miércoles, 10 de septiembre de 2014

En verano no pasa nada (I)




Cuando habían llegado al bloque no se habían fijado en aquella pareja de gigantes. Una tarde subieron con Doña Joaquina, que se los mostró. Estaban en la casa desde que fue construida, por lo menos eso era lo que le había contado la Nico.

En el pueblo Estela y Jacobo se habían interesado por el agua de lluvia  y la forma de recogerla. Varias veces habían sacado el tema en las reuniones de portal, pero no parecía que hubiera cuajado.

Habían estado ahí desde que el mundo era mundo y nadie se había preocupado de ellos, o por lo menos eso parecía. El último otoño por fin habían decidido por mayoría ver el estado de los gigantes, una limpieza y un medio llenado, muy a tiempo ya que el siguiente verano fue uno de los más calurosos.

Un gigante  se fue llenando de agua de lluvia hasta el verano, y aquella se utilizó para todo lo que no era beber y cocinar. El otro, llegado abril y mayo, se fue llenando para  consumo doméstico.

No fue un mal paso, por lo menos eso es lo que les parecía a ellos dos, hasta Joaquina no contó demasiadas ideas conspiranoicas, en privado por supuesto.

Pasaron junio y julio y llegó agosto abrasador, uno de los más calurosos que recordaban. Hasta las mosquitas se negaban a picar.

Algunos se habían ido de vacaciones, otros seguían esperando septiembre como agua de mayo. Las noticias de relleno se escuchaban en la radio de doña Joaquina que, aprovechando las primeras horas del día, hacía su propio recorrido en sus fuentes de información para ver que se movía en las aguas estancadas de agosto.

Apagó la radio  y acarició a Agatha, la mitad de lo que decían en la radio mentira y la otra mitad no sabían  de qué informaban. Escuchó la puerta cerrarse y salió a saludar a Estela.

Subieron a la terraza y se pusieron a regar  el pequeño huerto, Joaquina le contó las ultimas noticias sobre maleantes, delincuentes y casos varios.

Estela volvió a llenar la regadera y miró al gigante bonachón de agua de lluvia. Mientras,  Joaquina le contaba que había hablado con Nico y que de todo lo que le había contado se quedó con que andaban robando en los pueblos de alrededor y que no los habían logrado pillar, además de que el modus operandi nunca era el mismo.

Joaquina había estado investigando, ya existían algunos casos aislados en la ciudad y no estaba tranquila,  los próximos podrían ser  ellos.  Había hablado con su sobrino Rober y por sus círculos no sabían gran cosa.

Hablar con el presidente de la comunidad no serviría de mucho, la puerta se cerraba por la noche y más allá de lo normal no había mucho que contarle al buen hombre.

Estela invitó a Joaquina a tomar algo en su casa, para que le siguiera contando. Jacobo no estaba pero cuando volviera le pondrían al día.

Balkis saludo a Joaquina, paseándose entre sus pies mientras Estela dejaba la regadera y entraba en la cocina. Sirvió un par de cervezas y regresó mientras escuchaba a Joaquina que ya había tomado asiento.
Al rato entro Jacobo, cargado cual rey mago, y las saludó mientras les contaba las peripecias de la mañana y se ofrecía a traer otra ronda.

La conversación trascurría sobre Tardóniz un cliente asiduo de Jacobo, no era mala gente pero tardaba mucho en pagar generalmente, menos aquella vez.

El hombre estaba bastante preocupado, vivía en un edificio del centro, con piscina, jardines, y pistas de pádel. Eran cuatro portales y en los dos primeros ya habían robado, el siguiente era el suyo.

Mientra Jacobo iba y venía preparando la comida y escuchando la conversación,  Joaquina hizo el patrón de la situación, conocía los edificios, se llamaban Jardines del Paraíso: en ellos trabajaba como portera una sobrina de la Jesusa que era del barrio de toda la vida.

La muchacha muy trabajadora, se había encontrado el primer pastel del portal uno,  entró a trabajar a las siete de la mañana y vio  las puertas abiertas y ningún trasiego de gente, cosa que le extrañó.

Llamó a los timbres,  poco después a la policía, y ya estaba el circo montado. Varias semanas después le paso lo mismo a uno de sus compañeros en el segundo portal.

Joaquina había ido con la Jesusa a visitar a la muchacha y llevarle unas rosquillas para que se le pasara el disgusto, y de paso  echó un vistazo.

