viernes, 31 de octubre de 2014

Aquel año nevó tarde.




Cuando volvían de la escuela las sombras se estiraban detrás de ellos y todavía no se habían encendido las farolas. Apretaban el paso, llamaban al portón de la casa. Fuera carteras, batas azules y zapatos gorila tiesos de nieve.

Lo que estaba prohibido era ir a ver al enorme marrano que esperaba su San Martín bien cebado en la porqueriza, al fondo del tercer patio. Y ahora no valía sigilo ni andar de puntillas ni descalzarse. Harta de llevar a sobrino e hijos a la Casa de Socorro para ponerles la antitetánica y puntos de sutura, la madre y tía había contratado albañiles para poner losa de piedra en lo que era tierra, tapar un pozo, picar muros y embaldosarlos y someter a poda a los manzanos, el peral y el limonero. Ya.

Un trozo de pan con chocolate de merienda. Mirar a los albañiles no estaba prohibido. Oscurecía, iban a irse, que más daba. Pero el jefe de la cuadrilla salía zumbando del patio en aquel momento, bajo la última luz,  echando blasfemias y llamando a la señora a voces muy destempladas. Acudió ella, envainó el hombre sus reniegos y le dijo de tal modo que se oyó perfectamente:

-Picando el muro estábamos, y salen pies. Pies de muertos. Nos vamos, que cae la noche y es noche de difuntos. Llame usted a la Guardia Civil.

Compuestos y en fila se fueron, los cuatro. No llegaba el tendido eléctrico más allá del patio, no había luz en los corrales. Por una vez la madre y tía convino en prestar una linterna de pilas a los dos niños mayores, que entre ambos no sumaban doce años. Ella cavilaba. Sobre lo de llamar al cuartelillo, es de imaginar.

Las losas que iban a cubrir el patio estaban apiladas en pie a un costado. La tierra negra se volvía blanca con la nieve. Y el muro picado parecía ahora oscuro, despojado de años de capas de cal. Eran pies. Algunos eran huesos, como tubos de órgano de iglesia. Otros eran pies, enteros o casi. Y la mayoría se habían caído al picar y estaban blanqueando bajo los copos blancos, pies sueltos. Entonces se puso a gruñir el cerdo cebado desde el último corral, y los dos salieron a escape a contar lo visto.

Luego se supo que antes hubo bajo parte de la casa un cementerio de monjes calatravos, cuyo convento estaba a su vez bajo la cercana iglesia. Vino la Guardia Civil, y un juez, y la policía, y gente de letras y mucho va y viene con la obra parada y pie y medio de nieve. Y vinieron a excavarlo todo y a llevarse a los muertos uno a uno, con etiquetas en cada pie y carteles en cada caja, para darles otra vez sepultura. Y para dar que hablar, contratada ya la matanza y los matanceros, el cerdo amaneció muerto la mañana de San Martín: se habló mucho de que la calle paralela a la casa se llamaba Osario desde siempre, y que rondaban por allí los calatravos cabreados por tan inadecuado trato a su convento y camposanto.


La historia pasó a ser leyenda. Rural en este caso, no urbana. Ignoro si los calatravos siguieron por allí una vez la casa se convirtió en solar deseable, y el solar en bloque de pisos. Pero como tarde a recordar de Día de Difuntos, qué carallo, valió la pena.



Imagen: Propia, bajo la misma licencia que el Blog.

martes, 28 de octubre de 2014

Un parpadeo, cerrando y abriendo circulos.










Segura estoy de que fue hace un momento,
juraría que han pasado diez minutos 
cuando, todavía, tenia dientes de ratón.


Un año mas, otra vela.




sábado, 11 de octubre de 2014

Tan hondo como un pozo.




El mar azul estaba en calma: las olas acariciaban las piedras y jugaban con los  crustáceos. Dos pequeños corrían siguiéndose y riendo mientras sus mayores los miraban jugar y se abrazaban.

Varios años antes esta escena tan solo era un sueño en la mente de un hombre que caminaba por las calles de Roma. Imaginaba una casa cerca del mar, niños corriendo y una mujer que lo abrazara.

Sus pasos se perdieron en las sombras  como cada mañana de trabajo y cada tarde de vuelta a la misma ínsula.

Las escaleras de madera sonaban bajo los pies de hombres que abandonaban los lechos de mujeres que no los esperarían con un beso cuando acabara el día.

