jueves, 27 de noviembre de 2014

Camisa de once varas.



Le dolía el estómago de tanto reírse, nunca lo hacía en presencia de nadie,  no fueran a tomárselo a mal o acabaran acusándola de tener algo que ver.
La ultima había sido la más sonada: el señor alcalde, su mujer, su señora madre y su hija, habían salido en coche descubierto para demostrar a los ciudadanos y votantes que nada extraño sucedía en el camino que salía del pueblo hacia el pueblo vecino,  que ya nadie se atrevía a transitar.

La gran mayoría preferían caminar campo a través, y la diligencia utilizaba la ruta alternativa que tardaba en llegar dos horas más y no estaba en tan buen estado como la vía principal.

Lucía el sol aquella mañana de Domingo cuando la calesa salió del pueblo, acabada la misa y antes del vermut. Nadie se atrevió a acompañarlos excepto el aguacil y dos de sus hombres que trotaban detrás a una distancia moderada.

El alcalde era el único que hablaba, las mujeres callaban y el cochero, hombre bragado que hasta estuvo en la guerra nada decía.

Las dos yeguas blancas iban al paso hasta llegar un poco antes del puente que cruzaba el pequeño rio. Allí se pararon en seco y se negaron a seguir.
La madre miraba a su hijo, su mujer también lo miraba, la muchacha callaba y el cochero hacía por que los animales se movieran sin éxito alguno.
Llegado el aguacil el alcalde seguía dando órdenes sin ton ni son, sin conseguir lo que quería, pasar el puente y demostrar que no había nada que temer.

Las tres mujeres se bajaron de la calesa y decidieron hacerse a un lado del camino, el alcalde pidió la montura del aguacil con la intención de pasar el puente de piedra, por lo menos poder decir que lo había conseguido y no había que temer.

Lo siguiente nadie supo explicarlo, pero el regreso del alcalde, su madre, su esposa, su hija, el cochero, el aguacil y la compañía fue a media tarde, las ilustres personas llenas de abono de origen animal, como se dice en cristiano, mierda. Y los demás hombres con cara de circunstancias, y el puente seguía inexpugnable.

Iba para tres meses que esto sucedía, las primeras dos semanas muchos fueron los que acabaron con sus posaderas en el rio, y fueron los mejor parados. Otros tantos perdieron monturas y mercancías,  nunca antes los peces del rio habían estado mejor alimentados.

Nadie parecía recordar lo que había desatado todo aquello, tan solo la señora Tomasa, que sabía más que hablaba, parecía olerse lo que estaba ocurriendo. Por eso nunca antes se había reído tanto y más cuando vio llegar a el alcalde y toda la corte llenos de olores y  con vestiduras tan primorosas.

Un par de días después, Tomasa se acercó al pueblo, a hacer un par de compras. La tienda de Don Olegario seguía cerrada desde hacía un mes, y la única que parecía estar en la casa era Engracia, la muchacha que servía. Tomasa acudía mucho a la tienda de Don Olegario. Los dos habían visto mundo y disfrutaban de temas comunes, como libros antiguos y extraños, y  magia.

Le parecía muy extraño que no le hubiera avisado de su viaje y que no hubiera dado señales de vida. Llamó a la puerta y salió Engracia a recibirla.
La invitó  a entrar, y le sirvió un café mientras  Tomasa hablaba en voz alta contándole que había venido a traerle a su amigo un libro que él buscaba con sumo interés, y que al final había conseguido.
Se escuchó un estornudo y Tomasa lo llamó:

-       -  Ole, sal que sé que estás ahí y las cosas se están poniendo cada vez más feas. Me da en la nariz que tú tienes algo que ver.
El hombre salió y viendo el libro se abalanzó hacia el cómo niño sobre una tarta de chocolate, después miró a su amiga y no pudo decirle más que la verdad.
-        - La culpa no fue mía: Doña Úrsula la alcaldesa llevaba viniendo más de quince días a la tienda con la excusa de no comprar nada y de que yo le arreglara el problema que tenía.

Se sentaron en la biblioteca y mientras se tomaban el café, Tomasa no podía aguantar la risa: Doña Úrsula podía llegar a ser una mujer muy insistente, vamos pesada.

