lunes, 14 de agosto de 2017

1460 días mas o menos.











Son los que tiene de vida este Blog, cuatro años en los que han pasado muchas cosas. Muchas buenas, otras menos. Aquí he salido de mi caja de confort, he seguido aprendiendo a plasmar mis letras, sin dejar de imaginar, y se que siempre quedara algo por aprender. Este lugar se creó como canal para dejar fijada esa magia que fluye por nuestras venas y que necesita salir y trasformarse en historias, en relatos, en leyendas, en parte de nuestra vida real. Gracias a los que nos leéis, seguís, y comentáis, esperamos seguir caminando en vuestra compañía y que sean muchos más.

Por mi parte he aprendido -estoy aprendiendo- algo que creía imposible. No difícil, complicado o duro: imposible. Escribir a medias estaba para mí en la galaxia muy, muy lejana de lo irreal. Claro que no todo está escrito a medias, hay espacios personales. Ya veis, lo imposible sucede si se trabaja lo bastante. Sois vosotros quienes debéis juzgar los resultados.

Al igual que acaba de hacer Ainhoa, os doy las gracias. Por la constancia. La paciencia. Las críticas. Los retos. Es un placer compartir todo esto con vosotros.

Ainhoa y Guille. 







martes, 8 de agosto de 2017

Angeles blancos.





Una casa retirada del pueblo hay velas y se escuchan los rezos, pero también hay música  de castañuelas, acordeón  y guitarra, jóvenes que bailan cerca de donde reposa una criatura vestida de blanco. Desde la pared lo guarda una estampa de la Virgen con el Niño. En tierras de Valencia: se llama el Vetlatori del Albaet y en  América Latina el velatorio del angelito.

Se cree que la costumbre existe desde que los árabes poblaron la península y después los conquistadores la llevaron al nuevo mundo. La tradición se ha conservado hasta bien entrado el siglo pasado aunque no era de gusto de la iglesia.

Una criatura había partido hacia el cielo, no había cometido pecado alguno, por lo que iría directamente a la morada celestial  y se convertiría en angelito. Consuelo para los padres y alegría y fiesta para los vecinos, que vestidos de domingo festejarían toda la noche que aquella alma dejaba aquel mundo de pena y dolor para alcanzar la vida eterna. Amortajada de blanco y con los labios y los mofletes pintados de de rojo,  acompañado  de flores blancas, todos los reunidos darían el pésame pero a la vez se alegrarían por que había un angelito más en el cielo.

Algunos extranjeros que visitaban aquellos lugares se sentían extrañados, ya que lo que creían una boda era un funeral, en el que se cantaba, bailaba, comía y bebía, y los mas jóvenes aprovechaban para conocerse y ligar.

No eran pocos este  tipo de festejos ya que muchos niños morían, la iglesia y hasta las autoridades civiles los prohibieron  y persiguieron duramente, tanto en España como en México, Argentina y Chile, ya que los consideraban actos donde podían darse rienda suelta a todo tipo de excesos.

La cantautora (entre otras artes) Violeta Parra puso  letra  y música a esta tradición en una canción titulada el Rin del Angelito. Existen muchas canciones populares a este y al otro lado del charco que acompañaban al pequeño en su ultimo viaje.



Imagen de Wikipedia bajo la misma licencia que la fuente.





martes, 25 de julio de 2017

La memoria de los elfos.



Más a menudo de lo que parece frases sueltas de un libro se convierten en estrellas de las redes sociales, se copian mil veces, se repiten, incluso acaban adornando grafittis urbanos. Los recuerdos de los elfos son siempre verdes y jamás se marchitan. Tolkien tenía que ponerle remoquete o no hubiera sido él. Pero son sólo recuerdos.

De entrada la frase es, o puede ser, poética. No significa nada. Nada especial. Todos los recuerdos son siempre verdes. Ninguno se marchita jamás. Por supuesto, son recuerdos. Vosotros tenéis de esos verdes recuerdos para llenar muchos álbumes. Recuerdos mágicos y atemporales a través de los cuales podéis moveros, repetir lo vivido, modificarlo, imaginar otras opciones posibles. Podéis hacerlo con todo el control de la vigilia, o entre la neblina del duermevela donde lo recordado se tiñe de bruma, o dormidos. Soñar con lo mismo (la materia prima no cambia) con el menor control posible. 

Existe una única ley. No importa que aquella casa de la infancia sea hoy una sucursal del banco Robameroque, ni que un incendio convirtiera vuestro bosque en cenizas. Ni tan siquiera importa que las personas de vuestros recuerdos hayan muerto hace años. Sigue ahí, todo intacto: la casa, el bosque, los rostros, las voces. La ley sólo prohíbe ir hacia adelante. Siempre verdes y sin marchitarse, pero incapaces de subir al carro del tiempo. Algunos de mis recuerdos muestran compañeros de clase con diez o doce años, rostros que jamás cambiarán ni crecerán aunque quienes hoy sigan vivos de aquellas cuadrillas sean un poco o muy calvos (depende), tengan el pelo gris y hayan dejado atrás el medio siglo. 

Curiosa, la memoria. En ella cabe viajar hacia atrás o hacia los laterales, nunca hacia adelante. En lo que llamamos realidad sucede a la inversa. Sólo es posible ir hacia el momento siguiente. Y nunca estábamos hablando de la memoria de los elfos, por supuesto.






