domingo, 27 de julio de 2014

Ni con un tambor...




Tenía veinte años y, por supuesto, para mí aquel tipo menudo que podía ser tu sombra era Matusalén. Se me metió en la mollera: esas molleras duras de maño mozo, pasar la Pascua de Navidad en Burgos. Vamos, al solecito caliente. Más frío hacía que en la Siberia.

Una vez que se me metía entre ceja y ceja ya no había ni rey ni roque. No mencionaré la posada del barrio de la catedral porque hace muchos años que dejó de existir. Tenía un nombre de blasones, toda entera era madera siglo XIX y la calefacción central, si de veras existía, se apagaba a las diez de la noche. Nadie se llamara a engaño. Bueno. A mí me mata el calor, no el frío.

En Navidad todo el mundo está en su casa, o en la de sus padres, o en la de sus parientes. Así que salvo los locales o alguna alma loca, la ciudad estaba vacía de turismo, quieta bajo un cielo tenso gris casi blanco, con muchas bufandas tras las cuales salía vaho. Y a las diez de la noche, desierta como un cementerio.


Conocía bien Burgos, de antes. Pero hay una vez, sólo una, en la que la marea cambia. Ahora la cartera y su contenido (en pesetas) era mío. ¿Escaso? Sí, pero me había podido permitir el viaje. La firma en el libro de registro de la posada era mía. La mochila, también. Los problemas, si los había, serían míos. ¿A quién le importa que crujan las escaleras, que el baño y la ducha te dejen a carámbanos, que no haya calefacción? Por primera vez eres totalmente libre. Nada emborracha tanto. Nada enseña mejor, de un solo bofetón sin misericordia, lo que es estar solo.

Nunca había sido muy visible, ni tampoco lo soy ahora. Te diluyes entre esas cosas que no se ven. Pero claro, en una ciudad vacía, siendo joven y pareciéndolo más, no era tan fácil usar la capa de invisibilidad. El sacristán me cazó al segundo día, yo dándole vueltas de horas a la catedral por dentro. Sin hacer ruido ni desmán alguno, nada reprobable. Tomaba notas. Entonces una cámara de fotos valía un Perú, los flashes más, y había que pagar por el revelado. Yo escribía y hacía dibus torpes. En un cuaderno.

Ni con un tambor nos hubiéramos cogido el compás, a priori. Era bastante comecuras, muy joven y muy soberbio. Él llevaba de sacristán y guía allí quizá no desde que pusieron la primera piedra (claro) pero para mí, casi. Reproducir charlas sería banal. De alguna manera, porque la magia existe, él rebajó mi soberbia y yo le hice hablar de cosas de las que un sacristán nunca habla.

Jamás tuve mejor guía. Sé que me contó muchas cosas que  no sucedieron, o que no sucedieron en los libros, sino en la memoria y los romances populares. Incluso se permitió darme un consejo, y no fue con pescozón porque ya habíamos delimitado una frontera de mutuo respeto. Sabiendo que ni con un tambor nos cogeríamos el compás. Y sabiendo, cada uno a su manera, que en el fondo nos lo estábamos pasando bien.

Ya dije que yo era mozo, muy sobrado, muy solo y muy descuadrado. Y de soberbio, con más penacho que Satanás y toda su cuadrilla. Me dijo el viejo, zumbón y riéndose a mi costa: “Quien quiera mandar que antes aprenda a obedecer, y antes a servir a los demás.”

Nunca lo olvidé. Debió ser bueno, el pescozón.





A la memoria de Julián López Pérez, que era sacristán y guía de la catedral de Burgos allá en los 80 del siglo XX. Que haya encontrado el Cielo que imaginaba y deseaba, por el cual luchó a su honesta manera de cristiano de cepa vieja.


Imagen: Propia, bajo la misma licencia del blog.

viernes, 18 de julio de 2014

No es, todavía si.



Fue una tarde  hace un par de semanas, miraba las noticias en internet  y lo que compartían mis amistades en las redes sociales. Vi la noticia y me quede en shock: no podía creérmelo después de tanto tiempo al fin había ocurrido.

El relato anterior puede ser parte de una de las tantas historias que  escribimos Thorongil y yo misma, pero lastimosamente es algo que ha ocurrido y que hizo que me llenara de indignación y  tristeza. Los lugares en los que crecimos a veces cambian, y hasta desaparecen, pero lo triste es cuando la dejadez de unos pocos acelera  el final esperado.

