viernes, 27 de marzo de 2015

Sopa de piedra.







Eran compañeros de camino, a veces se perdían de vista durante algunas jornadas pero sus pasos volvían a encontrarse siempre. Alguna visita o un negocio en algún pueblo o granja era el pan de cada día.

Él contaba que había nacido entre las dos orillas de un rio y que al igual que el agua, él caminaba por los caminos sin detenerse y  como las cabras desde muy pequeño tiraba para el monte. Riachuelo le llamaba su abuela cariñosamente y desde entonces ese era su nombre.

Ella había nacido a la sombra de un carromato en el recodo del camino, siempre encaramada algún lugar: su padre la llamaba su pequeño monito, era pequeña,  escurridiza y rápida algunos de sus amigos la llamaban la anguila.
Se conocieron años atrás, se habían visto en mercados, en pueblos, en fuentes, en recodos. De lejos siempre midiéndose y reconociéndose. El camino era de todos pero cuidado con hacerse  con lo que no es de uno.

Paso la época de las vacas gordas y llego la de las vacas flacas, no era fácil hacerse con el sustento y algunos caminantes se tornaron en vagabundos y otros en ladrones.

Las posadas y ventas cerraban sus puertas a cal y canto y no  las abrían  hasta que llegaba el alba, los campamentos al aire libre se convirtieron en pequeños bastiones donde el metal relucía a la luz de la luna.

Los caminantes ya no se llamaban hermanos o amigos entre sí, los recelos y la desconfianza se escondían en las bolsas y entre los pliegues de las capas.
La jornada llegaba a su fin, los pies  pedían descanso y el ocaso invitaba al reposo y a la búsqueda de un lugar para dormir.

Una pequeña cabaña techada no hacía mucho tiempo, llamaba a aquellos que buscaban cobijo  y amparo. Hasta media docena de personas se habían concentrado a la puerta de la casa.

Tres más llegaron y se dispusieron en grupos de tres, nadie parecía fiarse de nadie. Nuestros dos protagonistas llegaron por separado observando la estampa.

Riachuelo hizo un fuego y puso su caldero pensando que quizá así la gente se animaría y entre todos podría hacer un guiso que llenara los estómagos y apaciguase los miedos.

Anguila busco en su bolsa y se acercó a él:
-         ¿Podrías prestarme tu caldero y el fuego? Tengo agua e ingredientes pero no donde cocinarlos. Prepararé una rica sopa de piedra que te vas a chupar los dedos.

Se apartó y dejó que ella pusiera agua en  el caldero y mientras removía saco una piedra y la puso dentro. Él le ofreció algo que sacaba de su bolsa.

-         Tengo un par de patatas, seguro que le darán buen sabor.

Ella asintió y dejo que el añadiera las patatas, mientras la gente de alrededor miraba curiosa y murmuraba en voz baja.

Riachuelo probo del guiso y se relamió mientras seguía conversando con ella sobre la opípara cena que se iban a dar.

Se sentaron cerca del fuego y conversaron, poco tiempo después se acercó una niña pequeña con algo en su mandil, había recogido hierbas de la orilla del camino se las traía para enriquecer su guiso.

Ellos la invitaron a que las pusiera y a que lo probara, se marchó y al poco tiempo regreso con su padre, traía nabos silvestres y le invitaron a que los pusiera en el guiso y se sentara con ellos.

La curiosidad había podido con el hombre y después de haber mandado a la pequeña y cerciorarse de que recibía una buena acogida llamó a su mujer que se unió a la reunión.

Unas zanahorias, un poco de carne, sal, unas setas, se fueron añadiendo a la sopa, ante la curiosidad del cada vez más nutrido grupo.

El vino y la cerveza fueron circulando entre los que esperaban  aquella milagrosa sopa, algunos cantaban, otros reían y el miedo dio paso a la confianza y el relajo. Los niños corrían y a ratos se acercaban al mágico caldero y su especial contenido.

