domingo, 28 de diciembre de 2014

Moros en la costa (I)



Sacó el paquete de tabaco del bolsillo y se dio cuenta que estaba vacío. No le dio tiempo a maldecir, entonces un taxi paró cerca y de el bajaron tres personas.

Reconoció a Jacobo. Con él venían dos mujeres, una más joven que imaginó sería  Estela, y otra de más edad que no alcanzó a reconocer.
Jacobo saludó a Eusebio. No tenía buena cara, hacía frío: Joaquina los arrastró dos calles más allá hacia una tasca que todavía estaba abierta.

Pidió café con gotas para todos mientras se sentaban en una mesa, el zumbido de la televisión llenaba el silencio de aquella noche de invierno.
 Parecían esperar, los tres recién llegados miraban a Tardóniz cuyas ojeras llegaban al suelo, sus movimientos eran rápidos y nerviosos. El no miraba a ninguna parte, sus ojos vagaban por el bar buscando algo, pero sin buscar nada.
Llegaron los cafés, de puchero y bien cargaditos contra el frio que se había quedado esperando fuera.
Las felicitaciones de Pascua y un poco de charla banal parecieron relajar un poco el ambiente.

- Ahora sería un buen momento para que nos contaras el motivo por el cual nos ha sacado de la cama un  26 de diciembre a media noche.


Bebió un sorbo de café antes de hablar y se quemó, habló en voz baja como temiendo que las paredes tuvieran oídos. El bar estaba vacío y solo el camarero hacia guardia.

-Todo empezó antes de navidad mi ex llevaba un par de semanas sin venir a saquearme, cosa que me extrañó mucho. Nos llevamos como el gato y el perro, pero no nos deseamos mal.  Llamó pasada  medianoche al telefonillo y después a la puerta, me pidió que la dejara pasar la noche en casa, le cedi mi dormitorio y me fui a dormir al cuarto de invitados. Cuando me levanté ya se había marchado.
Vino un par de noches más y se marchó antes de que yo me levantara, no le di demasiada importancia, todos pasamos malas rachas y ella no parecía querer contarme nada. La última noche  intenté persuadirla para que me dijera  algo pero solo conseguí que se pusiera nerviosa, por lo que no insistí. He probado a llamarla al fijo, al móvil durante más de una semana y me he pasado un par de veces por su casa, y nadie sabe nada, el correo se acumula en su buzón y por  casa no ha pasado al menos en un par de semanas.

-¿Y no has pensado en ponerte en contacto con la policía? Porque eso es una desaparición en toda regla – le dijo Estela.

-Todavía no os he contado toda la historia,  no me apetece  quedarme en casa, ya han entrado  un par de veces,  buscan algo, que mi ex dejaría en casa pero no sé lo que es.

-Si llamo a la policía tocará  papeleo,  responder a muchas preguntas y el tiempo corre en contra nuestra. Todavía recuerdo el caso de este verano y como lo solucionasteis y pensé que podríais ayudarme.

Miró a cada uno de ellos. Su aspecto era el de un perro apaleado. Se miraron entre los tres y sabiendo cuál era la respuesta, no lo iban a  dejar en la estacada.

Pagaron el café. Mientras caminaban hacia los Jardines del Paraíso, cada cual iba con su monologo interior. Eusebio, algo más aliviado  notaba que se le venían encima las muchas noches sin dormir y toda la tensión. Jacobo  lo miraba disimuladamente  pensando que no era tan mal tipo. Estela, más práctica, miraba a doña Joaquina y medio sonreía sabiendo que la mente de su vecina iba como una locomotora a doscientos kilómetros por hora.
Cosa del todo cierta: cuando llegaron a casa de Tardóniz aquello era un simulacro de la tercera guerra mundial. La luz del contestador parpadeaba, cada cual se sentó donde pudo. Eusebio puso el manos libres:

-Tiene un mensaje nuevo… Mensaje número uno recibido hoy a las cero  horas y treinta  y cuatro minutos…
-Eu, soy yo, estoy bien, por favor no me busques…. te quiero.
Colgó el teléfono, se había quedado en estado de shock mientras Estela y Jacobo buscaban algo que les diera una pista, Doña Joaquina hizo un par de llamadas y la tercera  a su sobrino preferido.

-¿Dónde andas?, durmiendo el mundo se acaba y a ti te pilla roncando a pierna suelta, mañana a las nueve te esperamos en la puerta de los Jardines del Paraíso, que tenemos trabajo.

Fue una noche muy larga, ni la puerta ni los pestillos, ni la compañía  trajeron el descanso deseado.