-       -  Sita,  estaba hasta las narices de que su marido pasase los días de viajes,  reuniones, comidas, y que ella se quedara en el pueblo viendo crecer la hierba. Insinuó que si no tendría yo algo para que su marido pasase más tiempo en casa. Dejó una cantidad sustanciosa sobre el mostrador y yo le di algo inofensivo….

-         ¿Qué le diste? -Lo miró, esperando la respuesta e imaginándose que no podía ser algo tan insignificante.

-         ¿Recuerdas aquel frasco que encontró Don Domingo en su huerta mientras escardaba? pues ese.  Le dije que metiera unos cabellos de su marido, lo cerrara con un corcho y lo anudara con una cuerda que llevara cabellos de ella, que lo pusiera bajo la cama un par de noches para que hiciera efecto.

-         ¿Y? -le preguntó Tomasa-

-         Vino un par de días después con cara de susto, y nada me pudo decir ya que tras  ella venía la suegra y la sacó de la tienda con conversación de que tenían que ir a ver al párroco para asuntos de la Iglesia.

-         Ya me imagino que, visto lo que está ocurriendo, diste excusa de viaje y aquí estas esperando no sé muy bien a que….

El hombre agachó la cabeza:  Tomasa lo sacó de la casa y bajaron a la tienda.

- Tenías que haber mirado antes la procedencia del frasco. A las cosas hay que darles su importancia y dedicarles tiempo, por querer arreglar algo que nos molesta, creamos un problema más gordo.

Estuvieron toda la tarde y la noche buscando en libros la historia del puente, y sobre los pueblos que vivieron con anterioridad en aquellas tierras.
Vino  la mañana, caminaron a pie hasta el puente. Tomasa llevaba unas tijeras y cortó  un hilo invisible antes de seguir caminando.

Llegaron al puente: era demasiado temprano para que nadie anduviera por aquellos lares, el puente era de piedra construido en época de los romanos.
Buscaron en el fondo durante largo rato, hasta que vieron brillar algo entre las piedras, suerte que no hubiera llovido y que el caudal del río no era abundante.

Lo sacaron del río y se volvieron al pueblo. Dos noches después, Pedro el herrero fue el valiente que logró pasar el puente: su mujer estaba de parto y el médico vivía en el pueblo vecino.
Todo salió a pedir de boca, la niña nació sana, le pusieron de nombre Milagros y la bautizaron con agua del rio. No hubo niña con más suerte en toda la comarca.

El alcalde salió perdiendo con todo aquello, pensaba que estaba gafado desde que el caballo lo tiró cuando intentó pasar el puente.
 A su hija su madre la había mandado todo el curso a un colegio, interna por no se qué tontería de un frasco que le había sustraído de su tocador, sin su permiso. Además de haberlo perdido en el puente.  Debía tener un gran valor sentimental. 

No se le pasó el disgusto hasta mucho después.
Su madre cansada de tanta pelea familiar se había ido con su hermana tomar las aguas, sin fecha de regreso.

 Su mujer era ahora como su guardaespaldas: no iba a ningún sitio sin ella,  y no sabía porque razón más a menudo de lo que quisiera, venían a cenar a su casa el anticuario y la señora Tomasa,  la indiana.




Fuente de la imagen Wikipedia, Wikimedia Commons Autor: Pontis21











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sábado, 15 de noviembre de 2014

La piedra blanca.






“El sufismo es cortesía espiritual: cortesía con cada instante, en toda circunstancia y en todo momento.
En el inicio era una realidad sin nombre, y ahora es un nombre sin realidad.”




Billal el tejedor había tejido mucho durante dos años desde que su mujer le susurró al oído que Jamida, la única hija que les vivía de los siete que tuvieron, era ya doncella núbil. Jamida la alegre, la de buen talle, con los ojos color musgo de su madre y la precisión de dedos de Billal. Como todos los hombres se alegró de la noticia, dio gracias e invitó a una cena a sus amigos y esposas porque, después de todo, era una fiesta de mujeres. Y como todos los hombres, se miró en el reflejo de la fuentecilla del pequeño patio de su casa: vio hilos de plata en su barba y en sus sienes, y el correr del agua le dijo que la vida fluye mansa, sin detenerse. Recordaba a Jamida cuando empezó a andar, cuando se le cayeron los dientes, cuando le enseñó lo más simple del oficio, cuando ocupó su sitio atrás en la mezquita, entre las mujeres. Y ahora había vendido sus mejores tejidos de dos años de trabajo para su dote. Ley de vida. Sólo Dios lo sabe todo.