Imagen: Sello de la tumba de Tutankhamon, fotografía de Harry Burton, Griffith Institute, Oxford, National Geographic Society, 1922. Bajo licencia Wikimedia Commons.

domingo, 9 de julio de 2017

viernes, 7 de julio de 2017

Apagado o fuera de cobertura




Breve. Jueves seis de julio de 2017, una sala de sillones en las urgencias de un hospital provincial. Media plantilla de vacaciones y el resto, minicontratos del carallo, acojonados. Un error es el fin del mundo. Ya. Yo lo sé, y jugaré esa carta amable y cómplice. El resto no lo sabe. La ansiedad sube tanto como para volver obsesivo el control de la tensión  de los pacientes. Que no se muera ninguno. Que no se me muera a mí.

En el sillón siete está sentado un tal Serafín, así ha dicho llamarse, responde. Indocumentado. No hace falta ser del CSI. Una maletita pulcra, calzado decente, calcetines de hilo negro sin agujeros, rasurado, bien cortado el cabello. Flaco como un clavo. Demasiado flaco. Duro de oido. Muy duro, sorderas. 

Las preguntas de rigor son necias. Si le dices a alguien lo que se supone que siente (cansancio, desorientación, ahogo, sed, hambre) ya sabe qué ha de responder. Eso, a gritos. Sordo. Vale. La doctora de turno ya ha cumplido, pasapelota. Tensión perfecta para una edad estimada en torno a 80. Nada de diabetes. Ni colesterol. Ni hostias. Algo deshidratado. Podían darle agua, pero le cogen una vía. Suero. Ya. Así se queda. Si no, lo pones en la calle con la maletita, los zapatos lustrados y sin GPS.

A las dos horas, discretamente, ya han agotado los recursos y asoma la guardia civil muy discreta también. El del sillón 5 lo ha visto, se ha peleado con sus hijos y ha tirado de móvil. Les describe el auto y les da la matrícula, a los civiles. Le piden que repita. Repite. Y se van a donde Serafín, a voces que es sordo. Dice que nació en tal pueblo y que vive en él, calle tal número tal, con su mujer y sus hijos, oficio tendero y labrador. Sin duda cierto. Hace cuarenta años. Su mujer está muerta, él jubilado con paga (¿Dije antes indocumentado, que incluye cartilla de ahorros?), y sus hijos o uno de ellos es el dueño del auto cuya matrícula ha dado el del sillón cinco. Una lástima no haber sabido, en su día, el número de fax de la guardia personal de Herodes.

¿Más?  



Sin comentarios.


Imagen propia, bajo la misma licencia que el blog.

martes, 20 de junio de 2017

Locusta




Quien mata tiene al menos un motivo. Dentro de lo que se llama crónica negra me resulta especialmente inusual este caso.  Alguien mata a tres miembros de su familia directa y casi acaba con un cuarto. Durante cinco años nadie ha sospechado nada. Los muertos lo son por causas naturales. Incluso cuando ya no le cuadrarían las cuentas ni a los ciegos de Emaús, las analíticas no encuentran nada. Todo es circustancial.  Y no hablamos de Hannibal Lecter. Se trata de una señora con la que nos cruzaríamos sin reparar en ella. Sin estudios. Ama de casa. Primera mitad de los años dos mil, una ciudad de este país, un barrio obrero. Le he llamado Locusta porque ya se sabe: las envenenadoras son mujeres. Y me interesa el caso en sí, no el lugar ni las vidas privadas.

Una opinión sesgada. Suele decirse que la mujer envenena porque no es capaz de ser más agresiva. Obviamente, falso. Envenena por dos cuestiones más simples, ambas históricas. Recoger comida o trabajar la tierra es asunto suyo. Milenios de saber acumulado. La cocina es su feudo. No se envenena con una cerbatana o un dardo, ni con algo que sabe a rayos, ni con algo que quien envenena no come. Nadie sabe que envenena. De acuerdo. Otra cosa es que nadie, en el siglo XXI, pueda demostrarlo.

Por supuesto, ignoramos qué pensaba nuestra Locusta. Estaba deprimida, decían sus hijos adolescentes. Decidieron mostrarle una distracción, algo nuevo. Si era capaz, la pobre, igual le ayudaba. Internet. Facebook. Chats. Era torpe pero se entretenía. Vale.

Vale. Así se le fue quitando la vieja depresión, la de haber enterrado a su primera hija, un bebé aún. Muerte súbita. Sucede. Una desgracia. Cada quien siguió a lo suyo. En susurros a veces, entre vecinas y el barrio, Locusta lloraba. Su marido era un borracho que los trataba mal a todos. Suspiros. Silencios. Ya se sabe. Mientras sea trabajador...

El trabajador enferma. Lo llevan al hospital. Está mal, no se ponen muy de acuerdo. Años de trabajo duro. Lo medican, indagan. Con su baja laboral en regla regresa a casa. Lo cuidan. Todos comen lo mismo, beben la misma agua. El certificado de defunción indica lo obvio (fallo multisistémico, o sea, nada). Enterrado.