Cuando todos se marcharon ella salió al patio, se desperezó y antes de que ninguna de las otras la importunara se encamino al mercado. Todavía se lo estaba pensando, claro que poco había que meditar.

La casa no estaba en  mal sitio, tranquila y segura, no demasiado lejos ni cerca de la taberna. Un reservado alquilado por  el que cada noche pasaba algún Hermes, Vulcano, Hefesto, Júpiter, Ares, pero nunca ningún Apolo, dependiendo de la noche y de su agenda.

No era la mejor de las vidas, tampoco la peor, el ama era una buena mujer, con la que se llevaba bien, era de las más antiguas de la casa y nunca había dado ningún problema: agradable, discreta.

Varios hombres notables de  Roma la visitaban, y además de un poco de juego, unas caricias  y varios trucos  les ofrecía saber escuchar: lo que sus esposas y amantes no hacían.

Maldita su suerte, aquella noche en la que la Augusta Mesalina salió con sus amigos a visitar tabernas y lupanares. La Lupa Dorada era una taberna de las afueras de Roma, no  los arrabales pero tampoco los cónsules solían perderse, menos un par  que  eran clientes de la casa.

La noche era oscura y el vino poco aguado caía de la mesa, mientras la conversación  era más caliente que lo que ocurría unos pocos metros más allá en el lupanar.

Algunas de las lupas se habían unido a la mesa de tan importante señora, mientras hombres y mujeres reían ella, ufana, hablaba de sus logros sexuales y de que su hambre era insaciable, tanto que sería capaz de medirse a quien se le pusiera por medio.

 Escuchaba la conversación desde su reservado. Se olía que sus compañeras acabarían metiéndola  en aquella historia. Así fue, en el momento en el que salía en compañía de su cliente, los invitaron a unirse a la fiesta, cosa que a su acompañante no le importó.

Demasiado vino y ella no había probado gota ninguna, el problema era la bocazas de la nueva esposa del emperador, impertinente y además demasiado vulgar.

Acabaron apostándose el sueldo de un día tres de ellas, contra la Augusta y dos de sus amigas, maldita la hora en la que lo hicieron.

Después de un par de tragos más, Jupiter trasformado en Baco tenía ganas de la hija de la Loba y con alivio se despidió de la mesa esperando que todo aquello solo fuera un juego infantil. Pero en algún lugar de su mente algo le decía que aquello traería mucha cola.

Baco acabó quedándose dormido y ella salió fuera a tomar un poco de aire y ver qué era lo que se movía por la casa. Parecía una noche demasiado tranquila.

Durante un rato se quedó pensativa y acabó llegando a la conclusión que quizá después de todo podría sacarle beneficio a aquella situación.

Su nombre de profesión, Escila, lo recibió años atrás de noches de placer con unos comerciantes griegos que acabaron llamándola  así, porque  nunca se habían visto entre Escila y Caribdis con mujeres así  hasta aquel momento.

Al parecer se referían a  animales marinos que no daban tregua a los barcos y se los tragaban enteros, cuánto no se rieron aquella noche.

En unas pocas horas ya sabía toda Roma de la competición de la Augusta con una de las más famosas meretrices de Roma, Escila.

Llamó a la puerta de la taberna donde estaban terminando de limpiar para abrir al público mañanero. Saludó a algunos conocidos y se acercó al mostrador.

Sonrió al hombre que estaba afanándose  en su tarea y preguntó por el dueño. Este salió,  la miró, la invitó a pasar, y le dijo a Marcos que no quería ser molestado por nadie.

Salió pasada media hora, más ligera de peso  y se dispuso a hacer la compra, no había otro tema de conversación en toda Roma y ella prefirió mantenerse al margen.
Aquella Escila de la que hablaban no era ella, era una mezcla de recuerdos, de fantasías,  de deseos de gloria de sus otras dos compañeras y de protagonismo de los clientes. Por otra parte de la Augusta, que quería como oponente a lo mejor de Roma.

No trabajó durante los días siguientes y se mantuvo alejada de las calles y de la taberna. Aprovechó para pasar el tiempo con su patrona, quien le habló del César que allí en Britania estaba mucho mejor que aquí en Roma, ignorante de los juegos de su mujer.