Llegado el momento riachuelo y anguila hicieron los honores y repartieron la sopa entre todos, tiempo después cada cual recordaba la historia de diferente manera. Añadiendo unos toques u otros.
Nadie recordaba haber probado una sopa  tan buena, después   una larga sobremesa endulzó el cansancio de los caminantes y casi sin darse cuenta todos fueron buscando un lugar para dormir.

Por la mañana  cada cual se dispuso a seguir su camino con el buen recuerdo de una noche mágica en la que todos habían dejado a un lado los recelos y el miedo y había compartido una sopa celestial con amigos.
Desde entonces Anguila y Riachuelo se hicieron compañeros de camino, y en ocasiones volvían a preparar la famosa sopa de piedra.  Nunca sabía igual y  siempre sacaba lo mejor de las personas.

Mi historia se basa en una leyenda  oral. Me he permitido darle mi propio toque a esta famosa sopa esperando que la disfrutéis tanto como yo lo he hecho al hacerla.
Buen provecho.


Imagen propia, bajo la misma licencia que el Blog. 









jueves, 26 de marzo de 2015

Lupercales.




Cerca de Roma, junio del año 53 EC.


Las órdenes no se discuten. Le había dado tiempo a lavarse en el pozo del huerto, con un cubo, bajo la mirada desaprobadora de su jardinero. A ponerse el uniforme y atarse las cáligas mientras respondía a las preguntas de su hija mayor sobre el correo a caballo, que había llegado a la villa como si hubiera venido desde Germania, teatralizando su cansancio para obtener vino, comida y buena propina.

El hombre tranquilo había alborotado la casa hasta hacer ladrar a los perros. Su suegra, la noble Turan, lo  miró de arriba abajo antes de reprocharle, escandalizada:
-¿Piensas que mi hija va a ir a palacio a caballo, como si estuviéramos en un campamento en mitad de la guerra?

El jardinero seguía dedicado a las parras, sereno igual que si tuviera por delante la eternidad de los dioses, pero le oyeron rezongar bajo su sombrero de paja.
-Déjalo, señora. Es terco como una mula. Pero el ama joven se divierte con sus locuras.

Tomaron la antigua vía Apia hacia el noroeste. A caballo. La tarde de junio era aún calurosa mientras se alargaban las sombras. A lo lejos se segaba heno y alfalfa. Las moscas perezosas zumbaban sin llegar a ser insufribles, perseguidas por gorriones hambrientos. A Egeria no le importaba. Había elegido ropas adecuadas para la ocasión, con el corte esperado en una noble matrona. Los colores ya eran otra cosa. Para ser sincero, pensó, se divertían juntos. Incluyendo a su suegra, que interpretaba un papel en el que no creía con virtuosismo teatral.

-¿A qué se debe que  el Augusto me invite a mí a cenar? - preguntó ella- Lo consideran un poco excéntrico, pero a sus años no se me había ocurrido que fuera tan… ¿Juvenil, travieso, moderno? ¿Republicano?

-Ahora puede hacer lo que le de la gana, Egeria. Ha esperado cincuenta años para eso. Y no te ha invitado, te has invitado tú misma. Le hablé de tu interés por el origen de las Lupercales y por lo que privadamente habías averiguado sobre el tema. Quedó impresionado.
-Dicen que es un historiador muy bueno, mejor que muchos, más fiable. Imagino que también ha tenido tiempo. ¿Hay algo que deba saber antes de ser presentada?

-No le gusta que le hagan esperar. Es razonable, en su caso. A veces hace preguntas como un pedagogo, para asegurarse de que no habla con ignorantes. Preguntas difíciles. Pero no por maldad. Los necios le aburren, y ha de ver muchos cada día.

-Creo que me voy a divertir.
-Estoy seguro.

La biblioteca privada de Claudio incluía un despacho y una sala adjunta abierta al jardín. Egeria notó que se había limpiado a toda prisa y a fondo. La pintura de los muros era correcta y aún olía reciente, ocre sobrio,  lo primero que se tiene a mano en un almacén doméstico. Se estaba fresco, las lámparas antiguas derramaban una luz cálida que invitaba a la conversación. Decidió que le gustaba. No era una mujer exigente. No con los muebles. Respondió a las cortesías educadas que siempre acompañan cualquier presentación captando un brillo curioso en los ojos de Claudio, un destello rápido.