Locusta se deprime más. Racional, razonable. Quiere bajar de peso, le sobra bastante. Quiere hacer algo, buscar trabajo, valerse. Ya. Hace un viaje a una clínica. Perfecta, como siempre, deja hechas comidas etiquetadas y congeladas, para meter al micro. Se ocupa de todo. Y cuando regresa, cena con sus hijos de los mismos envases, de los que etiquetó uno a uno. Nada. 

Nada hasta que un día la hija revisa el historial de navegación de su madre. No puede demostrar nada, a esas alturas Locusta ya medio borra su rastro. Medio. El resto son bromas, nada más. Pero la hija sospecha. A esas alturas Locusta tiene tres novios en una red de citas, y a uno le ha prometido matrimonio. 

Cuando la hija llega al mismo hospital (tras un tiempo prudente) el personal médico lo flipa. Alcohólica, muriéndose. Es una adolescente. Pero el historial de la madre y sus desgracias y simpleza sigue siendo inamovible. En casa no se bebe. Comen lo mismo. Hay adolescentes que se trincan los finde la escritura de siete viñas, y el padre era alcohólico. La chavala muere. Autopsia. Cirrosis terminal. Nada más. 

El hermano no se mete en líos, ni desafía a su madre. Simplemente es la última pieza que sobra en el tablero. Sólo que esta vez el carnicero de la familia, que cada tanto pasa a dejar el pedido y cobrar, lo ve de refilón. Se queda tan asustado que se enfrenta a la madre y llama al 112.

Lo que Locusta usaba, químico, es incoloro. Inodoro. Insípido. Puedes llevarlo en el delantal y echar tantas gotas en cada plato antes de que los pongas en la mesa. Tarda seis horas en desaparecer todo rastro. Para el chaval sólo habían pasado dos. Esta vez si hubo una huella. Ninguna en los demás, aunque los exhumaron. Ya puestos, hasta exhumaron al padre de Locusta y sus hermanos, muertos oportunamente tantos años atrás que era para nada, y para nada fue. Había obtenido la sustancia en cuestión sin receta, con su mejor arma: mi marido es un alcohólico que nos maltrata, nadie me cree, soy una simple mujer desvalida, ayúdenme a mí y a mis hijos, nunca supe de que murió mi niña la primera, yo salía a trabajar, yo no se qué hacía él.

Ni yo tampoco. Pero la viejísima línea racional no funcionó. La muerte empieza en la cocina-hay motivos que no han de ser económicos-un forense debe desconfiar de lo que no ve. 

Realmente me impresionó. Y lo he contado sin gore, en plan frío. Hannibal Lecter era un monaguillo: dejaba demasiados rastros y se las daba de inteligente.



Sobre Locusta (la real): 
https://es.wikipedia.org/wiki/Locusta


Imagen propia, bajo la misma licencia que el blog.

martes, 13 de junio de 2017

Diferencias









Nunca pensó en regresar, ni el volver aquella estación. Se había jurado muchos años atrás, olvidar todo lo que sucedió en aquel pueblo cuyo nombre muy pocos recordaban. Bajó del tren mirando a su compañera de viaje. Sus ojos hacían tan solo una pregunta: ¿Que hacemos aquí?

No recordaba haberse quedado dormido y ni siquiera haber salido de viaje. ¿Había llegado su hora?¿Era la muerte quien lo acompañaba?
Nada de túnicas negras ni capuchas, ni la famosa guadaña. Siguió el camino que trascurría la vereda, vació con paso lento y sin prisa. Era una vela, una bandera blanca que señalaba su camino. Camino tras ella. Recordaba los lugares donde  jugó, el primer beso a una pecosa pelirroja, detrás del pilón de la fuente, los amigos, los trabajos,su mujer, las despedidas y el motivo por el que se marcho...Ya no dolía tan sólo a veces escocía, era como esa postilla que sabemos que esta ahí y no se cae y necesitamos quitarla cueste lo que cueste. 

Llegaron a una casa de puerta verde  y macetas con geranios rojos en los balcones, la mujer llamó a la puerta y esta se abrió sola,  entró. Él se quedó en el umbral escuchando.

El hogar estaba encendido y  la madre  y el niño dormían en el lugar mas tibio, la abuela se levantó y escuchó que la puerta de entrada  era movida por el aire, salió de la cocina. Había sido una noche larga, la abuela les dio la bienvenida. Después de todo el abuelo regresó para ver a su nieto. 

Cerró la puerta y los invito a entrar se sentó en la mecedora mientras hacia labores. Las dos visitas miraron a la madre y al hijo durante largo tiempo.

La anciana sonreía con melancolía el día del accidente habían discutido seriamente sobre una tontería. El tren nunca llegó a su destino. Él se acercó y la beso en la nariz como solía, antes de desaparecer en el hogar. Había regresado a casa para quedarse.


Imagen propia bajo la misma licencia que el blog. 


miércoles, 24 de mayo de 2017

Caminos de Santiago: el infierno







Infierno es un viejo cuento de curas, 
un chiste malvado, el polvo que queda
cuando nadie cree en los curas, ni en el infierno.

Infierno es el agotamiento que te seca la boca, te seca por dentro. Y el diablo
en el que tampoco nadie cree, eres tú.

