lunes, 19 de enero de 2015

Moros en la costa ( III)





A las nueve Joaquina ya esperaba a su sobrino en la puerta del edificio. Le resumió la historia por lo bajini mientras iban a comprar churros, a la vuelta le dio media docena al Rober y le recordó que tuviera los ojos abiertos, las orejas bien limpias y la boca cerradita.

Subió hasta el piso y llamó a la puerta. Justa le abrió y le tendió los churros, desayunaron y Joaquina alentó a Jacobo y a Estela para que se llevaran a Tardóniz a dar una vuelta y de paso preguntaran por Pilar en los lugares que frecuentaba. Mientras, ella se ofreció a ayudar a la asistenta a limpiar la casa.
En media hora estaban las dos solas y pudieron hablar a sus anchas, dejaron la casa limpia en un plis y para entonces ya se habían intercambiado un par de recetas, dos trucos para las manchas de grasa y habían cortado un par de mangas y puesto verde a medio bloque.

Justa había estado en casa de los padres de Pilar desde que ella era  muy pequeña y ahora que le faltaban un par de años para retirarse limpiaba la casa de su niña y la de Eusebio por tenerlo controlado y para él era un favor que Doña Justa le hacía, por los años que había estado con ellos mientras estuvieron casados.
Pasaron por la casa de Pilar y allí Joaquina de primera mano pudo hacerse una idea de cómo era la desaparecida a grandes rasgos.

 Jacobo y Estela subieron  en el coche con Tardóniz y fueron hacia las afueras, en el camino no paraba de hablar  de su historia.

Se habían conocido en la universidad, ella fue la primera  de su familia en asistir a una pública, los dos estudiaron bellas artes y cuando acabaron se marcharon a viajar por la ruta 66 y  durante un par de años vagaron  por todo el mundo, fue su aventura y lo que los unió.

A la vuelta decidieron irse a vivir juntos. El padre de Tardóniz tenía una empresa de artes gráficas y allí comenzaron a trabajar ambos, ella de relaciones públicas y marketing que se dice ahora. El empezó desde abajo.
 
Los padres de Pilar habían hecho lo imposible para que no estuvieran juntos, le prometieron una galería propia, un montón de promesas que ella no necesitaba. Habían amenazado a Tardóniz con boicotear la empresa de su padre. Todo fue inútil, por lo menos durante muchos años.

Aparcaron y bajaron del coche, estaban en un pueblo pequeño, caminaron hacia una casa de piedra de dos alturas, sobria, en cuya entrada había un cartel: Namaste, galería de arte y lugar de encuentro alternativo.

Tardóniz abrió la puerta, y entraron en un patio pequeño, por su diseño parecía un Jardín Zen, el agua era un murmullo y la poca gente que había caminaba en soledad y en silencio.
Eusebio esperó hasta que un hombre vestido con ropas blancas se acercó, hablaron en voz baja, poco después se volvió y pidió a la pareja que los siguiera.

Subieron las escaleras hasta llegar al segundo piso, el lugar era diáfano, caminó hacia el fondo y entró en un espacio que estaba separado por un biombo de bambú.

Regresó con una agenda y volvieron al coche, durante toda la mañana visitaron un par de galerías, dos centros de terapias alternativas, y una larga lista de sitios que a Tardóniz parecían no gustarle demasiado.

Lo que pudieron sacar en claro es que Pilar tenía además de su negocio un nuevo trabajo, se citaron con Eva, su socia, por si podía decirles algo más.

Eva les corroboró que Pilar hacia un par de meses que había comenzado a  trabajar para un particular como relaciones publicas y anfitriona de fiestas. La lástima es que no sabía el nombre de la galería ni donde estaba, posiblemente quien le había ofrecido el trabajo tenía que ser alguno de los clientes de su negocio.

Se despidieron hasta la hora de la cena. Tardóniz tenía que pasar por la empresa, y Jacobo y Estela fueron en busca de Doña Joaquina.