Imagen propia bajo la misma licencia que el Blog.

Aprovechamos para desearos una feliz Navidad y un prospero 2015 y que los reyes se porten. Nos leemos el año que viene. Un saludo abrazos de colores y besos de Sabores.

Ainhoa y Thorongil. 





Moros en la costa (II)




Cada vez que oía cruzar la avenida a una moto de gran cilindrada o a un coche chuleando le volvían a temblar las manos. Un temblor que seguía por la boca del estómago, le encogía las piernas y le arrugaba las pelotas. Tenía que serenarse. Tenía que hacer algo antes de que le costara un pastizal hacerse un bypass en Miami. O más cerca, que bien jodido estaba. María del Pilar, dijo el cura mil años antes, cuando los casó. Mi casa hecha pedazos pero no desvalijada. Pili, en qué mierda te has metido. Y qué hago yo ahora, María del Pilar, qué hago.

Eusebio Trías apartó los canelones magníficos recién sacados del microondas. Apartó las pastillas para el estrés, todas con receta, y se sirvió un whisky muy largo. Ésta es la cagada, Eusebio. A ver en quien confías.

Le dio por reír mientras marcaba después de rellenarse el vaso sin hielo. Jacobo, su trabajador en negro. El que va de ecológico o como se llame, vive en un piso sin ascensor y siempre mira educadamente con un ‘no te pases’ implícito.

Me va a mandar a la mierda o me va a hacer chantaje, seguía pensando mientras oía el primer tono. Hubo tres. Se comió lo de es medianoche, que lo era. Y salió a escape tras citarse. ¿Con un tío raro? Con la única brizna de esperanza que le quedaba. Y un poco pedo.

Cuando entraron al piso de Tardóniz, Jacobo no necesitó espolear su imaginación. Por allí no había pasado una cuadrilla de limpiacasas. No habían robado tecnología, ni lo fácil. No habían robado, lo habían destripado todo, sofás, colchones, cajones, alacenas, muebles. Buscando. Miró varias veces a Estela. Sobre todo tras escuchar la llamada que Tardóniz tenía en el contestador. Faltan muchas piezas, decían sus ojos color musgo. Cierto. Joaquina procesaba detalles, telefoneó a Rober, y Eusebio Trías, alias Tardóniz, estaba no al borde si no más allá del ataque de nervios. Algo se te ha de ocurrir. Jacobo dijo:

-Como se dice en una novela, ‘Y ahora, a dormir’.
-¿Y si vuelven?
-O nos pagas un hotel razonable a todos o nos quedamos, y a ver si vuelven –pero no pudo evitar casi reírse- Tardóniz.
-¿Cómo?

-Es tu nick: pagas tarde y mal, tardas. Tardóniz. Pero tranquilo, que nos quedamos. Y ahora, a dormir.




Imagen:  Propia,sujeta a la misma licencia que el blog.

domingo, 21 de diciembre de 2014

La casa del miedo.




Sólo uno tenía reloj. Las dos y cuarenta, vamos tarde. Alguna vez aquello fue una alacena, o un armario, o un hueco que rellenar. Se apretujaron dentro, eran cinco.

-Una linterna, una cuerda, cerillas, el mapa y un juramento.
-Un juramento –repitieron-.
-Que se muera quien se chive.
-¿Y que vaya al infierno?

Lo miraron. Todos eran un poco raros, pero Obdulio se llevaba la palma. Había aportado la linterna y las pilas, porque su padre tenía una ferretería y era incapaz de sospechar que si algo faltaba el ratero era su único hijo.

-Conque se muera ya vale.
-¿Y si nos pillan?
-Si nadie se chiva no nos pillarán.
-¿Y si es verdad y está el fantasma del que se colgó, y el de la loca?

Otra vez miraron a Obdulio. Afortunadamente, a los críos se les llamaba por el  apellido: Castejón era mucho más respetable.

-Los fantasmas no pueden tocarte –dijo Castillo, Juan por nombre, un chaval que despuntaba en matemática- Y si eso vas rezando un avemaría, por lo que pueda pasar.