Vulgar es un campo de trampas: cada paso que pesa y mucho, te susurra
sin voces, sin milagros, sin poltergeists, 
nada: nada.

Déjalo, es estúpido. No lo crees, no merece la pena, déjalo
vuelve a casa, escribe un diario ácido, pasa de todo.

La distancia del paso de una bota. ¿No puedo más, a esto 
lo llamáis infierno?

Es el infierno. Des el paso más, o no.





Imagen propia, bajo la misma licencia que el blog.


viernes, 19 de mayo de 2017

El gato al agua







El gato al agua

Había un árbol que daba sombra
al final del callejón. Lo cortaron
cuando la abuela era joven.

Los otros se quejaron, raíces, hojas, mosquitos.
Lo cortaron con hachas.

Luego, cuando la abuela era vieja y yo niño
levantaron un muro de piedra para tapar el callejón.

Los otros se quejaron, los de casitas con jardincillo,
niños de uniforme, autos que robar.

El muro no sería tan alto, dijo la abuela
cuando ya no podía ver que su balcón daba al muro, y no había luz.

Cuando llueve, el agua que busca su camino
horada las raíces del muro,
inunda el callejón, y los otros se quejan
por no poder llevarse el gato al agua.




http://libropalabrasprestadas.blogspot.com.es/2017/05/poemas-prestados-117.html





miércoles, 17 de mayo de 2017

Libros: Marina de Carlos Ruiz Zafon








Me encontré con Marina de manera casual de las manos de una de esas personas que guardan el saber entre cuatro paredes visibles y mundos invisibles e infinitos que son las bibliotecas públicas. Pequeñas copias de ese laberinto de los libros olvidados, tetralogía que escribió el mismo Zafón.

Esta novela es anterior a sus grandes éxitos, como él dice en el prólogo lo escribió a finales de los años noventa cerrando una época de su vida.

Al encontrarme entre las paginas de esta novela, me pregunté que me depararía exactamente. Ya venia con los deberes hechos y  conocía otras obras suyas,  vi en este libro destellos de su propio sello.

Oscar es un joven de quince años que estudia en un internado de jesuitas, su vida monótona y gris cambia al conocer a Marina, una muchacha que vive en un caserón de Sarriá en compañía de su padre. Los jóvenes se verán envueltos en una oscura aventura que les llevara a estrechar lazos.

A simple vista parece una novela juvenil, pero a medidas que  avanzas a través de sus  paginas te das cuenta que no es así. En esta historia hay algo  que nos llevara a un inesperado final.

Zafón vuelve a elegir Barcelona como marco de  una historia de misterio, de lo sobrenatural, donde los cuentos de hadas no son los que nos cuentan. La recomiendo como lectura, y especialmente si estás en una época de cambios quizá te inspire en tu camino.


Imagen propia bajo la misma licencia que el Blog. 














martes, 9 de mayo de 2017

Hoy











Rompió el día
tras una noche velada
se abrieron las puertas
y el pensamiento único
se perdió en los abismos.

Nacieron palabras, ideas,
sueños, el pasado quedó
en la otra orilla.

El futuro se adivina
entre las inexistentes
ruinas.
La libertad enarbola
su desnuda bandera
a un sueño real.

La cultura surge
de entre las musas
y acaricia las almas
de aquellos
 dormidos
que despiertan
a una nueva vida.

La belleza escondida
en los ojos que miran
promesa de un mañana
sin ignorancia. 



Poema con el que participe en la 116 edición de palabras prestadas.

miércoles, 3 de mayo de 2017

Se llamaba Flavia Julia Helena, y era muy inteligente



Se llamaba Flavia Julia Helena. Los periodistas de su época
insistieron en que era hija de un sirviente, aunque visto lo visto, si lo era para nada le estorbó. 

Como no interesaba, sabemos muy poco de ella hasta que casa con un tetrarca  (un 'rey' que comparte su poder con otros tres, o sea, un mal rollo). El reyezuelo la toma primero como concubina, luego tienen un hijo varón, y después se divorcia de ella. Estamos en el Imperio Bizantino que aún no ha hecho del cristianismo religión oficial. Vamos, que la repudiada no se va a ir a un convento (eso aún no es ley), sino a su casa. A esperar. A leer, tener contactos, pensar y dejar pasar el tiempo. Sólo ha sido repudiada.Tiene de sobra para vivir, es una dama libre (para casarse otra vez no, pero cabe suponer que meditaba de otra manera), y hay algo que nadie puede discutir: es la emperatriz madre del chaval que en su día será Constantino. Leyó mucho. Pensó muchísimo. Ni ella ni su hijo están entre mis favoritos, pero el deber moral de los historiadores es ser imparciales. Sabiendo que no lo somos. La disciplina es intentarlo.

Al final, ley de vida, cascó el que fuera su esposo. Y desde la coronación de Constantino, Helena pasa de ser 'madre de emperador' algo que fue siempre, a 'Su Esplendor'. Subiendo títulos, que eran importantes. Como a tantos, le tocó una mala época y la inevitabilidad de decidir. O te fiabas de la corte (eso ya le había salido mal) o de un poder emergente que podía ser controlado. Hablamos del siglo IV. Hablamos de la Iglesia.