Entraron al portal y olía a plato de cuchara, cuando llamaron a la puerta, se dieron cuenta que el olor salía de la casa de su vecina, El Rober estaba haciendo de cocinillas
.
Cambiaron impresiones y Joaquina les contó lo que le había dicho doña Justa y qué había visto en  casa de Pilar. En conjunto Pilar y Tardóniz tenían ascuas todavía donde hubo fuego y Pilar cansada de intentar llamar la atención de su ex posiblemente había iniciado otros caminos tanto en el terreno personal como laboral. Algo había salido mal y ahora estaba en algún lugar retenida o estaba escondida escapando de alguien.

Los siguientes días fueron días de trabajo. Jacobo y Tardóniz investigaron en el registro mercantil y en prensa e internet algo que pudiera servirles de punto de partida.
Estela y Joaquina además de aprovechar los placeres de Namaste junto a Eva buscaron entre los clientes quien podría ser quien la contrató.

De vuelta a  casa  Tardóniz miro el buzón. Solo había una carta sin remite, la abrió y sacó una pequeña tarjeta que le era familiar. Por detrás, nada.

Se quedó mirando la tarjeta, y sin perder tiempo subió a su casa como alma que lleva el diablo y se puso a buscar entre sus papeles del trabajo.

Llamó a la empresa y estuvo hablando durante un rato, Jacobo se sentó y esperó.

Ya tenían hilo de dónde tirar, esa tarjeta había salido de su imprenta, se la había encargado una amistad de Pilar que pidió un descuento por ser amigo de la casa.
Tenían un nombre y una cuenta de un banco andorrano, se sentaron y se tomaron una cerveza, Jacobo se estaba viendo la película, todavía no llegaban enteros al año que venía.

Llegaron Estela y Joaquina con el mismo nombre, a Eva no se lo había contado, pero a Justa si y en su agenda habían encontrado la misma tarjeta y fechas de trabajo y citas con su jefe muy a menudo.

Joaquina se fue para casa y Estela y Jacobo se quedaron con Tardóniz.

    -¿Hay algún sitio donde lo pasarais bien, vuestro lugar donde escaparos? – le pregunto Estela.

    - Sí, hay un pequeño hostal al que solíamos ir, perdido de la mano de dios, ahora creo que es una casa rural….

    - Puede que esté allí… es una posibilidad.

Llamaron a Joaquina,  pasaron por casa, y emprendieron camino hacia la aventura. Joaquina llamó a su sobrino avisándole de a dónde se dirigían.

La casa estaba a oscuras y cerrada, Tardóniz no les dio tiempo a reaccionar: llamó a la puerta y salió un maromo spray en mano dejando en el suelo al pobre desgraciado.
Jacobo embistió mientras Estela fue hacia la chimenea y Joaquina se había hecho con el spray, el atacante gritaba que le habían roto el puño.

Joaquina lo amenazó con el spray, pidiéndole el paradero de Pilar, mientras éste se quejaba de que lo habían atacado en plena noche.

Todos le tenían ganas, al final Jacobo se acercó y lo zarandeó hasta que Rober entró con dos colegas y se llevaron al menda.

Pilar estaba encerrada en el piso superior, en una de las habitaciones, cuando abrieron la puerta estuvo a punto de dejarle el otro ojo morado a Tardoniz, se había escondido detrás  con una pala de horno que estaba en la pared como decoración.

Manolo el dueño de la casa rural, salió bailando el Ave María de Bisbal, cuando lo sacaron de la bodega, por lo menos alguien cantaba….

Estela se llevó a Jacobo y a Tardóniz a urgencias. Después de las visitas al cuartel y demás menesteres, se relajaron en la casa rural.

Pilar todavía un poco abochornada les contó lo que había ocurrido que era más o menos lo que ellos se habían imaginado.

El caballero en cuestión se había hecho ver varias veces en el Namaste, se había interesado en los cursos que impartían, había entablado amistad con ella, muy discretamente y de manera inteligente.

Como un dulce no amarga a nadie, Pilar disfrutó con la amistad y con sus atenciones, y poco a poco él le fue hablando de sus negocios,  de sus fiestas y recepciones.

Necesitaba a alguien de su cultura, de su conocimiento,  artista como ella para que fuera relaciones públicas y anfitriona de varias fiestas que pensaba dar.

Le dio tres semanas para que se lo pensara, el salía del país por asuntos de negocios y esperaba su respuesta a su vuelta.

Le dio el sí, y se divirtió en aquellas fiestas clandestinas, se hacían un par de ellas al mes, en lugares de lo más dispares y remotos.