Ahora es un montón de piedras y de escombros. No he estado en el lugar de los hechos. aunque quisiera no podría, ahora sólo quedan los recuerdos y las fotos de antes de la catástrofe como memoria de lo que fue.

Desde que tenía uso de razón siempre escuche que algún día u otro acabaría cayéndose aquella torre, que estaba muy deteriorada y que si a los que le competía no ponían remedio tarde o temprano se caería.

Con pocos años escuchas y no entiendes demasiado. Hasta conoces a quien ha hecho lo posible por darle un poco más de tiempo, de vida, con un poco  de cal  y arena que es lo que podían hacer.

A diario, sobre todo los días de verano o los findes o más adelante cuando tocaba estudiar fuera o trabajar, ahí estaba: vigía  incansable recordándome que quedaba poco para llegar a casa.

Para mí era parte de una iglesia, parte del bien común.  Después, con el tiempo, descubres que siendo una pedanía o aldea fue y sigue siendo un lugar importante en la historia.

Paralela a una de las más importantes calzadas  romanas de la península,  camino real por donde pasaron gentes muy principales, paradas de posta y posadas.

Lo más triste que he leído es que ya había un plan  para una restauración de urgencia. La lastima es que habían enseñado a la pobre torre a vivir sin rehabilitar,  y cuando pensaron hacerlo, ella sola, cansada de la impertinencia humana, se marchó.

No sé qué ocurrirá ahora, lo ignoro, pero lo triste es que ella forma parte de muchos de los recuerdos de mi infancia con gente que ya no está. Se me hará difícil pensar que, al transitar el ultimo recodo, ya no veré aquella torre alta  desafiándolo  todo, reparcheada pero siempre en alto.

Por eso os animo a disfrutar de estos lugares y a  luchar por que no desaparezcan.

Algún día espero volver a verla como vigía de todos aquellos que la buscamos, como guía entre la locura de este mundo.


Fuente Imgen, propia bajo misma licencia que el Blog. 

lunes, 7 de julio de 2014

Calzadas y aguas (I)




Desmontó agachándose hasta quedar en cuclillas, pasando la palma de la mano por la dura hierba. Los otros  dos subían la ladera a pie, con los caballos ramoneando tras ellos. Abajo esperaba el mar. Ese mar azul tan viejo, tan calmado tejiendo traiciones. Silencioso, agazapado, rumiando en mil lenguas: contando para sí historias huidizas, engañosas crestas de espuma. Entrecerró los párpados.

Habían medido el terreno a ojo y a cuerda, además de comprobar los viejos mojones y las lindes. Desde la cima de la colina podía verse todo. Un río modesto en verano que sería peligroso con las lluvias, apenas un hilo con su ancho cauce labrado que terminaba desapareciendo en la arena de la playa. Ruinas. Viejas, de buena cantería. Siguiendo la ondulación más suave de la ladera, losas de piedra. Una calzada romana.

Ratón miraba a uno y otro lado mientras subía, menudo e inquieto, atento a los detalles. Su nombre de pila era Yago, un hombre moreno como los de la isla de Hibernia. Y detrás, más reposado y mirando otras cosas, subía el cojo. Ya no cojeaba, algo que nadie había imaginado. Plantaba los pies un tanto despacio, pero había dejado el bastón y no se apoyaba en el lomo de su caballo. Mucho más abajo, donde el valle se hacía plano y las sombras de las ruinas se alargaban ya hacia levante, la figura enjuta de Fernando se atareaba buscando alguna cosa entre la carga de las mulas de reata. Podían quedar un par de horas de luz, no más. La noche más larga del año. Aquel gran terreno vacío con su playa abajo sería sin duda muy frecuentado. Sacudió la cabeza, dejando correr entre los dedos la tierra blancuzca, reseca, con restos de rojo oscuro y briznas casi pardas. Ahora veía lo que Fernando había sacado de la impedimenta, una larga asta con su estandarte. Lo clavó en el suelo allá lejos, y la tela ondeó como una vela al viento marino. Se puso en pie. Mirando. Y susurró en su propia lengua, tan bajo como para que el viento no se llevara el eco.