-¿Por qué me llamas Augusto y no César, señora? Por supuesto, ambos tratamientos son adecuados.
-Porque me han dicho que eres un historiador puntilloso. Augusto no se refiere a ninguna magistratura ni cargo de los muchos que ostentas. Es el título religioso antiguo del hombre que representa para el pueblo el papel benévolo de Júpiter. Significa ‘Santo’, porque era como se llamaba al superior de un Colegio de Sacerdotes.
Claudio alzó las dos cejas, sinceramente encantado.

-Tribuno, no me habías dicho que tu mujer es tan sabia como noble y hermosa.
-Hubiera parecido que exageraba, Augusto.

-Va a ser una cena memorable. Reclinaos, poneos cómodos. Y decidme qué os gusta y qué no. Sin formalidades. Cuéntame qué has averiguado sobre las Lupercales, señora.
-Parece ser que la historia empezó aquí, en una de las muchas cuevas antiguas bajo tu palacio,  Augusto. Pero soy yo quien tiene preguntas que hacerte, si no te aburro antes.

No se aburrieron. Ya había pasado la media noche y comenzaba la tercera vigilia cuando el mismo Augusto los acompañó a las puertas e insistió en que seis jinetes de escolta fueran con ellos, por decoro hacia la noble dama.  En la hora fría que precede al alba llegaron a la villa. El tribuno Lars, o Lario como lo llamaban en latín, dio hospedaje a los jinetes. Un baño, desayuno, charla, y una bolsa privada por las molestias. Cuando ya la primera luz rosada subía tras las colinas entró en casa, y vio la sonrisa de su suegra.

-Que el día te traiga alegría y prosperidad, Lars.
-Y a ti, señora.
-No era tan fácil. Siempre supe que mi hija te amaba, pero no sabía si eras un poco listo, algo listo, o muy listo.
-Mejor no me digas cómo de listo soy. Y, te lo ruego, encárgate hoy de las órdenes de la finca. Claudio permite beber vino muy aguado a sus invitados, pero tengo la cabeza llena de religión. Eso no se agua.
-¿Sabes que va a reponer en sus cargos a los aurúspices etruscos?
-No. Y saberlo justo ahora no me ayudará mucho.
-Claro. Descansa. Y luego...
-Suegra- bromeó, señalándola con el índice-
-No he dicho nada.
-Nos veremos cuando baje el sol. Y hablaremos.

Lars no durmió mucho. Tampoco comió. Tomó un largo baño, flotando en una frescura tibia. Recordaba  Britania, donde había conocido, tratado y hecho amistad con Claudio. Britania le había gustado. Una isla brumosa, lejos, muy lejos. Roma era el mundo. Y ellos, su noble esposa y él mismo, pertenecían a los bordes del mundo. Al pasado que ya se había desvanecido. Salió del baño vestido con una túnica vulgar, mirando el gran huerto. El jardinero volvía de su faena, quitándose el velo de apicultor. Respondió a su saludo. No se detuvo. Siguió dando vuelta a la finca, atento pero sin detenerse. Iba a tener que responder preguntas en la cena familiar. Ante su noble suegra, su erudita esposa y su hija mayor, que ya apuntaba sobradas las dotes de ambas. ¿Para que un informe sobre el pasado fuera engrosar la biblioteca religiosa de Claudio?

Más tarde el sol envejeció. Las sombras se alargaron. El azul implacable fue virando a rojo dorado, y los pájaros ahítos buscaron las copas de los árboles. Volvían los mulos cargados de alfalfa y heno, llenando el aire quieto con el olor verdoso de lo recién segado. Desde el alto del molino Lars vio levantarse la luna llena en el este en el mismo momento en el que un sol enorme, cansado y rojo sangre se acostaba a poniente.