Recibía las instrucciones dos  días antes, visitaba el lugar con tiempo y se familiarizaba con él, y con todo lo que tuviera que ver con  la organización. Siempre encontraba su indumentaria,  un ramo de rosas y todo lo necesario  para su papel de anfitriona. Desde el comienzo Ángela había sido su asistente y nada se escapaba a su control.

Los invitados traían la famosa tarjeta que habían creado en la empresa de Tardóniz, solían ser parejas la mayoría y en minoría hombres y mujeres en solitario.

Ella los recibía y mostraba la colección que adornaba la recepción, daba conversación y ocupaba de que no faltara nada en ningún momento.

Había camareros que distribuían bebidas y comida y auxiliares de sala  que amenizaban las conversaciones impidiendo que la fiesta decayera.

Hacia la media noche la velada  se daba por terminada, y los invitados abandonaban el lugar.

Ángela la despedía y se ocupaba de todo lo demás. Solía retirarse satisfecha del trabajo hecho y de camino a casa, Carlos la llamaba y le preguntaba por cómo había ido la reunión .

Hacia la tercera fiesta, ya más tranquila, comenzó a ver cosas que hasta entonces no había percibido. Había conseguido que Carlos expusiera alguno de sus cuadros y estaba entusiasmada.

En su charla intento conocer a la gente por si surgía alguna oportunidad. Pero se fue dando cuenta del trasiego de alguna de las personas hacia el baño, más de lo normal, y las conversaciones que en principio eran superficiales se volvían demasiado erráticas y extrañas.

Ángela la llamaba pidiendo su presencia en conversaciones y grupos diferentes por lo que no le daba tiempo a ver nada más.

Hasta que una de las noches una de las parejas que parecían estar fuera de lugar ya cuando la fiesta tocaba a su fin le preguntaron si ella no los acompañaría a la siguiente velada.

Una de las auxiliares los entretuvo y ella miró a Ángela que se acercó, quitó hierro al asunto, siempre hay alguien del vulgo que no sabe de qué habla.

Desde entonces comenzó a no sentirse demasiado a gusto, a ver más cosas que no le gustaron. Dinero de mano en mano, mucho flirteo y confianza entre gente que aparentemente no se conocía.

En la cuarta reunión una pareja mostro interés por uno de sus cuadros, algo que  le lleno de satisfacción, hasta pensaban hacerle un encargo más personal. Un retrato más naturista de ambos dos como sus madres los trajeron al mundo y si ella quería unirse, sería bienvenida, había sitio para todos.

Bromeó diciendo que ella solo podía estar en un sitio en cada ocasión, y prefería pintar. Por primera vez se ausentó y  encendió un cigarro, había dejado de fumar cuando lo dejó con Tardóniz, pero pensó que nunca era tarde para volver.

Cuando acabó la fiesta no sentía curiosidad por la velada posterior, solo quería llegar a casa y olvidarse de todo aquello. Carlos la llamo pero habló muy poco con él.

Los días siguientes lo evitó todo lo que le fue posible, hasta que coincidieron en un restaurante y no pudo negarse a comer con él.  Debió enterarse de lo ocurrido, ya que durante toda la comida no hizo más que disculparse.

     -No voy a seguir siendo tu anfitriona,  deberías buscarte otra persona, Ángela seguro que sería la idónea para el trabajo – le espetó.
      -No puedes dejarme en la estacada, el puente de la constitución y nochevieja… además Ángela no te llega a la suela de zapato….

 Abandonó el restaurante y ya estaba pensando en cómo desaparecer por una temporada. Carlos podía ser muy persuasivo y no  aceptaría un no por respuesta





 Fuente de la imagen Propia, bajo la misma licencia que el Blog. 


































Moros en la costa (IV)



Quien da primero da dos veces, dicen.  Aun así, observaba mientras Estela conducía segura y sin prisas, atenta tan sólo a las indicaciones de desvío como si nada más existiera en el mundo. Joaquina mirando sin mirar el paisaje de cerros grises, árboles desnudos y lejanas colinas con brillos de hielo. Pensativa, supuso. Tranquila. Eusebio Trías llevaba el ceño fruncido, respiraba deprisa y parecía a la vez furioso y amedrentado. Como para no estarlo: cuatro paisanos  yendo al rescate sin saber tan siquiera si se trataba de un secuestro, si el lugar estaba marcado en rojo con una gran X en un mapa inexistente, o si acabarían detenidos por montar una película loca y espantar a la clientela. Genial. Eso sin ser gafe. Igual en el albergue de nombre bucólico había una banda de matones del este con AK-17. Vale, Jacobo. De chaval viste las de Rambo.