La patrona lo había visto en un par de ocasiones en la casa donde había comenzado a trabajar muy joven, hacía más de treinta años. Según las mujeres que habían compartido su lecho era bastante  bobo como se decía, pero hubo una muchacha que congenió con él y durante mucho tiempo recibió sus visitas y sus regalos, eso si de lo más extraños para mujeres como ellas.

Mumila, que así se llamaba la muchacha, aprendió a leer y escribir a manos de Claudio y parece ser  que cuando se retiró  abrió un negocio de vinos y se casó bien.

A veces ella se unía a sus clases, todavía guardaba con afecto sus intentos por escribir y las correcciones del César.

La taberna se ofreció como lugar de la apuesta y por eso mismo también cerró para adecentarla y prepararse para el gran día.

Muchos romanos  quisieron formar parte de la apuesta, y llegó la gran noche.  Las tres hermanas salieron de la casa cuando la tarde ya descendía, recibieron ánimos por todo el barrio de hombres y mujeres que las consideraban heroínas.

Cuando llegaron ya las esperaba tan alta señora acompañada de sus amigas, preparadas para empezar. Los hombres fueron pasando uno a uno durante aquella noche, sudores, susurros, y cuando uno más salía de la habitación se contaba , y las jaleaban a las seis.

Escila había perdido el número de hombres que habían pasado por su cama y el número de marineros que se había tragado su vórtice.

Cuando quedaban un par de horas para que amaneciera y sólo quedaban ellas dos, llego un momento en el que cayó sobre el cuerpo de un hombre de tez morena y grito posiblemente como haría Escila si la hubieran herido.

Salió fuera y entró en la habitación en la que Mesalina estaba llevando acabo su propia prueba, la miró y supo que era una Bacanal: cada hombre que subía con ella al lecho tan solo era un trozo de carne.

Entonces comprendió que todo aquello no tenía ningún sentido, salió sin que casi nadie se diera cuenta y volvió a su casa con sus compañeras mientras los gritos y la cuenta seguían.

Cuando ya amanecía alguien llamó a su puerta. Era Marco en nombre del  jefe con el mensaje de que la Augusta quería que se reincorporara,  ya había descansado suficiente.

Ella le dijo que no pensaba volver, ya había una ganadora. Él asintió y le tendió la mano dándole la enhorabuena, porque  le parecía que era una mujer muy valiente.

La divina señora consiguió su victoria y no quiso cobrar lo que bien se ganó. Se decían muchas cosas en las tabernas y en los burdeles, que si Mesalina había recurrido a Baco y sus misterios y su bebida ceremonial, y otras perlas que dieron mucho que hablar.
Escila había reducido el número de sus clientes y siguió su vida durante algún tiempo, Marco la visitaba con cierta continuidad y acabaron por ser buenos amigos.

Cuando Roma ya había olvidado la gran gesta amatoria de Mesalina y hubo otros temas para despellejar, una mañana salió de la casa hacia la taberna, saludó a Marco y se reunió con el patrón.

Salió más pesada y con planes para el resto de su vida.


Unos meses después un barco partía de Ostia, todas las lobas habían ido a despedir a la pareja. Marcos prefería el nombre que ella había elegido, Irene.

El dinero que había ganado apostando contra si misma ahora los llevaba a Sicilia. Cuando pasaron  por el estrecho  donde Escila y Caribdis descansaban, tiró por la borda lo que había quedado de su vida de Loba, como ofrenda.

Compraron una casa y un barco y desde Roma llegaban las cartas de Livia su patrona, que le contaba los últimos chismorreos y noticias.

Sintió que a Mesalina le cortaran la cabeza con una espada, ya que ella había sido quien  propició su felicidad. Quizá fue de las pocas personas que lo sintieron tanto.

Marcos entró y la invitó a salir  a mirar el mar. Le contó que Escila había sido en un principio una hija de Hécate, una ondina  que cuidaba los ríos y   las fuentes.

Una nueva vida lejos de la loba de Roma  y de sus hijos,  cerca de Hécate y de su hija Escila.



Fuente imagen wikimedia commons User Eloquence. 


Bibliografia. 



lunes, 6 de octubre de 2014

El asta de uro.