Entre rosquilla y rosquilla Joaquina averiguó que nadie había estado mirando los aires acondicionados ni los conductos del aire. Lo único fuera de lo normal sucedió un par de semanas antes: había fallado el sistema eléctrico,  siendo vacaciones el muchacho de mantenimiento no estaba y habían mandado a otro.

Entre el pulpo, los mejillones y el albariño, siguieron hablando. Ellas le contaron lo que la señora Joaquina había descubierto por medio de la Nico y lo que se movía por los cibermundos sobre el tema.

A todos se les fue poniendo cara de siesta, y quedaron en establecer una rigurosa vigilancia sobre el edificio sin dejar de mirar otros canales.

Pasaron un par de semanas sin barco a la vista ni piratas. No hubo noticias de ningún robo ni asalto. Un domingo por la mañana subieron Estela y Jacobo a regar el huerto y se encontraron un hombre vestido con mono merodeando a los dos gigantes.

Lo saludaron y le preguntaron que hacia allí, él les contó que era quien se ocupaba del mantenimiento de los dos Titanes, les faltó tiempo para pedirle explicaciones, ya que era el grifos y otro colega quienes lo llevaban y de haber habido algún cambio Joaquina lo hubiera contado.

El tipo se largó con viento fresco, antes de que pudieran llamar a la policía, la señora Joaquina, pasado un tiempo prudencial, salió al rellano cuando ellos bajaban: le había sacado una foto.

Desde aquel día establecieron un campamento junto a los dos gigantes y por las noches utilizaron las ventajas de las nuevas tecnologías, estaban seguros que volverían y su objetivo era meter algo más que las narices en los tanques de agua.

Estaba septiembre a punto de colarse sin que nada más sucediera. Una noche de luna oscura pasada la media noche, dos ojos cautelosos se internaron en el dormitorio. Se quedaron cerca de la cama observando, Estela se levantó y salió hacia la cocina seguida por Balkis.

Regresó y despertó a Jacobo, no había luz en la casa,  abrieron la puerta y salieron al rellano, no parecía haber movimiento ninguno, llamaron a la puerta de su vecina.

Les abrió Rober aun medio dormido haciéndolos pasar, allí también se había ido la luz y estaba segura que en toda la calle: ni las farolas  estaban encendidas.

Tampoco habia teléfono ni señal de wifi por lo que decidieron subir  a la terraza y averiguar si sucedía algo por allí.

Mientras subían las escaleras comenzaron a notar los pies mojados y que el agua bajaba desde terraza.
 Se dividieron, Rober bajó al cuarto de contadores para cortar la luz, antes de que acabaran todos alumbrados.

Doña Joaquina llamó al jefe de escalera avisándole de la falta de luz, mientras Jacobo y Estela salieron al aire libre y se dispusieron a ver el desastre o a quien podían encontrarse.

No les dio tiempo a reaccionar en un primer momento alguien quiso colarse entre ellos dos, para salir hacia las escaleras, pudieron contenerlo durante unos segundos, el agua seguía corriendo. Estela se subió sobre los hombros de Jacobo y agachando la cabeza se dispusieron a bajar. La oscuridad, los pasos en las escaleras, la adrenalina y el agua que mojaba los pies.

No llegaron a pisar el tercer piso, el que huía resbaló y acabó rodando el último tramo de escaleras que unía el tercero con la terraza.

Abajo lo esperaba una comitiva de bienvenida, varios haces de luz que lo deslumbraron, unas bonitas esposas para sus muñecas y un paseo hasta el hospital, con escolta policial  todo  gratuito.

El gallo cantó y cayó todo el gallinero, al parecer los tanques de agua eran un posible modus operandi para un futuro robo. Lo que no tenían muy claro en el bloque era qué iban a llevarse, ya que no había cosas de tanto valor como en otros lugares.

Al parecer los objetos de valor eran una tapadera, Joaquina les contó que había estado investigando los robos y los lugares, y  llegado a la conclusión que lo que robaban era información que les era de mucho más valor para preparar golpes a gran escala.

Mientras comían una paella que Doña Joaquina había hecho por ser domingo y fin de agosto les dijo a título privado que estaba segura de que  lo que buscaban era la información que ella poseía y que seguro la hubieran utilizado para nada bueno.