 Cuando aparcaron relativamente cerca de la casa rural algo no iba bien. Un negocio de ese tipo no cierra por vacaciones. Y si lo hace deja un gran cartel pidiendo disculpas: cerrado por defunción, perdonen las molestias.

El timbre sonaba. Tardóniz se colocó ante el ojo de la mirilla, poniéndose bien el abrigo y atusando la corbata. Murmuró entre dientes.
-Es capaz de haberle alquilado la casa entera. Porque no veo a Pili liada con Manolo, muy ecológico y muy progre el tío, pero simplón para ella.

A Jacobo no le dio tiempo a suspirar. La puerta se abrió de golpe y Eusebio Trías se desplomó gritando. Un spray, claro. Si no sabes qué hacer, embiste. Cargó y estuvo dentro en un segundo con la cabeza gacha, hasta que se llevó por delante a quien fuera. Quien fuera había perdido el spray con el topetazo, pero tenía un buen puño. Si no sabes qué hacer y has embestido, hazte el derrotado, pensó sin creer que tanta sangre pudiera salir de su nariz. Se dejó caer al suelo. Así ganaba unos momentos. Un hombre en forma, de la quinta de Tardóniz: muy nervioso, tremendas ojeras, sin afeitar y con mil euros en ropa sport encima incluyendo unas botazas de trekking que podían hacer daño. Vio entrar a Estela, recta hacia la chimenea apagada, y a Joaquina que se plantó delante del figurín y lo señaló con el dedo.

-Déjate de tonterías. ¿Dónde está Pilar?
El hombre parpadeó, asombrado, con el gesto perdido de quien no cree que ciertas cosas absurdas le estén pasando a él.

-Me habéis atacado –dijo-
-Tu puta madre -Tardóniz, mirando con un solo ojo enrojecido se le acercaba, ahora mucho más furioso que cobarde-

La respetable vieja  le estaba apuntando con su propio spray. El hombre bien vestido, el de los ojos rojos, parecía dispuesto a sacarle los suyos. La chica joven asía un atizador sosteniéndolo igual que un bate de beísbol. Y el de la nariz rota se había levantado, acababa de cogerlo por el cuello de la cazadora y lo estaba sacudiendo, además de salpicarlo de sangre.

-Soy un tío tranquilo –le dijo- Pero te muelo ahora mismo si no nos dices dónde está Pilar. Y ésta por la nariz, cabrón.

Le retorció el brazo a la espalda, tal vez algo de más, con muchas ganas. Y se acabó la fiesta. Rober y dos colegas se hicieron cargo. Justo cuando empezaban a creérselo.

Pilar estaba encerrada en la mejor habitación y el desdichado Manolo en la bodega, paliando un frío de cuchillos a base de botellas propias al mejor estilo de Athos en Los tres mosqueteros. Hasta había cantado el repertorio completo de Bisbal. Los muros eran demasiado gruesos.

El que le colocó en su sitio el tabique nasal sabía del oficio: un solo crujido, tan rápido como para no dar tiempo a quejarse. Un lavado, y la férula que te hace parecer un poco el Hombre de Hojalata. Luego lo tedioso: declaraciones, fotografías –ninguna de perfil, faltaría más- Rober sacando pecho sin que ni le hubieran rozado la cara, una ducha, meter la ropa en agua con hielo y empezar a reírse junto con Estela, acurrucados en el sofá. Invitados para Fin de Año en la casa rural El Bosque Animado. Animadísimo.

-A ver si los Magos de Oriente me traen gomina. Para ni despeinarme cuando me zurren, como en las películas.
-Estás muy loco, Jacobo.
-Qué va. Si estuviera loco hubiera cogido aquel espadón que estaba de decorado en el muro.
-¿Y? –ella se reía-
-Improvisar: A mí los mosqueteros, muere villano, Elendil, larga o hago contigo un pincho moruno…
-Le dislocaste el hombro.
-Me ha roto la nariz. Y no cogí la espada.