-La balanza –el jardinero volvió a saludarlo- Así lo llamaba la gente antigua, y se tenían por bienaventurados viéndolo.
-¿Somos bienaventurados, entonces?
-Yo sí. Tú tienes que ganártelo, tribuno. Y no es por incomodarte, pero la noble Turan me ha pedido que te recuerde que cenas con tu familia esta noche. Si puede ser, vestido decorosamente.
-Nunca hagas enfadar a tu jardinero. Gracias, Tennes.
-Para servirte. Pero no acabo de entender la antigua frase que acabas de decirme.
-Tu jardinero puede hacerte la vida agradable si lo tratas bien –le sonrió- y si no discutes su sabiduría. Si no lo respetas no te respetará. Y si no te respeta, convertirá tu vida doméstica en un Hades.
Tennes asintió, pensativo.
-Era sabio el hombre que puso eso por escrito.
-Nunca lo he dudado.

La cena doméstica con las tres mujeres adultas de su casa no tuvo nada que ver con las lupercales: eso debía haberlo imaginado. Entre un feliz ambiente se deslizaron comentarios casuales, idénticos a los que hacen los buenos médicos griegos a la hora de diagnosticar. Una cena etrusca obra de su suegra, cálida y divertida, en familia. Agradable. Tan serena como el cielo de fines de junio. A los postres, frutas frescas de la finca, Tennes trajo un ánfora con sumo cuidado, y la noble Turan le cedió el honor de hacer saltar el viejo lacre. Lars levantó la mano apenas un poco, lo bastante como para que el jardinero y bodeguero devolviera el ánfora al otro lado del triclinio. Turan la Menor frunció su ceño de quince años.

-¿Estás estudiando etiqueta romana, abuela? Ellos tampoco abren las ánforas, se las hacen traer ya abiertas a la mesa. Mala costumbre, si puedo decirlo.
-Ya lo has dicho. Nuevos tiempos, nuevas modas.

No era una disputa doméstica. Ya no se hacían ánforas como aquella, de barro rojo intenso con olor a brea. Ni se enterraban en arena mojada, tan fina que las iba puliendo y desvelando el rojo bajo el barniz embreado. Para eso hace falta acudir a las tumbas para celebrar a los antepasados, y hacer llevar cubos de agua de pozos salobres en la justa medida. El augusto Claudio pretende renovar en sus antiguos cargos a los aurúspices etruscos. Tarde. Desea afianzar su único logro militar, Britania. Lars observó cómo  Turan la Menor hacía saltar el triple lacre bajo la atenta mirada de su abuela. Olió el barro rojo, la brea, el polvo de arena y la resina del vino viejo cuyo color sangre no lograban aclarar ni las alegres luces de las lámparas. Lo veía todo tal y como era, pero no oía nada. Sólo el viento furioso de una tempestad irreal que apagaba los sonidos y lo dejaba aparte, mirando, en un mundo propio.

El augusto Claudio jamás fue tonto. Supo hacérselo, y sobrevivió. A todos. Su mente seguía dibujando planes, por eso estaba vivo. Cuando el verano se volvió ardiente y se segaron las mieses, hizo llamar de nuevo a Lars. Esta vez el mensajero a caballo le entregó una misiva escueta, pero inquietante. Tras los títulos y nombres de rigor, decía: “Ruego a Lario Porsenna que tenga a bien acudir a una cena privada, sin compañía, pasado mañana, bajo la luna oscura. Y ruego a mi joven amigo que conserve el secreto de ésta misiva.”

Acudió, qué duda cabe. Y tras recibirlo amablemente, ambos solos excepto por la guardia que patrullaba incansable el exterior, Lars le tendió el mensaje.

-Creo que es mejor, augusto, que lo destruyas tú y no que te diga que yo lo he quemado.
-Es mejor la franqueza, y la agradezco –releyó la misiva antes de acercarla a una lámpara y dejar que ardiera hasta volverse cenizas- Tengo un favor que pedirte, Lario. Tiene que ver con mi interés histórico hacia los etruscos, con mi preocupación por Britania y con tu futuro. Podemos negociar.

