viernes, 10 de febrero de 2017

Febrerillo el loco.




 Abre la puerta  y sube las escaleras. Sabe que ella  está mirando desde la ventana de la cocina   o quizá desde el salón. Mete la llave en la cerradura. Deja las llaves en el cenicero y se quita el abrigo y las botas.  Mateo duerme abrazado a su peluche y Sofía se chupa el dedo agarrada a su manta. Los besa y sale de puntillas. Pone a hacer café mientras busca el pijama. Saca las galletas y baja la persiana de la cocina.

  Mira la fecha marcada en rojo en el calendario, otro año más, otro aniversario que recordar. Abre la lata de las galletas y mientras se escucha el goteo de la cafetera en  la cocina comienza a oler a desayuno. Todavía no ha comenzado a amanecer, no tiene sueño y espera a que su madre se le una. Sirve dos tazas y cuando las va a poner sobre la mesa la escucha venir por el pasillo.
Se sientan y se miran la una a la otra, con la taza calentándoles las manos, por fin la hija rompe el silencio:

- ¿Vas a ir ? - le pregunta como parte de un rito que se repite desde hace años. 
- Esta será la última vez - le dijo queriéndose convencer a si misma de una decisión que había tomado.

La avenida había mejorado mucho, no así las calles traseras. Pocas farolas, talleres, locales con el cartel de se alquila, algunas pintadas, contenedores de basura. No tenía miedo, conocía bien la clínica dental y aún se sentía un poco eufórica, sin dolor. El resto se convirtió en un cómic oscuro, en una pesadilla, en irracional.

El hombre abarcó la calleja con la mirada y fue directo a cortarle el paso: una amenaza, un echarse mano al bolsillo y un empujón. Pero ella no cayó, ni pensó, ni sintió el dolor del navajazo. Le empujó a su vez.

Demasiada basura fuera de los contenedores, y algo que él no esperaba. Simplemente se desnucó contra el bordillo con un sonido apagado. La llevaron a urgencias, le dieron puntos, un psicólogo habló con ella. Nada más, Accidente. O defensa propia. O mala pata. Sí, fue. Sin miedo. Como cada año. Y sin dentista.



Cuando alquilas un estudio aprendes muchas cosas. La primera que el anuncio se ajusta poco a la realidad, excepto en el precio. Ascensor, sí. Hasta el cuarto piso. Luego empiezan las escaleras empinadas. Prohibido tener mascotas. Pero se oye un canario, un loro poco hablador y las uñas de un perro feliz cada vez que su dueña regresa.

Más o menos, normal. Lo asombroso es cruzarse a menudo con una anciana lo bastante ágil como para bajar la escalera con una maceta en las manos. La maceta varía: geranios, pensamientos. Saluda con una sonrisa y sigue su camino. Resulta extraño que una mujer mayor viva en un estudio, entre jóvenes de paso, universitarios, un músico clásico –el del loro poco hablador- y en general, treinteañeros. Me provoca curiosidad. Tanta como para jugar a Sherlock Holmes.


La seguí en un par de ocasiones pero la investigación fue infructuosa la primera vez se detuvo hablar con todas las personas que  encontró en su camino y yo no disponía de todo mi tiempo, por lo que apartando mi papel de detective volví a casa y a mis deberes. La segunda ocasión se me escapo por unos metros al encontrarme en la escalera a unos mormones muy amables. A la tercera que dicen va la vencida, me quede vigilando por la mirilla hasta que pasó, entonces salí y con mi mejor sonrisa le pregunte por aquello que me tenia comido el seso. Ella me miro con sus pequeños y brillantes ojos y me invito a que la acompañara.
El barrio había sido mi lugar de juegos por lo que presumía de conocerlo al dedillo y de toda la vida. Así lo pensé hasta que la buena señora callejeando me llevo hasta un lugar escondido.
Abrió el candado con sumo cuidado y se guardo en el bolso la cadena que cerraba la puerta, bajamos unas escaleras, estaba oscuro y un par de veces estuve a punto de resbalarme por la humedad del lugar. Se escuchaba el agua caer como si lloviera mansamente.

