hace casi un siglo, se sacan banderas y dagas virtuales en los congresos de egiptólogos. Se desenvaina en prensa cuando ‘expertos’ aseguran que el cáliz de la infanta Urraca es el Grial. Unos llaman a los otros estúpidos, y los otros a los unos mentes estrechas. Algunos hasta dicen que son blasfemos. ¿Cuáles? Eso depende del lado del cual se incline vuestra imparcialidad.







Imaginaos otra cosa. La síndone, o ‘Sabana Santa’ de Turín, por poner algo en el otro plato de la balanza. ¿Somos imparciales? Los que iban de tales respiraron muy hondo cuando el Vaticano permitió sacar unas hebras del tejido y se confirmó que eran del siglo XIII. Se consintió sacar unas, no otras, tantas y no más. Evidentemente el textil ha sido reparado, posee añadidos, sufrió dos incendios y eso hace cualquier resultado dudoso, excepto la buena fe vaticana que se 'rindió' a la ciencia, por una vez.

 Alimenta la duda. Alimenta la leyenda. Para mí, hace mal: quien crea en la síndone seguirá creyendo. Al resto, se le han dado migajas y dudas desde una autoridad incuestionada. Es un juego, como lo es el de Hawass para ocultar que los supuestos monoteístas (lo serían) tenían unos conceptos sobre la sexualidad inaceptables para el Islam que pagaba su cargo –el de Hawass- y cuyos límites no podía traspasar. Tampoco puede el Vaticano, que le dio un baño de limpieza a la síndone antes de exponerla (se llama ‘ostensión’, en lenguaje religioso, y quien mire un diccionario de latín puede reflexionar sobre la palabra). Limpieza. O piensas que es falsa y la haces limpiar, o la haces limpiar para que no haya jamás materia discutible. No somos imparciales.

Sólo hablo de la materia de la arqueología, que a nadie importuna mucho ni toca el bolsillo en exceso, ni importa un carallo,  y al cabo es un juego para estar informado de cosas bonitas. En el resto tampoco somos imparciales, sino manipulables. Y solemos no saberlo.




Imágenes: Wikimedia Commons.



martes, 13 de mayo de 2014

Hubo una vez.



La calzada romana todavía resistía al paso del tiempo y los pies, cascos y ruedas que transitaban una y otra vez. A veces  era el mejor trayecto pero otras era mejor escoger los caminos escondidos, atajos que no eran aptos para curiosos.

Tumbada sobre la piedra, antes de abrir los ojos escuchó el inconfundible sonido de la madera sobre la piedra acompañado de unos pasos muy cansados y lentos que no se detenían.

El sol la deslumbró e  intentó moverse buscando la oscuridad, entonces se dio cuenta que no estaba en ningún lugar conocido o por lo menos no en casa.

Los pájaros cantaban y el viento suavemente le acariciaba la cara, tocó el suelo, que no era blando, piedra pulida por el viento y la lluvia. No consiguió recordar nada que pudiera darle una pista sobre qué había ocurrido.

No parecía tener nada roto y nada le dolía excesivamente como para pensar que la habían atacado o dado un golpe, sentía los miembros y el cuerpo entumecidos.

Intentó rodar sobre si misma hacia algo más mullido  donde poder incorporarse despacio. Siguió escuchando los pasos y la madera golpear sobre la piedra.

Se sentó y observó a alguien que se acercaba, le ponía algo en el regazo y seguía su camino después de haber hecho un gesto de despedida.  El sobre estaba lacrado y sobre él unas letras que decían: para mí misma.

La abrió y se dispuso a leer despacio y pausadamente mientras la figura se perdía en la lejanía. Una carta larga y bastante inverosímil que se creyó de cabo a rabo.

Era ella misma que se escribía a sabiendas de que no recordaría nada, intentaría averiguar su origen, su identidad,  su procedencia  y recuperar una vida de la que había estado huyendo mucho tiempo.

La carta contaba de cabo a rabo hasta pequeños detalles de una mujer que no había sido feliz en su vida,  que necesitaba un cambio. Huir no era fácil y menos si era ella la que se iba.

Había preparado su propio secuestro, hasta  encontrado un cuerpo para simular su propia muerte, no dejaba  ningún hilo y según se contaba a si misma su marido poco la lloró. Ya  tenía a otra.

No dejaba hijos, solo una perra que la pobrecilla seria la que más notaría su ausencia. Se guardó la carta entre las ropas y se miró. Atuendo de viaje de buena calidad y una bolsa con dineros suficientes para iniciar una nueva vida, algunos objetos personales que corroboran lo dicho.

Se acercó a un regato que pasaba y bebió mientras se miraba en un remanso del agua, no era una mujer ya anciana pero si madura, que sus gestos mostraban las vicisitudes de una vida no demasiado halagüeña.
 No entendía la desmemoria, no recordar nada. Caminó por la calzada hasta alcanzar a quien le había dejado aquella misiva.

La miró y estuvo segura que era una anciana sabia, de aquellas que lo saben todo antes de que digas nada. Se puso la capucha y la siguió, caminaron durante media jornada hasta llegar a una pequeña cabaña donde reposaron.

Se sentó en el banco de piedra  y respiró antes de que el sol se escondiera.

Sus cabellos  encanecieron y la vía romana se convirtió en un lugar sin secretos para ella, le gustaba la llegada del buen tiempo y recorrer los pueblos y aldeas contando sus historias acompañada de su fiel Lasca que había vuelto con ella.