Se convirtió. Nadie puede saber por qué lo hizo. Todos sabemos qué hizo luego. Puso a comer de su mano al clero de Constantinopla, y les vendió un touroperador que pagaría ella de su bolsillo. Siendo ya dama de cierta edad se plantó en Jerusalén (¿dijimos antes que había leído mucho?)  y a su lado Indiana Jones era un monaguillo. Sabía dónde había que cavar. Obvio, porque Adriano había arrasado la ciudad sólo doscientos años antes,y la documentación urbanística era como como mirar hoy planos antiguos del catastro. 

La festividad del 3 de mayo, Día de la Cruz, conmemora cuando la cuadrilla de zapadores de Su Esplendor Helena dieron con la cruz en la que Jesús murió. Es una de las festividades más antiguas de las iglesias cristianas. Por supuesto,y para no ofender a nadie, lo dejamos aquí. Pero reconozcamos que Helena era muy inteligente, y que entre dos males posibles (un Imperio destrozado y un poder emergente, unificador) decidió. Yo no voy a juzgarla.




Imagen cedida, bajo la misma licencia que el blog.

viernes, 28 de abril de 2017

Una abeja va sobre el cofre del muerto...


Un evento con formato de Feria siempre está lleno. Incluye el largo paseo de puesto en puesto, incluye el asombro en sí mismo. Las nuevas experiencias. Y el trabajo, porque también lo es: relaciones sociales, intercambio de tarjetas de visita, pedir permiso para subir fotografías a blogs, sonreír muchísimo, intercambiar opiniones, hacer cuentas mentales, sopesar. Do ut des. Te doy para que me des.

Algunas cosas se me dan bien, y otras fatal. Afortunadamente, formo parte de un equipo que compensa mis carencias a cambio de que yo ofrezca otras cosas. Claro que tras asombro y trabajo llega la hora de la gusa. Hambre. Pillar algo. Genial en una feria de productos alimenticios: pillas unas catas de  cada cual que ofrece y te vas con una muestra de vegano,  una de queso, una de pan. Pasas por la barra, pides dos birras (con su tapa gratis) y acabas bajo la sombra sentados en un banco público de aquellos de metal estilo siglo XIX.

Entonces llegó. Una abeja. No, no somos flores. No tenemos polen. Me he habituado a tratar con avispas y abejas según su código: no te alarmes, no hagas gestos bruscos, apenas te muevas, déjalas convencerse de que no soy comida ni planta. Una picadura para mí supone inyectarse un urbasón. Nunca hay que dramatizar, vive y deja vivir.


La abeja en cuestión sentía un interés excesivo por la birra. Bueno, uno nunca sabe, tal vez sepa que es cebada. Se posaba en los bordes y levantaba vuelo. Luego algo falló. Se puso a catar, y acabó flotando en uno de los vasos. Ainhoa opinaba que se ahogaría (sin duda) pero ahogarse lleva su tiempo. Dignos aprendices de aquel Francisco de Asís improvisamos con uno de los folletos un cazador de bichos. Que no me picara, votoadiós. La sacamos del vaso. Posada sobre una rotonda de jardín decimonónico parecía una croqueta embarrada. Tardará en espabilarse, comentamos. Tardó. Bastante. En ponerse bajo un rayo de sol entre la sombra de los árboles.  Eso sin contar que sin duda había libado, y  debía llevar una castaña de birra guapa. Una abeja es pequeña, yo hacía las cuentas de su tamaño y el rato que anduvo probando antes de tirarse a la piscina. Un buen pedo etílico.

Al final voló, y desapareció. Nos encantaría saber qué contaría, en su lenguaje gestual y químico, al resto de la peña de la colmena.





Imágenes propias (la mala se debe a que la abeja era más rápida que el ajuste de la cámara) bajo la misma licencia del blog.

jueves, 27 de abril de 2017

El inquilino y las multitudes.




Martes 18 de abril, Día de los Monumentos: algunos lugares que normalmente están vetados se abren para que el curioso turista, móvil o cámara en ristre, inmortalice el momento.

Mediodía y por fin llegamos a nuestro lugar de destino, una pequeña cola de varias personas que estaban esperando entrar en el patio. En anteriores visitas siempre  lo habíamos visto desde la puerta abierta en la lejanía con los hombres de verde haciendo su trabajo. 

Entramos y nos mezclamos entre la gente que miraba con curiosidad, en un ataque creativo pulsé el botón de la cámara y cual Sofia Coppola me atreví con un vídeo del lugar.

No todos los días se puede entrar en el patio de la Real Chancillería de Granada, por lo que aproveché al máximo mi inspiración y comencé a grabar. Paneles informativos, escudos en las paredes de los Reyes Católicos y los relieves de los caballeros y damas ilustres en la galería del segundo piso.

Me disponía a grabar la escalera, cuando a través del objetivo en una cerrada ventana donde había dos asientos de piedra, uno a cada lado, me pareció ver algo que se materializaba.

En ese momento asombrosamente no había nadie cerca. Apagué la cámara y me senté en el asiento libre. Había escuchado historias sobre el Maestro Lorenzo, que fue verdugo de la Chancillería a finales del siglo XIX.

Con capa negra y sombrero de ala ancha miraba a los que nos rodeaban pareciendo poco convencido, busqué durante un segundo a Guille y al no verlo supuse que estaba sacando el artesonado de la escalera.