Cuando acabamos de bajar estábamos en un hermoso jardín subterráneo, la luz se filtraba a través de agujeros, allí estaban las plantas que le había visto pasar y muchas más que fueron plantadas durante años. Planto la que llevaba y con sumo cuidado fue hablando a cada una de ellas. Aquel lugar estaba bajo la antigua cárcel y con el tiempo y gracias a la iniciativa de mi vecina acabó convirtiéndose en el primer  jardín soterrado del país,   al que le pusieron su nombre por votación popular y ayuda de quien escribe. 



Ainhoa y Thorongil

Imagen propia bajo la misma licencia que el Blog. 

lunes, 6 de febrero de 2017

Los ojos del búho





Mira con los ojos eternos del búho,
pupilas dilatadas
que sin serlo son redondas, amarillas, implacables.

No es aquel mundo de mármoles clásicos, ni la sagrada sombra del olivo, ni un mar azul y doméstico.

Los ojos eternos del búho devoran bosques tan viejos
como la memoria cuando se inventó de nuevo el mundo,
cuando el búho se convirtió en la doméstica mascota

de una diosa domesticada.






Imagen propia, bajo la misma licencia que el blog.

viernes, 3 de febrero de 2017

Mientras lo recuerdes



Visto en la inmensa distancia del tiempo, es cómico. Hacía un frío siberiano en Toledo  en unas vacaciones de la Pascua de Navidad, cuando nevaba recio y esas cosas, hace un cesto de años. Hacía un frío de soltar vaho por las narices en la catedral. El sacristán reculaba hacia su puesto, que incluía un brasero eléctrico y una radio de pilas. Yo seguía los pies de mi padre, con muchísimo menos frío que él. Los nenes son (¿somos, fuimos?) incombustibles.

Esos días de sol helado, rasante, muy bajo en el arco del cielo porque es solsticio de invierno. Bastantes rayos como para colarse impecables e imparciales a través de las vidrieras. Me gustó. Era enorme, enormemente alta, envolvente, acogedora. Mi padre miró atrás. Se trataba de algo importante, como para haber salido de la cama del hostal antes que el sol. Una capilla. Un cura, claro. Y una máquina rarísima de metal. Íbamos a misa. Mi padre nunca iba a misa. Iba a funerales cuando tocaba, a alguna boda si no podía evitarlo, y jamás a un bautizo. Bueno. Pues ahora íbamos a misa. Vale.

No me enteré de un carallo. Todavía me hubiera medio defendido con un misal romano en latín, al menos para pillar por dónde iba la copla. Recuerdo el olor embriagante de tanto incienso para tan pocos devotos, la máquina haciendo ruído  girando como lo que era, una rueda. Y recuerdo haberme quedado mosca cuando el cura partió la hostia grande (esa que se comen los curas) no como usualmente. La partió y volvió a partirla y la puso sobre el paño del altar de tal manera y no de otra. Yo era demasiado niño para conocer la palabra “ritualmente”. El cura a su bola, el monaguillo que ya era un mozo grande con bigote dale a la rueda, y mi padre como una estatua de piedra más de las que tantas había de suelo a techo de la catedral.

Luego salimos a la plaza, y caminamos hasta Zocodover, a por churros y desayuno antes de dedicarle el dia completo a Toledo. Lamentablemente no sabía qué pregunta hacer. Lamentablemente, nos llevábamos más de sesenta años, un siglo y un mundo entre nosotros. Cuando volvimos a Madrid yo había aprendido mucho, hablado poco, comido como una lima  y dormido dos noches en un hotel comportándome como un adulto. Eso da cierta carta. En el tren de regreso pregunté.

Así supe de la liturgia visigoda, de las leyes visigodas, de un tal Alfonso VI, rey, que lo derogó todo y en el cuento  me cayó fatal. Y oí un solo tono frío con un eco.

-Acuérdate de lo que has visto. Si ningún imbécil lo borra, nadie lo entenderá cuando seas un hombre. Acuérdate. Mientras alguien lo puede contar, todavía existe.



Han pasado cuarenta y seis años. Me acuerdo.



Imagen: Wikimedia Commons.

Para saber más:http://www.architoledo.org/Liturgia/mozarabe.htm