-Y a los islandeses nos llaman locos. Nueve partes de locura repartieron en esta tierra.

No era un mal sitio. En especial, porque todo estaba por hacer. Sacudió el polvo y la tierra de su manto. Los restos de las piedras que no se habían llevado tras siglos de abandono contaban su historia. Hubo una casa grande, muy grande. Una casa de campo romana con almacenes. Y la curva de la ladera estuvo cultivada, quedaban restos de bancales. Miró hacia atrás. La calzada, y detrás montes altos, hacia el noroeste. Una finca necesita mucha agua dulce, tuvo que haber un canal, un acueducto, algo así. Rehacer bancales no es tan difícil. Un acueducto ya supone harina de otro costal. Podría hacerse, con un ingeniero. Llevaría mucho tiempo, enterrar el resto de su vida en aquel balcón sobre el mar. Eso no terminaba de gustarle.

Mientras subía, Ratón había desmenuzado entre los dedos todo lo que iba pisando. La fibra seca era de vides, la conocía. Vides de vino blanco, como algunas cercanas al mar de su Galicia nativa. Lo demás habían sido huertos estrechos, diversos. Y zonas de monte bajo conservado, plantas olorosas, duras, de la zona. Romero, sobre todo. Se imaginó matas con flores azules. E imaginándolas, supo lo que faltaba: colmenas. Tuvo que ser un lugar próspero, la casa de campo de algún romano de Barcino miembro de la curia municipal. De eso hacía demasiado tiempo, aunque la tierra tiene una memoria muy larga. Cuando llegó a la cima de la colina miró abajo. Sus ojos adivinaron una sombra entre la tierra reseca. Algo debía significar. Pero otra cosa llamó su atención, aparte de que Guillermo el cojo estaba ya junto a ellos y no resoplaba. Se puso la mano en la frente.

-¿Qué hace Fernando? ¿Plantar el estandarte? Es la noche de san Juan, mañana se lo habrán llevado los muchos que andarán retozando por aquí.
-Eso es lo que hace, ver si se lo llevan o lo dejan –dijo el cojo-
-¿Una apuesta? –el islandés los miraba-
-Un pulso.
-¿Contra quién?
-Quiere saber si Gilbert Erall va de farol y nos ha enviado al fin del mundo, o si las gentes evitarán robar el estandarte y se hacen una idea de la nueva situación. Para entendernos, quiere saber si la sombra de Barcino llega hasta aquí, a ocho leguas cabales.

-¿Y eso le importa mucho a Gilbert? –Yago se encogió de hombros- No me pareció que se fijara en nosotros aparte de darnos la bienvenida y unas órdenes. Creo que no le importaba, pensaba en otras cosas.
-Le importa hacerlo bien, porque tiene planes más altos. Y sabe que para intentar llevarlos a cabo ha de dejar su terreno seguro, todo bien atado. Necesita apoyos, ha de dar algo a cambio.
-Y nosotros somos sus...
-Salvoconductos.
-¿Para?...-Ratón frunció duramente el ceño-
-Eso mejor luego –el islandés calculó la altura del sol- ¿Vamos a acampar al raso?
-A ver si deja clavada el asta de una vez y se decide.






-Hagamos que decida –Guillermo se metió los dedos en la boca y silbó hasta que el hombre que calzaba con piedras el estandarte los miró. Luego alzó los brazos preguntando por gestos: abajo, o arriba.

-Arriba, acampamos –asintió el islandés- Mejor. Hará menos calor y tendremos viento de las montañas. Ahí hay un mojón romano, Guillermo. Lee, está muy gastado.
-Miliario.
-Nunca me gustaron los romanos –gruñó- A ver a mil pasos de dónde estamos.

El hombre enjuto, alto y moreno subía ya la ladera hacia ellos, con su caballo y las mulas de reata. Guillermo se escupió en las palmas de las manos y frotó con ellas la vieja piedra romana. La luz rasante ayudaba.

-Es la vía Augusta. Siguiente posta, Aquae Calidae, así sin medir…menos de una legua.
-Unas termas.
-Sí.
-¿Te suena? Después de todo, es el reino en el que naciste.
- Nací mucho más arriba. Bastante lejos.
-¿Te suena, o no?
-Tendría que pensarlo.