Billal tenía una buena mujer. Una mujer sensata, noble y hacendosa, una compañera. Ella le dijo al oído que Razn, hijo único de Musa el de la calle Larga, el comerciante en seda, podría ser del gusto de su hija. A Razn le llamaban poeta, y lo era. Necesitaría de una mujer que supiera del negocio. Y su hija era delicada a la vez que firme, dada al saber y a cosas que Billal no entendía.

Esa la entendió a la primera. El tejedor era recto y franco, y así abordó al sedero en los baños públicos, con franqueza y razones. Musa en principio levantó las cejas e hizo cuentas que no le salían, pero más tarde reflexionó. Ajustaron una dote, conoció a la doncella y quedó convencido. Dicen que los bendecidos a veces ven lo acertado en el tiempo que se tarda en parpadear. Dijo sí y nunca se echó atrás, pese a otras ofertas.

Meriem la sensata acompañó a su hija a los baños del barrio como cada tarde del tercer día de la semana, pero la dejó allí y fue a atender compras, pagos, invitaciones, y negocios personales. Billal no se metía en sus asuntos femeninos, algo muy de agradecer. Un hombre a la antigua es siempre previsible. Jamás traspasó sus aposentos privados sin anunciarse, ni discutió qué compañía femenina entraba en ellos. A cambio ella había aportado una casa con su huerto, y una fama de respeto que superaba los límites del barrio. Había llorado con ella de corazón por sus seis hijos muertos, y sólo con el primero se fue al barrio cristiano y se emborrachó, pero ni las peores lenguas dijeron nunca que puteara. Tampoco tomó una segunda esposa, algo que podía permitirse por ley y por ganancias. Ella le bastaba. Hay maneras de vivir una vida más fácil, sin duda. A Meriem no le gustaba lo fácil.

Recogió a su hija en los baños. Había calculado la tarde pidiendo a ciertas jóvenes casadas, hijas de amigas, que le hablaran con toda franqueza. Las muchachas son reacias a preguntar a sus madres lo que tiene que ver con sus miedos, sus deseos íntimos y sus curiosidades picantes. Tal vez luego pidan segundas opiniones, pero siempre olvidan que su madre no las concibió mirando un jardín, ni en la mezquita. Y no se imaginan nunca a sus padres sin canas, desnudos, jadeantes y dejando que pasen las horas mientras el resto del mundo no existe.

Años atrás, con la misma previsión, Meriem había hecho traer una pareja de hermosas burras blancas enjaezadas para una fiesta. Con sus crines trenzadas y cintas verdes y campanillas. Cuando Billal las vio en el patio, briosas y obedientes, sólo supo decir lo que se espera que diga un hombre:

-¿De quién son esas burras, mujer, y qué hacen listas para salir a celebrar algo?
-Mías. Y ahora tuyas también. Quería hablarte de algunos asuntos, y pensé que es viernes. Cuando vuelvas de la mezquita en paz tal vez te guste pasar el día los dos solos como hacíamos a pie recién casados, y recordar que fuimos felices y lo seguimos siendo.
-¿Y mi hija?
-Está en la escuela. Y allí seguirá, bien guardada, cuando pasemos a recogerla antes de que se acueste el sol.

Billal decidió acudir a la oración. Volvió en paz porque la curiosidad le podía, un día de asueto lo tentaba, y las burras debían sin duda tener una historia digna de oír. Así supo que había muerto la tía de su mujer, muy respetable viuda sin hijos, piadosa y excelente comerciante. Y que había dejado gran parte de sus ganancias para dote de doncellas huérfanas, y otro tanto para la escuela de la mezquita del barrio. Y su casa de campo con sus huertas, sus ropas y joyas, todas sus propiedades personales y sus mejores burras a su sobrina Meriem, la esposa de Billal, para que todo lo tuviera como suyo propio legalmente e hiciera con ello según su voluntad.

