jueves, 23 de junio de 2016

San Juan





 A Juan el mar le hacía cosquillas en los pies, y la arena era un mullido colchón, por lo menos hasta que comenzó a moverse y acabar albardado cual croqueta a punto de freír.

Joana estaba sentada a su lado mirando  la inmensidad del mar y viendo amanecer.  Él se incorporó y quitándose la arena que tenía en la cabeza se preguntó cómo habían llegado hasta allí.

La noche comenzó en el bosque, aquel fin de semana se reunieron para celebrar San Juan y sus santos con algunos amigos. En una cabaña cerca de un manantial para dejar que el agua y el fuego se llevaran lo que no querían en sus vidas, y trajeran lo bueno.

Cenaron fuerte y charlaron hasta casi llegada  la media noche, alguien  se ofreció  a hacer una queimada, y brindar por todos los seres que habitan en el bosque y aquella noche salen a divertirse al igual que ellos. La queimada fue todo un éxito y la gente fue reuniéndose en pequeños grupos y hablando más bajo.

 Algunos bailaron al son de otros que tocaban percusión, se animaron y las voces se unieron al ritmo y al movimiento.

Quienes se acercaron al manantial bebieron de sus azules aguas y contaron historias de ondinas y lamias, alejados de sus compañeros, en silencio esperaron que alguna apareciera.

Los que estaban cerca del fuego y miraban a los que bailaban brindaron por sorguiñas, y meigas y contaron historias de aquelarres y de sus travesuras en noches como aquella tan señalada.

En un instante la niebla se echó sobre el bosque, y un viento helado los envolvió a todos. Nadie recordó nada más. A la mañana siguiente muchos despertaron en lugares que deseaban visitar, todos lejos de su lugar de residencia habitual. Aquella noche de San Juan cambió sus vidas y  fue el  comienzo de  una nueva aventura.
Hoy todavía celebran cada año esa misma fiesta que los transformó esperando nuevas sorpresas.


Leonor







La tradición mandaba hacer una hoguera en la plaza del pueblo. Primero se barría bien el resbaladizo empedrado de adoquines; a media tarde se regaba, y después traían un camión con arena del pantano y leña para armar una pira lo más artística posible. Cohetes en las balconadas del Ayuntamiento, farolillos, bombillas de colores. El estrado para la orquesta de nombre ochentero, los cables, los focos; horas extra para Eladio el bombillas, que desconfiaba de los bafles cada vez más potentes y de las guitarras eléctricas más que del mismo diablo.

Según se alargaban las sombras finales del día abrían los de las patatas fritas, que mucho más tarde serían churreros. El de los encurtidos y las pipas, el del algodón de azúcar y las manzanas de caramelo; el de las garrapiñadas y los turrones, que vendía pese a ser verano. Y las escopetas de feria, las pelotas de trapo y los tentadores premios que sólo se ganaban por casualidad o antes de que los muchos fracasos y las muchas copas de vino acabaran en pelea. Y peleas, no. Sólo había dos guardias civiles hartos de patear caminos, pero no les gustaba que nadie aguara la fiesta.

Faltaba lo mejor: el pluriempleado Eladio supervisaba el montaje de la parrilla gigante, con fuego de carbón, en la que el Ayuntamiento ofrecía gratis chorizos, morcillas y tocino, cada pedazo bien apretado entre dos rebanadas de hogaza. Y faltaban los vecinos con sus trastos viejos. La pira ardía durante horas devorando muebles carcomidos, ropa inservible, papeles muy doblados con secretos inconfesables dentro, incluso algún libro de la escuela especialmente odiado.

Juan Briones, el pocero, celebraba su santo. Había decidido reformar la cocina y hacer un cuarto de baño completo aquel verano. En su cocina había una pared rebelde de la cual sobresalía una especie de proa hecha de ladrillos. Y sobre el saliente se apoyaba la mesa de tres patas, mesa de cocina veterana que nadie sabía cuándo ni de dónde vino. La cuarta pata debió perderla allá por el siglo XIX, pero apoyada en los ladrillos rebeldes ni cojeaba.

Juan la miró antes de tirar de ella, echársela al hombro y caminar hacia la plaza con sus dos hijas. Ellas desaparecieron con la paga en el bolsillo entre los grupos de adolescentes de su misma edad, y su padre estuvo charlando con amigos; unos vinos, una morcilla y tocino, luego un chorizo. Estaba de buen humor, aunque el volumen de la orquesta les secaba la boca de tanto hablarse a gritos. Del vino pasaron a la cerveza, y en una de las rondas, antes de los cohetes, la mesa fue justo al centro de la catarata de fuego rojo. Bastante más tarde compró chocolate y churros; sus hijas nunca le habían mentido. Jamás. La pequeña lo miró muy seria aceptando el vaso de plástico y el junco con los churros ensartados.

-La mesa se ha ido sola.
Juan parpadeó antes de agacharse.
-¿Estás segura?
-Sí. Cojeando, pero corría mucho. Pegada a las esquinas para que no la vieran. Para casa iba. Seguro.

Los niños imaginan cosas, y eso no es mentir. Juan le revolvió el pelo cariñosamente.
-Ahora veremos si la coja se ha escapado. Vamos, es hora de dormir.

Se había escapado. Estaba apoyada en la proa de ladrillos, firme como una roca, limpia como siempre. Ni siquiera olía a humo.