No tenía gran cosa que pensar. Fernando los había sacado vivos, a los tres, del desastre de Tierra Santa. Allí le pareció siempre un hombre templado, silencioso pero no servil, inteligente, capaz. Ahora no sabía en dónde estaba, y cada vez que un monje duda repite la Regla, el único asidero de su vida. Cuando les ordenó acampar bajó la vista, obedeció, como Odón y Yago. Ni les dio tiempo a hacer nada. Vinieron a buscarlos. Tarde, pero era de esperar.

Una legua no da para mucho. Tal vez Fernando aún no se diera cuenta de que ahora estaban en la retaguardia, donde poco o nada se sabe. Donde funciona como una máquina romana el inmenso trabajo que acababa de estrellarse en Tierra Santa. La influencia, las alianzas, la administración implacable, las contadurías. Si nadie invalida las órdenes que se dieron antes por escrito ni nadie pleitea por ellas, no hay problemas. Fernando le parecía erguido y tieso de más en su montura. Incómodo.

Luego descansaron, los cuatro, bien alojados. Ninguno roncó, o al menos él no oyó ruido salvo el de la noche fresca por la brisa del mar. Y temprano madrugó el alba de san Juan, día de festejo. Antes de que acabara se había hecho una idea, tan clara como recta era la vieja calzada romana que habían seguido. A veces el viento te da la espalda, y otras sopla a tu favor. Depende de cada hombre si es una roca dispuesta a ofrecer resistencia, o una vela de barco. No rezó por los muertos, porque alguna vez hay que dejarlo, pero sí por su comendador sin encomienda. Ahora tenían el viento de popa. Sólo había que cogerlo y dejarse llevar sin el lastre del pasado.




(Con mi afecto hacia Aquae Calidae, Caldetas o Caldes d'Estrach, que todos esos nombres lleva: me marcó mucho cuando no levantaba una vara del suelo)


Imagen: Wikimedia commons.













Calzadas y aguas (II)



Retrasos y más retrasos, los planes que estaban en pergamino  sólo estaban en el aire. Se puso en pie. Salió fuera y respiró el aire fresco del mar y  la montaña.

Los correos no llegaban a tiempo y la calzada romana no era un problema, al contrario era una buena guía y un buen camino.

Hacía unos  momentos  Joan se había acercado, advirtiéndole que ya habían llegado los tres caballeros acompañados de un cuarto con monturas y dos bestias de carga.

Mandó  noticia al casal de Nuestra Señora de las Aguas, para que prepararan alojamiento y cena para los recién llegados a menos tardar.

Esperó hasta que llegó uno de los sargentos, y le saludó llamándola hermana y poniéndose a su servicio. Ella llamó a María para que los acompañara, y se pusieron en camino antes de que se hiciera más tarde.

Los vio reunidos y dispuestos a comenzar a levantar el campamento. Desmontó y se acercó seguida por los que la acompañaban, el sargento, la hermana María y varios trabajadores.

- Bienvenidos. Teníamos noticia de vuestro viaje, pero no de vuestra llegada, de haber sido así, hubiéramos venido antes -sonrió-  Soy la hermana Eulalia y seré vuestra anfitriona lo que dure vuestra estancia en estas tierras. Os acompañaremos para que descanséis, y mañana con la cabeza más despejada trataremos los asuntos que nos atañen a todos.

Esperó a que los caballeros montaran y mandó a dos de los trabajadores  que se hicieran cargo de las mulas. Puso  su montura a la altura del caballero de  más rango,  Fernando.

Una charla educada  y ligera  acompañó   la marcha hasta que llegaron al casal,  donde ya los esperaban. Ella se despidió cortésmente hasta el día siguiente.

Cuando regresó había llegado un mensajero con noticias que ya habían ocurrido, lo envió  a descansar y escribió una misiva a Gilbert.

En ella le contaba que los caballeros ya habían llegado y estaban sanos y salvos, los había observado durante el viaje.  Fernando educado y correcto, todos ellos venidos de Tierra santa.

 Sabía reconocerlos al primer vistazo. Muchos caminaban por la calzada buscando algo que habían dejado atrás y que jamás recobrarían. Las aguas de los baños lograban calmar y sanar su cuerpo, pero el alma  era diferente.