Así, en un día de fiesta vio Billal la herencia de su mujer, quien le repitió que siendo suyo era de ambos y de su hija porque ella así lo quería. Meriem acordó con los que en la finca trabajaban seguir conservándolos, agradeciendo su lealtad hacia la difunta, y preguntó a Billal si no creía justo y piadoso llevarse a casa a la anciana cocinera y asegurar su sustento a cambio de cuanto podía ayudar y enseñar a su hija. Cuánto sabía de cocina lo disfrutó el mismo Billal con la que les sirvió a los dos en el jardín, así que no tuvo nada que objetar. Todo lo contrario. Como siempre, su mujer lo colmaba de bendiciones. Quedaba lo de la escuela, aunque si la tía hacendosa había dejado un legado, poco habría que añadir. Añadió, porque eso ha de hacer un hombre cuando se trata de su única hija. Pero ya no usó el término ‘mujer’.

-Meriem, lo de que la niña esté en la escuela…
-Los dones de una doncella agradan a Dios, marido. Y le dan la posibilidad de elegir mucho mejor partido cuando llegue el día. Además, nada malo aprenderá en la mezquita con las santas mujeres. Leer mejor que tú y yo, hacer mejores números, y si duda entender bien el Corán. Toda vida tiene espinas, consuela más rezar que maldecir. ¿Qué padre no desea lo mejor para su hija?

Billal volvió a casa satisfecho en todos los sentidos, dando gracias, y a pie. Muy feo y deshonesto hubiera sido no cederle una burra a la vieja cocinera. Y luego aceptó con justicia guardar luto por su benefactora como si hubiera sido su tía de la misma sangre, repartió limosna y siguió sintiéndose en paz. Aunque siempre se calló un defecto. Por no ofender a su madre había aceptado que le echaran las suertes antes de casarse, cuando entre tres partidos Meriem no era la primera opción y el jamás desobedecería la voluntad de su padre. Las suertes señalaron a Meriem. Su padre se acostó cansado y no volvió a levantarse entre los vivos, y así las suertes quedaron en manos de su madre viuda y de su tío Abu, hermano menor de ella. Prefería no pensarlo. O peor, prefería creer que un socio suyo en su primer negocio de telas, un hebreo llamado Samuel, le había dicho una vez que las suertes vienen de Dios y que no hay nada más que pensar. Ni que temer.

Y nada hubo que temer. Vinieron el otoño y el invierno, los largos días de poca luz en los que los tejedores y sus empleados se dejan los ojos pero acaban temprano la faena. Esos días grises que gotean lluvia, cuando se apila la mercancía y se piensa qué hacer con ella. Las mujeres entraban y salían, porque no hay invierno que tuerza los preparativos de una boda. Ni tampoco invierno que no acabe. Dejó de llover, la niebla se quedó tardía, luego se volvió rocío y apuntó el verde. Una tarde de jueves Billal anunció que el día siguiente volvería no sabía cuándo, porque cenaba con el gremio de tejedores como cada primavera. El mismo día por la mañana Jamida se vistió como quien va al mercado, besó en la frente a su padre y él sonrió.

-¿Más puestos que visitar?
-Sólo unas sandalias para seguir haciendo compras, padre.
-¿Has gastado los zapatos? –Billal se reía-
-Mirando. Tonta es la mujer que compra sin gastar suelas.
-Bien dicho –le cogió la cara entre las manos para mirarla- Tu madre y tú sois el espejo y el honor de mi casa. Coge de la bolsa con prudencia pero sin miedo, hija. Confío en ti. Y que las suelas sean recias y de cuero bueno, podemos pagarlo.
-¿Amarillas? El color azafrán es más caro.
-Azafrán.  La primavera de la juventud sólo se vive una vez.

Cuando el padre salió de casa la cocinera estaba esperándola en la puerta, y sin preguntar le echó un manto con capucha sobre los hombros. No atendió a sus protestas mientras le ofrecía un té humeante, ni dejó que tratara de hacerle zalamerías.

-No vayas al zoco: lo que pensabas comprar ya ha sido comprado. No te quites el manto, sigue el camino que bordea la muralla, no hables con nadie. Y no toques cosa alguna, ni comas nada que puedan ofrecerte. Vete.