-Soy un soldado a tu servicio. Basta con que ordenes.
-No es tan fácil. Quiero un augurio.
-No soy un adivino etrusco, ni un sacerdote.
-Sí lo eres. Parte del trato que te propongo: guardo todos los archivos, por eso pude escribir una obra completa sobre las familias, los rituales y la sabiduría etrusca. Por cierto, me salvó la vida mientras me hacía el tonto con mis parientes augustos, el obsesivo Tiberio y el desdichado Calígula. He hecho hacer una copia fidedigna de mi trabajo.

-¿Qué oráculo deseas, augusto?
-Si aceptas, bajarás conmigo a las viejas cuevas bajo este palacio. A cambio, te ofrezco esa copia, un legado en dinero que te permitirá lujos o inversiones…imagino que inversiones. Y un trabajo especial. En Britania, sé que te gusta mucho Britania. Trabajarás para mí, recopilando datos para mi siguiente obra sobre las familias y en especial los cultos britanos.

-¿De veras crees que puedo darte un oráculo fidedigno, augusto?
-Eso dice tu suegra, la noble señora Turan. Dice también que preferiste siempre callar y no complicarte la vida, y que eres un hombre bueno, limpio y leal. A mí me basta, harto de ver venenos, imposturas, traiciones y deslealtades. Sé de lo que hablo. Hasta he reunido unas cuantas cosas que usaba tu pueblo para los oráculos. Pero tal vez no haya acertado.
-¿Un hígado, y sacrificios?
-Más o menos.
-Déjalo, augusto. Espigas de la cosecha, luces de aceite puro, vino, flores. Y un pan recién horneado. No creo que quieras un oráculo de los muertos. Ni yo los convocaré, aunque tenga que desobedecerte.
-Tu suegra tiene razón. Déjame que ordene, y bajemos. Luego cenaremos juntos, y podremos hablar.

Pudo ver las cuevas, las raíces oscuras del palacio. Rezumaban humedad y olían a viejo, nunca habían sido tocadas. Entre verdina y gotas se diluían dibujos en los muros. Los más recientes recreaban a la gran Loba que amamantó a los gemelos, y la apertura del surco que creó Roma. La Loba miraba desde una de las siete colinas, erguida en mitad de la escena, como un hermano mataba al otro. El muerto caía, otoñal y desmadejado, al surco, y su gemelo se alzaba coronado con doradas espigas.  Había otras imágenes mucho más viejas, entre hachones y gotas de colores que se vertían en la nada. El banquete de los dioses según era en Etruria. Y aún más atrás se dibujaba un pasado más remoto, de lunas y figuras blancas, bailes, hogueras, enmascarados con pieles y cuernos agonizando en el centro de un coro de mujeres veladas. Siempre había algo  más atrás, animales y cosechadoras de miel y bestias que ya sólo existían en los cuentos para niños. Líneas en ocre. Una espiral confusa de cuevas que retrocedía en los abismos del tiempo. Lario miró al hombre anciano, cojo y muy vivo que lo miraba a su vez.

-¿Qué deseas saber, augusto?
-Lo que los dioses te revelen. Y, sea lo que sea, elegirás un noble destino fuera de Roma, donde la Fortuna gira como una rueda sin fin. Apartaros de Roma no es un castigo, es un privilegio. Bien recompensado.
-Lo agradezco.
-Mira entonces qué me piden los dioses, Lario Porsenna.

Alguna vez hay que jugársela. Había visto lo bastante, porque conocía bien a los hombres y sus miedos. Inhaló y clavó los ojos en los de Claudio.
-Antes de mirar, augusto, te diré lo que ya sé. Lo que he visto porque me has enseñado estas cuevas, y he visto las venerables imágenes que dejaron nuestros antepasados. Eres sacerdote por tu rango, pero eso no es bastante. Te ata un juramento más antiguo, juraste algo que ahora crees no ser capaz de cumplir. No sientes tener ese poder.
-No lo tengo.
-Preguntaré, en ese caso, a los dioses de Etruria. Déjame ahora. Solo.