“Tu carga será quitada de tu hombro y el yugo de tu cerviz, y el yugo se pudrirá, porque tú eres mi ungido.”
                                                       (Isaías 10,27)



La lluvia ha lavado el ventanal de la torre, le ha devuelto la vida. Antes podía abrirse completamente: ver en los días soleados la luz en la cámara, una catedral privada; mover las dos hojas y pintar de colores los muebles oscuros, los tapices oscuros, los oscuros rincones. Ahora lo han clausurado deprisa, afeándolo. Desde la ventana abajo nadie sobreviviría a la caída, y esto es una prisión. Las hubo peores. Con todo, feo e inútil, no osaron hacer nada que pudiera dañar el ventanal. La sombra de mi padre es aún tan larga como lo fue en vida. Más larga y más oscura.


Después de haberme hecho pasar hambre en la Torre de Londres y en la de Kenilworth, la marea ha cambiado. Empieza a hacer frío y la chimenea nunca se enciende; el ventanal clausurado atrapa la humedad de los muros sin ventilar, y pronto habrá moho hasta en las sábanas. Demasiado lento. El tiempo juega contra la reina regente. Eduardo va a cumplir quince años y a contraer matrimonio, según comentan, por pocos comentarios que yo pueda oír. No se parece a mí. Ni  a su madre. Cuando lo vi por última vez era ya serio, severo y alto. La sombra de su abuelo lo acompañaba, como el molde en el que se verterá metal fundido. Se le parecía tanto que me desasosegó. Ahora debe parecérsele más. Y un día será su abuelo vuelto a la vida para seguir con todos sus designios inacabados, para que gire desde el inicio la vieja rueda. No se mata a un Rey Ungido, eso es lo único que detiene la mano de la regente. Hasta se lo alimenta bien. Matar de frío, o dejar morir de mal de pulmones, le viene largo a Isabel.


No recuerdo mis sueños, pero el último ha sido distinto. Me calentaba junto a una chimenea, me desentumecía. Era cierto. Habían encendido el fuego. Me escoltaron hasta la capilla, preparada para el día festivo de la Natividad de la Virgen. Una misa larga sin posibilidad de distraerme siendo el único asistente. Cuando volví a la cámara el ventanal estaba abierto, con dos guardias apostados ante él. Se había limpiado a fondo, hasta los rincones. Habían traído un arca, cambiado los tapices, hecho la cama con buenos  cobertores. Subían agua caliente para el baño. Y hablaban. Comadreos, bromas, rumores. Noticias. Hice como que no atendía a las criadas ni al porte de estatua de los guardias. Pero lo oí todo, todo lo vi como si fuera nuevo. Voces humanas. Miré por encima de sus cabezas, a ningún sitio, como solía hacer mi padre.



Cerraron el ventanal tras la limpieza, pero no volvieron a  clausurarlo. Sólo han cambiado la guardia. Eduardo se casará en enero. Con otra capeto, eso era previsible: pero si tiene edad para casarse, la tiene para reinar. Isabel ha buscado a una sobrina de trece años. Uno menos tenía ella cuando se casó conmigo. Quiere entretenerlo para seguir gobernando, ella y Mortimer. Un matrimonio puede ser un buen entretenimiento, y sin duda ya ha pensado en cómo disponerlo todo. Isabel es así. ¿Qué lugar desempeño yo en sus planes? ¿Le estorbo más vivo, o muerto? ¿Por qué ahora proporcionarme un alojamiento cómodo, buena comida, vino, incluso lectura y un laúd?


Está cebando el cerdo para el cercano San Martín.  Intentaron liberarme antes: muchos se escandalizaron de mi aspecto, un prisionero andrajoso con mejillas de hambre, aquello se supo. Me está cebando. Isabel no teme al infierno, no teme nada que no sea perder el poder y a Mortimer. Cree que puede manejar a Eduardo, doncel o casado. Pero para que esté en sus manos, yo no he de estar.

Exigirán ver mi cuerpo. Muchos. Hasta el mismo Eduardo, por verdadera o conveniente piedad filial. No puedo parecer un mendigo hambriento, sucio y enfermo. No puede hacerme ahorcar, apuñalar o decapitar. Me envenenará. No en vano el hermano de Isabel, el rey de Francia, tiene por suegra a una envenenadora tan profesional como Locusta. Se dice que sus venenos dejan el cuerpo sereno. Pese a las sospechas, ningún médico ha podido nunca demostrar otra cosa que una dulce muerte inesperada. Muerte natural, la que Dios envía a todos. Tengo más de cuarenta años, ningún testamento que hacer ni ninguna cuenta que me sea posible saldar. Los guardias son dos estatuas mudas, la chimenea calienta y el vino es bueno. Tampoco puedo pedir más.