Jamida se dejó poseer por el misterio. Su madre no había salido ni a las celosías del patio a despedirla. Los días de primavera pueden ser engañosos, y antes de llegar a la puerta de la muralla ya había visto el negro de las golondrinas a ras de suelo, y a las arañas plegando sus telas entre los arbustos. El sendero de tierra era claro, pero la niebla empezaba a subir desde el río: unos dedos blancos que borraban el mundo.

No podía perderse. Sólo había un camino pegado a la muralla rojiza. Sobre ella se veía el alminar  de la mezquita del barrio,  y la veleta de bronce que remataba la posada. Del otro lado hasta el río alternaban pequeños huertos, casitas de labor y un par de molinos. Y más allá estaba el cementerio antiguo, con un jardín y un morabito.

Jamida seguía sus propios pensamientos mientras el sendero bajaba. Fue el viento huraño quien la sacó de su soñar despierta. El viento y el silencio. Ya no podía oír las ruedas de los molinos. La niebla llenaba aquella hondonada y pronto borraría las afiladas puntas de los cipreses del cementerio. No pensó en volverse. No tuvo miedo. El viento arreció, hizo que cerrara los ojos y aturdió sus sentidos hasta que sólo percibió el manto arremolinándose en torno a su cuerpo, la tela pesada, mojada, fría.

Nunca hubo mayor  duelo en el barrio que el que se hizo por Billal el tejedor. Prudente, trabajador, buen amigo con las manos siempre abiertas, respetado por todos y bendecido por los pobres. Piadoso, paciente en la desgracia y alegre en la dicha. Nadie esperaba  que muriera el día en que volvió la gran niebla, aunque un anciano dijo recordar que una jornada como aquella, treinta años atrás, Billal se había encontrado con Meriem en el mercado de las telas y se había fijado en ella. Cosas que cuentan los que están ya cercanos a la muerte, cuando sus recuerdos tejen tapices mitad soñados y mitad sin sentido.

Lo único cierto fue lo que declararon sus trabajadores ante el juez. Que Billal estaba con ellos, siempre tejiendo, y en el descanso salieron fuera del taller como cada día, a tomar un bocado y beber té caliente. Y el patrón miró la niebla, se puso blanco, se llevó la mano al pecho y cayó, como fulminado por un rayo.

Nefasto fue el día de la niebla. Un rayo hendió el alminar de la mezquita, otros hicieron mucho daño en vidas y propiedades. Y uno más fulminó el morabito del cementerio viejo, dañó las tumbas, quemó un árbol venerable y se cobró la vida de la respetada mujer que vivía allí.

Llevaron a enterrar a Billal, lloraron por él y por su hija que estaba en el mal sitio en la mala hora, como su madre declaró.


-No comeré nada, ni beberé nada que me ofrezcas.
-Te han enseñado bien. Mete la mano en esta cesta. Saca una piedra.
-¿Esto es echar las suertes?
-Sí.
-Ofende a Dios.
-Si así fuera, no existiría la Kaaba. Es una gran piedra, te lo han enseñado. Dios lo sabe.

Jamida sacó una piedra blanca. La vieja del morabito tomó su mano, sin que su rostro revelara ninguna emoción. Más tarde, más despierta, recordó sus visiones. Podía recordarlas. Dada por muerta, enterrado su padre, apuntando el pleno verano. Reparado a costa de la ciudad el morabito herido por el rayo, siendo ella la nueva ermitaña. La mujer velada.

Visitó a su madre en el mes de la cosecha. Meriem seguía al frente de la tejeduría y de todo negocio, pero se había retirado a vivir en la casa que le legó su tía. Cerca para controlar, lejos para ser controlada. A su madre se lo contó. Todo.

-Era una anciana. Saqué una piedra de un cesto, una piedra blanca. Dijo que la sostuviera en mi mano. No recuerdo la tormenta, ni los rayos. Vi a Hazn, y a su padre muerto. El poeta ya no era poeta, era un avaro, y me evitaba. Muchos hijos, muchas deudas. Como poeta se emborrachaba emulando a Khayyam, pero como avaro contaba cada moneda y cada hijo varón. Luego la vieja me dijo que podía elegir. Ser dueña de mi destino. O no.