-Yo también la vi correr –reconoció la hija mayor- Saltó del centro del fuego por atrás, donde la gente no se acerca porque hace demasiado calor y saltan chispas.
-En tal caso, podemos devolverla al fuego.
-Creo que no.
-No creemos en fantasmas, ¿Verdad?
-No es un fantasma, papá: es la coja, que prefiere quedarse. Escucha.

Levantó la cabeza. Llovía. Mansamente, una cortina de agua tan densa que sin duda habría apagado la pira y convertido el centro de la plaza en un lodazal de arena y hollín.

-No es un fantasma, y no se mucho de mesas mágicas, creo que no sé nada de eso –Juan tampoco mentía nunca- Pero sí se hacer una pata nueva, porque cuando acabemos la cocina los ladrillos ya no estarán. Que se quede la mesa.




Thorongil Gilraenion.



Imagen propia.
Imagen  bajo la misma licencia que el blog.



miércoles, 15 de junio de 2016

Barcos fantasma.



Los carteles plastificados de enfermeras con un gorrito rígido pidiendo silencio, el dedo sobre los labios, desparecieron de los pasillos de los hospitales a la par que la pintura blanca. Los muros se tornaron verdes, matices de verde más o menos afortunados mientras la baldosa se hacía linóleo. Y la decoración pasó a ser la Casa de Tócame Roque: nadie sabe muy bien que culpa tiene Roque, ni por qué coloca copias de grabados –en especial ingleses y franceses siglos XVIII-XIX- en las paredes. Tampoco sabe nadie el criterio que sigue. La caza del zorro se codea con un entierro en la catedral de Colonia, ambos temas bastante poco adecuados. En especial el del velorio, con su carreta y su comitiva de burgueses enlutados y otras lindezas. También aparecen paisajes urbanos de la revolución industrial, casuchas más estrechas que el filo de una navaja en las que no hace falta ser médico para oír las toses de la tuberculosis. La alegría de la huerta. 

Conste que suelen abundar las estampas marineras, un poco de fresco olor a sal. Pero ni por esas. Lees los nombres de las orgullosas naves de perfil, y resulta que una buena cantidad acabó con su tripulación bajando a apalear sardinas en una batalla; otras fueron reducidas a astillas por la presión de los hielos en aventuras antárticas, alguna encalló en los mares del sur buscando mariposas y bichos originales, e incluso las hay que desaparecieron, fundido en negro, y nadie sabe qué fue de ellas.

Le cogí manía a una copia concreta. Grabado británico siglo XIX, glosando el encontronazo entre un navío de línea aparejado como fragata, un tres puentes inglés, y una fragata francesa de dos, más ligera. Abordadas, se estaban dando la suya y la del pulpo a cañonazos.

No me gustaban los colores. Ni el humo irrealmente blanco que en realidad lo tapaba casi todo. Al día siguiente, estaba un poco torcido. Eso no es nada extraño, las limpiadoras van contra reloj devorando pasillos con la mopa, la fregona gigante y el trapo de desempolvar. Por supuesto, el humo blanco seguía ahí. Para imaginarse qué había debajo.

Me temo que cada noche me llevaba el grabado al mundo de los sueños. El tercer día el cuadro estaba derecho, aunque me pareció que ambos navíos empezaban a escorar y que –podría ser- no había contado bien los palos que se adivinaban entre la humareda y las velas henchidas.

Otra estupidez, claro. Para abordarse hay que detenerse, y a ver quién se detiene con todo el trapo al viento. No debieron venderse muchas copias del grabado en su época, comenzaba a sospechar. O tal vez se vendieron como rosquillas porque resultaba políticamente correcto: no había sangre, no se veía a nadie entre el humo ni vivo ni muerto. Ni tan siquiera ese que nace con malasombra y se cae por la borda antes de que griten ‘fuego’. Aséptico. Falso.

Ya lo creo que le había cogido manía: de la útil, la que sirve para concentrarse en detalles y montarse la propia película cuando preocuparse y preocupar a los demás no sirve de nada. Tenía para pensar: sin biblioteca, sin Pc, a tirar de memoria. Un tres puentes podía tener más de cien cañones entre las cubiertas, el alcázar y el castillo de proa. Para hacer cuentas, cincuenta cañones por banda. La fragata francesa no llegaría a la mitad. Cincuenta contra veinte, eso era lo que tapaba la fumata blanca.

El grabado quería ser heroico, cuando aquello fue gafe y punto. De nada le habían servido a la fragata su rapidez ni su ligereza, estaba a tiro. Ya le faltaba un palo, y le faltarían los tres a no tardar. Tras la cortina de humo volaban astillas de madera, metralla, metal. La cubierta había sido barrida, y el tres puentes estaba machacándolos e intentando no hundirlos, una presa es una presa. Habría sangre mezclada con agua huyendo por los imbornales, y con suerte un cirujano abajo reparando la carnicería. Muchos de quienes en su día vieron o compraron el grabado veían de sobra lo que no podía verse. Pero quedaría elegante y patriótico enmarcado en un despacho o una sala, donde no causara pesadillas a los niños ni sobresaltos a las señoras.


El quinto día la lámina era tan sólo un mar vacío, con encaje de espuma doméstica y un sol muy rojo. Supuse que lo habían cambiado, tal vez se cayó al limpiarlo y se rompió el cristal. O tal vez entre las nubes oscuras del ocaso regresaban, diminutos e invisibles, el tres puentes y su muerta presa a remolque. O se habían hundido los dos.





Imagen: Wikipedia Commons, T.Whitcombe, Batalla naval.