Se despidió de ellos, mientras limpiaba su mirilla panorámica, Jacobo y Estela cada vez se sorprendían más de su vecina, entre Miss Marple y Mata Hari.

Sonó el teléfono y Doña Joaquina contestó.

. El conejo sigue en la madriguera.


Fuente Imagen Wikipedia, Wikimedia commons, user and autor: Rastrojo.


En verano no pasa nada (II)




Buscó la escasa sombra del mediodía bajo los álamos blancos de una plazuela ya cercana a casa. Menudo agosto, le dijo el kiosquero que echaba el cierre, jurando no recordar otro igual desde 2003, cuando estuvo en Burgos visitando a su madre a 41ºc.

Jacobo prefería no saber la temperatura. Metió la cabeza bajo los escasos chorros de la fuente adosada al muro, un viejo abrevadero reconvertido. Había recorrido media ciudad a pie aquella mañana. Se desabrochó las sandalias y chapoteó. El chico de las clases de conversación prometía. Se iban de vacaciones, pero su madre pagó agradecida las seis semanas debidas y le pidió que volviera en septiembre, para el curso completo. Buena noticia. Era una mujer educada, agradable, tímida, que siempre parecía no saber qué hacer ni cómo hacerlo. Supuso que había ensayado incluso cuando inició una conversación confusa brillante de sonrisas, viniendo a decir que, tras la limpieza anual de armarios, tenía ropa de la cual deshacerse. Le evitó el resto del mal rato. Luego hizo  separación una vez estuvo en la calle, y dejó lo que no usarían en una tienda de trueques. A cambio de la ropa se llevó un abrelatas para zurdos, dos bufandas y una funda rígida de móvil color azul oscuro para Estela.

Eusebio Trías, alias Tardóniz, era otra cosa. Siempre perdía la cartera, extraviaba el talonario, se volvía inútil para algo tan sencillo como sumar o recordaba otro precio distinto al ajustado. Lo intentaba en cada encargo hecho. Y eso que Jacobo, curtido de sobra, con más tiros en la culata que la escopeta del general Custer, lo había olfateado a la primera. Le pidió a un amigo su minigrabadora de periodista hurón y grabó con disimulo la charla y el pago y plazos acordados. A Tardóniz quiso darle entonces un arrebato de ira, pero se quedó blanco de miedo al oírse. Los hombres de negocios y las grabadoras dan por resultado cagalera, le había dicho su amigo. Jacobo no indagó más. No le interesaban esas cosas.

Aquella mañana Tardóniz tenía ojeras, miraba hacia todos lados, fumaba empalmando un pitillo con otro y se sirvió un dedo de whisky solo antes de las once. Al parecer en su urbanización con cámaras, porteros y vigilancia habían limpiado el portal número uno en julio, y el dos ayer mismo. El suyo era el tres. Tiró de amigos en la policía, pero ninguno tenía la menor idea. Entraban de noche, piso por piso, sin violencia; sabiendo perfectamente qué llevarse. Y los inquilinos, incluso los perros mascota, se despertaban con la cabeza pesada sin haber oído ni visto nada. Lo peor era que no se trataba sólo del centro, al parecer era la moda desde la pasada Navidad. No había barrio en el que no hubiera sucedido, por eso no trascendía. En cada zona distinto modus operandi. Suponían, claro. En verdad, ni la menor teoría sobre cómo, o quiénes.

Las cosas que le encantan a la señora Joaquina, pensó Jacobo mientras Tardóniz perdía la cartera otra vez, la encontraba para darse cuenta de que sólo tenía en efectivo más o menos las tres cuartas partes de lo debido, abría cajones con mano nerviosa, daba con el talonario y firmaba. Jacobo le indicó que se había equivocado, había escrito cien euros de más. 

Sin duda Tardóniz estaba fuera de sí aquella mañana, porque le regaló una de sus sonrisas lobunas, lo consideró un aguinaldo de vacaciones y para remate le trajo dos botellas de albariño. No le gustaba. Y todo lo que se queda en la despensa se lo lleva mi ex, suspiró, citándolo para el quince de septiembre. Mucho trabajo, ya verás, le dijo. Y cerró la puerta tras Jacobo con todos los cerrojos, cadena y calzo de madera.