-¿Has decidido?
-Madre, he sacado una piedra. Y vi las otras. La roja, la negra.
-¿y qué lamentas, hija?
-Que la piedra blanca no está teñida de sangre, pero tampoco lo estará de la mía. No gozaré, no me abrirán el virgo, no pariré hijos, moriré doncella y seca.

-Eso son sueños. Y yo no te los he enseñado.
-¿Alguna vez elegiste tu una piedra, madre?
-Tu padre eligió una. La roja. Con ella, me eligió a mí. Y luego lo olvidó, hasta que la niebla volvió para recordárselo. Fue un hombre justo, un hombre leal. Lo respeté siempre, y ahora lo echo de menos.

Jamida suspiró:
-¿Qué haré en el morabito?
-Eso ya me lo contarás cuando dejes de llorar, de sentirte desvalida y de intentar huir de lo que elegiste, hija. Las burras os esperan, a ti y a la cocinera, que ha pedido servirte. Visitaré a menudo el cementerio, soy una viuda piadosa.





Imagen: Wikipedia commons.

miércoles, 12 de noviembre de 2014

Fotogramas



Siempre hubo ventanas en los lugares donde vivía, ojos al mundo que estaba allí fuera, con cielos de colores y hojas nuevas cada primavera y aquellas que caían y dormían cada invierno.

Cuando todavía era poco consciente, dentro del taca - taca se pasaba largas horas mirando desde abajo al gran ventanal del salón, sus manitas tocaban el frío cristal y sus ojos se abrían grandes a todo aquello que había allí fuera.

Grandes nubes blancas de algodón que viajaban por aquellas sendas azules y a quienes hablaba en  ese idioma que los más pequeños  hablan  y solo los seres mágicos y unos pocos entienden. En ocasiones el viento se colaba por las rendijas, empujaba  las nubes y movía aquellas grandes cosas  colgadas en las casas de enfrente, haciéndolas bailar.

Ahora el tiempo había pasado muy rápido, después vinieron un triciclo, la bici, el colegio, y mirar desde la calle aquel ventanal donde había sido tan feliz.
La ventana junto a la que  estudiaba era más pequeña, algo más triste desde que ya solo eran dos en la casa: su madre se había ido sin avisar y ya no había vuelta atrás.

Desde entonces no era tan divertido mirar por la ventana si no había alguien   que llamara para que regresara de donde estaba. Después llegó el instituto, las maletas,  otras ventanas entre semana y los semestres de universidad.

Ahora la puerta de aquella casa tan sólo estaba abierta cuando alguien entraba o salía, su padre vivía en las calles y en otros lugares que nunca pisaría.
La puerta del balcón ya nunca se abría y sus visitas eran casi las del médico, todo limpio pero impersonal y ya no tenía el calor del hogar.

Alguna vez intentó mirar por otras ventanas, buscando la magia y llamando a aquellos amigos de la infancia de los primeros años, pero no lograba encontrarlos.

Primer trabajo, amores de juventud, fines de semana en la playa o en alguna ciudad del sur. Susurros después de media botella de champán, suspiros de placer tras un día largo y duro en la jungla que se extendía fuera.

Un piso compartido, sueños de niñez que se cuelan en el descanso diario, decisiones que vencieron el miedo y caen como lluvia después de un año seco.

Llegó el verano, las vacaciones, y aquella ventana que tanto atormentaba sus sueños. Aquellos días de agosto lo reconciliaron con ella. Los cristales se habían roto una noche por una insospechada tormenta.

Su padre compró cristales de colores, y parte de la ventana la convirtieron en una vidriera. Pieza a pieza conversaron y se volvieron a encontrar, hablando hasta de la ausente madre que ignoraban donde habría ido a parar.

Ahora la luz de aquella ventana trasmitía colores, calidez y  las musas regresaron acariciando su cabeza como lo hacían sus amigos cuando era un pequeño infante.

Regresó al hogar, a los planes que una vez escribió y dibujo en una carpeta que lo esperaba en el primer cajón de su escritorio. Los cielos grises sobre su cabeza volvieron fuera. Volvió la magia y alguien le susurró.


Bienvenido… 


Imagenes propias, bajo la misma licencia que el blog.