El caballero parecía tener ganas de hablar y no estar de muy buen humor, ya de normal había mucha gente andando por el lugar: jueces y abogados y presuntos.... Sin contar todos aquellos que alguna vez en su vida no habían encontrado justicia allí. Pero ya la oleada de turistas y curiosos era el remate. 

Sin despedirse subió las escaleras mientras daban la media en las campanas, me quedé  asombrada, mientras un par de turistas me miraban, esperando a que les dejara sentarse.

Subí las escaleras esperando encontrar una pista de lo ocurrido, Guille me señalo el segundo tramo y una de las paredes y me dijo que había seguido ese camino. Mientras bajábamos  escuchamos el rumor de pasos lejanos y la voz de alguien que no llevaba bien transitar en estos nuevos tiempos. 



Imagen propia bajo la misma licencia que el Blog. 













martes, 11 de abril de 2017

Soltar lastre



Hermann Hesse escribió: 'Lo que no está dentro de nosotros no nos inquieta'. Y, en cierta manera, me parezco a Jorge de Burgos. ¿Sería capaz de matar por un libro? Supongo que no. Deshacerse de ellos es otra cosa.

Todos tomamos decisiones. Podemos contarlo de manera cómica, por supuesto. A lo largo de mi vida adulta he hecho trece mudanzas. Y si algo se es que los libros pesan. Muchísimo. Ayer estaba esperando a que los amigos de la A.A. Montes Orientales llegaran -me temo que sin GPS- a un punto de cita para recoger una donación de libros que ellos venderán a su vez. Ya sabéis, para cuidar de animales pendientes de adopción. Lamentablemente había olvidado preguntar de qué color era su auto, y la matrícula. Para mí todos los autos son máquinas iguales, desconozco modelos y marcas. Con cuatro ruedas y que funcionen, me basta. Mientras esperaba me lo iba imaginando. Una furgoneta en plan hippie. Una furgo con look operario. Un cochemoto. Lo ideal sería un auto fúnebre, entendemos que sin inquilino, bien largo y cómodo para cargar con cajas. En un barrio supersticioso ese ni lo tocan, y daría que hablar durante meses. Al final fue un coche azul, con maletero. Carallo. El de la funeraria habría molado un montón.

Y al final se fueron cien libros, entre ellos tres enciclopedias completas. Lástima, dejaron poco hueco para el futuro diseñado. Y me hicieron pensar en que los libros han sido tan parte de mi vida que he cargado con ellos. Literalmente. Tiempo de soltar lastres. Otros no serán donados, sino vendidos. Obvio. Y, racionalmente, no pasa nada. Nada excepto que una parte de mí se siente como quien ha empezado a quemar su biblioteca. Ya se me pasará.


Imagen propia, bajo la misma licencia que el blog.

lunes, 10 de abril de 2017

Realidad









Esa con la que te das de bruces
en algunas esquinas 
la que esta fuera de nuestra caja de confort.
Que tiñe la tierra de rojo
que dibuja sonrisas y esconde lloros.
El collage de nuestras decisiones, 
de los miedos,de las buenas acciones.
Siempre maldecida por ser el despertar
de los sueños, escrita, esquematizada, 
diseccionada, por casi todos.

Ignorada y temida, desconocida, 
distorsionada, de la que huimos
y aunque tan vapuleada sigue
en blanco esperando a ser
contada.  



Imagen propia bajo la licencia de el Blog. 



domingo, 19 de marzo de 2017

Por San Patricio

https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Leprechaun_ill_artlibre_jnl.png?uselang=es



Por fin el ayuntamiento se acordó  de las quejas de los vecinos del barrio, en muchas de las aceras y cunetas la primavera había hecho brotar  la floresta con exuberancia, habitada por todo tipo de bichos e insectos. Se habían creado retenes de jardineros temporales entre los barrenderos. Todo aquel que sabía utilizar el escardillo  tendría que luchar contra la invasión.
Viernes por la mañana un poco antes de la hora del almuerzo, en la calle Olivares: Cipri y Carmen, uno le daba al escardillo y la otra recogía lo arrancado o viceversa.
No quedaba mucho para la parada del bocadillo cuando Carmen recibió una llamada al móvil. Era su recién estrenado marido que la echaba de menos y quería preguntarle que le apetecía  comer.
Mientras habla pasea por la acera, unos diez minutos hasta que se ha percatado de que no se escucha la azada y ha pensado que su compañero estaba almorzando.
Ha colgado el móvil y se ha acercado a él, que le daba la espalda. Parecía no moverse. Ha pensado que le estaba gastando una broma hasta que pasado un rato ha visto que seguía petrificado.
Lo ha tocado y estaba a punto de llamar al 112 cuando ha escuchado una voz que venía del suelo.
- Este miserable se ha cargado mi casa, sois unos malditos gigantes que no tenéis otra cosa que hacer que ir derrumbando casas ajenas.
Antes de que pudiera Carmen cerrar la boca la criatura vestida de verde ha dado un salto y se ha posado sobre la pantalla del móvil que llevaba en su mano.

- ¿Acaso no sabéis que hoy es San Patricio, y que todos los lepechauns nos hacemos visibles para los humanos y nos dedicamos a pasarlo bien?  Tu amigo me ha dejado sin casa....