Muchos  habían pedido el consuelo de sus palabras y su sabiduría en los días de reposo. Había visto de todo y a muchos los había tratado antes de su paso por tierra santa. Ya no eran los mismos.

Después de haberlo meditado  escribió  que estaba segura del éxito de la misión que les había encomendado. Firmó y mandó que despertaran a uno de los muchachos para que partiera hacia la ciudad condal.

Pensó en un baño, pero era ya tarde, Entró María acompañada de Isabel con algo de cena y les sonrió. Si no fuera por ellas de seguro no se acordaría de las necesidades de su cuerpo.

Despuntaba el alba de  San Juan. Hizo  poner una tienda y la mesa para un desayuno abundante,  todavía los últimos rescoldos de las hogueras se consumían.

Cuando el calor todavía no apretaba les envió recado,  pensando que ya estarían listos. Se llevó el material de trabajo y dio las últimas órdenes antes de dar por acabado el  trajín de los hombres de la casa, era día de fiesta.

Cuando por fin se sentaron bajo la sombra, llegaban los caballeros. Se acercó a darles la bienvenida, invitándolos a sentarse y comer.

A su derecha había hecho sentar a  Fernando,  junto a él  a Isabel,  y a Yago.  A su izquierda  María,  Guillermo y Odón.

Una reunión bastante curiosa, teniendo en cuenta que en el otro extremo de la mesa a un lado estaba Odón, pelirrojo y  tan alto como una torre, y al otro  Yago, moreno y tan pequeño que podría entrar en cualquier lugar sin ser visto.

Un desayuno distendido que acabó siendo almuerzo, todos pertenecían a la misma Orden y todos sabían sin saber por dónde discurrían las vidas de cada uno de sus compañeros de mesa. Un día de fiesta y de celebrar.

La gastronomía, los viajes, las historias cómicas  engrosaron aquella reunión.  Se fueron conociendo a sabiendas de que durante un tiempo serian compañeros de camino y de trabajo.

Les mostró las  termas romanas, los manantiales y las tierras que pertenecían a ellas. Las mediciones para la futura encomienda ya habían sido tomadas y anotadas, al igual que los mojones mirados y supervisados con regularidad.

Ella llevaba residiendo algo más de dos años en aquel lugar. Había logrado del rey el usufructo de las termas durante una década y construir el casal en donde solo existían unas pocas granjas que ya no tenían que esperar nada de la ciudad condal.

Había establecido relaciones con el señor  que se expandía en la costa, y habían aumentado significativamente las donadas y donados a la Orden.

Después del paseo pensó en que sería un buen final un baño en las termas. Los había mirado uno a uno a los ojos y había sabido leer en ellos, las aguas relajarían sus cuerpos y se llevarían con ellas todo aquel polvo que acumulaban,  y el incrustado en sus almas que les impedía seguir adelante.

Todo aquello era demasiado nuevo para algunos de ellos, una década era mucho tiempo,  eran la cabeza del león que ignora lo que hace  su cola.

Había estado en la cabeza y en la cola y eso  le daba  ventaja que ayudaba en la mayoría de los casos. Prefirió verlos a los cuatro en conjunto, no había prisa y lo que algunos veían como casi un castigo ella sabía que sería más un bálsamo y un aprendizaje para todos.

Los invitó a que se dieran un baño en las termas mientras el ocaso pintaba de naranjas y rojos el cielo y el mar. Fuegos surgieron cerca de la tienda, y una cena frugal alfombró el suelo a la espera.

El agua dio liviandad a los cuerpos y los ojos parecían menos apagados, ropas de lino y los mantos, los pies descalzos pisaban la suave hierba, ellas los esperaban, se sentaron alrededor de la cena, en el suelo.

La brisa del mar se colaba entre ellos, buscando las palabras de los que charlaban, el ambiente más relajado y distendido de viejos amigos que hasta entonces no se conocían.

Cuando las antorchas se fueron suavizando los párpados comenzaron a caerse, y  entendió que era tiempo de retirarse.  Fue dejándolos uno a uno en su aposento, deseándoles buenas noches y dándoles la bienvenida de nuevo.

Cuando todo quedó en silencio, y las antorchas ya casi se habían extinguido una sobra visitó las termas buscando el descanso merecido.


Fuente de la imagen Wikipedia wikimedia commons, autor y user: JoseManuel