Cerca de Aquae Sulis, Britania, mayo del año 55 EC.


Los britanos sonríen cuando dicen ‘el alegre mes de mayo’. Al menos había dejado de llover, y el lodo refrescaba las patas del caballo. Tampoco soplaba el huraño viento de barbas blancas, y un sol pálido, tímido pero más alto en el arco del cielo, se afanaba en ofrecer una pequeña luz dorada que amilanaba la niebla y las sombras cárdenas. Aulio Didio Galo, el gobernador, pertenecía al orden ecuestre. Nunca habían coincido, pero sabía que fue prefecto de caballería en Sicilia e ingeniero de acueductos. Luego alcanzó honores triunfales como legado de Claudio sirviendo en el Bósforo, tan buen militar como ingeniero. Ahora era gobernador de Britania. Podía hacerse una idea.

Acabó de hacérsela cuando vio a los legionarios cavando disciplinadamente a las órdenes de un agrimensor y un ingeniero. El campamento parecía sacado de algún manual, sin tacha o defecto, y el pozo vertía agua limpia que rebosaba hasta encañarse camino de una cisterna. Tuvo que sonreír. Decían que Claudio confiaba plenamente en el aguador. Hacía bien.

Era un hombre curtido, flaco y nervudo. Las arrugas que deja la risa en torno a los ojos hablaban en su favor. Podía tener cincuenta años bien llevados, el pelo canoso, la barba con hebras morenas y las piernas de bronce de un jinete. Se había aseado con agua fría y vestido sobriamente.

-Me alegra verte, tribuno. Lario el etrusco te llaman, creo. Tenemos al menos un amigo común. ¿Te acuerdas de Vespasiano?
-Muy bien, gobernador. Estuvo en la conquista de Britania, un buen general.
-Del orden ecuestre, como nosotros –sonrió-  A ver si nos dan de comer. Yo no le hago ascos a la cerveza local. Me gusta.
-En ese caso, te he traído algo local.
-¿Nuevo? Los nabos y otras lindezas ya los tengo muy vistos…
-Permíteme.

Se asomó fuera de la tienda. Mientras oía que al cordero le faltaba media clepsidra pequeña y se cruzaba con los domésticos atrapó su ánfora intacta. En la mesa de campaña habían dejado pan, el queso amarillo de los britanos y un cuenco de aceitunas, el mayor de los lujos.
-Ábrela, gobernador. Es un regalo.
-¿Vino? ¿Te has hecho comerciante, tribuno?  -rio- Creo que hasta voy a llorar. ¡Dos copas ahora mismo, pinche, estás tardando!

Lario tuvo que esperar. Aulio no era de los que vacían una copa de un trago. Llegó el cordero con su acompañamiento antes de que el gobernador lo mirara.
-No conozco esta cepa, aunque me recuerda a muchas. O a ninguna. Antes de sentarnos te daré las malas noticias. Mejor que lo haga yo. Supongo que recibirías correos de  Roma antes de que se cerrara la temporada de navegación.
-Así fue. En septiembre.
-Claudio murió un mes más tarde. Ahora el joven Nerón es Augusto. Y Británico, hijo de Claudio, murió el día antes de ser adulto, hace un par de meses. Hagamos una libación por ellos con tu buen vino, tribuno.


Cuando regresó a Aquae Sulis se había hecho una idea exacta del gobernador  y de lo que sucedía en Roma. Su casa estilo romano sólo tenía de tal el empleo de piedra hasta media altura y el orden que dividía las diversas zonas desde la morada principal hasta establos, talleres, huertos y colmenas. Seguía sin danzar el viento huraño, de modo que el humo subía recto. Claro el de la madera, gris el de la fragua y los hornos, empañado el de la turbera y negro hollín el que se arrastraba desde el caldarium. Le gustaba. Mientras sonreía, complacido, Tennes llegó a su lado reprimiendo un gesto ansioso en su rostro severo.

