martes, 25 de julio de 2017

La memoria de los elfos.



Más a menudo de lo que parece frases sueltas de un libro se convierten en estrellas de las redes sociales, se copian mil veces, se repiten, incluso acaban adornando grafittis urbanos. Los recuerdos de los elfos son siempre verdes y jamás se marchitan. Tolkien tenía que ponerle remoquete o no hubiera sido él. Pero son sólo recuerdos.

De entrada la frase es, o puede ser, poética. No significa nada. Nada especial. Todos los recuerdos son siempre verdes. Ninguno se marchita jamás. Por supuesto, son recuerdos. Vosotros tenéis de esos verdes recuerdos para llenar muchos álbumes. Recuerdos mágicos y atemporales a través de los cuales podéis moveros, repetir lo vivido, modificarlo, imaginar otras opciones posibles. Podéis hacerlo con todo el control de la vigilia, o entre la neblina del duermevela donde lo recordado se tiñe de bruma, o dormidos. Soñar con lo mismo (la materia prima no cambia) con el menor control posible. 

Existe una única ley. No importa que aquella casa de la infancia sea hoy una sucursal del banco Robameroque, ni que un incendio convirtiera vuestro bosque en cenizas. Ni tan siquiera importa que las personas de vuestros recuerdos hayan muerto hace años. Sigue ahí, todo intacto: la casa, el bosque, los rostros, las voces. La ley sólo prohíbe ir hacia adelante. Siempre verdes y sin marchitarse, pero incapaces de subir al carro del tiempo. Algunos de mis recuerdos muestran compañeros de clase con diez o doce años, rostros que jamás cambiarán ni crecerán aunque quienes hoy sigan vivos de aquellas cuadrillas sean un poco o muy calvos (depende), tengan el pelo gris y hayan dejado atrás el medio siglo. 

Curiosa, la memoria. En ella cabe viajar hacia atrás o hacia los laterales, nunca hacia adelante. En lo que llamamos realidad sucede a la inversa. Sólo es posible ir hacia el momento siguiente. Y nunca estábamos hablando de la memoria de los elfos, por supuesto.






Imagen: Sello de la tumba de Tutankhamon, fotografía de Harry Burton, Griffith Institute, Oxford, National Geographic Society, 1922. Bajo licencia Wikimedia Commons.

domingo, 9 de julio de 2017

viernes, 7 de julio de 2017

Apagado o fuera de cobertura




Breve. Jueves seis de julio de 2017, una sala de sillones en las urgencias de un hospital provincial. Media plantilla de vacaciones y el resto, minicontratos del carallo, acojonados. Un error es el fin del mundo. Ya. Yo lo sé, y jugaré esa carta amable y cómplice. El resto no lo sabe. La ansiedad sube tanto como para volver obsesivo el control de la tensión  de los pacientes. Que no se muera ninguno. Que no se me muera a mí.

En el sillón siete está sentado un tal Serafín, así ha dicho llamarse, responde. Indocumentado. No hace falta ser del CSI. Una maletita pulcra, calzado decente, calcetines de hilo negro sin agujeros, rasurado, bien cortado el cabello. Flaco como un clavo. Demasiado flaco. Duro de oido. Muy duro, sorderas. 

Las preguntas de rigor son necias. Si le dices a alguien lo que se supone que siente (cansancio, desorientación, ahogo, sed, hambre) ya sabe qué ha de responder. Eso, a gritos. Sordo. Vale. La doctora de turno ya ha cumplido, pasapelota. Tensión perfecta para una edad estimada en torno a 80. Nada de diabetes. Ni colesterol. Ni hostias. Algo deshidratado. Podían darle agua, pero le cogen una vía. Suero. Ya. Así se queda. Si no, lo pones en la calle con la maletita, los zapatos lustrados y sin GPS.

A las dos horas, discretamente, ya han agotado los recursos y asoma la guardia civil muy discreta también. El del sillón 5 lo ha visto, se ha peleado con sus hijos y ha tirado de móvil. Les describe el auto y les da la matrícula, a los civiles. Le piden que repita. Repite. Y se van a donde Serafín, a voces que es sordo. Dice que nació en tal pueblo y que vive en él, calle tal número tal, con su mujer y sus hijos, oficio tendero y labrador. Sin duda cierto. Hace cuarenta años. Su mujer está muerta, él jubilado con paga (¿Dije antes indocumentado, que incluye cartilla de ahorros?), y sus hijos o uno de ellos es el dueño del auto cuya matrícula ha dado el del sillón cinco. Una lástima no haber sabido, en su día, el número de fax de la guardia personal de Herodes.

¿Más?  



Sin comentarios.


Imagen propia, bajo la misma licencia que el blog.