La pobre Carmen ha tenido que mirarlo varias veces hasta convencerse de lo que estaba viendo.

- ¿Piensas dejarlo así? - le ha preguntado ella.
- Se le pasara, pero ya no tengo casa....

Carmen ha sacado su almuerzo,  se ha sentado en un banco y le ha invitado a almorzar.

- ¿No serás un hada disfrazada verdad?, no las soporto.
-  Soy humana....

- Vale, por eso tuve que irme de Irlanda, la susodicha me tenia manía, no soportaba que su mejor amiga me hiciera ojitos....
Carmen escuchó las penas del leprechaun durante un rato, hasta intentó hacerle una foto con el móvil que no salió.

-  Fotos no... quiero seguir viviendo tranquilo....
Entonces ha desaparecido delante de las narices de la barrendera, cuyo móvil se ha apagado y no ha querido volver a encenderse. Con la desaparición del hombrecillo de verde, Cipri ha vuelto  a su estado normal. Han sonado sus tripas y sin pensárselo se ha sentado junto a Carmen y se ha puesto a comer el bocadillo.

Al terminar ha echado un trago en la fuente y cogido la escoba.  
- ¿Seguimos?  
- Ya es casi hora de irnos - le ha contestado ella mirando al móvil
- ¿Ya se te ha acabado la batería ? Deberías comprarte otro...
- Anda tira.... - le ha dicho con cara de pocos amigos

Por la noche Carmen y su marido han salido a darse un garbeo y han aprovechado para tomarse un par de cervezas. la noche estaba animada y el verde brillando por doquier, en sombreros, globos, pegatinas,  todo ello regado con cerveza.

Después de casi una hora de su chico ha conseguido llevarla a un Pub irlandés que abría aquella noche. La experiencia de la mañana además de rara le había dejado un gusto no demasiado dulce. Se han sentado en la barra y delante les han puesto un par de pintas.

Carmen se ha ido animando. Entrada la madrugada y  en la pista de baile, alguien le ha tocado la espalda. Era el Leprechaun en tamaño humano que le sonreía:

- El mundo es un pañuelo, ya no tienes de qué preocuparte, he conocido a una Meiga que esta de intercambio cultural y ya tengo donde dormir.
Entonces su móvil  ha resucitado.
Cuando ha vuelto a buscar al leprechaun para darle las gracias, lo ha visto formando parte de una conga.
- ¿Quien era?
- Es una larga historia.


Imagen de Wikipedia, wikimedia commons, bajo la misma licencia que la pagina de referencia.





martes, 14 de marzo de 2017

La Marisma



El espectáculo había sido pregonado, clavado por escrito en las puertas de las iglesias para quienes supieran leer y repetido de viva voz en cada esquina. Un acto de penitencia y justicia adecuado en tiempos de Cuaresma. Dios nos juzgará un día, desnudos y culpables. Y sus tribunales en la tierra, clérigos y reyes, ejecutan las sentencias.

Subió renqueando las losas bien escuadradas de la calle de la Magdalena. Encorvado, vacilante, haciendo sonar su matraca. La humedad del río, tenaz y paciente, había vuelto a teñir de musgos tardíos y de verde la piedra, los ladrillos, las sombras. Apenas empezaba la tarde, pero la luz hacía rato que huyó del barrio, y del oeste soplaba un aire a lluvia huraña que no tardaría en desplomarse sobre sus cabezas.

Miraba el albañal mientras mecía como un necio la cabeza a uno y otro lado. Vestido de blanco sucio, vendadas las manos que aferraban un bastón de ciego, con una gasa sobre el rostro. Más vendajes embarrados le tapaban los pies que no hacían ningún ruido. Tropezó con la ronda, se agachó mientras le tiraban piedras rogando misericordia para llegar a la iglesia y los bendijo cuando dejaron de atormentarlo. Un rezagado volvió sobre sus pasos mientras sus compañeros entraban en el figón del Pez riéndose a carcajadas. Nunca lo encontraron, ni vivo ni muerto.

Llamó a la puerta del zaguán de lo que años antes fue la Posada de la Magdalena. Una vez dentro sacó de su zurrón otras ropas, y siguió a Juan Seisdedos hasta una puerta que parecía dar a una alacena. Dividida en dos partes, ahora la posada albergaba estudiantes pobres en lo que fueran alcobas –eso sí, de a cuatro por dormitorio- y pobres doncellas que tejían para ganar el pan y encontrar un casamiento honesto en la parte más modesta del inmueble. O así se pagaban los impuestos reales, y eso se decía con bastante respeto. No eran las Marismas de París un barrio para hacer bromas. Ya no.

El falso leproso tenía un aspecto muy distinto mientras subía las escaleras hasta la planta abuhardillada. Vestido de pardo, como un oficial cantero con su bolsa de herramientas. Había canas en la barba descuidada a propósito, y entre los tiesos mechones rebeldes de rubio que se escapaban bajo la capucha. Una niña salió a su encuentro con una linterna sorda entre las manos; se permitió una mirada y una sonrisa dedicada sólo a ella, mientras la doncella bajaba los ojos.