La hazaña era mover un solo barrote de una enorme puerta enrejada que daba acceso bajando, siempre bajando, a un sótano. Un enorme sótano de internado. Se susurraba que fue refugio durante la guerra, que había en él mil baúles y cosas dignas de ver, ocultas. Que un tal Paco se había ahorcado y aún colgaba la soga, y que una mujer sin nombre se volvió loca, y luego (no en el sótano) comió matarratas y se suicidó, todavía rondaba por aquellos laberintos con una teta fuera, buscando a un hijo perdido al que amamantar. Había tragaluces, con barrotes, cada tramo. Eso decían los mayores, los que ya pintaban bigotillo de sexto de Bachillerato o de PREU. Joder, qué guión. La compañía que acababa de sacar de su sitio el barrote eran conjurados de Acceso (hoy se llamaría cuarto grado de Primaria, diez años, creo). Obdulio Castejón era reflexivo.

-¿Y por qué nunca han vuelto, los mayores? ¿Porque se cagaron de miedo?
-Porque se les pasó el tiempo –Guille, el callado, acabó de sacar con Frías el maldito barrote suelto- Ya no caben por aquí.

Nadie se chivó, cumplieron el juramento. Y encontraron muchas cosas viejas e interesantes. Vieron también la soga que pendía de un gancho, y que hasta se balanceaba porque estaba situada en un cruce de pasillos con cuatro tragaluces. A la mujer sin nombre no la vieron. Pérez juró que olía fatal en una sala, lo juró por Dios, que es cosa seria. Hasta que pateando un poco dieron con el brocal de un pozo cegado, Pérez tuvo razón y el terror se vistió de ciencia. Iban controlando, más o menos. Cada vez eran más escasos los tragaluces y el tiempo que les quedaba.

Entonces sucedió. Obdulio Castejón no era un ratero profesional: había cogido pilas ya a medio usar por no abrir una caja, y había olvidado traer repuestos. Estaba en una bifurcación, podían verlo. Se apagó la linterna y empezó a gritar. A gritar de veras, con gritos fuera de cualquier control.

Salieron, volvieron a colocar el barrote iniciador y estaban en los bancos de su clase a la hora en punto. Tocaba literatura. Castejón tenía un aspecto tan descompuesto que hasta el maestro se dio cuenta. Guille se ofreció a acompañarlo al servicio. Castejón era entonces bajito, un poco pasado de peso, como una manzana rubía y redondita de mejillas rojas, ojos claros y piel de mármol.


No había visto fantasmas, el rubio Castejón. O sí. Tras ponerle una mano en la frente y la otra en la tripa para que echara hasta el agua del bautismo, le quedaba por vomitar. Exigió juramento, de los de te mueres y te vas al infierno. Vale. Y contó que en las fiestas de su pueblo se envalentonó porque su padre le llamaba enfaldado y miedica, a la Casa del Terror. Entrar solo, a pie. Tragó con los sustos, casi ya lo tenía chupado para salir hecho un bravo. Pero un enmascarado, parte del espectáculo, tuvo otra idea. Y el redondito, rubio, ojos azules y bucles de Castejón tuvo otra experiencia. Una que nunca había contado. Luego dicen que los muertos dan miedo.




Imagen: Wikipedia Commons.

domingo, 7 de diciembre de 2014

Posadas de la cuerda y otras enseñanzas.








Desde hoteles con uniformes y pedigrí hasta dormir en la puerta de la iglesia de Villasirga (con un nido de lechuzas por techo y, siendo verano, crías lechucinas cagándote toda la noche) hay un buen muestrario. O eso podría parecer. Claro que cada uno lo ve a su manera, y yo prefiero siempre estar atento  a lo que une, no a lo que separa.


Desde el más loco campamento hasta esos hoteles en los que casi te llaman de usía pasando por la enorme banda intermedia, olvidamos lo esencial. Todos nos fascinan, de todos recordamos una anécdota, acaban siendo batallitas que contar, formando parte de los cuentos que narran nuestra vida. Y, más tarde, comprendemos por qué son fascinantes. Los hoteles, los hostales, los albergues, las posadas y hasta las puertas de las iglesias nos susurran. Todos. Por igual. Son especiales porque pasamos por ellos como se pasa por la vida. Ligeros de equipaje, pagando un precio, disfrutando de lo fugaz, malo o bueno, sabiendo que mañana nos habremos ido y serán tan sólo un recuerdo.

No importa que hayamos pagado o que sea un albergue gratis, o gratis total la piedra helada de la puerta de una iglesia. Siempre fue mágico, a la manera de cada cual.


La casilla diecinueve del juego de la Oca, la Posada en la que se pierden dos turnos por estar ocioso. Puede. O, con más misericordia, porque no es lección que se trague tan fácilmente. La posada es un espejo de la vida. Y no sólo los vampiros huyen de ellos.








Imagen: acampada en Cornatel (León). Fuente Wikipedia Commons.