-Bienvenido, señor. Buenas tardes. ¿Qué dijo el gobernador sobre tu vino?
-Que era mejor que el de Chipre, porque no resulta pesado. Mejor que el de la Grecia del este, si bien le recordaba el aroma, y que por el mismo Júpiter tenía que decirle de dónde es para asociarse conmigo y hacernos ricos.
-¿Bromeaba?
-Un hombre del orden ecuestre no bromea con el dinero, Tennes. Lo que tiene se lo ha ganado.
-Cuando descanses podemos hablar de ello, señor. La noble Turan ya se ha encargado del herrero, tu esposa de lo que decidisteis sobre suministros y tu hija mayor de las cartas. Las dos pequeñas han estado con el preceptor y lo han vuelto loco, así que con tu permiso las he enviado castigadas a disculparse y luego a cenar poco y dormir temprano.
-Has hecho bien, Tennes.
-No creas, señor. Tres días, tres mañanas con crías de sapo en mi cama, guijarros en mis abarcas y…
-¿Y?
-Polvo de cal en mis bragas. ¿Estás seguro de que las viste bien al nacer, y eran dos niñas?
-Bastante seguro –tuvo que reírse- Consuélate, Tennes. Si fueran hijas de senador te hubieran puesto pimienta.
-Me consuelo. Te queda el pintor y su bardo, o el bardo y su pintor. Los encontrarás en el atrio, como suplicantes.
-Comprendo. Te doy las malas noticias, Tennes: Claudio y su hijo Británico han muerto. Se dice, en secreto y entre cónsules y generales, que envenenados ambos por Agripina. Nerón es ahora César, con dieciséis años.
El jardinero se cubrió la cabeza con su manto.
-Muy malas nuevas, señor. Perdona mi impaciencia y mis bromas.
-Las agradezco. Ocúpate de los suplicantes, mañana hablaré con ellos. Alójalos, que no tengan queja alguna; diles lo que creas conveniente, y que me disculpo. Guardo luto por un amigo, eso lo entenderán.

Cenaron en mesa sin manteles, pan, carne fría y compota hecha con las frutas rojas del otoño pasado. Hicieron libaciones por los muertos. Lario miraba a las tres mujeres de la casa, y ellas a él.

-Me gusta Britania, y creo que sería insensato volver a Roma –dijo-
-Muy insensato –asintió la noble Turan-
-Me gusta Britania –Turan la Menor se irguió en su asiento, dedicando la copa de vino al entorno, con el gesto que todo lo abarca- Me recuerda a la Etruria que nunca conocí.
-Acabó mal.
-Todo acaba mal, abuela. Pero mientras dura, al menos podemos elegir.
-Me gusta Britania. –Egeria sonrió- ¿Qué vas a hacer ahora, Lario?
-Posiblemente vamos a invertir en vino, tal vez en miel si hago caso de los consejos del gobernador. Y antes haremos un viaje, aprovechando el verano. Si vas a vivir en una provincia, nunca está de más conocerla bien.
-¿Todo el verano?
-Es una provincia grande.
-¿Qué tal el gobernador? –Egeria alzó una ceja-
-Un hombre sensato, generoso y bienhumorado. Hemos congeniado, puede que lleguemos a ser amigos. Por supuesto, desea conoceros. Lo he invitado, pasará unos días cuando regrese a Camulodunum la próxima semana. Nos hará un favor.
-¿Qué favor?
-Prestarnos a su maestro albañil, y una veintena de hombres.
-¿Vamos a hacer una bodega? –Turan sonrió-
-Una buena bodega, suegra. Tan buena que incluirá un par de cámaras más, convenientemente disimuladas.
-¿Para atesorar las ganancias? ¿No te contaron lo que le sucedió a cierta lechera ambiciosa?

-Para quitar de la vista la copia de las obras de Claudio. Pero sobre ese asunto tendremos mucho tiempo para conversar durante el verano, mientras recorremos la provincia como lo que ahora somos: provincianos.




Imagen: Wikipedia Commons.