Blaidd vomitaba, con la frente viscosa de sudor y las venas del cuello azules por el asco y el esfuerzo. Los oficiales de guardia se miraban entre ellos, inseguros. Acobardados. Vieron entrar al capitán Blaidd y a dos veteranos curtidos, de los recios como un tronco. Alun se había desvanecido en el mismo umbral del cuerpo de guardia, y no despertaba ni bajo las bofetadas que le estaban dando con un paño empapado en vinagre. Donan, que medía seis pies largos, parecía haber bajado al infierno. Se bebió de dos tragos una jarra de vino de iglesia, pero el color no aparecía en su rostro. Blaidd dejó de vomitar. Se lavó metiendo toda la cabeza en el tonel de agua y luego se sacudió como un perro. Las bofetadas y el vinagre habían despertado por fin a Alun. Otro con la cara del color de la ceniza blanca del carbón.
Donan volvió a la barrica marcada con tiza, la del sacerdote y la misa. Nadie dijo nada mientras llenaba tres jarras para él y sus dos compañeros.


Los oficiales seguían mirándose. Habían oído los aullidos, los gritos de agonía más largos que jamás escucharan. En la guerra se muere deprisa. Aquello era otra cosa. Ni súplicas ni palabras humanas, ni blasfemias. Un grito tras otro, el mismo grito que rebotó en los muros y se mezclaba con el eco de los anteriores. El carcelero mayor dijo, como quien recita una orden:

-Los tres debéis esperar aquí. Puede que tarden. Es hora de cenar. Aquella jarra que he roto no debe salir del castillo, la enterraré más tarde. Ni la toquéis, ninguno. Cenad o quedaos aquí. Os traeré una bolsa con ropa nueva para una vida nueva. Como queráis.

-¿Qué demonios ha pasado? –preguntó el oficial más joven-
-El rey ha muerto de mal del costado. Es muy doloroso.
-Mi madre murió de ese mal. Le dieron amapola y vino con semillas negras. No gritaba así.
-El rey ha muerto. Dios envía la muerte. Que se apiade de su alma. Eso dirás, si quieres vivir. Tú no has visto nada, pero te llamarán para que seas testigo cuando lo laven, lo amortajen y lo velemos. Entonces dirás lo que hayas visto con tus ojos.


Cuando el cuerpo de guardia quedó vacío, Blaidd se puso su guante y olisqueó la jarra rota.

-Cicuta.
-A buenas horas –Donan llenaba de nuevo las jarras con el el vino de misa-
-De parte de Lord Mortimer. Era una buena idea.
-¿Y la otra idea?
-Llegó a uña de caballo un mensajero de la reina regente. Con la vieja asta de uro bruñida, y la barra de cobre. Sólo traía una orden. Cuando desee sentarse porque se le enfrían los pies. Entonces.

-Estamos condenados –Alun bebió- Al infierno. Hemos puesto la mano sobre el Ungido del Señor.
-Un verdugo recibe perdón, ese es su trabajo. Condenados están la loba y su perro. Callaos, alguien baja.

Recibieron una buena bolsa cada uno. Alun, dijeron, se internó en los montes y se hizo ermitaño. Donan compró una posada en Tyburn, cerca de Londres. Se casó bien y fue un hombre respetable. De Blaidd nunca más se supo. Cuantos desearon ver al rey dieron testimonio de la paz de su rostro. Los testigos juraron que ninguna marca había en su cuerpo cuando lo desnudaron para lavarlo y vestirlo de mortaja. Los médicos declararon muerte natural, sin duda por el mal del costado, que deja como secuela una sutil inflamación de vientre. Ya no había médicos judíos en Inglaterra, de modo que nadie pudo dar una segunda opinión. Y lo llevaron a enterrar con respeto y decencia, pero de prisa. El mal del costado acelera la putrefacción.





Bibliografía.



http://www.tiempodehoy.com/cultura/historia/la-peor-muerte-para-el-rey

http://amodelcastillo.blogspot.com.es/2012/12/asesinatos-1-eduardo-ii-de-inglaterra.html