La anciana sabia, la invitó a convivir con ella y poco a poco fue recuperando su pasado y su nueva vida, visitaba los mercados,  las ferias. Conoció el mar. Algún marinero y  algún caminante se prendaron de su  sombra.

Con el buen tiempo vivía sola con Lasca, para el otoño y los fríos había encontrado un buen compañero además de la sabia Juliana que ahora se sentaba en el banco.

Era feliz y hacia poco había decidido añadir una nueva historia a su repertorio, que empezaba así…


Hubo una vez….


Fuente imagen: Wikimedia commons Autor Elemaki, Jose Porras. 




Nunca hubo.




Siempre tuvo suerte, menos en lo personal. Sus padres habían emigrado antes de que ella naciera a una isla. Preciosa. Trabajaban en un hotel. Cuando terminó la escuela obligatoria ya habían dado la última puntada y brochazo a su destino. Trabajaría en el hotel, de limpiadora, como su madre. Alguna vez volverían al pueblo decentemente, con la cabeza muy alta y dinero sobrado para nunca más agacharla ante nadie.

No fue así. Tenía oído para los idiomas, que habían sido su casa dentro del hogar ficticio que era el hotel. Tenía mucho genio, decía su madre. Acabaría mal, el remate paterno. Puede. O no. Ganaba dinero. Poco. La academia nocturna no costaba mucho. Dormía menos de lo justo, eso sí. Ellos por fin regresaron al pueblo, honrosamente jubilados tras una fiesta menor para empleados fieles y menores. Muy bonita, eso sí.

Quince años más tarde nadie la hubiera reconocido, si hubiera vuelto ella misma. Lo fue dejando. De cartas semanales a mensuales. Luego, navideñas con los regalos que compran la culpa. Después no hubo culpa. Ni cartas, ni regalos, ni tarjetas de navidad. La isla se le quedó provinciana, estuvo en otros hoteles. Cada vez en mejores puestos. Había dejado aparcado lo personal, eso en lo que nunca tuvo suerte.

Buscó un compañero, y pareció ir bien. Mudó de apellido al casarse y tradujo su nombre del castizo Benita a un ‘Bless’ ambiguo, pero más sonoro. Se enfrentaron por un ascenso. Él ganó el puesto y ella la demanda de divorcio. Conservó el nombre, el apellido y la nacionalidad.

En realidad nunca hubo más. La época se le cruzó con las reflexiones que (¿por qué?) se supone salen de la nada a los cuarenta. Hizo cuentas y decidió inventarse la vida. Tal vez así desapareciera el hechizo. Lo fácil era convertirse en una inglesa en algún lugar playero español, dentro de una colonia de jubilados.

Muy aburrido. Inventarse la vida tenía que ser una gran apuesta, no un agujero para dejar pasar el tiempo. Y siempre hay que empezar por algún sitio. Uno bien sonado, para que ya no haya marcha atrás.

El pueblo entero no hablaba de otra cosa. De la guapa inglesa madura que había comprado la vieja casa vacía, más cerca del mar que de los vecinos. Trabajaron en ella, sin verla nunca. Contratados por un abogado, decían unos, o por un intermediario, o por un amante, o por el mismo diablo. Eso sí, el diablo pagaba. La vieron una vez, cuando compró el descarallado bote que se hacía ruinas en el puerto. Una mujer, más osada, charló con ella. Luego comentó que hablaba muy bien y se le entendía todo, que pensaba vivir en el pueblo, salir con su barca. Y poner una escuela de inglés. Y más cosas.

-¿Cómo le ha dado por ahí? –le preguntaron-
La mujer se encogió de hombros.

-Dijo que había vendido a un hombre por una barca, y que le había salido barato.





Imagen: Fondo de pantalla.

domingo, 4 de mayo de 2014

No me acuerdo.




Era altísima. Para mí, claro. No recuerdo su olor, ni su tacto. No recuerdo casi nada. Fogonazos. Se llevaba muy bien con la señora de la limpieza. Se tomaban juntas una birra y una lata de mejillones. Los viernes. Se llevaba muy bien con la vecina de abajo, que tenía una peluquería. Y con los de enfrente, los Cantallops, abuelos payeses e hijos en las fábricas.

Era altísima. Una vez me estampé bajo la mesa, y ella me recogió, me puso mercromina y me meció un rato. No recuerdo la nana, si era nana. Otra vez tuvimos pleito. Ellos (mi madre y mi padre) veían los Estudio Uno del canal Tv (sólo había uno, conste). Teatro. Se enfadó mucho cuando leí las letras, los intérpretes y eso. Bueno. Me llamó mentiroso. Bueno. Seguí leyéndolas, porque leía y no era mentiroso. Y lloró. No se, ni jamás sabré, por qué lloró.

Luego se murió. Estaban viendo en TV un partido de tenis. Eso les gustaba. La voz de mi padre era como la de ella: siempre controlada, precisa, sin elevar el volumen jamás. Como la mía es ahora: no se grita, no se pierde el control. Nunca.


Era un cuarto de baño alicatado en blanco. Entonces, rojo. Mi madre, esa señora de la que casi nada recuerdo, vomitaba sangre. Luego fue un entierro a ataúd cerrado (ya, claro), y mi primera maleta. Una cosa siempre se la agradeceré, haber hecho de mí un cosmopolita. Le podría agradecer más cosas, pero tenía cinco años y no me acuerdo.