Manolo, el propietario, llamó discretamente a la puerta antes de abrirla y sonreírles.
-Tiene que haber sido de traca toda esta movida, pareja. Eusebio ha enviado una furgoneta con tal mariscada que ni en Galicia, ribeiro, champán francés y mil pijadas. Eso sí, mi cordero a la leña y mi vino no se van a arrugar. Ha pagado la casa para el fin de semana, los desperfectos, la leña. Menudo cheque con fondos le he colocado a Juanillo el de la Caja, que suele llamarme de mote ‘El tieso’. La mesa estará a las nueve y media, por si os apetece daros un baño y poneros guapos –miró a Jacobo- no es coña, tío, siento que estés jodido.
-Déjalo. Podía haber sido peor.

Rober se había encorbatado de más y sin duda Eusebio Trías nació ya con corbata, pero el resto parecía bastante informal dentro de lo festivo. En pie cerca de la gran chimenea, con una copa de blanco en la mano y haciendo los honores a lo que Manolo llamara mil pijadas de aperitivo escucharon parte de la historia que Pilar contaba como quien tiene necesidad de contar algo antes de relegarlo al olvido. Eusebio la miraba con sus ojos aún enrojecidos por el maldito spray, y ella se apoyaba en él alguna vez, como al descuido, y se sentó a su lado en la mesa. Una mariscada da para mucho rato, en especial si las piezas no están contadas. Joaquina diseccionó un bogavante de ración y sonrió con la comprensiva atención de una tía afectuosa.

-¿Por qué empezaste a huir de un sitio a otro, Pili?
-Cuanto más lo pensaba más entendía que me había utilizado. Primero me enfadé, después empecé a preocuparme, y acabé muy asustada. Nunca aceptaría mi negativa, me llamaba de continuo aunque no respondía, iba a tratar de localizarme. Tuve miedo. Estuve en casa de mis padres, que pasan el invierno en la playa. Sola, una casa céntrica, conocida…luego un par de noches en casa de Eusebio –lo miró- que me hacía preguntas; me sentía como una tonta, no quería meterlo en líos. Elegí un buen hotel en otra ciudad, lleno de gente. Entonces estuve segura de que me seguían, llamé a Justa y supe que habían entrado en casa y la habían destripado.

-A conciencia –aseguró Rober- Profesionales.
-Calla y come, Poirot –Joaquina fulminó a su sobrino con la mirada-

-Mi miedo se volvió pánico. Entonces recordé a Manolo, y creí que si me alejaba de las ciudades dejaría atrás algo tan sofisticado, tan irreal, tan de cine. Metí en un sobre una de las tarjetas de pase que se usaban en las fiestas, la dejé en recepción para que saliera por la mañana, llamé a Eusebio dejándole un mensaje, pagué la cuenta y conduje por carreteras secundarias dando mil vueltas.

-Llegaste muy temprano por la mañana –recordó Manolo-
-¿Cómo te localizó Carlos? –Estela ladeó la cabeza- No parece muy fácil.
-No lo sé.

-Rastreándole el  móvil –aseguró Rober- Tiene muy buenos contactos con profesionales, ya lo dije antes. Claro que eso lo ha dicho él en comisaría, y yo no tendría que haberlo…
-Repetido, Roberto –Joaquina sólo llamaba Roberto a su sobrino cuando de veras estaba enfadada- Come erizos de mar, que están muy ricos.

-Luego le oí gritando abajo, y a Manolo gritar también. Me encerré en la habitación, no había cobertura.
-Suele pasar –suspiró Manolo- A mí me amenazó de muerte, me dijo que tenía fuera dos hombres dispuestos a entrar y me encerró en la bodega. Malditos muros de metro, nadie te oiría aunque te desgañitaras. Hacía un frío para tiritar, de modo que me animé con mi mejor vino y hasta canté para entrar en calor. Muy rezador no soy.
-Y entonces llegasteis –Pilar sonrió a cada uno, con sincera gratitud.
-Y ahora traigo mi asado –Manolo se puso en pie- Bien está lo que bien acaba.





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