-Tuve una hija –dijo- Si aún vive será ya una matrona, mucho mayor que vos. Pero en mi último recuerdo se os parece, y por eso os he mirado.

No supo si se sentía aliviada o dolida. Le entregó la linterna y señaló el corredor sin decir palabra. Ni palabras ni respuestas, la vida es así de silenciosa. Llamó al llegar a la cortina. En su día, los justicias se habían llevado las puertas de roble y cuanto pudiera valer una moneda. En el nombre de la Madre se descorrió el paño pesado, recompuesto varias veces, cercano ya a apolillarse. Vestida de piadosa viuda, el ama dibujó una sonrisa amigable y remota.

-Todo está ya hecho –le dijo- Falta el ruido y el negocio, y de eso vamos a ocuparnos muchos esta noche. Habrá para todos: milagros, bolsas robadas, algunos ajustes de cuentas y un poco de justicia. Dicen que esta misma tarde se ha perdido un mozo de la guardia, por cierto.

-Se habrá equivocado de taberna.

-Eso creen los testigos que no han visto nada. Hoy eres mi hermano el cantero, y tenemos garantizado un buen lugar lo bastante cerca como para dominarlo todo.

El hombre sonrió a medias mientras ella sacaba de una vulgar alacena dos jarras y las llenaba de vino. Sin aguar. Y no de figón.

-Puede que sea lunes de cuaresma, hermano cantero, pero yo te absuelvo. Va a ser una noche larga. Ahora nos traerán algo caliente para comer. Una vez estemos fuera, no pruebes bocado: nada de lo que se venda o se reparta, en especial panecillos trenzados. Ni agua.

-Muy largo tenéis el brazo los de la Marisma, señora.
-Como si no supieras quienes somos. ¿Y vosotros? Tampoco os habrá sido fácil entrar y salir de la cárcel mejor guardada del reino.
-No ha sido barato –sacó de su morral de herramientas una bolsa- Ni lo habrá sido regar los haces de leña de manera que no  levanten sospecha, y pagar a un judío experto para calcular tiempo, mezcla de polvos de azufre y detalles. Aquí está el justo precio por lo que puede pagarse. Y mi palabra en nombre de los míos: cada problema que tengáis en las Marismas es también cosa nuestra.

-Dicen que hay tres ballesteros ocultos. ¿Es cierto?
-Por si todo falla, señora.
-Si todo sale bien, nos serían útiles esta noche. La guardia del rey, ya sabéis. Resulta desagradable para mis estudiantes, mis pupilas, y la paz en las calles.

-Habíamos pensado eso mismo: hombres de armas buscando pendencias. Muy poco cristiano en cuaresma.
Levantó la copa, sin apresuramiento. Sin ira visible. Dedicando al hombre su media sonrisa.
-En el nombre de la Madre.

Tocaban a vísperas las campanas de los agustinos cuando les abrieron paso hasta un estrado improvisado, y tres docenas de canteros cerraron filas en torno suyo formando una muralla de músculo y mazos. En las ejecuciones públicas y sonadas siempre era igual: lugares reservados, revoloteo de niños, codazos, pisotones, y negocio. Cortabolsas profesionales, dulces recién horneados, panecillos trenzados, agua fresca, ramilletes de hierbas para evitar el humo, el olor a carne quemada o los demonios que huían de los herejes retorcidos. Juegos de dados de tapadillo, porque era cuaresma. Apuestas sobre quien moriría antes. Dignísimas viudas enlutadas rezando a gritos, con tijeras y bolsas bajo las gruesas faldas para recoger cenizas, huesos, sangre coagulada, retales, cualquier cosa. Luego serían reliquias de mártires o materia prima para brujas, eso ya según se pujara. Hombres atraídos por tantas mujeres juntas y apretadas, buen lugar para escapar de la maldita cuaresma con novia, o con un rato de bromas, o con unos pellizcos y una bofetada. O con una puta disfrazada de doncella, que de todo cabe en una fiesta del rey y la iglesia.

-Cuaresma –le susurró el cantero a su hermana por aquella noche- Ya se han cerrado las tabernas. Y veo muchos que camuflan odres vendiendo vino.

-Milagros que Dios hace, hermano. Conste  que es vino del bueno sin aguar, como en las Bodas de Caná. Caro, aunque más caro va a ser el tumulto de borrachos de aquí  a  que termine la fiesta.

Murieron como mártires, emplazando a sus verdugos, sin sentir dolor por la gracia de Dios. El viento canalla se llevó el humo dejando ver un espectáculo perfecto, nadie pensaría que los troncos habían sido regados. Y con el toque de ánimas una luz blanca, deslumbrante y sobrenatural salió de las cenizas, recta hacia el cielo que llevaba  horas llorando. Dijeron que el rey hizo cerrar los postigos furioso como la hidra, esa bestia demoníaca.

El lunes de cuaresma, once de marzo, se recordó en los púlpitos de París por los desórdenes: robos, visionarios, tahúres, putas, ladrones de casas, borrachos y otras almas condenadas: las de los muchos que cayeron al Sena, y los tantos de la guardia del barrio de las Marismas que jamás fueron hallados ni vivos, ni muertos.




Nota: este cuento es la ‘segunda parte’ de 'Balanza’: os dejo el enlace porque han pasado años desde uno al otro.