Jacobo dejó que los pies se le secaran al viento de fuego que se arremolinaba en la plazuela. Una buena cosecha. Camisetas y jerséis para Estela, unos botines a estrenar, una falda larga tipo ibicenco y unos vaqueros con peto. Él se había quedado jerséis también, por suerte su alumno era alto y recio. Y unos naúticos domados, pero totalmente presentables. Volvió a calzarse, fue al banco a cobrar el cheque, hizo sumas mentales en montoncitos, ingresó parte en la cuenta de los dos y, capeando el sol, se metió en la Plaza de Abastos. Perdió el autobús, bebió agua en el pipo de otro parquecillo y eran casi las dos de la tarde cuando llegó a casa. Sudando como un galeote y con la frente y las mejillas ardiéndole, por cierto.

Desde el suceso que Joaquina tenía escrupulosamente archivado como ‘Caso Li Feng’  -con el subtítulo ‘Asesinato de un vecino honrado’- la mujer se había convertido en una figura cercana, sin duda su única amistad dentro del bloque. Podría ser la madre de cualquiera de los dos, pero Jacobo no percibía la distancia de edad como un obstáculo. Era estimulante, discreta, aguda, realmente inteligente. Quizá su aspecto y el conocer a todo el mundo hacían que recordara a la inevitable Miss Marple, aunque con la  mente rigurosa de Holmes. Cierto que se cruzaban casi a diario en el rellano, pero a la vez mantenían su independencia.


Comieron los tres, hilvanando teorías posibles. Desde luego, era estimulante. Más tarde le enseñó a Estela la ropa, un pase de modelo privado que vino a acabar más o menos como aquella canción de Mecano. Sí, esa, la de ‘bajo el ventilador’ y Hawaii y Bombay.

Cuando lo recordaba, Jacobo se reía a medias. Nunca le habían gustado mucho las aventuras urbanas, lo suyo era más bien de mochila y de lugares abandonados, de leyendas, nieblas y montes. Terminó creyendo a Estela, a Joaquina y a Tardóniz. Existía una banda organizada de revientapisos tan silenciosa como los muertos, muy eficaz. Era algo para tomar en serio. Aceptó observarlo todo, fijarse en los detalles. Hasta la noche del apagón, cuando empezó a rebosar el gigante conectado a la general del agua y Rober bajó a cortar la luz antes de que alguien se electrocutara, y Estela y él subieron a la terraza a tiempo de ver a un intruso que manipulaba el enorme bidón de agua, y  que se escurrió entre los dos huyendo escaleras abajo. Entonces la miró, y vio frustración y cólera en sus ojos encendidos.

-Súbete a mi espalda, deprisa.
Lo hizo sin vacilar, alumbrando ante ellos con la linterna.
-Cuanto más pesas, menos resbalas.

Bajaron, Jacobo bien aferrado a la barandilla, apoyando sólidamente un pie tras otro. Abajo se oía ruido. De una caída aparatosa.

-Menudo sartenazo –comentó ella, con sorna- Fin de trayecto.
-Un buen golpe. Mantén enfocada la linterna.

El resto se parecía tanto a una película irónica de polis que Jacobo tuvo que aguantar la risa para no meter la pata. Los que esposaban y decían las frases de guión eran los munipas, con el Rober entre ellos en pose de: ‘Por mi madre que salgo en la foto’. Hasta hubo fotos, las que hace  la policía, no las que aparecen en primera plana. Y sanitarios con camilla. Y el sospechoso en su papel de tipo duro y callado. Lo hacía bien, con una fractura abierta en la pierna quedaba muy profesional.

Luego la adrenalina se evapora y se pasa la risa. Hubo explicaciones por parte de Joaquina de sus teorías, que resultaban más inquietantes y le devolvían a lo cotidiano su alargada sombra oscura. No vemos lo que no nos interesa ver, así de simple. Y luego pensaron en irse un fin de semana largo a una cabaña de esas que alquilan algunos campings en lugares tranquilos.

Pero por primera vez Jacobo le comentó a Joaquina, al despedirse:

-Echa un ojo por esa mirilla mágica que tienes, ¿Te importa? Nunca se sabe.
-Nunca se sabe. Descuída. Y olvidaos de todo menos de traerme algo típico y barato. Pasadlo bien.





Imagen: Wikimedia Commons, user Marbregal.
                           http://commons.wikimedia.org/wiki/File:Torre_de_don_Miguel_abrevadero_1.JPG